Capítulo veintidós
—Harás caso de inmediato —dijo Patrick a su hija, junto al sedán de CJ—, y no te quedarás despierta hasta cualquier hora mirando Netflix…
—Sí, papá. —Mae rodó los ojos. Gallagher no confiaba en que Barlow pudiera mantenerse firme ante las extorsiones de Mae. Como padre de CJ era evidente que había hecho un gran trabajo, pero en lo que respectaba a la hija del sheriff, se notaba que prefería el rol de abuelo consentidor.
—¡Y nada de chicos! —Las mejillas de la joven ardieron—. Si veo a Noah Pierce por aquí en mi ausencia, tendremos una conversación no muy agradable.
—¡Papá!
CJ contuvo la risa. Echó su pequeño bolso en el maletero.
Llevaba solo unas bragas de más, una camiseta y las llaves de su casa en Montana, pues pensaban regresar en el mismo día.
Solo por si acaso. La estampa de Patrick le generaba unas extrañas cosquillas y el deseo de bromear con él.
Corrían más riesgos ellos de hacer cosas inapropiadas que su hija adolescente bajo la supervisión de Walter.
—Estaremos bien, puedo manejar esto por unas horas —prometió Barlow.
—Sé que puede, pero también sé cómo es Mae cuando decide ponerlo difícil. —Frunció el ceño en dirección a su hija. Mae volvió a sonrojarse.
—Por suerte, no he decidido eso. —Empujó a su padre en dirección al sedán—. Pero lo haré si no mueves el trasero.
Patrick contuvo la risa y olvidó que tenía que reprenderla por el vocabulario.
Como respuesta, lanzó su bolso junto al de CJ y, una vez tuvo las manos libres, se puso la gorra deportiva y se caló las gafas de aviador.
El sol apenas despuntaba por el horizonte, pero una vez en la carretera estaba seguro de que lo enceguecería.
CJ simuló que se lo estaba comiendo con los ojos.
Cierto era que los hombres con uniforme tenían un aura que seducía a la mayoría de las mujeres, y ella no era inmune.
Sin embargo, Patrick de civil era otro nivel.
Las camisetas le quedaban siempre ajustadas al cuerpo, incluso las de algodón corriente, como la que llevaba esa mañana bajo su chaqueta de cuero, con piel de cordero en el interior.
La gorra le otorgaba un aspecto relajado, lo hacía ver más joven y las gafas de aviador…
Uff, pensó. Era mejor no pensar en lo bien que le sentaban.
Abrazó a su padre y a Mae antes de ponerse al volante. Rio al ver la expresión de sorpresa de Patrick.
—¿Pensabas conducir?
—La costumbre —reconoció él.
Fue hacia el asiento del copiloto y debió moverlo para que sus largas piernas tuvieran espacio.
Se despidieron con gestos de la mano hasta perderse por el camino del rancho y coger la carretera principal. Desde allí tendrían varias millas hasta coger la autopista interestatal, desde donde el trayecto sería constante y aburrido.
CJ encendió la radio del coche. La emisora local transmitía algunas canciones folk viejas de las que ella se sabía todas las letras. Sin darse cuenta, empezó a cantar por lo bajo «Wildflowers» de Tom Petty:
— Perteneces a algún lugar entre las flores silvestres, perteneces a algún lugar donde te sientas libre. Lejos de tus problemas y tus preocupaciones, perteneces a algún lugar cerca de mí…
Patrick no se sabía la letra. Cada estrofa lo tomaba por sorpresa, aunque no tanto como el movimiento de los labios de CJ.
Sabía que era bella, lo había notado desde el primer momento.
Es más, Mae había hecho un comentario mordaz al respecto.
Le atraía su cabello rubio oscuro, casi castaño, que en esos momentos llevaba en una coleta alta que le despejaba el rostro.
Le gustaban sus ojos del color del chocolate con leche, la nariz recta, el rostro algo angular…
Le seducía su cuerpo, en especial sus caderas algo más anchas de lo que dictaría la proporción perfecta de reloj de arena.
Sí, era hermosa. Pero no era eso lo que lo tenía en ese estado de lucha interna, entre el deseo de follar y la certeza de que debía mantenerse lejos de ella.
Era esa mezcla entre sensibilidad y fortaleza lo que lo seducía de un modo que rozaba la obsesión.
CJ era comprensiva con Mae, incluso con él.
Era amistosa con el mundo, gentil incluso con quienes la habían dañado.
Siempre dispuesta a dar un paso atrás, tomar distancia y ponerse en el lugar del otro.
Lo había notado cuando hablaba del capullo de su ex, al mencionar a Sarah o incluso al culpabilizarse y compararse con un insecto horrible del que estaba bien apartarse.
Si mentía, no lo hacía para sacar provecho, sino para proteger a los demás de la verdad.
Se guardaba para sí el dolor, como si fuera un puñetero trastero de sufrimientos propios y ajenos, un lugar en el que las personas pudieran dejar lo que no querían cargar consigo.
Hacer eso durante veintiocho años demandaba una fortaleza que muy pocos poseían. Él, sin duda, no.
