Raíces Capítulo veintinueve
57%

Capítulo veintinueve

La tensión en el rancho empezaba a notarse.

Walter lanzaba miradas de soslayo, pero no decía nada.

Era lo bastante mayor como para entender lo que se cocía entre su hija y su huésped.

Esos dos se debían una de esas conversaciones que los adultos evitan, las que abordan las emociones.

A él solo le correspondía darles espacio.

Siete Millas también percibía la tensión y su respuesta había sido evitar a Patrick. Había pasado de olisquearle las botas y rondarlo a la espera de comida a castigarlo con la misma indiferencia que su dueña.

CJ, por su parte, fingía que todo estaba en orden.

Aquella mañana incluso le había preparado un termo de café para que se lo llevara a la comisaría, pero lo hacía todo sin atisbo de sonrisa y sin bromas de por medio.

Esa actitud cabreaba a Patrick más que cualquier otra, habría preferido el desprecio abierto a esa amabilidad medida.

Quien no tenía ninguna intención de callarse era Mae.

—¿Qué coj…? —se interrumpió ante la mirada helada de su padre—. ¿Qué ha pasado entre vosotros?

Podría haber contenido el «cojones», pero vaya si resonaba en el tono de la jovencita.

—Nada —se apresuraron a responder ambos. CJ le puso una tortita en el plato a Patrick de forma mecánica.

—¿Qué has hecho, papá? —insistió Mae.

A Patrick le tocó las narices que su hija diera por hecho que él era el responsable. Sin contar con que tenía razón, y la verdad siempre dolía más que cualquier calumnia.

—¿No tienes que ir al colegio?

El cambio de tema enfadó a Mae. Miró a CJ esperando una respuesta. Sabía que la mujer no diría nada. Por muy enfadada que estuviera con su padre, respetaba su autoridad. Eso no hizo más que aumentar la rabia de la joven.

—¡No sé qué has hecho, papá, pero discúlpate! —exigió, furiosa.

—Mae.

La joven apartó el plato y subió las escaleras con los ojos a punto de echarse a llorar. Lo que antes era simple tensión ahora parecía el cielo antes de una tormenta eléctrica.

—Tengo que ir al pueblo —anunció Walter—, necesito hablar con el contable.

—Vale, papá. Yo me encargo del resto —respondió CJ. Un intento de sonrisa asomó a sus labios.

Barlow se despidió y, al darle un beso en la mejilla, le susurró:

—Tiene solución.

¿Qué?, no lo sabía. Pero confiaba en que llegaran a un acuerdo por el bien de todos.

CJ fingió no escuchar o, tal vez, prefirió asumir que se refería a Patrick y Mae, que ellos podrían arreglarlo, porque, en lo que respecta a ella, aún estaba demasiado enfadada como para acortar distancias con el sheriff.

Y ni siquiera sabía por qué estaba tan enfadada.

Tenía motivos, claro. Patrick había insinuado que ella podía tener razones para hacerle daño a Sarah, hasta el punto de plantearse interrogarla.

Pero ¿era eso lo que la enfadaba? En parte sí.

Todo lo relacionado con Sarah la tenía en vilo, convertida en una cuerda de violín demasiado tensa que se rompería con la mínima nota en falso.

Sin embargo, no era solo eso. Era Patrick Gallagher el problema, porque si quien le hubiera sugerido un interrogatorio hubiera sido Bill Hawkins, no se habría enfadado con él. Lo habría entendido e incluso asentido.

«Lo que sea por encontrar a Sarah y saber qué le ha pasado».

Con Patrick no. En él, esa misma actitud se había sentido como una traición. Una traición profunda. ¿Mayor que cualquier otra?

Recogió las cosas del desayuno en silencio.

Patrick la ayudó, también en silencio. Ni siquiera se disculpaban cuando coincidían en el fregadero y chocaban, o cuando cogían el estropajo a la vez y sus manos se rozaban.

Ella cedía, se apartaba, y habría jurado que la mirada de Gallagher ardía con la misma furia que la suya.

¿Con qué puñetero derecho estaba enfadado él?, pensó CJ mientras dejaba el paño con más fuerza de la necesaria sobre la encimera.

