Capítulo veintiocho
Había vuelto a buscar en la base de datos estatal con todos los datos que la autopsia había lanzado. Era increíble lo que el ADN podía decir de una persona. Patrick introdujo cada aspecto para filtrar la información. Ansiaba descartar a Sarah Bloom como posible víctima.
Hasta entonces había hecho todo lo que estaba en sus manos para seguir esa pista, pero ahora CJ entraba en el juego.
—Estoy jodido, muy jodido —masculló. Llevó la taza de café a sus labios y rezó una plegaria mientras la barra de progreso avanzaba con los resultados. Jamás había sido víctima de un sesgo semejante, jamás algo se había interpuesto tanto entre él y su trabajo como CJ.
Otros sienten mariposas en el estómago o cosquillas en la piel, él se daba cuenta de lo que sentía por Claire porque estaba dispuesto a contemplar cualquier escenario menos uno que la tuviera a ella como victimaria.
—¿Qué harás con esto, Patrick? —se preguntó en un murmullo. No se refería al caso, sino a afrontar que estaba cayendo por ella.
Nunca se había enamorado. Era extraño en un hombre de más de treinta, pero era cierto.
Desde que la prueba de embarazo de Mae dio positivo, él cerró esa puerta en su vida.
Le correspondía querer a Kim, punto final.
Cuando fue incapaz de querer a Kim, pues se convenció de que enamorarse no sería para él, lo merecía por capullo.
Aun así, había sucedido. Porque podía mentirse, montar barreras y muros, alejarse de CJ, pero no podía negar que por ella sería capaz de algo que nunca contempló: mirar hacia otro lado en un caso.
La barra de progreso llegó a su fin. Gallagher dejó su taza lentamente sobre el posavasos y miró el resultado.
El corazón le dio un vuelco. Había pasado de cientos de mujeres rubias desaparecidas a una. Pinchó en el resultado y la imagen de una mujer casi idéntica al retrato robot apareció ante él.
Leyó el nombre, la edad, la descripción. La comparó con el retrato, poniendo una hoja impresa junto a la pantalla de su ordenador.
—Sí, joder. Sí.
No tardó ni un minuto en contactar a la comisaría correspondiente. «Sí, el sheriff Gallagher…». Su colega sabía quién era y lo tuvo varios minutos en línea haciéndole preguntas sobre el Asesino del Espejo. Patrick contestó gentil, aunque la ansiedad le hacía vibrar la voz.
—Es por un caso de desaparición —dijo, antes de que el otro sheriff siguiera con su conversación—, tengo el nombre: Dana Whats.
—Dana Whats, deja que lo corrobore…
El sonido del teclado al otro lado se sincronizó con los latidos del corazón de Gallagher.
—Lo siento, no puede ser Dana Whats.
—¿Puede ser más específico?
—Me temo que no.
—Protección de testigos… —murmuró Patrick.
—No puedo confirmarlo ni negarlo, sheriff.
—Vale, lo entiendo. Solo por si acaso, porque los testigos protegidos también mueren, ¿podría decirme con quién contactar para enviar el ADN y que lo corroboren?
El sheriff le dio un dato de contacto del FBI. Patrick sabía que, en esa ocasión, haría uso de sus influencias para acelerar el proceso. Llamaría a Michael Donahue y él se encargaría del resto.
Había aún una chance de que Dana Whats fuera la mujer del bosque, no se podía desanimar. Pero… pero tampoco se podía quedar de brazos cruzados. Sarah seguía siendo la pista más firme que tenía.
Terminó la taza de café y se dispuso a obrar como abogado del diablo. Miraría cada pista sobre Sarah con la clara intención de descartarla y solo había una respuesta a la pregunta de por qué: CJ.
Su camioneta volvía a funcionar. CJ había cambiado la batería, sin ninguna broma sobre machismos de por medio. Estaba cabreada con justa razón. Patrick decidió que le daría espacio, aunque la idea no le gustaba demasiado.
El espacio, además, no le estaba ayudando a aclarar las ideas, sino a enturbiarlas. Las mañanas sin sus conversaciones, sin sus gestos amables, sin el brillo en su mirada eran exactamente como antes, en Boston: una puñetera mierda.
Se montó en la camioneta e intentó calmarse. No funcionó. La radio sintonizaba una de esas jodidas radios de Idaho en las que publicitaban pesticidas entre canciones de vaqueros borrachos. Pero como no quería estar a solas con sus pensamientos, dejó que esas melodías le hicieran compañía.
Condujo hasta Ponderay, donde la esposa del sheriff Hawkins había visto a asistir a Sarah con las lesiones.
Le envió un mensaje a CJ preguntándole si necesitaba algo de allí y el escueto «No» lo trasladó directo y sin escala al ártico.
Suspiró y envió el mismo mensaje a Walter, como debió hacer en un principio y, por supuesto, recibió una lista de productos necesarios.
El hospital de allí era pequeño, aunque bien abastecido. Si te sucedía algo de gravedad, tendrías que ir a Hayden, pero para accidentes o controles de rutinas se valía muy bien. Las puertas se abrieron por el sensor y enseguida lo recibió una sala de esperas y un mostrador de recepción.
Los pocos presentes le echaron algunas miradas curiosas, como siempre despertaba su uniforme, pero no más. Se acercó a la recepcionista y presentó su placa.
