Capítulo veintiuno
—Le ha llegado correo —anunció Lilian McCoy—, y yo le he traído galletas.
—Y yo doy gracias de que la báscula de la farmacia haya dejado de funcionar —dijo Patrick.
La señora McCoy le sonrió.
—Pero si no ha engordado ni una libra. —Le dejó el paquete en el escritorio y aprovechó para husmear sobre el caso. Gallagher ladeó la cabeza como única advertencia y Lilian dio un paso atrás.
—Por el halago, la invito a un café —propuso él.
Lo empujaban la cortesía, por supuesto, pero también la necesidad de apartar los ojos fisgones de la mujer de la información del caso.
Ya se había dado cuenta de que era ella quien filtraba información, si es que así podía llamarse a la red de cotilleos que recorría el pueblo.
Cogió el paquete del correo para abrirlo mientras hacía su pausa.
—¿Hay algún avance, sheriff? —preguntó Lilian sin miramientos.
Aquello le confirmó al hombre que su teoría era cierta. La señora McCoy ni siquiera se daba cuenta de que lo que hacía era incorrecto.
—Si con avance se refiere a estar más cerca de determinar qué le pasó, pues no.
—¿Hay otra forma de avance?
Él le sirvió una taza de café y le ofreció de las propias galletas cocinadas por la mujer.
—Sí, claro. Mucho antes de lanzar teorías al aire, es necesario analizar los hechos tal como son. En ese sentido, sí hubo avances. Sabemos que murió hace entre diez y once años, que tenía como mucho veintiún años…
Eran datos que la mujer ya tenía, por lo que no se preocupó por compartirlos. De hecho, era una de las estrategias que empleaba en Boston con los medios de comunicación, darles información con la que ellos ya contaban, de modo que quedaran satisfechos sin revelar demasiado.
—¿Y cree que podría ser Sarah?
Otra vez ese nombre.
¡Claro que he pensado que puede ser Sarah Bloom!, quiso gritar. No había persona en kilómetros a la redonda que no hubiera pronunciado su nombre.
Excepto una persona, pensó. CJ no la había mencionado. ¿Por respeto?, ¿por tener algo que ocultar?
Abrió el paquete del correo y reveló el libro: La metamorfosis , de Franz Kafka, ilustrado por Claire J. Barlow.
Joder, el insecto era aterrador.
Había empleado la técnica de tinta china negra.
Con pequeños trazos formaba un entramado más espeso o más ligero para marcar luces y formas.
El blanco de la hoja era más que su lienzo, era su base.
Como decía Miguel Ángel: «Yo no tallé el David, lo descubrí en la piedra».
El insecto de La metamorfosis surgía del blanco del papel como si siempre hubiera habitado allí.
Dejó el libro a un lado antes de que la señora McCoy notara su turbación.
—No importa lo que crea o no —respondió en cambio—, sino lo que pueda probar o no. Y, además, lo que pueda presentar ante una fiscalía.
—¿Y no puede probar que sea Sarah? ¿No existe el ADN y esas cosas? Yo veo mucho CSI y siempre hacen eso.
Patrick empujó la galleta dentro de su boca para no soltar un improperio.
Si algo unía a todos los policías del mundo era el odio a las series procedimentales que hacían ver su trabajo como la suma de procesos científicos exactos y deducciones sherlockianas, a la vez que educaban a los criminales para perfeccionar sus actos.
El trabajo policial era más minucioso, lleno de burocracia y, sobre todo, largo.
Muy, muy largo.
—Existe el ADN, señora McCoy, pero lo que no existe es un caso sobre la desaparición de Sarah Bloom con el que cotejar ese dato.
—Pero puede ir a pedirle a Chuck Bloom una muestra, ¿verdad?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no hay ningún caso abierto que lo tenga como sospechoso o como víctima, Lilian.
—¿Y si voy y le robo una taza? Aunque con Chuck debería ser su botella de vodka. No tengo problema, sheriff, de verdad…
—Eso sería un delito, Lilian. —Patrick se presionó el puente de la nariz, empezaba a sentir los efectos de una inminente migraña.
—¿Cómo podría ser eso un delito? ¡Estamos intentando ayudar!
—Porque es su derecho constitucional, Lilian. Solo puede dar una muestra a petición de un fiscal o por decisión propia.
—¿E irá a pedírsela?
—¿Con qué pretexto?
—¡La desaparición de Sarah!
—De la que ni siquiera hay denuncia… —le recordó Patrick.
Lilian exhaló, frustrada.
—Pensé que ser policía era más divertido, la verdad. ¿Qué tiene que hacer para ir allí y recoger una muestra?
—Presentar un caso en el que quede claro que existe una causa probable para pensar que Sarah no se marchó por voluntad propia.
Entonces tendría que abrir un expediente con su nombre, bajo la categoría de desaparición.
Y después tendría que vincular ese caso con el de nuestra Jane Doe.
Solo en ese momento podría solicitarle a Chuck Bloom una muestra de ADN, a la que podría negarse, porque no sería el acusado, sino parte interesada.
—¿Por qué tanto embrollo? Aquí nos conocemos todos, estoy segura de que…
—Porque luego aparece uno de esos abogados con trajes negros como ala de cuervo y deja al culpable en libertad por los malditos tecnicismos, Lilian.
El tono de Patrick fue tajante y la mujer aceptó su derrota. Parcialmente.
—Pero igual lo va a investigar, ¿verdad?
Antes de que la migraña alcanzara su punto álgido, le llegó la voz de CJ.
—Sheriff Gallagher…
—Aquí.
