Capítulo veinticinco
Patrick confeccionó una lista de las tareas del día.
Le habían prometido que Careyville era tranquilo, pues que se lo dijeran a su agenda.
Tenía programada para ese día una cita con el sheriff Bill Hawkins para averiguar qué recordaba de la desaparición de Sarah y si tenía motivos para pensar que fuera ella la mujer del bosque.
A su vez, iba a recibir un informe más extenso de la autopsia, con esos detalles que pueden ser insignificantes o cambiar el curso de la investigación.
Dependiendo de lo que allí encontrara, se reuniría con la doctora Cross.
Sin contar el papeleo administrativo habitual.
En otro momento, estaría más agobiado. Pero, en cuanto bajó las escaleras del rancho, Mae ya estaba desayunando con la mochila lista para el colegio, CJ tenía el café hecho y había apartado un termo para él, y Barlow ponía la lavadora de ropa blanca.
—Buenos días —saludó en general. A esa estampa mañanera se sumaba que no tendría que quedarse atascado en tráfico ni preocuparse por Mae en el colegio.
—Sheriff, ¿listo para el día de hoy? —preguntó CJ, al tiempo que le servía en el plato los huevos revueltos, el beicon y le dejaba unas tortitas dulces.
Siete Millas le rondaba entre las piernas a la espera de que algo cayera para él.
Había crecido bastante en esas semanas y empezaba a valerse de su robusto cuerpo para demandar atención. Era bastante adorable, debía reconocer.
—Lo estaré después de esto —respondió con una sonrisa bastante bobalicona.
Fue la mirada de su hija, con las cejas arqueadas, la que le hizo darse cuenta de cómo miraba a CJ.
Cambió el gesto de inmediato, pero ya lo habían pillado.
Cada vez se hacía más evidente el efecto que tenía Claire en él, al igual que el hecho de que a Mae no parecía molestarle.
Se debían una charla al respecto. Solo que ahora sería evidente que el motivo de esa conversación era CJ.
Desde que había muerto Kim, él no había tenido citas, por lo que no había visto necesario abordar el asunto.
Creyó que era posible pasarse la vida sin enfrentarse a ello.
Ya no, y parte del comportamiento errático de Mae se entendía como un grito mudo para que, por fin, llamara a las cosas por su nombre.
El problema era que aún no estaba listo para ponerle nombre a su atracción por CJ, ni estaba seguro de que aquello lo llevara a algún sitio.
Estaba siendo un cobarde.
—¿Quieres que te lleve a la parada del autobús?
—No. —El gesto de espanto de su hija lo hizo sonreír.
—Podría acompañarte y esperar a que la señora McCoy os recoja, de paso conozco a tus amigos, me presento uno a uno y…
—¡Papá! —se quejó. Cogió la mochila y, antes de averiguar si su padre bromeaba o era capaz de hacer tal cosa, salió apresuradamente de la cocina con una tortita entre los dientes.
Se despidió con un balbuceo ininteligible, en especial de Walter—.
Regreso a las cinco, señor Barlow —le informó, en lugar de a su padre.
—No sé si debería sentirme aliviado o celoso —comentó Patrick.
—Después de haberla amenazado con saludar a todos sus amigos, deberías sentirte aliviado —bromeó CJ. Patrick le sonrió.
—Vale, a por el día —se animó—. ¿Tú tienes planes?
—No muchos, los que el día demande. El ritmo del rancho dirá.
—Ya voy aprendiendo que así son las cosas. El día puede ser tranquilo o un verdadero infierno, sin términos medios. —Cogió su termo de café, le dio las gracias con un gesto y recogió su sombrero al salir.
—El ritmo estructurado de la ciudad no funciona en Careyville —le recordó ella.
—Os vendría bien un poco de orden.
CJ rio, pero no le hizo caso. Comenzó a recoger las cosas del desayuno al son de una canción folk que sonaba en la radio. Él le echó una última mirada. Le costó marcharse después de eso.
—Joder, espabila, Patrick —se dijo, y fue hacia la camioneta. Colocó el termo en el portavasos y giró la llave.
La vieja Ford tosió y se apagó.
Patrick lo intentó de nuevo, con el mismo resultado. A la tercera, la tos fue menor y el panel apenas llegó a iluminarse.
