Raíces Capítulo veintidós #2
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Capítulo veintidós #2

CJ dejó el bolso sin más sobre un sillón de tapizado claro y se volvió hacia él.

—Allí está el baño, que seguro lo necesitas —le sonrió—, y ponte cómodo. Yo buscaré la tableta gráfica y algo de ropa. Recuperamos fuerzas y nos vamos. Te recomiendo usar el tiempo con sabiduría, pues manejarás de regreso —dijo en tono de amenaza bromista.

—Sí, mi generala —respondió él en el mismo tono.

La vio perderse escaleras arriba y no pudo evitar volver al estudio minucioso del lugar.

No supo por qué algo le daba mala espina.

Fue al aseo de invitados, un espacio pequeño y aséptico.

Hizo sus necesidades y se lavó las manos con el jabón líquido con aroma a melocotón.

Al salir, se quedó de pie sin saber qué hacer mientras esperaba.

Se escuchaban los pasos de CJ yendo y viniendo en la planta alta.

Él evaluó sentarse en el sillón, pero sus piernas demandaban movimiento y verticalidad después de siete horas sentado.

Caminó un poco por allí, mirando sin mirar, hasta que cayó en la cuenta de qué era lo que no le cuadraba del lugar: nada en la casa de CJ reclamaba su identidad.

Al menos, no la identidad que él había empezado a conocer en el rancho Barlow.

El espacio era demasiado claro, impersonal.

De hecho, parecía más un Airbnb que el espacio que él había alquilado como tal.

Los cuadros que pendían de las paredes eran impresiones genéricas, de esas que podías comprar en páginas chinas, y los colores pastel no se ajustaban con la vibra artística que transmitía CJ.

La cocina estaba separada de la sala apenas por un gran umbral. Fue hacia allí y vio la cafetera.

—¿Preparo café? ¿O me reprenderás por el exceso? —preguntó alzando la voz.

Pudo escuchar el deje risueño de CJ.

—Por esta vez, puedes excederte —dijo, asomando parte del cuerpo por la barandilla.

Patrick puso el agua en el compartimento y buscó en las alacenas hasta dar con el café. Dio al botón de encendido y otra vez lo embargó la sensación de que algo no estaba bien en la casa de CJ. No pudo evitar poner en marcha su cerebro detectivesco.

—La cafetera está enchufada, el interruptor general estaba encendido —enumeró.

Sabía que se metía donde no lo llamaban, pero la acidez que acudió a la boca del estómago nada tenía que ver con la cantidad de café ingerida.

Fue a la nevera y la abrió. Allí se encontraba, con una colonia de moho, una ensalada a medio comer.

Buscó en los cajones hasta dar con las bolsas de basura y comenzó a vaciar los estropicios de la nevera.

Una leche caducada, verdura marchita, unos condimentos que solo los conservantes industriales podían mantener en un estado lejano a la putrefacción, pero imposibles de ingerir por seres humanos que quisieran seguir viviendo…

La verdad lo deslumbró. Dios, ¡cuántas veces había asistido a escenas iguales en su trabajo de detective!

Por costumbre laboral fue al lavadero, rogando no hallar allí lo que sabía que iba a hallar, un cesto de ropa sucia aguardando su turno para la lavadora.

La cafetera pitó al terminar de filtrar el café.

CJ bajó con un bolso extra, la tableta gráfica y algunos materiales de lectura. Patrick contuvo el deseo de subir por las escaleras e ir a su habitación para constatar que la puñetera cama estaba deshecha.

—CJ… —La voz le tembló. A él, que había visto escenas sangrientas, que había comunicado noticias atroces a víctimas inocentes, la voz le tembló.

Ella percibió ese tono. La sonrisa gentil que montaba para todos, para simular que la vida iba bien, se le desvaneció del rostro.

—¿Qué sucede? —preguntó con miedo.

—No planeabas visitar a tu padre, ¿verdad?

El pánico más hondo, el terror más profundo, atravesó los ojos color chocolate de CJ. Ella se alejó de él y simuló terminar de acomodar las cosas para marcharse.

—No pensaba pasar tanto tiempo —mintió.

Patrick soltó el aire en un suspiro, o una risa amarga, o una mezcla de ambas.

—Un consejo… no le mientas a un detective. Cuando preguntamos, es que ya sabemos la respuesta.

CJ se estremeció. No estaba lista para contar lo sucedido, pero tampoco tenía ánimos de seguir fingiendo. De modo que pensó que la única alternativa era huir, escapar de su mirada color miel, de su escrutinio de detective.

Pero no. Se equivocaba. Había una alternativa.

Patrick la alcanzó junto al sofá en el que ella acomodaba, con obsesivo control, sus pertenencias. La detuvo cogiéndola de la muñeca. Ella forcejeó un poco, demasiado acostumbrada a estar sola con su dolor. Él la cogió de la otra muñeca y la obligó a mirarlo.