—Sheriff Gallagher, ¿le puedo hacer unas preguntas, señorita Blair?
—Señora —corrigió ella, con una sonrisa—. Y claro, puede.
—Estoy buscando información para un caso de hace varios años atrás…
—Una enfermera entró a la zona de recepción, llevaba los típicos formularios de pacientes.
Se veía detrás de la recepcionista una zona de escritorios y ordenadores que usaban todos los empleados del hospital para registrar la información burocrática.
La mujer tenía demasiado trabajo para poner atención al sheriff, por lo que fue a lo suyo tras cruzar apenas un asentimiento de cabeza.
—Digitalizamos todo, dígame y veré si puedo ayudarlo.
—Sarah Bloom. Diez años atrás tiene que haber venido por posibles golpes… accidentes domésticos, violencia… —sugirió. Nunca se sabía qué declaraban los pacientes al llegar, muchas veces ocultaban lo sucedido.
—Mmm… Sarah Bloom —repitió la recepcionista al tiempo que ingresaba el nombre en el ordenador. Patrick tenía el número de seguridad social, de modo que se lo dictó—. Vale, lo tengo. Sí, se ha atendido aquí, sheriff, pero sin una orden no le puedo decir más.
La mujer le brindó una sonrisa de publicidad de dentífrico.
—¿Puede decirme si vino a emergencias o a una consulta normal?
La sonrisa se amplió más, era la forma de responder que no.
Patrick sabía que era probar su suerte. Sin una denuncia formal no podía solicitar una orden, sin una orden, no podía acceder a los registros médicos…
solo había esperado que, así como en el pueblo se habían pasado los procesos policiales por los cojones, hicieran lo mismo con los médicos.
Pues no. Suspiró. La enfermera elevó la mirada y por un momento hizo contacto visual con el sheriff, luego bajó la mirada, avergonzada.
—Vale, lo entiendo. Le dejaré mi tarjeta por si encuentra alguna información que pueda compartir conmigo sin necesidad de una orden. Ya veré cuándo consigo una —agregó, por lo bajo. Saludó tocando el sombrero y se marchó. Sintió en él la mirada de la enfermera todo el camino hacia la salida.
Tras hacer las compras, decidió que nada podía hacer en la comisaría más que usar la nevera para que los lácteos no perdieran la cadena de frío. Dejó allí los alimentos y se montó una vez más en la camioneta. Necesitaba respuestas, en especial, alguna que descartara a CJ.
No se imaginaba pidiéndole declaración. Sabía que tenía que hacerlo, era incluso mejor que lo hiciera de manera formal y clara. Estaba seguro de que la descartaría de inmediato, pero le preocupaba el daño que eso podía provocarle a su no-relación.
—Iré a hablar con Hank Morrison —le dijo a Luke, que estaba en el porche disfrutando del buen clima—, luego te relevo, ¿vale?
—Vale, sheriff.
El bar de Morrison estaba junto al granero que los jóvenes usaban para pasar el rato.
Vio la bicicleta de Mae allí, pero no llegó a divisarla a ella entre los chavales.
Estaría con Noah; siempre estaba con Noah, pensó Patrick con una sonrisa forzada.
Ya vería cuándo su hija le admitía de una buena vez que tenía novio, de momento, jugaba el juego de no saber para darle espacio.
Pero entre el espacio que le tenía que dar a CJ y el que le otorgaba a Maer, ni mudándose a Egipto conseguiría su cometido.
—Morrison —saludó. Se sacó el sombrero y se acercó a la barra.
—¿Cerveza?
—Tal vez luego, todavía estoy de servicio.
—Cambie de profesión, yo puedo beber mientras trabajo —dijo el hombre. Se sirvió una pinta de cerveza tirada y se dispuso a limpiar los vasos sucios—. ¿Qué lo trae por aquí?
—Necesito que me ayudes. —Empleó con Hank Morrison un estilo más amistoso, de colegas.
Nada de la firmeza con la que había hablado con el sheriff Hawkins.
Allí necesitaba ganarse su confianza, no buscar que en su afán de justificarse dijera más de lo esperado—.
Habrás oído que algunos creen que la mujer del bosque es Sarah.
—Sí, eso escuché.
—¿Tú que piensas? —Se sentó en uno de los bancos altos junto a la barra—. Te aceptaré un refresco, detesto estar a secas en un bar.
Hank sonrió y le sirvió una Pepsi con limón.
—¿Qué pienso? Que, si es ella, la mató el bastardo de Bloom. Eso pienso.
—Ajá. Eso dicen todos.
—¿No lo cree, sheriff?
—Mi trabajo no es creer y, además, yo no sé cómo funcionan las cosas por aquí. Ya sabes…
—Claro, claro —Hank bebió un sorbo de su cerveza y se lanzó el paño al hombro. Estudió a Gallagher unos minutos, llegó a la falsa conclusión de que no era peligroso—. Pues Bloom es un hijo de puta, ¿sabes?, se dice que le pegaba a Sarah.
—Eso escuché.
—No creo que tenga el seso suficiente para matarla a sangre fría, pero sí para darle una paliza mortal y cagarse de miedo…
—Esa es una buena teoría. Se te da bien esto —mintió. Hank sonrió, complacido por el halago. Dejó su posición alejada y posó los antebrazos en la barra.
—Uno llega a conocer muy bien a la gente en este trabajo. Aquí la gente no va al psicólogo, viene al bar.