—Mierda. —Bajó de la camioneta y la miró como si pudiera desentrañar a simple vista los secretos de la mecánica. Echó la cabeza hacia atrás, frustrado; se quitó el sombrero, lo dejó sobre el techo de la Ford y abrió el capó.
—Te lo advertí —la voz de CJ le llegó desde el porche—, las estructuras no funcionan aquí. Tú haz tus planes, que en Idaho todos se van al garete.
—Ja, ja.
—¿Qué ha pasado? —Se acercó a mirar. Patrick estaba con la vista fija en el motor, como suelen hacer los hombres, fingiendo que entienden perfectamente el problema y saben cómo solucionarlo.
—No arranca.
—Eso ya lo había deducido. —La mirada asesina de Patrick la hizo reír—. A ver…
CJ era más baja que Patrick, hincó la bota en el parachoques para elevarse y mirar el motor. Se sujetó al capó y se inclinó hacia la maquinaria de la Ford.
—¿Sabes de esto o lo haces para presumir? —preguntó Patrick, apoyándose en el borde metálico.
—¡No seas machista, sheriff! Claro que sé.
Gallagher intentó pensar en cualquier cosa que no fuera lo sexy que se veía CJ estudiando su motor. Él sabía cambiar un neumático, echar gasolina y añadir agua al limpiaparabrisas. Pero en lo que respecta a motores, y más aún a motores antiguos, dejaba bastante que desear.
CJ, en cambio, sí parecía entender.
—No es grave —dictaminó tras unos segundos—. Es la batería.
—Vaya, debo de haber dejado algo encendido sin darme cuenta.
CJ bajó de un salto y descansó su cuerpo en el capó abierto.
Patrick esperó que no fuera tan evidente que se la estaba comiendo con los ojos, pero, por lo visto, sí lo era.
Su actitud, en lugar de incomodarla, la hizo removerse un poco, como si dudara entre mostrarse más segura y sexy o huir de la tentación.
Gallagher esperaba que optara por la primera opción.
Quería conocer esa versión de CJ. Quería saber cómo era Claire Juniper cuando deseaba algo e iba a por ello, y quería ser él su objetivo.
Ella le dio el gusto parcialmente. Apenas un movimiento.
Apoyó las manos en el capó sin volverse, lo que hizo que su pecho se proyectara hacia delante y tensara los botones de su camisa vaquera.
Duró un segundo. Bastó para quedar grabado en la retina del sheriff.
Enseguida cambió de postura y volvió la mirada al motor.
—No has dejado nada encendido, la batería ha llegado al final de su vida —dijo. Su voz fue ganando firmeza a medida que hablaba.
—Pero bastará con darle una carga para ir a por un repuesto, ¿verdad?
La expresión de CJ fue respuesta suficiente.
—Joder —masculló Gallagher—. Al demonio mi lista. Llamaré a Luke para que me recoja.
—Venga, yo te llevo.
—CJ, tú tienes cosas que hacer…
—Sí, pero con la salvedad de que soy flexible, ¿recuerdas? Demasiadas estructuras no funcionan en Careyville. Venga… Voy a preguntarle a mi padre si necesita algo de la ciudad, porque aquí no encontraremos el repuesto. Tú recoge tus cosas y ponlas en la camioneta de Walter.
—¿No iremos en tu coche?
—Mi coche no está hecho para este terreno. Si necesitas ir a algún sitio, te dejará tan tirado como tu vieja Ford. Venga, mueve el trasero.
—¡No te usaré de taxi todo el día, CJ! —advirtió. ¿De verdad esa mujer pretendía llevarlo y traerlo a cada una de las actividades del día?
La sonrisa que le lanzó antes de perderse en el interior del rancho le dijo que sí, que eso era exactamente lo que planeaba.
Iba a negarse. ¡Tenía que negarse! Pero, cuando pensó en pasar todo el día a su lado, consideró la opción de ser un puñetero egoísta y aprovecharse.
La imagen de CJ sobre el capó, con el pecho tensando la camisa vaquera, cruzó su mente e inclinó la balanza.
—Joder, sí soy un puñetero egoísta. —Cogió su termo, su sombrero y fue hacia la camioneta de Barlow. Ella regresó con la llave y, por supuesto, una nueva lista de cosas que traer.
—Ahora sí, ¿listo para el día?
—Esta vez no responderé. —Se sentó en el asiento del acompañante—. Ya he visto que Careyville se toma mis respuestas como desafíos.
Ella rio, encendió la radio y se pusieron en marcha.