Capítulo veintiséis
Por supuesto, CJ no se conformó con solo darle un aventón. Patrick había comentado como si tal cosa todas las actividades que se verían afectadas por la falta de transporte y ella se había ofrecido a extender su rol de chófer un par de horas más.
—De verdad, no hay problema —insistió—. De hecho, le debo una visita a Bill.
—No será una visita social, CJ.
—Todas las visitas son sociales por aquí. Venga ya —lo animó.
La camioneta de la oficina del sheriff estaba aparcada en la entrada, pero en general la dejaban allí por si algún evento fortuito obligaba a quien estuviera de turno a salir pitando. Esa mañana, ese papel lo ocupaba Luke, quien ya había saludado a CJ.
—Imagino que luego podrás enviarle la factura al estado de Idaho por la batería de tu camioneta.
—Y por el combustible de la tuya —confirmó él, accediendo a que CJ lo acompañara en la jornada.
Ella se sentó de nuevo al volante y él hizo lo mismo en el asiento del copiloto.
Tenerla cerca era un problema. En lugar de pensar en las preguntas al viejo sheriff o en cómo abordar el asunto para no ponerlo a la defensiva, pensaba en lo guapa que era CJ, en lo capullo que debía de haber sido John, en lo increíble que era que una persona tan amable estuviera sola, en lo mucho que le gustaría ser quien le hiciera compañía y en lo jodido que sería si tenía que dejar el puesto en Careyville ahora que estaban todos asentados…
y en mil cosas más que no venían a cuento con el caso.
Aquello no ayudaba nada a concentrarse.
En el caso del Asesino del Espejo había podido centrarse aun sabiendo que su esposa le ponía los cuernos; ahora bastaba una brisa por la ventanilla de la camioneta para que él se perdiera pensando en por qué CJ olía tan bien si se pasaba el día entre ovejas o por qué encontraba sus ojos tan bonitos si eran unos simples ojos marrones.
Exhaló.
—Ya casi llegamos —anunció ella, al tiempo que giraba por un camino sin asfaltar. Al final, se divisaba una casa como casi todas las de Careyville: blanca, con porche alto y bandera americana en el frente. Un viejo pastor alemán salió a darles la bienvenida.
—¡Vaya! —dijo CJ, feliz, bajando de la camioneta—. Joe sigue aquí. Era apenas un cachorro cuando me marché.
—No solo sigue aquí —respondió una voz femenina.
La mujer salió al porche para completar una imagen que no dejaba de impactar a Gallagher. Llevaba un delantal a cuadros, ropa vaquera debajo y un paño con el que se secaba las manos recién lavadas. La viva estampa de la vida rural de la América profunda—, te ha reconocido —añadió.
—¿Y tú, JoAnne, me has reconocido? —preguntó CJ, yendo a su encuentro. La mujer la estrechó con cariño.
—¡Claro! Apenas has cambiado.
—Lo mismo digo.
—Estás siendo amable —rio la mujer—, pero se agradece. Pasad, pasad…
Los invitó a entrar. Estrechó la mano de Patrick y terminó el saludo con una palmada amable en la espalda.
Ya se conocían, por supuesto. Gallagher había presentado sus respetos al sheriff nada más ocupar el puesto.
En aquel entonces, más convencido de que era un reemplazo temporal que ahora.
CJ le hacía considerar un traslado definitivo, aunque fuera una decisión poco favorable para su carrera profesional.
—Mierda —masculló.
Las mujeres, absortas en sus conversaciones de cortesía, no lo oyeron.
Era una puta mierda la forma en que pensaba en CJ.
Caminaba sobre terreno fangoso. Ni ella parecía preparada para comenzar una nueva relación ni él estaba muy seguro de si era el indicado para ella.
Y lo fundamental: ¡ni siquiera habían compartido un acercamiento que no fuera más que amistoso!
¿De dónde salían todas esas pueriles fantasías?
—¡Gallagher! —saludó Bill al entrar en la estancia. Empujaba una silla de ruedas que le permitía tener la pierna en alto—. Mira, JoAnne, ¿recuerdas cuando a mí me sentaba así el uniforme?
—Pues sí, cariño, el uniforme fue lo que me hizo caer rendida a tus pies. No habrás pensado que fue tu dócil carácter, ¿verdad? —bromeó la mujer. Bill soltó una risotada—. Voy a por café, sentíos como en casa.
Bill siguió a su esposa con la mirada y una sonrisa amable.
—Estoy hecho un capullo desde que ocupo esta silla. Sin duda, mi dócil carácter no está muy presente estos días. Venga, hablar de trabajo me animará.
Por supuesto, antes de ir al grano, el sheriff le preguntó a CJ por su vida y ella por su recuperación. Patrick se mantuvo en silencio, sin darse cuenta de que se había puesto en modo detective.
Estudiaba a Bill Hawkins ya no como viejo sheriff, sino como testigo.
Se fijaba en su carácter, en la forma de hablar, en los temas que abordaba…
Sabía que era molesto, pero también parte del oficio.
Debía estudiar a cada uno y contemplar todos los escenarios, incluso aquel en el que el sheriff pudiera ser el culpable de la desaparición de Sarah.
A veces su trabajo era un verdadero coñazo.
—Bien, Gallagher, al grano —lo instó Bill.
—¿Quieres que vaya a la cocina así habláis? —propuso CJ.
—¡Claro que no, cariño! ¿Qué puedo decir que no sepas ya?
Pero CJ miró a Patrick. Sería su palabra la que tomaría como una orden.
—Puedes quedarte.
