Raíces Capítulo veintiuno #2
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Capítulo veintiuno #2

—Caldwell, no metas tus narices ahí y ven a comer galletas conmigo. He oído a tu madre decir que tienes una novia en Ponderay.

CJ se sonrojó hasta la raíz del cabello.

—Lilian, por Dios, que esto es solo profesional.

—Lo que tú digas, cariño, lo que tú digas. —Le guiñó un ojo con tanta exageración que casi consigue hacer reír a Patrick.

Casi.

—Te has dejado el libro en el cajón, sheriff —le recordó la mujer.

Fue el turno de Gallagher de sonrojarse.

—Sí, lo sé, luego lo recojo.

No sabía por qué no quería decirle a CJ que había comprado el libro ilustrado por ella. Tal vez porque significaba revelar demasiado. Quizá porque empezaba a darse cuenta de que estaba cayendo por ella y temía, como un cobarde, ser el único de los dos.

Cerró la puerta del despacho. Quedaron a solas.

Ya no quiso hablar del caso, sino de ella.

Había sido duro antes al decir que importaba tres cojones si Sarah era amiga de CJ, que eso no ayudaba al caso.

Ahora quería preguntarle, en su papel de amigo, cómo se sentía.

Si pensar en Sarah abría viejas heridas.

Si ese era el motivo de su tristeza perenne.

—¿Empieza a hacer efecto el paracetamol? —preguntó CJ.

¿Lo ves, Gallagher?, se dijo. Así se hace. Haz una maldita pregunta amable. No tienes que estar soltando mierda todo el tiempo.

Mae y él eran iguales. En cuanto una emoción los desbordaba, entraban en modo capullo y no había quien los soportara.

—Sí, gracias.

—Deberías beber menos café, Patrick. ¿No tienen té por aquí?

La sugerencia lo hizo reír.

Dios, lo que le faltaba, que le preparara un té y descubriera que el patético sheriff había escondido el libro por sentirse demasiado expuesto en sus emociones.

—Estaré bien. Esta vez no ha sido el café lo que me provocó la migraña, sino Lilian. Es una buena mujer, de verdad, pero…

—Pero es algo intensa —completó CJ con una sonrisa—. Sí, lo sé. Pero créeme, Patrick, si algún día necesitas una amiga, ella es la persona indicada.

—¿Y tú no? —se le escapó sin pensar.

CJ le sonrió. Era una sonrisa algo nostálgica.

—No lo sé. Me gustaría pensar que sí. Sin embargo, desde que volvió a escucharse el nombre de Sarah, no sé si fui buena amiga con ella.

Se mordió el labio para contener un leve temblor.

—¿Crees que no se fue por sus propios medios?

Patrick sabía que no debía hacer esa pregunta. Una investigación no necesitaba apreciaciones personales, y mucho menos subjetividad. Requería distancia objetiva.

Él sabía muy bien que, si CJ le decía que temía que fuera Sarah, se inclinaría a creerla.

Con ella no podía ser objetivo.

Eso, a un hombre como él, lo estaba matando.

—De hecho, sí lo creo —respondió ella—. Creo que se marchó de Careyville porque no tenía nada que perder.

Es lo que más duele, lo más difícil de aceptar.

Pienso que muchos quieren creer que es Sarah porque no soportan la idea de que Sarah nos haya mandado a todos a tomar por culo.

Incluida yo. Su mejor amiga —añadió en un suspiro apenas audible.

Permanecieron en un silencio tranquilo, asentando las emociones que flotaban como motas de polvo en el aire del despacho.

—Pero no he venido a esto, ¿verdad? —dijo ella al rato—. Estas conversaciones sientan mejor con una cerveza de por medio.

Patrick tomó aquella frase como una cita.

Era patético, pensó.

—Lo que necesito saber es si puedes hacer un retrato basándote en los datos que arrojó la autopsia y el cráneo de Jane Doe.

Mi contacto en el FBI me comentó que es algo que hacen en las facultades de Bellas Artes, no pertenece realmente al área de criminalística.

Y quizá tú supieras hacerlo… o conocieras a alguien que sepa.

—Vaya…

—Mira, te seré honesto —se inclinó sobre el escritorio en tono confidente—.

Sí quiero seguir la línea de Sarah. Aquí no pasan muchas cosas y es muy extraño que en el mismo periodo de tiempo sucedieran un asesinato y una desaparición.

Pero no puedo investigar, porque el sheriff Hawkins nunca abrió un expediente sobre Sarah.

Posiblemente hizo lo que propone Lilian, se ocupó como vecino, como amigo…

hizo un par de preguntas y llegó a la misma conclusión que tú, que Sarah os ha mandado a tomar por culo.

No merece la pena investigar a los vecinos, tratarlos como sospechosos, abrir heridas…

todo para nada. El problema de saltarse los procedimientos es que pasan diez años, cambia el sheriff, encuentran un cuerpo y el cabezota de Boston que cayó por aquí está a un paso de pegarle un tiro en las rodillas al fiscal del distrito.

Y solo tiene dos caminos: o hacer las cosas bien y ganarle al fiscal del distrito, o buscar una coartada para no acabar en prisión cuando pierda los estribos…

CJ sonreía cada vez más a medida que Patrick, con su ceño habitual y los ojos color miel apenas velados por la migraña, se sinceraba.