CJ se retorció. Lo hizo con furia, desesperación, dolor, miedo y, sobre todo, con una necesidad abrumadora, animal, de ponerlo a prueba. Mientras luchaba contra él con su cuerpo, su corazón solo podía decir una cosa: no me sueltes.

Él le llevó los brazos a los costados del cuerpo. El pecho de ella quedó pegado al de él mientras su respiración se hacía más y más agitada. Hasta que al fin lo que clamaba su corazón brotó por su boca, uniendo su cuerpo con su alma en un único ruego:

—No me sueltes.

—No lo haré —prometió él, y la abrazó con fuerza bestial.

CJ se aferró a su camiseta. Las uñas rasparon a través de la tela, dejando estelas rojas en la piel de él.

A Patrick no le importó. Le daría su pellejo si con eso dejaba de llorar así. Le daría sus huesos si con eso conseguía sostenerla de pie.

Cuando el miedo rabioso se disipó en ese agarre, dio paso al llanto vulnerable. Patrick se sentó en el sofá y la arrastró con él. Acomodó el cuerpo de CJ, débil por las emociones, sobre su regazo y la acunó como a una niña hasta que por fin todo se purgó.

Le apartó el cabello y posó la cabeza de ella en su hombro.

—Joder, CJ, y tú querías venir sola aquí por una puñetera tableta gráfica. Joder, joder, joder.

—Solo quería ayudarte —susurró con voz nasal—, ser útil. No te enfades.

Patrick carcajeó.

—¿Que no me enfade? Llevo un cabreo que te cagas, CJ.

—Solo ríes cuando te enfadas —notó ella.

—¿Y por eso me haces enfadar? —preguntó él, pero su voz no transmitía enojo ni furia, sino una tierna serenidad—. La próxima prueba con un chiste.

—La mayor exportación de Australia son los bumeranes. También son la mayor importación —dijo CJ—. ¿Ves? No te ríes.

—CJ…

—Van dos ciegos y le dice uno al otro: «Ojalá lloviera». «Ojalá yo también».

—Sé que estás tratando de cambiar de tema.

—¿Funciona? —Al hablar, el aliento de ella le rozaba la piel del cuello.

—No.

—«Hola, ¿tienen libros para el cansancio?», «Sí, pero están agotados». —Ella ladeó la cabeza—. ¡Estás sonriendo!

—La próxima vez que alguien te pida algo, quiero que digas «no». Practica conmigo. «No». A ver cómo lo haces —insistió él.

—Pero eso sería una paradoja, porque tú eres el que me está pidiendo que diga no…

—No te pases de listilla, que soy padre de una adolescente, ¿recuerdas?

Ella asintió contra su cuello. Se sentía demasiado bien estar entre sus brazos, quería quedarse allí para siempre.

Él la anclaba al mundo, la hacía echar raíces.

Su sitio no estaba en Montana ni en Idaho, ni siquiera en el rancho Barlow…

su lugar estaba allí, entre esos brazos que por fin la sostenían.

—¿Cómo se despiden los químicos? Ácido un placer. —Patrick puso los ojos en blanco—. «Ha cometido usted un crimen matemático». «Pues lo asumo». «Pues lo arresto».

Gallagher rio. Al fin soltó una carcajada.

—Dios, ¿cuántos chistes malos te sabes?

—Por lo visto, los suficientes para hacerte reír. ¡Capitán, capitán! Están a punto de atacarnos cincuenta carabelas. «¿Una flota?», preguntó el capitán. «No, flotan todas».

—¡Suficiente! —la reprendió con una sonrisa—. Sí río, y no solo cuando me enfado, ¿vale? ¡Si hasta te tomé el pelo!, ¿recuerdas?

—¿Cómo olvidarlo? Fue un momento canónico en la vida del gran Gallagher.

De hecho, lo había sido, pensó él.

—Venga, recojamos las cosas y marchémonos de aquí, ¿vale? Y si lo necesitas —agregó Patrick—, me lo pides y yo me encargo de gestionar el mantenimiento de la casa. No tienes por qué pensar en este lugar ni un minuto más.

CJ había empezado a morir en esa casa mucho antes de tomar la decisión definitiva. Había empezado a morir cuando dejó que su identidad se borrase del decorado, cuando su arte no ocupó las paredes y su esencia no dejaba su impronta en cada lugar. Había empezado a morir antes de separarse de John.

—Vale.

No se miraron al romper el abrazo. No por pudor, sino por saber que, si sus ojos hacían contacto, sus bocas acompañarían la acción. No querían que fuera allí su primer beso, en donde CJ había muerto.

Él pasó el café a las tazas térmicas. Ella llevó los bolsos con la ropa y los artículos de dibujo al maletero. Era el turno de Patrick de conducir. Mientras acomodaba la posición de la butaca y el volante en el sedán de CJ, ella echó llave sin mirar atrás.