Eso lo empujaba a un deseo brutal de protegerla, una demanda instintiva, animal… pero también lo embargaba un impulso letal de arremeter contra ella y obligarla a dejar de hacer eso por todo el mundo. De pedirle que lo hiciera solo por él.
Sabía que era un capullo orgulloso, soberbio.
La vida le había enseñado bien la lección.
Pero hasta que conoció a CJ no sabía que, además, era un maldito egoísta.
Quería esa dulzura de CJ solo para él. Su soberbia le decía que él sí podía merecerla, no como los demás gilipollas que ya la habían dañado.
Ni su ex, ni sus viejos amigos, ni la maldita vida que la había herido.
Él… solo él.
Era su soberbia, porque su razón le dejaba bien claro que no era bueno para CJ.
Un hombre que había echado a perder un matrimonio, que había mantenido con Kim una relación tan tóxica que competía con Chernóbil, que había afectado la vida de su hija hasta el punto de que Mae desconfiaba de la más mínima muestra de buena fe…
¿Qué cojones tenía para ofrecerle a CJ?
Aun así, lo único que podía pensar era en pedirle que aparcara el coche en el siguiente motel y follar hasta hacerla olvidar el pasado y dejar, entre sus piernas, el suyo.
—¿Te apetece un café? —preguntó ella, ajena a los pensamientos turbios de Patrick—. Hay una salida en dos millas.
El letrero que indicaba el diner también señalaba un motel. Apretó la mandíbula y suspiró lentamente.
—En la siguiente, mejor. Alguien me recomendó que bebiera menos café, ¿recuerdas?
CJ le sonrió y regresó la atención al camino, aunque la autopista no demandara demasiado.
—Nunca pensé que fueras de los que escuchan consejos —se mofó.
Él se inclinó hacia la radio para cambiar la emisora, porque sonaba «Fire and Flood» de Vance Joy y la letra en boca de CJ lo estaba desquiciando.
— Porque cuando regresas, todo vuelve a la forma en que nos movemos.
Yo era fuego y tú eras inundación, estás en mis venas, estás en mi sangre.
Y te veo en todas partes, en los rostros de la gente, en el aire que respiro.
Perteneces a mi lado, eres la única cosa que me hace sentir viva — cantaba ella.
Joder, sí. Quiero ser la única cosa que te haga sentir viva.
—¡Oye! —se quejó ella con una sonrisa cuando la melodía se cortó y el ruido de la emisora interfirió con su interpretación algo desentonada—. El que conduce elige la música —rio.
—Por el contrario, como no puedes conducir y prestar atención a los controles de la radio, el copiloto es quien lo hace. —Consiguió captar otra emisora. Una canción estaba terminando y él se dio por satisfecho.
Hasta que la siguiente canción empezó: «Work Song» de Hozier:
« Muchachos, cuando mi tiempo llegue, enterradme suavemente en la tierra fría y oscura.
Ninguna tumba podrá retener mi cuerpo, volveré a casa gateando hacia ella .
Mi amor es dulce como la cebada, mi amor es tierno como la lluvia.
Ella me da todo lo que necesito, y nunca me hace sentir dolor.
Cuando mi tiempo llegue, no me lloren, no me tengan pena.
Porque incluso después de muerto, mi espíritu buscará el camino de vuelta a su cama.
Ella dice: "Cariño, estás tan cansado, tienes los ojos tan pesados".
Pero yo daría mi último aliento solo para verla sonreír una vez más ».
—Mierda —masculló.
—¿Qué? ¡Es una linda canción! —Ella hizo repiquetear los dedos en el volante al ritmo lento de la melodía y él se rindió. Aquel viaje había sido una condenada mala buena idea.
—Tú ganas.
Y se sintió tan jodidamente bien dejarla ganar que suspiró. Ojalá siempre fuera tan fácil hacerla feliz.
El viaje les llevó siete horas, debido a un embotellamiento y a una necesaria parada para tomar café.
CJ aparcó en la entrada del garaje y tardó unos minutos en dar con las llaves que había echado sin miramientos dentro de su bolso.
Patrick aprovechó para estudiar la fachada; se trataba de una casa típica de suburbio, de madera blanca y tejas grises, con un hermoso porche sostenido por dos columnas y unas ventanas hexagonales con cristales divididos en cuadrantes.
Las flores empezaban a brotar en las macetas, al igual que la hierba mala.
Algunas hojas secas se habían acumulado sobre el césped algo crecido.
Por fin CJ dio con las llaves y abrió la puerta. Lo invitó a entrar mientras parloteaba sobre las cosas que tenía que poner en orden en el lugar.
—En algún sitio debo tener el número de la empresa de limpieza para preguntarles si también tienen servicio de jardinería.
Lo cierto es que lo hacía yo —dijo, quitándose los zapatos.
Él la imitó y dejó sus zapatillas junto a la alfombrilla de la entrada—.
Supongo que echaba de menos el trabajo del rancho, por eso me gustaba dedicarle tiempo a las plantas y a la maleza.
—Se asomó por la ventana trasera para comprobar el estado de la parte posterior.
El invierno en Montana era tan helado que aún faltaba para que las plantas se atrevieran a crecer sin control.