Sin saber por qué, se apresuró a esconder el libro en el primer cajón que encontró. Resultó ser el de las bolsitas de té. Rogó a los cielos que nadie quisiera beber uno, o no sería capaz de explicar su pueril reacción.
¡Ni que fueran revistas pornográficas!
Cuando CJ llegó a la cocina, no lo hizo sola. La migraña por fin venció. Una punzada de dolor atravesó sus sienes de lado a lado y por poco lo dejó ciego.
Joder.
—¡Señora McCoy! Justo he probado una de sus galletas en la gasolinera.
—Oh, cariño, pero no tienes que comprarlas. Para ti son gratis.
—Así arruinará su negocio —comentó Ethan Caldwell.
Se acercó al sheriff y le tendió la mano para presentarse.
—Ethan Caldwell, sheriff.
—Patrick Gallagher.
—El famoso Patrick Gallagher —dijo el hombre, con una sonrisa de anuncio de dentífrico.
La expresión seria del sheriff lo hizo vacilar un poco, pero CJ, que estaba más acostumbrada, no se dejó intimidar. Al contrario, notó que ese ceño no era el habitual.
—¿Te pasa algo, Patrick? —se acercó a él con gesto cariñoso.
«Sí, que quiero rodearte con el brazo, acercarte a mí y decirle al capullo que te acompaña que se aleje de ti».
Esa fue la respuesta que cruzó por su cabeza, acompañada de otra punzada de dolor.
—Me ha cogido una migraña —respondió en cambio.
—Rayos, Patrick. Eso es por la cantidad de café que tomas —lo reprendió CJ.
Buscó en las alacenas hasta dar con el botiquín.
—¿Tienes alguna alergia? ¿Paracetamol, ibuprofeno, aspirina?
—Ninguna. No te preocupes, yo…
—Dios, es tan terco —rio CJ en dirección a Lilian y Ethan—. Toma, coge dos pastillas, porque menos de quinientos miligramos no te hará ni cosquillas. Deberías preguntarle a Elena.
—Viviré —gruñó él.
—¿Estáis saliendo? —preguntó Ethan.
Los dos se volvieron hacia él con la misma expresión de sorpresa.
—No —respondieron a coro.
CJ le puso las píldoras en la mano a Patrick. Él iba a tragarlas con ayuda de un sorbo de café y ella le arrebató la taza antes de que consiguiera su propósito.
—Aún no —rectificó Lilian, con una sonrisa pícara.
—Lilian… —Patrick pronunció el nombre de la mujer como una amenaza. Si McCoy empezaba a correr el rumor, Careyville sería un infierno de cotilleos.
—Ya que a ti te escucha, cariño —dijo Lilian en cambio—, hazle entrar en razón al sheriff de que aquí no se necesitan tantos procesos. Las cosas se hablan entre los vecinos, ¿vale?
—Y por eso no tengo un puñetero caso abierto sobre la desaparición de Sarah —masculló Patrick, casi para sí mismo. Ya quisiera él que fueran más adeptos a los procedimientos.
—Justo, señora McCoy. Precisamente hablaba con Ethan sobre Sarah —se volvió hacia Patrick—. No quise mencionarla porque no quería influir en la investigación y también… bueno, porque temí, y aún temo, que, si digo su nombre, lo haré real. Que será ella la mujer del bosque.
—Oh, cariño… —Lilian la abrazó.
Ethan le cogió el hombro y le dio un apretón amistoso. Gallagher pensó que se quedaría ciego con aquella migraña.
—Por desgracia, las cosas no funcionan así —dijo con frialdad—. Que la menciones o no, no hará que sea Sarah, ni probará su identidad, ni ayudará a resolver el caso.
McCoy y Caldwell lo fulminaron con la mirada. CJ, en cambio, lo miró con compasión. Eso no ayudó en lo más mínimo a su mal humor.
¡¿Por qué demonios tenía que ser siempre tan buena?!
—Tienes razón, las cosas no funcionan así —dijo ella—. Por eso dime cómo sí funcionan y por qué me has pedido ayuda.
Fue a coger otra pastilla, pero CJ lo detuvo.
—Espera unos minutos —le susurró—, a ver si hace efecto, ¿vale? Podemos dejar lo que necesites para después. No me importaría volver más tarde o podemos hablarlo en casa.
«Casa».
El mal humor empezó a remitir y, con él, el dolor. O tal vez solo estaba tomando fuerzas para atravesarlo con otra punzada de sien a sien. Como fuera, se sintió más calmado.
—Hablemos ahora. Ven, acompáñame al despacho.
Le puso la mano en la espalda baja para guiarla… o para marcar territorio como un perro en celo.
¿Qué demonios le pasaba?
Sí, lo sabía. Era demasiado inteligente para no darse cuenta.
Le pasaba Ethan Caldwell.
Le pasaban las palabras de Elena Cross, que le habían advertido de que, en el pueblo, tarde o temprano todos terminaban enredados con todos.
Le pasaba la idea de Ethan y CJ juntos en el pasado…
o en el presente… o en el futuro. Le pasaba que el maldito parecía modelo de un anuncio de Gillette, con su mandíbula impecable y un puñetero hoyuelo en el mentón.
Pero, sobre todo, le pasaba saber que no podía poner reparos en que los dos se vieran, porque él y CJ no eran más que compañeros de casa inesperados.
Amigos, como mucho.
—¿Quieres que te acompañe? —le preguntó Ethan a CJ.
Patrick arqueó las cejas. Lilian, al notar la tensión entre los dos hombres, se echó a reír.