Raíces Capítulo veinte
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Capítulo veinte

CJ condujo hasta el pueblo después de terminar con las tareas indispensables de la mañana: limpiar los corrales, alimentar a las ovejas y, por supuesto, darse un buen baño para quitarse el olor.

No sabía por qué Patrick la había citado en su función de sheriff, pero supuso que sería algo importante, pues no había soltado prenda.

La ansiedad la carcomía. Tendría que haberle pedido que le adelantara algo para tranquilizar su mente inquieta. El resultado de la actitud críptica del sheriff Gallagher fue que CJ llegó al centro de Careyville dos horas antes de lo pactado.

Aparcó junto a la oficina de correos y miró a su alrededor.

Desde que había llegado, no había pasado por el pueblo.

Temía las miradas condescendientes y las charlas bienintencionadas.

Pero ya era hora de enfrentarse a la realidad, ¿verdad?

Había decidido vivir, y vivir implicaba hablar con los demás.

Aun así, la invadió una necesidad irrefrenable de ir a la oficina del sheriff, terminar con el asunto y regresar a la soledad del rancho Barlow. Dio unos pasos en esa dirección cuando una voz masculina la detuvo.

—¿CJ?

Claire se volvió hacia el hombre que bajaba, presuroso, de su gran todoterreno. En cuanto vio los ojos marrones, lo reconoció.

—¿Ethan?

—No puedo creerlo. Mi madre me dijo que habías vuelto. Necesitaba verlo para creerlo. —Sin vacilar, se acercó a ella y la rodeó con sus fuertes brazos.

Ethan Caldwell no había cambiado demasiado en esos años. Seguía siendo dueño de una melena castaña espesa y ondulada, y de una mandíbula cuadrada con un hoyuelo en el centro del mentón. Su sonrisa era digna de un anuncio de dentífrico.

—Aquí me tienes —respondió ella, algo cohibida.

—¿Tienes tiempo para un café?

CJ buscó una salida. Sería difícil mentirle a Ethan si era él quien empezaba a hacer preguntas. La amistad que los había unido era demasiado fuerte como para guardar secretos. Por desgracia, le sobraban dos horas y le vendría bien un café.

—Claro.

—¡Cuánto te he echado de menos! —reconoció él, y la condujo al pequeño mercado de la gasolinera. Era el único sitio donde podían beber algo, aunque solo fuera un café horrible de máquina.

Ethan pidió dos. Recordaba que CJ prefería el capuchino de allí, porque la leche hacía más digerible el sabor amargo del café recalentado.

Él se arriesgó con un americano doble. La dependienta le ofreció unas galletas de las que cocinaba Lilian McCoy para sacarse un dinerillo extra y, por supuesto, Caldwell cogió dos y extendió el dinero.

CJ se había sentado en una de las dos únicas mesas del lugar, la que daba al cristal de la gasolinera. El sol apenas se colaba por la ventana, pero conseguía crear un ambiente bastante agradable dadas las escasas posibilidades. Le sonrió a Ethan cuando regresó con los cafés.

—Pues bien —se adelantó ella. Si llevaba las riendas de aquella conversación, tal vez conseguiría evitar hablar de su horrible divorcio.

Pensó que con Patrick le había resultado bastante fácil conversar, y sus ojos buscaron la fachada de la comisaría—.

¿Qué tal todo? Me dijo tu madre que sales con una mujer de Ponderay.

Ethan soltó una carcajada. Siempre había tenido una risa fácil.

—Mi madre no ve la hora de que me case y le llene la casa de hijos.

—¿Aún vives con ella?

—Sí, siempre dije que me mudaría cuando me casara. Ahora empiezo a pensar que el empeño de mi madre en que consiga esposa se debe a que está harta de mí —bromeó con una sonrisa.

Margaret siempre había sido una madre cariñosa, algunos incluso la definirían como sobreprotectora. Dudaba que se cansara de su hijo.

—Pues mírame a mí —se atrevió a mostrar un poco de la verdadera CJ—. Me casé, me fui y aquí estoy de nuevo. No solo en casa de mi padre, sino durmiendo en el viejo despacho —se mofó.

—¡Es verdad que Barlow abrió un Airbnb!

—Menuda sorpresa me llevé. Pero creo que ha sido una gran idea.

