Raíces Capítulo veintitrés
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Capítulo veintitrés

Tras el viaje, CJ necesitó tiempo para volver a sentirse cómoda con Patrick.

Sabía que le debía una explicación y una parte de ella quería dársela.

Pero no estaba lista. No sabía cómo actuar si Patrick mostraba excesiva pena o condescendencia.

menos aún sabría cómo reaccionar si él se mostraba indiferente.

En el enorme abismo de las infinitas posibilidades se sentía más segura, aunque para mantenerse allí tuviera que evitar cualquier conversación profunda.

El sheriff Gallagher le brindaba ese espacio.

No lo hacía de buena gana, pero lo hacía de todos modos.

Esa actitud atraía a CJ como la miel a las moscas.

Le gustaba demasiado que no se rindiera fácilmente, que mostrara ese interés, al mismo tiempo que la enloquecía saber que era capaz de contenerse por su bien.

Esa mañana se subió a la camioneta roja del sheriff camino al pueblo, con su tableta gráfica, el corazón en un puño y un nerviosismo que esperaba no le hiciera temblar el pulso.

—Primero firmaremos los papeles y luego la doctora Cross te entregará la información. Si lo prefieres, puedes trabajar en tu casa…

El modo en que había dicho eso último hizo sonreír a CJ. Él no lo prefería en absoluto, pero, una vez más, estaba dispuesto a darle espacio. Y ella… ella a ceder.

—No creo que sea bueno para el caso, ¿no?

Le ofrecía la posibilidad de presionar. Parecían bailar un tango. Si él daba un paso, ella retrocedía; si él lo hacía, ella avanzaba.

—Los papeles ya son una declaración de que no intervendrás en la investigación en caso de que conozcas a la víctima…

Una vez más, su voz dejaba un espacio abierto.

—Será mejor despejar dudas. Trabajaré en la oficina. Así evitaremos cualquier posible mala interpretación.

Patrick asintió conforme. Soltó el aire en un suspiro apenas audible, CJ adivinó que era de alivio.

Llegaron a la comisaría a las ocho en punto de la mañana. La bicicleta de la doctora Cross ya estaba apoyada en uno de los bancos del porche, sin que hubiera señales de la mujer.

—¿Elena? —llamó CJ.

—¡Voy! —se escuchó al otro lado de la casa blanca. CJ se asomó y la vio fumando. Soltó una risa.

—¿Aún te escondes para hacer eso?

—Dios, que la señora McCoy anda por aquí y me echará un sermón.

Patrick desactivó el sistema de seguridad y entró. Nada más poner un pie en el interior, Lilian pareció materializarse en la entrada. Elena lanzó el cigarro y lo apagó con premura.

—Te recuerdo que la doctora eres tú —le murmuró CJ, cómplice.

—Lo sé, los médicos somos los peores en temas de salud.

Elena fumaba solo cuando estaba nerviosa, y CJ estaba segura de que el caso no era el centro de ese nerviosismo.

La doctora Cross lidiaba con muchas cosas en su vida personal y ese equilibrio no le estaba funcionando demasiado bien.

Ya había dejado su puesto en la gran ciudad, había puesto una relación en pausa y ahora debía asesorar a la policía como forense, como un extra que no había solicitado y que definitivamente le llegaba en mal momento.

—Buenos días —saludó Lilian—. He traído galletas.

—He conocido a periodistas del New York Times menos incisivos que tú cuando quieren una primicia, Lilian —dijo Patrick, sin dejar de aceptar las galletas a modo de extorsión.

—Las cosas que dice, sheriff. Yo no vengo a fisgonear, solo soy una amable vecina.

CJ y Elena cruzaron miradas, arquearon las cejas y se echaron a reír como dos adolescentes.

—Yo pondré el café —propuso Elena—, que CJ necesita firmar esos papeles del demonio. Léelos, chica, léelos bien, porque le vendes el alma al diablo.

—¿Tan grave?

—No, es solo papeleo —la tranquilizó Patrick. Le indicó con un gesto el camino a su oficina.

—Papeleo innecesario, la verdad —insistió Lilian—. Nadie desconfiaría de nuestra CJ y de su profesionalidad.

«Por tanta confianza es que estamos donde estamos», pensó Patrick. Aunque él tampoco tenía recelos respecto a CJ, y eso era uno de los aspectos que más le preocupaba. Se imaginó en el banquillo, declarando ante uno de esos abogados de traje negro, siendo interrogado por su relación con CJ:

«—¿Es cierto, sheriff Gallagher, que era incapaz de desconfiar de la señorita Claire Juniper Barlow? ¿No lo hace eso parcial en la investigación? No quiero recordarle que ha jurado sobre la Biblia, sheriff».

Empezó a sudar. Sí, estaría muy jodido si llegaban al estrado. Aunque pudiera parecer exagerado, pensar en el peor escenario posible y prepararse para él era lo que había llevado a Patrick a ser un buen detective.

—Los procedimientos se inventaron para algo, McCoy.

En ese momento entró Luke, fichó en el ordenador, saludó a todos y fue directo a por las galletas.

