Raíces Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

A Patrick, pese a sus quejas, en el fondo le gustaban las novelas detectivescas y las series policiales.

Eran inverosímiles y no se parecían en nada al trabajo real, pero precisamente por eso las disfrutaba.

En las novelas, los policías podían saltarse las normas y los procedimientos, siempre que atraparan al malo.

Si lo conseguían, se llevaban los aplausos, incluso los del jefe gruñón que bramaba desde su despacho.

Ja. Ya le gustaría ver cómo presentaban esos casos ante un fiscal. Las series de procesos judiciales, en cambio, las detestaba.

En ese momento, vendería el alma al diablo por una buena novela llena de giros y una cerveza junto al fuego, porque, si bien amaba su trabajo, le tocaba una de sus peores partes: hablar con una posible víctima.

Su camioneta viró por un camino mal trazado y cubierto de maleza.

El trasero le rebotó contra el asiento del conductor y tuvo que sujetar el volante con ambas manos para mantener la trayectoria.

Los ladridos de un rottweiler le dieron la bienvenida.

El animal se lanzó contra una alambrada, mostrando los colmillos y babeando en el proceso.

Patrick apagó el motor, bajó de la camioneta y se acercó a un tramo de la alambrada sostenido apenas por un ganchillo. El perro fue hacia él y soltó un par de bufidos de advertencia.

—Tranquilo, chico, tranquilo… Vengo en son de paz. ¿Está Chuck? —le preguntó.

Dejó que el animal le oliera el dorso de la mano a través de la rejilla.

Eso pareció calmarlo. Los ladridos que siguieron fueron estridentes, en lugar de amenazantes.

Un lenguaje de bienvenida. El sheriff dio una palmada.

Podía que el rottweiler no enseñara los dientes, pero no tenía intención de poner a prueba sus fauces.

—Joder, si eres tú, Whitmore, saldré con la escopeta…

—Espero que la tenga registrada, Bloom —respondió Patrick.

—Joder, si vienes por Whitmore, igual saldré con la escopeta —gruñó el hombre, abriendo la puerta mosquitera de su casa.

El lugar era, como mucho, una pocilga. Estaba elevado un metro sobre el suelo, sostenido por vigas, y bajo la estructura anidaba cualquier alimaña de la zona.

La casa tenía dos estancias y un toldo que cubría una tumbona donde Chuck pasaba el día.

A su lado se extendía un cementerio de botellas vacías y colillas.

—No vengo por la vaca, Bloom. Vengo a hablar de otra cosa.

—Pff… no sé qué será, pero no fui yo.

—¿Cómo puede estar seguro si no le he dicho de qué va el asunto?

—Porque no salgo de aquí desde hace años, y de aquí me sacarán con los pies por delante —masculló.

Se acercó a la puerta y soltó el ganchillo.

El perro se aproximó a olfatear los pies del sheriff.

Su aspecto era aterrador, aunque se notaba que era un animal dócil—.

Y ya le digo que, en este pueblo de mierda, me acusan hasta de las goteras.

Si estuviéramos en la época de las brujas, me habrían mandado a la hoguera hace tiempo.

Soltó su maldición y se dejó caer en la tumbona.

Encendió un cigarrillo y, con este colgando de los labios, rebuscó entre las botellas vacías hasta encontrar alguna con restos.

Sin siquiera olerla, la alzó y dio un trago de algo que parecía ginebra.

El perro se tumbó a sus pies. Patrick habría jurado ver tristeza en los ojos del animal.

—No vengo a acusarlo de nada, Bloom. Vengo a preguntarle por Sarah.

El rostro del hombre se transformó. Lanzó la botella vacía a un cesto de metal, provocando un ruido estruendoso, y siguió rebuscando entre los cadáveres de cristal en busca de un último sorbo.

—De eso también me han acusado esos hijos de puta.

Chuck empezó a inclinar una a una las botellas sobre la boca, bebiendo a gotas hasta juntar un trago, pero nada parecía saciarle.

—¿Sí? ¿Cómo es eso?

—Dígamelo usted. Es el sheriff.

—No hay ningún caso de desaparición de Sarah, Bloom. ¿Quiere poner una denuncia?

—Han pasado diez jodidos años.

—Nunca es demasiado tarde para encontrar respuestas.

Quiso añadir que, sin duda, una investigación le daría más respuestas que la bebida, pero tuvo el buen juicio de callarse.