—Si así se le puede llamar a las ideas de Lilian McCoy —comentó Ethan.

Lilian era un torbellino. Había emprendido tantos negocios que era imposible enumerarlos.

Algunos con éxito, como el autobús escolar; otros…

Se había apuntado a Uber, había intentado vender recuerdos del parque, había montado un supuesto museo de la historia del pueblo…

La mayoría de esos proyectos reposaban en el trastero de la mujer, acumulando polvo.

—Las galletas están muy bien —reconoció CJ con una sonrisa.

Ethan ladeó la cabeza.

—Puede que sí, pero ¿quién compra galletas en una gasolinera?

Tenía un punto. El mercado de Careyville era limitado.

—Por cierto, hablando del Airbnb… ¿el sheriff nuevo? —preguntó Ethan.

CJ se tensó, dispuesta a poner un límite al cotilleo como había hecho con Margaret, pero no fue necesario. El hombre se echó a reír.

—No pregunto por su vida personal. De todos modos, basta con entrar en Internet para enterarte de todo. Siento pena por él, no debe de ser agradable que alguien haga amarillismo con tu vida privada…

—Por eso me niego a prestarme a cotilleos.

—Y yo no pienso ser quien los empiece, me conoces, CJ. —Ethan parecía algo ofendido—. Lo que quiero saber es…

Fue el turno de Caldwell de mostrarse tenso. Ese nerviosismo la contagió a ella.

—Ya… —murmuró por lo bajo.

—¿Tú también lo pensaste?

Los dos alzaron la mirada al mismo tiempo. La confianza de años seguía allí, flotando entre ellos.

—Sí. No dejo de pensar en Sarah desde que encontraron el cuerpo —admitió CJ.

—Ni yo. Nunca entendí por qué se marchó, ¿sabes? Es decir…

—Su padre era un capullo, no tenía futuro aquí, todos, salvo nosotros, parecían odiarla… —enumeró ella.

—Justamente. Salvo nosotros. Entonces, ¿por qué no nos lo dijo? ¿Por qué no nos pidió ayuda?

—¿La habrías ayudado a marcharse? —preguntó CJ. Una sonrisa amable asomó a sus labios.

Era historia pasada, pero ella sabía muy bien cuánto Ethan había querido a Sarah. Hasta el punto de elegirla por encima de ella, por encima de aquella amistad de tres.

—Vale —aceptó él, también con una sonrisa—. Tal vez habría intentado convencerla de que se quedara conmigo. Pero… han pasado tantos años. Ni un contacto, ni siquiera por redes sociales para decir: «hola, os echo de menos».

—Sí. Yo sentí lo mismo. Fue como si se esfumara. Tal vez tenía miedo de que tú la convencieras de quedarse, con lo mucho que os queríais… pero ¿yo?

—Quizá pensó que nos aliaríamos para retenerla.

CJ asintió, sin atreverse a manifestar su miedo: tal vez nunca se fue. Quizá lleva años en el bosque, olvidada.

—El sheriff Gallagher me pidió ayuda con el caso. No me dijo para qué, pero debo verlo en… en cincuenta minutos. Sé que todo el pueblo ha hablado de Sarah y que posiblemente ya haya oído su nombre; aun así, prometo compartir nuestras sospechas. Tal vez podamos ayudar.

—Déjame acompañarte. Si alguien sabe de los últimos movimientos de Sarah en Careyville, ese soy yo.

—Vale, vamos.

—¿No dijiste que en cincuenta minutos?

CJ ya se había puesto de pie y recogía las tazas para llevarlas al mostrador.

—Esto es Careyville —sonrió ella—. De eso sí puedo cotillear sobre el nuevo sheriff, los modales pueblerinos lo están desquiciando.

En cuanto me vea llegar a una hora distinta de la acordada, pondrá los ojos en blanco, soltará el aire como si estuviera en una clase de yoga y hará su trabajo a regañadientes… porque jamás incumple.

Ethan se echó a reír.

—Parece que te gusta molestarlo. No recordaba que tuvieras una vena maliciosa en el carácter —se burló.

Si algo no tenía CJ, era maldad en su organismo.

Ella amplió la sonrisa. No hacía aquello porque le gustara molestarlo, lo hacía porque esperar cincuenta minutos para volver a verlo empezaba a impacientarla.

Ese hombre le estaba friendo el cerebro.