Patrick entrecerró la puerta de su despacho y se dirigió a su escritorio.

Allí ya tenía impresos los documentos y le indicó dónde firmar en cada caso.

CJ escuchó el consejo de Elena y leyó con detenimiento, en especial la parte en la que se comprometía a declarar en caso de juicio y donde afirmaba no ser obligada ni coaccionada a realizar esa tarea para la policía.

Un apartado adicional indicaba que el trabajo se hacía ad honorem y que renunciaba a reclamar pagos futuros al estado de Idaho por sus servicios.

Cuando terminó de leer en detalle, estampó su firma al final de cada hoja.

Patrick hizo lo mismo. Sus firmas juntas le resultaron extrañas a CJ.

La del sheriff era firme, de líneas rectas, demasiado rectas, con subrayado y punto.

La de ella era redondeada, con un círculo que englobaba su nombre.

Un grafólogo se daría un festín con ellos dos.

Mientras Patrick escaneaba e imprimía una copia para CJ, la doctora Cross entró junto a Lilian con el café y las galletas.

Luke, ya entrenado tras varias semanas con el sheriff, llamó a la señora McCoy con cualquier excusa para sacarla del despacho.

Gallagher aprovechó para cerrar la puerta y mantener el secreto del caso.

—Bien, ¿ya le has vendido el alma al diablo? —bromeó Elena.

—¿Te refieres a que pueden llamarme a declarar?

—¡Me refiero a que tu nombre quedará en la plantilla de la policía de Idaho! A partir de ahora, estas sanguijuelas tendrán tu número.

CJ se echó a reír.

—¿Eso te pasa a ti?

—Mira, ya soy forense —replicó ella.

—Solo porque nos ayudas, dejaré pasar que me hayas llamado sanguijuela.

Elena le sonrió con falso arrepentimiento.

—¿Empezamos? —animó Patrick.

—¿Ansioso? —replicó Elena.

—Demasiado. Necesito un hilo del que empezar a tirar. Venga, a trabajar.

Elena Cross tenía en su poder el archivo enviado por la oficina forense de la capital de Idaho: el escáner tridimensional del cráneo y cuello de Jane Doe, con medidas exactas y acompañado de la información que había arrojado el ADN (raza, edad, posibles enfermedades congénitas, etcétera).

Con una memoria USB cargaron la información en la tableta gráfica de CJ. Al programa le llevó un par de minutos renderizar los datos y generar la primera capa, correspondiente a la estructura ósea. A partir de ahí, ya no necesitaban ni a Elena ni, aunque le pesara, a Patrick.

—Bien, cualquier cosa me llamáis, ¿vale? —dijo a modo de despedida.

—Vale, gracias por la ayuda.

—De nada, mi número está en la lista, ¿recuerdas, sheriff? —bromeó ella.

La señora McCoy intentó asomarse con la excusa de traer más café, pero él la interceptó en la puerta, cogió las tazas y la dejó al otro lado del umbral. La mujer no se lo tomó a mal, sabía que estaba excediéndose con el cotilleo.

CJ se acomodó en la butaca, se quitó las botas para no dañar el tapizado y colocó la tableta sobre los muslos. Prefería esa posición para bosquejar. Luego, para los detalles, utilizaba escritorios ligeramente inclinados.

El programa aceleraba el proceso enormemente, ya que añadía capas que podía mostrar u ocultar a voluntad, sin necesidad de hacer varios bocetos ni usar papel de calco.

Empezó por la forma del rostro, la piel, la tersura de una veinteañera…

Luego las orejas. Era difícil determinar la forma del lóbulo, pero no así la del cartílago, que se desarrollaba en torno a la cavidad del cráneo.

La frente fue solo cuestión de poner piel. Solía ser la parte más sencilla, pero las cejas podían cambiarlo todo. Debía ser cuidadosa.

Patrick la observaba en silencio. La quietud del sheriff la abstraía de su trabajo. Como él no se movía, nada le indicaba el paso de las horas. Sin movimiento, no hay tiempo. El reloj lo marcaba ella con su lápiz gráfico y la aparición paulatina de una mujer en la pantalla.

—Necesitas comer, CJ —fue la inesperada interrupción. Estaba trabajando en la nariz, que también era crucial.

—Estoy bien…

—De eso, nada. —Le quitó con gentileza la tableta de las manos y le tendió la mano para que se pusiera de pie.

La expresión de dolor de CJ hizo maldecir y reír a Patrick a partes iguales—.

La próxima vez te moverás cada media hora, como mínimo.

He montado guardias menos extenuantes que tú dibujando.

—Por cierto, no tienes por qué montar guardia aquí.

—No, pero alguien me dijo que, si es necesario u obligatorio, no es amabilidad. Ven, comamos en el porche, aprovechemos el sol.

Ella hizo un par de estiramientos antes de abandonar el despacho. Patrick fue a la cocina y preparó un par de bocadillos.

—Mi alimentación no es muy saludable —se disculpó.

—Te diría que hables con Elena, puede que comer así sea lo que te provoca los dolores de cabeza, pero ya la has visto… ¡fuma! —bromeó.

—Cada cual elige su veneno.