Abrió la boca para anunciar que iba a sacar a las ovejas, pero se calló en el último momento. Gallagher no merecía ni la deferencia de que le dijera que se fuera a tomar por culo. Fue hasta la puerta, la abrió y Siete Millas la siguió camino del granero.

En cuanto la puerta se cerró, Patrick soltó el aire contenido en una fuerte exhalación. Pensó que le iba a dar algo por la presión que sentía en el pecho. No, no sería un infarto. Aquello dolía más hondo y era más peligroso.

Como si no fuera suficiente, Mae bajó las escaleras.

Había esperado ese momento, el de estar a solas con él, para exigirle no solo explicaciones, sino también acciones.

¡Le daba igual qué demonios hubiera hecho su padre!

Lo único que quería era que se disculpara, tuviera o no razón, y que todo volviera a ser como una semana antes.

—¿Me vas a decir qué le has hecho? —exigió. Iba lista para el instituto, con la mochila al hombro.

—No es asunto tuyo.

—Sí lo es, porque aquí vivimos todos, ¿recuerdas? Y no se puede respirar cuando CJ y tú estáis en la misma habitación.

—Pues suerte para ti, Mae, porque tú tienes que estar en el colegio y no en la misma habitación.

Mae dejó la mochila sobre la encimera.

—¿Sabes? Siempre eres directo, eres capaz de hablar claro incluso cuando tienes que explicarme un caso horrible.

No te ha temblado la voz para hablar de violaciones, destripamientos, decapitaciones…

Pero cuando te pregunto por algo en lo que tú tienes la culpa…

, entonces te vuelves el más evasivo. —Siseó—.

Por eso sé que la has cagado tú. ¡Ve y discúlpate!

Patrick cogió aire contando hasta tres y lo soltó en siete segundos. Lo que fuera para calmarse, porque si al dolor que le provocaba la indiferencia de CJ le sumaba que su hija lo considerara un capullo, el pecho le iba a estallar.

—Hablaré con ella —prometió.

—¡Entonces sí le has hecho algo!

—Mae.

—¿Qué, joder? ¿Qué le has hecho?

Su hija tenía los ojos brillantes, a punto de llorar. Patrick se desarmó ante ella. Hasta ese momento había pensado en lo que implicaba para él enamorarse de CJ, pero… ¿qué implicaba para Mae? ¿Cómo se sentía ella?

Tenía la respuesta delante. Lo aterraba y lo aliviaba a partes iguales: su hija quería a CJ. No solo la aceptaba, temía perderla.

Ojalá fuera tan sencillo. Ojalá bastara con el sentido de la responsabilidad para decidir.

Ir con CJ, empezar una relación solo porque eso haría feliz a su hija.

Eso era exactamente lo que el Patrick Gallagher de antes habría hecho: lo mejor para Mae, sin pensar en nada más.

Sin tener en cuenta su carrera, su corazón, sus deseos… Solo Mae.

Había aguantado un matrimonio sin amor por Mae, había puesto su carrera en pausa por Mae y había reprimido sus deseos por Mae.

¿Y qué había conseguido? Cagarla con ella.

Porque su hija no podía cargar con el peso de ser el sentido de su vida, porque ponerle esa responsabilidad era precisamente lo que la estaba dañando.

Y, además, porque CJ le ofrecía algo más que responsabilidad. Porque negarlo sería traicionarse a sí mismo. Porque la deseaba de una forma mucho más profunda y, sí, más egoísta.

—En el caso que estoy investigando, CJ es una testigo importante —admitió—. Incluso tengo que valorar la posibilidad de que esté implicada de algún modo y…

La expresión de horror de Mae lo dejó en silencio.

—¿Y qué?, ¿serías capaz de acusarla?

—Mae, por Dios, no es tan grave. No se trata de acusar a nadie, estoy investigando.

—¡No! —El dolor de su hija era evidente—. ¡No pongas tu trabajo por encima de ella!

—Mae.

—Siempre haces lo mismo —lo acusó—. ¡Siempre! Usas tu trabajo para alejarte de la gente. Eso hiciste con mamá. —Le clavó el puñal—. ¡Eso hiciste con ella! En lugar de afrontarlo, de divorciarte, te escondiste en el trabajo…

Patrick cerró los ojos, incapaz de mirarla. La culpa lo atravesaba con cada palabra. Aun así, nada lo preparó para el golpe final.

