Capítulo treinta
Cuando Mae se fue, Patrick recogió sus cosas para ir a trabajar. El termo de café estaba listo en la encimera y no sabía cómo había sucedido, pero junto a él se hallaban un par de tortitas envueltas en servilletas de papel.
Miró ambas cosas como si fueran una serpiente a punto de picarle. Claro que lo invadió el agradecimiento, pero no fue el único sentimiento. Una fuerte oleada de ira lo acompañó. En lugar de ir hacia su camioneta, dejó sus cosas en la encimera y fue directo al granero.
CJ estaba allí. Había abierto las puertas laterales y las pocas ovejas pastaban tranquilamente sobre el césped que empezaba a brotar tras el invierno. Ella se encargaba de limpiar, como hacía siempre. Cambiaba la paja seca por nueva, el agua de los bebederos y todo con una expresión serena.
No se volvió al sentir su presencia. Siguió concentrada en mover los fardos hasta formar un muro al final del granero.
—Siento lo que ha pasado esta mañana —dijo sin siquiera mirarlo—, lamento que Mae se haya enfadado. Si quieres, puedo hablar con ella, explicarle que…
—¿Qué?, ¿qué le explicarás? —la voz de Gallagher sonaba más enfadada de lo que correspondía. Eso consiguió la reacción esperada. CJ dejó de hacer lo que estaba haciendo y se volvió hacia él, con las cejas enarcadas.
—Que su padre es un capullo, eso le explicaré.
—Bien, en tal caso, hazlo.
Gallagher se dio la vuelta para marcharse. CJ se quedó de pie, sin entender. Él murmuró el resto, que en el silencio del granero se escuchó con claridad:
—Temía que fueras capaz de excusarme, pero es evidente que esa consideración no existe para mí.
—¡Qué cojones! —Patrick detuvo su cobarde huida—. ¿Qué cojones te pasa? Sabes que la ofendida aquí soy yo, ¿verdad? ¡Me has acusado de tener algo que ver con la desaparición de Sarah!
—¡No hice tal cosa!
Se acercó a ella en dos zancadas. CJ no retrocedió.
—Pues no lo pareció. ¿Crees que no me duele saber que mi amiga no contó conmigo para compartir lo que le sucedía? ¡Qué demonios, Patrick!
—¿Y te enfadaste con ella?
—¡Claro!
—A ver, dime. ¿Qué piensas de Sarah?
—Que te den, Gallagher —dijo ella, y se dio la vuelta. Él extendió la mano y la retuvo.
—¡Venga! Dime cuán cabreada estás con Sarah, dime lo enfadada que estás. ¡Dime que la habrías empujado en el bosque!
—¿De qué coños hablas? ¡Jamás haría eso!
—No, jamás te enfadarías con Sarah. Ni con Ethan, ni con el capullo de Morrison por intentar toquetearte cuando estabas triste. ¡No, tú no te enfadas!, ¡tú no te cabreas! Tú eres una jodida santa inmaculada.
—¿Y eso te cabrea a ti?, que yo sepa perdonar, ¿te enfada? No entiendo qué demonios te pasa, Patrick. ¡No te entiendo! —le dijo alzando la voz.
—Que estoy harto de tu bondad, CJ. Estoy hasta las narices de que perdones a todo el mundo, de que cualquiera pueda pasarte por encima y tú solo tengas comprensión.
¡Ya sé que no has dañado a Sarah! Eres incapaz de tal cosa.
Lo único que te enfada de tu amiga es que no haya contado contigo, ¿para qué?
, pues para ayudarla más. Para darle todo, pese a que te había quitado el novio, al parecer el único hombre aceptable en millas a la redonda.
A pesar de que te expulsaron del grupo de amigos, dejándote sola, en la oscuridad de lo que sucedía.
¿Y tú?, ¿te cabreas?, ¿los mandas a tomar por culo?
¡No! No, no la buena Claire Juniper Barlow.
Ella solo se lamenta porque le quitaron una última posibilidad de probar cuán noble y altruista es.
Patrick soltó todo esto en una diatriba incontrolable, acelerada, que parecía teñir el ambiente de rojo. Sus ojos color miel brillaban en la penumbra del granero, sus mejillas estaban encendidas por la furia y las emociones en ebullición.
CJ lo miraba sin salir de su estupor. Su enfado parecía ilógico, salvo en un escenario. Un escenario que temía considerar, porque equivocarse la destrozaría.
—¿Has terminado? —preguntó con voz temblorosa.
—No, no he terminado, CJ. Apenas he empezado —siseó—.
Estoy hasta las narices de que sufras, de verte romperte por los demás.
Llevo aquí poco tiempo y lo único que he conocido de ti han sido las cicatrices que te dejaron otros.
Estoy cabreado, sí, porque me siento impotente, porque no puedo protegerte y porque ni siquiera ocupo ese espacio en tu vida como para hacerlo.
Estoy furioso, porque conmigo sí te enfadas, ¡joder!
Ante mí levantas un muro de hielo, uno que no has alzado frente a nadie más.
¡Ni siquiera tu ex, qué cojones! Conmigo sí.
Cualquier error por mi parte es suficiente para recibir una patada en el culo que me envíe sin escalas al Ártico.
—Asintió con la cabeza, su mandíbula apretada le hacía rechinar los dientes—.