—Vale, prometo mantener el pico cerrado —añadió y, como prueba de ello, se llevó una magdalena a la boca.
—Sheriff, quería preguntarle por Sarah Bloom.
—Me lo imaginaba. ¿Es Sarah la mujer del bosque? —preguntó Bill.
—¿Podría serlo? —replicó Patrick.
Hawkins se tensó. A Gallagher no se le pasó por alto.
—No lo sé, ahora el sheriff es usted.
Vaya, Bill se ponía a la defensiva, pensó Patrick. Interesante.
—¿Por qué no hay un informe de la desaparición de Sarah?
—Porque nadie denunció su desaparición.
CJ dejó de masticar. También se tensó. Por lo visto, no sabía que nunca la habían denunciado como desaparecida.
—Sin embargo, pese a eso usted sí investigó en aquel momento, ¿verdad?
—¡Claro! Aquí nos preocupamos por los vecinos. Cuando no sabemos nada de alguien durante mucho tiempo, preguntamos.
—Vale, ¿le importa si tomo notas?
—Puede hacer lo que le salga de…
—¡Bill! —JoAnne trajo más café y le hizo un gesto bastante elocuente—. El sheriff Gallagher está haciendo su trabajo.
—Ya, pero está cuestionando el mío. —Bill cogió una taza de café y dio un sorbo.
—No es lo que hago, Hawkins, se lo prometo.
Sé que puedo sonar algo más duro de lo que estáis acostumbrados en Careyville, pero no busco cuestionar, sino obtener respuestas.
Necesito descartar o confirmar si la mujer del bosque es Sarah y, para eso, debo ser imparcial.
En estos momentos, sheriff, usted es un testigo, ¿de acuerdo?
Eso pareció calmar al hombre. También a CJ, que soltó el aire a su lado. ¿Le importaba a CJ que él no se enemistara con los lugareños?, ¿la impresión que daba en el pueblo?, ¿o era una más de sus jodidas fantasías?
Presionó el bolígrafo para empezar a tomar notas.
—Venga, dispara —dijo Bill. En esta ocasión, JoAnne se quedó en la sala; hizo de mediadora entre el temperamento de Hawkins y el del nuevo sheriff.
—¿Cómo se enteró de que Sarah había desaparecido?
—Me lo informó Ethan Caldwell. Fue a la comisaría y me dijo que hacía dos días que no veía a Sarah y estaba preocupado.
—¿Caldwell? —repitió.
—Claro, Ethan Caldwell era el novio de Sarah en aquel entonces y…
El resto de la declaración llegó a su oído acompañado de un pitido molesto. ¿Ethan Caldwell era el novio de Sarah? Joder, el primer sospechoso siempre era la pareja. Regla número uno de cualquier detective.
—¿Cuándo fue exactamente?
—El 5 de abril se presentó a la comisaría, no la veía desde el 3 de abril.
—¿Y Chuck Bloom?
—Joder… Chuck estaba borracho. Cuando fui a hablar con él, apenas podía caminar. Le pregunté por Sarah y me dijo: «Debe de estar con el capullo de Caldwell». A Bloom no le gustan los Caldwell, él no estaba seguro si la última vez que la vio fue el 2 de abril o el 3 de ese mes —dijo el sheriff.
Patrick fingió escribir un poco más. En realidad, buscaba ordenar sus pensamientos. No había contemplado la posibilidad de que Ethan fuera algo más que amigo de Sarah, y había un motivo para ello: CJ se lo habría dicho, ¿verdad? ¿Por qué no se lo había contado?
—¿Por qué a Bloom no le gustan los Caldwell?
—Bueno, a Chuck no le gusta nadie, ¿vale?
Pero los Caldwell en especial. —Al ver que Patrick no quedaba conforme con la respuesta, añadió—: A veces olvido que no eres de por aquí.
Y eso que tu acento lo recuerda en cada palabra…
En fin, el problema es evidente. Bloom es un paria social y los Caldwell son lo más parecido a una élite que tenemos por aquí.
Ya sabes, dinero, relaciones… Están condenados a chocar.
—¿Y cómo es que Caldwell terminó saliendo con Sarah, si eran de mundos tan distintos?
—Explícaselo tú, cariño, porque yo voy a perder los estribos con este irlandés —le pidió Bill a CJ. Había un deje de humor, pero también de fastidio en su voz.
CJ, sin embargo, pensaba que Patrick estaba haciendo un buen trabajo. No daba nada por sentado y, cuando exponías los sucesos a un forastero, te dabas cuenta de que en la desaparición de Sarah se habían dado muchas cosas por hechas.
—Aquí somos muy pocos, Patrick, al final todos terminamos relacionándonos con todos. Las clases sociales se difuminan un poco.
—Vale, pero mi breve experiencia en Careyville me dice que a Chuck Bloom todos lo detestan. No hay una sola persona que no piense mal de él, le han acusado hasta de robar vacas. ¿Cómo se tomó la familia Caldwell que su niño pijo terminara con la hija de un hombre como Bloom?
La pregunta iba dirigida a CJ, pero resonó en toda la estancia.
El silencio se volvió tenso.
—Nunca mostraron malestar por eso —respondió Bill—. Margaret le tenía cariño a Sarah.
Gallagher tomó nota. No había logrado hacerse una idea clara de Margaret Caldwell. Quizá era la persona menos esnob del pueblo, quizá coincidía con él en que Bloom necesitaba ayuda… Prefirió no sacar conclusiones, aunque una idea empezaba a tomar forma.
—¿Conocéis a la actual novia de Ethan Caldwell?