—¿Y a ti qué coño te importa Sarah? Tú eres un forastero. Te irás de vuelta a Boston en unos meses y Hawkins aparecerá por aquí, haciéndose el simpático y diciéndome con amabilidad que me vaya a tomar por culo.

—Intentemos resolver esto antes de que Hawkins vuelva…

—No hay nada que resolver, sheriff. —Bloom se levantó y entró a por una botella.

Regresó con suficiente vodka como para tumbar a un ejército.

Dio un trago y, por fin, aspiró el cigarro, que llevaba consumiéndose en su boca varios minutos—.

Sarah se fue. Sarah nos mandó a todos a tomar por culo porque esa chica era más lista que todos nosotros.

Sarah me dejó —añadió en un murmullo dolido, aunque resultaba difícil distinguirlo. Los borrachos siempre suenan dolidos.

—Voy a hacerle una pregunta, ¿vale? —Patrick sacó su móvil y mostró el retrato de Jane Doe—. ¿Podría ser ella Sarah?

Chuck observó la imagen, primero con curiosidad y luego con verdadera atención.

—Sarah ahora tendría treinta años. No puede ser ella.

—¿Podría ser Sarah a los veinte?, ¿cuando desapareció?

El rostro de Chuck Bloom volvió a cambiar. Patrick no supo leer la emoción. Miedo, culpa, tristeza…

—¿Quién coño es ella?

—Eso es lo que quiero averiguar —respondió el sheriff.

—¿Es la chica del bosque? ¿Cree que Sarah es la chica del bosque?

—Es el retrato de la chica del bosque, sí. Yo no creo nada, señor Bloom. La fe es para la iglesia, yo busco pruebas. Por eso le pregunto, ¿cree que podría ser Sarah?

Los años de experiencia permitieron a Gallagher anticipar la reacción. Apartó el móvil justo antes de que Bloom intentara arrebatárselo para hacerlo añicos.

—¡No es Sarah! Sarah se marchó, joder. ¡Se fue por su propio pie! Eso me dijo Hawkins. La vieron subirse a un puto camión y largarse de aquí. ¡Y bien que hizo!

Chuck agarró una botella vacía y la lanzó contra Patrick. El sheriff esquivó el golpe y la botella se hizo añicos a su espalda.

—Y ahora vienes tú, jodido detective de ciudad, a jugar a tu Criminal Minds y a abrir viejas heridas. —Cogió otra botella y la blandió como un arma—. ¿Qué harás? ¿Acusarme como todos en este pueblo de mierda? ¿Dirás que yo le pegaba a mi niña?, ¿que se fue porque soy un jodido borracho?

Lanzó la botella y el movimiento lo hizo caer de rodillas sobre la tierra. Patrick se acercó a ayudarlo. El hombre se doblaba entre llanto y furia. Se aferraba al brazo que intentaba sostenerlo mientras lo apartaba a manotazos.

—No es Sarah, ¿me oye? —le dijo, escupiéndole aliento a alcohol en la cara y sacudiéndolo por la camisa color arena—. ¡No es Sarah! Ella se fue, está en otra parte, lejos de este infierno. ¡Lárguese de aquí!

El perro empezó a ladrar, no de forma agresiva, sino rodeando a su dueño. Parecía pedir ayuda, sin comprender que los hombres, a veces, no aceptan una mano tendida.

—Si cambia de opinión, Bloom, si cree que puede ser Sarah, llámeme o pase por la comisaría, ¿de acuerdo?

—¿Para que me pongan las esposas? ¿Para que me acusen?

—¿Por qué cree que haría eso, Bloom?

Era inevitable preguntarlo. ¿Qué ocultaba ese hombre? ¿Por qué estaba tan seguro de que acabaría entre rejas?

La mirada de Chuck fue clara: «porque lo merezco».

Había culpa y remordimiento en esos ojos nublados por el alcohol.

Patrick conocía bien esa emoción. Pero él no era juez ni sacerdote; no le pagaban por juzgar pecados, sino por esclarecer hechos concretos.

Tenía que averiguar si esa culpa estaba relacionada con el cuerpo del bosque. Lo demás era personal.

—Coma algo sólido, Bloom. Dese una ducha y piénselo bien, ¿de acuerdo?

Había llevado una copia impresa del retrato. Fue a buscarla a la camioneta y la enganchó en la alambrada para que Chuck pudiera observarla. Sin una denuncia formal sobre Sarah, no podía vincular los casos, pero nada le impedía seguir indagando.