—Eso hiciste conmigo.

—No, Mae. No. —Intentó acercarse a ella, pero Mae dio un paso atrás—. Tú siempre fuiste mi prioridad y lo sabes. Dime que lo sabes.

—No me cogiste el teléfono —respondió ella en voz baja.

El dolor en el pecho de Patrick pareció partirlo en dos—.

Aquella noche… Mamá me dijo que tú no cogerías el teléfono, que estabas demasiado ocupado siendo la estrella de la noche; yo le dije que sí lo harías, que a mí siempre me cogías las llamadas…

—Mae, por favor —rogó Gallagher. La vista se le nubló, las lágrimas pugnaban por salir y unirse a las de su hija.

—Aquella noche no. Me subí al coche porque tú estabas demasiado ocupado cazando a un asesino como para atender a tu hija.

—Mae, joder, ¡ya sé que la he cagado! No me va a alcanzar la vida para remediarlo, cariño, pero te juro que lo intento cada puñetero día.

—¡No, no lo haces! Porque no entiendes lo que tienes que hacer. Eres un ciego y un… y un…

—Y un gilipollas —completó él por ella. Mae era perfectamente capaz de soltar palabrotas como cualquier adolescente, pero cuando se trataba de su padre no lo conseguía. Porque, joder, sí que lo quería. Podía estar dolida, herida, cabreada, pero lo quería más que a nadie en el mundo.

—Mamá pensaba que era el ego lo que te mantenía lejos de casa, que querías ser famoso… Pero ahora sé que siempre fue cobardía. No querías enfrentarte a que te habías equivocado al casarte con mamá, incluso a que te habías equivocado al tenerme a mí.

—Jamás, Mae. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

—Y también lo que te ataba a esa vida que odiabas…

—No. Ya lo has dicho: lo único que me ataba a esa vida era la cobardía. Tú jamás, Mae, tú jamás serías una cadena para mí, joder.

—Ahora haces lo mismo. No tienes que interrogar a CJ y lo sabes. De hecho, CJ podría venir a decirte que es una asesina en serie y tú no la llevarías ante la justicia, sino que te desharías de los cuerpos. Seríais como esas parejas de asesinos que van matando por todo el país.

Patrick sonrió entre la bruma del dolor.

—Pídele perdón, papá. Dile la verdad. —Mae rebuscó en su mochila hasta encontrar unos pañuelos de papel, se secó las lágrimas y se sonó la nariz.

Estaba más tranquila, más ligera que nunca.

Por fin le había dicho lo que sentía, no a un psicólogo, no a Noah…

a su padre—. Sé que has hecho todo esto por mí, ¿vale?

Mudarte, empezar de nuevo, ser solo el sheriff de un pueblo olvidado en lugar de un detective del FBI…

Y te lo agradezco, de verdad. Pero a veces pesa, ¿vale? Pesa mucho.

—Lo sé, sé que pongo demasiado sobre ti, Mae. Ser lo más importante en la vida de alguien es demasiado, ¿verdad?

—Dímelo tú, papá, porque tú eres lo más importante de la mía. ¿Es demasiado peso?

—No.

Extendió los brazos y su hija se refugió contra su pecho.

—Mentiroso.

Patrick le besó la coronilla.

—Te quiero, Mae.

—Yo también. Y por eso quiero que seas feliz.

Te mudaste aquí por mí, es cierto, y acertaste.

Soy feliz aquí, papá. —Esas palabras consiguieron disipar el dolor en el pecho de Gallagher;}, ya no sentía un yunque sobre las costillas, sino los pulmones abiertos, capaces de volver a respirar—.

¿No puedes ser tú también feliz aquí? ¿No puedes hacer esto también por ti?

Patrick asintió a modo de promesa, de que lo intentaría, aunque ya no dependiera solo de él.

Mae se separó para coger sus cosas e irse al colegio. Tendría que darse prisa si no quería perder el autobús. Se secó las lágrimas una vez más antes de marcharse. Lo hizo sin decir adiós. Las palabras se le habían agotado después de haber dicho tanto.

Él la vio marcharse. Tampoco dijo nada más. Había entendido lo que su hija le pedía. Ya le había demostrado que era capaz de morir por ella, pero… ¿era capaz de vivir plenamente por ella?