Al parecer soy más hijo de puta que los demás, el peor de los hijos de puta…
—¿Eso crees? —le preguntó ella, invadida por la misma furia—. ¿Eso piensas que sucede aquí?
—¡Eso me demuestras tú! —Alzó el dedo índice con ímpetu.
—Pues te equivocas de cabo a rabo, Patrick.
Si contigo me enfado más, es porque no sé cómo coño ha sucedido, pero te has colado bajo mi piel.
¡Porque de ti no me esperaba esta traición!
, porque tú tienes el poder de dañarme. ¿Me enfadé con Sarah?
, sí. Claro. Pero Ethan me importaba tres cojones —confesó—.
Yo no amaba a Ethan. ¡Por Dios, éramos críos!
Si ellos eran felices, ya era suficiente…
¿Mi ex?, a mi ex lo dejé de amar en el mismo instante en que me falló.
El fallo fue tan grande que la decepción ganó al rencor.
¿Mis amigas de Montana?, lo mismo: un dolor opacaba todos los demás…
Pero tú… —Alzó el dedo del mismo modo—. ¡Tú me hiciste creer que eras distinto!
—No jodas, CJ. No hice más que advertirte que era una mierda —respondió él—. No hice más que tratar de alejarte de mí.
—¿De eso se trata esta estupidez de ponerme en la lista de sospechosos?
—Sí. No lo hice conscientemente, pero sí. Te estoy alejando de mí.
—¿Por qué? —El enfado se evaporó de ella. Él lo notó y por poco suelta una carcajada. Allí estaba CJ, así era ella. Lo mismo que lo hacía desearla con desesperación lo cabreaba más allá de toda razón.
—Porque… porque… —La voz le tembló. Su garganta se cerraba por un único motivo: solo le permitiría decir la verdad.
Ya no podía mentir, ni escapar, ni fingir que estaba enamorado hasta los cojones de ella—.
Porque en lo único que pienso cuando estoy contigo, CJ, es en follarte hasta que pierdas la razón.
CJ abrió los ojos desmesuradamente. Él soltó el aire, dejó de sentir que en su garganta tenía una soga que lo estrangulaba y siguió:
—Joder, no puedo dejar de pensar en follar.
En arrancarte la ropa, en lanzarme sobre ti sin pensar en dónde coño estamos, ni en quiénes dependen de nosotros, ni en cuáles serían las puñeteras consecuencias de eso…
Solo quiero follarte. Quiero descubrir si eres tan gentil y complaciente en la cama como lo eres en la vida, o si puedo arrastrarte conmigo al infierno y corromperte.
Quiero escucharte soltar mi nombre cuando te corras, que me supliques que te dé más y más fuerte, que dejes de ser una jodida santa.
A CJ se le cortó la respiración. Cada palabra que Patrick decía se clavaba en su piel, la hacía despertar de un eterno letargo.
Si le había sorprendido volver a sentir atracción al verlo llegar, con su gorra y su camiseta ceñida al cuerpo, nada se comparaba con la sensación de hambre primitiva que la invadía en ese instante.
Un deseo hondo de que él la pusiera a prueba, porque, joder, ella tampoco sabía si era capaz de dejar de ser una santa; una complaciente mujer que yacía tranquila en la cama a la espera de un modesto orgasmo, que se asemejaba a las estrellitas que les daban a los niños el 4 de julio.
Ansiaba los malditos fuegos artificiales, estremecerse, gritar en la cima del orgasmo.
—Conmigo te enfadas, CJ, y quizá era eso exactamente lo que buscaba —reconoció—. Ansiaba tener de ti una respuesta genuina, pero sobre todo pasional. Tanto te han herido que te has cerrado, y, mierda, ¡cuánto deseo que te abras para mí!
Los ojos de Patrick viajaron de la boca de CJ al punto en que su camisa se abría y dejaba ver la camiseta blanca debajo.
Los pechos pujaban contra los botones y el sujetador formaba una línea apenas visible en el valle entre sus senos.
Abrió los labios para respirar mejor. Ya había confesado la raíz de su enojo: era el deseo frustrado, disfrazado, escondido, amenazante en las sombras.
Un monstruo que clamaba ser alimentado bajo la advertencia de destruirlo todo si no lo atendían.
CJ sintió el deseo de Patrick como una corriente de aire caliente que la envolvía, que ponía fin al invierno.
Tembló al dar un paso al frente, pero no de miedo.
Las fosas nasales del hombre se dilataron, cogió aire hondamente.
El granero generaba una atmósfera perfecta para los dos.
Nada de camas mullidas, de perfume a sábanas limpias y a suavizante para la ropa… nada de gentilezas.
—Sabes lo que pasará si das un paso más —advirtió él.
—Que me follarás. —CJ llevó la mano al primer botón de su camisa y lo sacó del ojal—. Salvo que sea puro bla, bla, sheriff.
Los ojos de Patrick refulgieron. Una sonrisa asomó en sus labios.
Dio un paso más, hasta que las puntas de sus botas tocaron las de CJ.
Ella necesitó elevar la cabeza para mirarlo a los ojos.
Él llevó su mano derecha a la nuca de ella, enredó entre sus dedos los cabellos rubios oscuros de Claire y, con fuerza medida, tiró hacia atrás.
CJ abrió la boca por la sorpresa, un pequeño gemido contenido salió de entre sus labios. Él acercó su boca a la de ella, pero no la rozó. Sus alientos quedaron suspendidos.