Por ejemplo, por qué Hawkins no había abierto un expediente y había asegurado que Sarah se había marchado por su cuenta. ¿Tenía pruebas? ¿Ocultaba algo?

Al menos ya sabía por dónde seguir. Iría a hablar con el antiguo sheriff y averiguaría si existía relación entre Sarah y el cuerpo del bosque… o si todo era una terrible coincidencia.

En Careyville nunca pasaba nada, pero cuando ocurría, lo hacía todo de golpe.

Pese a que Bloom le había dado una lección de lo más ilustrativa sobre las consecuencias del alcohol, Patrick necesitaba un trago.

Un trago y una maratón de series policiales.

Por eso, en lugar de regresar al rancho de inmediato, le envió un mensaje a Walter para informarle de que iría a Ponderay a por unas cervezas, por si necesitaba algo.

Barlow no dudó en enviarle una extensa lista.

Bien, sonrió, eso estaba bien. Ya se había desdibujado cualquier línea entre huésped y anfitrión, y lo del contrato de Airbnb era un mero formalismo.

Los Barlow y los Gallagher funcionaban como una familia extraña, con roles que mutaban según la ocasión.

Patrick condujo por la estrecha carretera hasta el siguiente pueblo.

Los lugareños solían ir hacia el norte, a Ponderay, o hacia el sur, a Downey, eran los centros urbanos más próximos y mejor abastecidos.

Él prefería Ponderay, porque allí había una sucursal de un supermercado de productos regionales en lugar del típico Walmart.

Aparcó junto a otras camionetas, nadie allí parecía usar coches convencionales, y se dirigió sin demora al interior.

Tenía media hora más de regreso al pueblo y no quería que se le hiciera tarde.

Desde que Mae podía manejarse con independencia, él contaba con más flexibilidad, y eso le había llevado a darse cuenta de que, en ocasiones, podía ser un padre excesivamente sobreprotector.

Era a él a quien le costaba separarse de Mae.

Las puertas de cristal se abrieron con el sensor y los pocos clientes se volvieron a mirarlo.

Lo reconocieron de inmediato, en parte por el uniforme y en parte porque allí tampoco había muchos habitantes.

Saludó con un gesto del sombrero, cogió una cesta y fue directo a la sección de cervezas.

Cogió un pack de seis Guinness y añadió otro de botellines lager de la marca que bebía CJ.

Walter era más del whisky y ya le había regalado uno de buena etiqueta para compensar las molestias.

Luego sacó el móvil y comprobó la lista de Barlow:

—Queso para emparedado, harina de todo uso, aceite para cocinar…

Fue recorriendo los pasillos y añadiendo productos, demasiado ensimismado para prestar atención. El saludo lo tomó desprevenido.

—¡Sheriff!

Se volvió sorprendido, y la sorpresa fue aún mayor al ver a la pareja que lo saludaba.

—Caldwell. —El nombre sonó a pregunta en su voz, pero no era solo lo inesperado de volver a verlo, sino su compañía.

—Te presento a Emma. Emma, el sheriff Gallagher; Gallagher, Emma…

Un par de parpadeos bastaron para que Patrick reaccionara y estrechara la mano de la mujer.

—Encantado.

—Bueno, sheriff, le dejo con sus cosas. Saludos a los Barlow —dijo el hombre. La mujer le sonrió y se perdieron por otro pasillo.

Él se quedó aún estupefacto por el encuentro. No era que fuera extraño, al fin y al cabo, Lilian McCoy había comentado que Ethan tenía una novia en el pueblo y, de hecho, aunque le costara reconocerlo, se alegraba de ello. Eso lo mantendría lejos de CJ.

No. Lo que lo había tomado por sorpresa era el parecido de Emma con su Jane Doe. Con una gran diferencia, Emma rondaba los veinticinco y… estaba viva.

—Dios, este caso me está desquiciando —susurró, y terminó de recoger los productos.

En la caja volvió a encontrárselos y, con disimulo, estudió a Emma. En efecto, se estaba volviendo loco. Ahora que la observaba en detalle, la nariz era distinta y la frente más estrecha. El parecido se limitaba a que ambas eran rubias, ¿verdad?

Necesitaba una condenada cerveza.

Los saludó con un gesto del sombrero y regresó al rancho Barlow. Esperaba que una noche de buen descanso le aclarara las ideas y dejara de hacerle ver fantasmas donde no los había.