Se inclinó también sobre el escritorio, hasta que sus rostros quedaron a pocos centímetros de distancia.

—Vale, sheriff. Cuenta conmigo para hacer las cosas bien o para servirte de coartada con el fiscal. Tú decides.

Por fin consiguió arrancarle una leve sonrisa.

—Probemos con hacer las cosas bien. Siempre habrá tiempo para las balas. Entonces, ¿conoces a alguien que sepa hacer eso?

—Yo sé hacerlo.

El alivio de Patrick se manifestó en una exhalación que sonó casi como un «¡sí!».

—Pero… —añadió CJ.

—Oh, no. Ya sabía yo que estaba cantando victoria demasiado pronto.

CJ soltó una carcajada.

—Necesito mi tableta gráfica, que se quedó en Montana —explicó—.

Se puede hacer a mano, pero el resultado es menos preciso.

Dejemos que la tecnología trabaje para nosotros.

La tableta usa el escáner que hacen en las autopsias, con las medidas del cráneo y demás datos, y ya me genera el lienzo base con gran precisión.

Nos ahorra tiempo, incluso más tiempo del que llevaría el viaje a Montana.

—¿Cuánto es el viaje a Montana?

—Seis horas en coche. —Él la observó y ella hizo un gesto gracioso—. De ida… y seis de vuelta.

—¿Y alguien a quien pueda enviarle el escáner para que lo haga?

—¡Vamos, Patrick, yo puedo!

De hecho, la idea la entusiasmaba. No había vuelto a dibujar en años. La depresión le había arrebatado incluso eso. En aquel momento no solo quería volver a coger los lápices, aunque solo fuera el lápiz táctil de su tableta, sino que ansiaba hacer algo útil.

Volver a servir.

Volver a estar en conexión con el mundo, por y para los demás.

Por y para Sarah.

Por y para Patrick.

—CJ… —se aclaró la garganta—. ¿No… no abrirá viejas heridas regresar? ¿No…?

¿No estará el capullo de tu ex?

Ella despertaba el peor lado de él. Uno posesivo, celoso, demandante… obsesivo.

Ya se había comportado como un capullo con Ethan Caldwell solo por la posibilidad de que, alguna vez, más de diez años atrás, hubiera besado a CJ. Ahora se enfadaba al pensar que CJ pudiera cruzarse con su ex.

Lo peor era que sabía que ella era la solución a su problema con el caso de Jane Doe. Entendía perfectamente que, si el retrato que elaborara se parecía a Sarah, podría encontrar la conexión y poner realmente el asunto en marcha.

CJ se presentaba como la solución a todos sus problemas. Un sheriff profesional habría cogido esa salida sin dudar.

Pero él solo podía pensar en ella y en las heridas que podrían reabrirse al volver a casa.

—Iré por la autopista —fue su extraña respuesta.

—¿Qué?

—Me refiero… —CJ palideció al darse cuenta de lo que había dicho—. Quizá sea movilizador, pero puedo con ello. Además, me vendrá bien para arreglar algunas cosas. La verdad… —Evitó su mirada—, no pretendía quedarme tanto tiempo con mi padre. Necesitaré ropa de primavera y verano y… ya es hora.

Patrick asintió.

—Vale, entonces queda dicho. Ahora emitiré una solicitud oficial de asesoría externa. Lo siento, será ad honorem .

CJ rio, no esperaba otra cosa.

—Lo importante es que quede registrado el retrato para poder usarlo, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

Ella se puso de pie y él la acompañó hacia la salida del despacho.

Ethan se había marchado y había dejado sus saludos. Mucho mejor. Con su marcha, el dolor de cabeza no había regresado. Lilian, en cambio, había encontrado algo en lo que entretenerse para poder fisgonear un poco más.

CJ se despidió de ambos agitando la mano en el aire.

La señora McCoy dejó la jarra de café sobre la mesa.

—¿Le dijo que no fue el café lo que le dio dolor de cabeza, sino verla con Ethan?

—Lilian… —amenazó Patrick.

—¿Y le dijo que compró el libro porque lo ilustró ella?

—¡Lilian!

—¿Qué? Solo quería beberme un té —mintió, apenas conteniendo la sonrisa—.

Los únicos hombres que pueden herir a CJ son los cobardes, como su exmarido, los que huyen cuando las cosas se ponen difíciles.

No ande con remilgos, sheriff. Puede parecer frágil, pero si ha sobrevivido a lo que ha sobrevivido, puede con un hombre algo gruñón que sufre migrañas cuando se pone celoso.

—Yo no… —se detuvo—. Deme ese café y otra de las galletas —pidió, resignado.

Lilian ya sabía que no debía hablar del pasado de CJ, pero había empleado con él la misma técnica que él con ella, la de revelar lo que el otro ya sabía. En ese caso, que el ex era un capullo.

Regresó al despacho con su café y su galleta, pero no pudo volver al trabajo. Abandonó la comisaría camino del rancho Barlow. Atravesó la puerta y se encontró a CJ preparando un bolso de viaje a toda prisa.

—Iré contigo —dijo, sin dejar espacio a discusión—. No volverás a casa sola.

No estás sola, CJ.