Vaya si tenía razón, pensó CJ. Se quedó de pie, apoyada en la barandilla blanca del porche.

Ella deseaba cambiar de veneno, dejar la tristeza y darse una sobredosis de Patrick Gallagher.

Adivinaba lo intenso que sería. El sheriff no era de los que hacían las cosas a medias, y no pudo evitar preguntarse cómo se sentiría al ser deseada y querida por un hombre así.

Sí, definitivamente una droga. Estaba cansada del café aguado, de la comida sin sal y de los amores descartables.

Le apetecía una dosis fuerte de café irlandés, de experiencias que dejaran huella, porque la cuota de cicatrices la tenía cubierta y le parecía una injusticia que en su piel quedaran secuelas de lo malo, de lo insulso, y ni una sola de lo bueno.

—Si lo prefieres, puedes seguir mañana —propuso él.

—No, gracias. Creo que podré terminarlo hoy, y la ansiedad no me dejará dormir.

Temo que sea Sarah, ¿sabes? Pero también temo no tener nunca respuestas sobre Sarah y…

—Se mordió el labio. Con ese caso le sucedía lo mismo que con Patrick, estaba ante una encrucijada entre la posibilidad de sufrir, de abrirse una vez más al dolor, y la de no saber nunca qué fue, qué es y qué pudo ser—. Necesito saber —finalizó.

Era una declaración doble. Necesitaba saber qué le pasó a Sarah y qué había entre ellos.

Él asintió.

Regresaron al despacho. Ella cogió la tableta y él volvió con más café. Lilian y Luke se habían marchado, las intenciones de fisgonear de la señora McCoy no justificaban tanta espera, y Jensen siempre encontraba algo que hacer con tanto tiempo libre.

El sol se escondió entre los árboles antes de desaparecer por completo en el horizonte.

CJ cambió de posición, ahora sobre el escritorio de Patrick, con el cuerpo inclinado de una forma que acabaría destrozándole la espalda.

Gallagher solo pudo negar con la cabeza, se imaginó cuántas horas de pilates habían formado parte de la vida de CJ antes de que dejara de dibujar por completo.

CJ finalizó el dibujo e introdujo los datos del ADN para que la aplicación realizara el render final: rubia, ojos claros, piel blanca, delgada y con una fuerte presencia de rasgos sajones.

La tableta emitió un sonido al terminar y tanto Patrick como CJ se quedaron paralizados, temerosos de mirar el resultado.

—¿A la cuenta de tres? —propuso él.

—Vale.

Uno, dos, tres…

CJ contuvo el aliento, lo soltó y volvió a inhalar.

—Joder, esperaba algo más… —murmuró.

—¿Determinante?

—Sí. Esperaba ver el rostro de Sarah ahí.

—Los retratos robot nunca son precisos, pero lo importante… ¿podría ser? —preguntó él.

CJ cogió su móvil. En esos días había reactivado su cuenta de Facebook, inactiva desde hacía años.

Buscó fotos antiguas de Sarah y ella cuando aún vivían en Careyville.

Había una en la que el rostro de Sarah se veía claro, sonriente, preciosa como siempre había sido.

Sin embargo, los ojos de Patrick se fijaron en CJ y juró que algún día la mirada de la mujer volvería a brillar como en aquella foto.

—Cuando los selfis se hacían a ciegas… No recuerdo cuántas fotos hicimos hasta conseguir esta.

—Era con una cámara digital de las de antes, que solo tenían una pantalla trasera y había que apuntar casi sin ver.

Aun así, la foto era hermosa, porque mostraba a dos jóvenes felices, sin problemas ni preocupaciones—.

Se le parece demasiado, ¿verdad? —La voz de CJ tembló.

—Sí. —Sonó ronco por la emoción. Joder, cómo le dolía hacerle daño a CJ. La rodeó con los brazos, sosteniéndola contra su pecho.

—Pero parecerse no es ser ella, ¿no?

Una delgada línea separa la duda razonable del pensamiento mágico. Él dudaba, ella imploraba.

—Con la foto, tal vez Bloom acepte darnos su ADN y podamos llegar a una conclusión sin dudas.

CJ se apartó del abrazo lentamente. Ansiaba quedarse allí para siempre, entre sus brazos, donde todo parecía seguro.

Cogió la tableta y volvió a mirar la imagen. Tal vez fuera la esperanza o quizá su ojo de artista, pero fue incapaz de contenerse:

—El mentón luce distinto, ¿no? El de Jane Doe es más fino. Sarah siempre se quejaba de su mentón… —Se mordió el labio. Se aferraba a un clavo ardiendo, lo sabía. Incluso para un retrato robot, el parecido era excesivo.

—Hasta que no haya identificación, no cerraremos ninguna puerta, CJ, ¿vale? —Ella asintió—. Vámonos a casa, los dos necesitamos descansar.

Ella recogió las cosas, no sin antes enviar una copia del retrato al correo de la comisaría y al personal de Patrick. Una vez hecho, agradeció el aire fresco del exterior.

Le faltaba el aire.

Sí, quería saber qué le había pasado a Sarah. Necesitaba la dosis sanadora de la verdad.