Capítulo diesinueve
—Rayos —masculló Mae. Dibujó ochos en el aire con el móvil, intentando captar algún punto cardinal claro para poder orientarse.
Los árboles eran tan espesos que apenas se podía ver más allá del camino—.
No echo de menos Boston, pero, cómo echo de menos que mi móvil funcione —se lamentó y siguió por el sendero, con la esperanza de tener señal.
Un par de metros después volvió a intentarlo.
—No hay manera. ¿Cómo demonios se orienta la gente aquí? —gruñó.
—Hacemos señales de humo.
Mae dio un brinco al escuchar la voz de Noah. Se volvió y alcanzó a verlo salir de entre los árboles.
—¿Eso es un camino? —señaló el lugar por el que Noah había llegado al sendero principal.
—Todos los caminos los hacen los hombres.
—Pff, no te pongas profundo. Y, hablando de caminos hechos por los hombres, ¿por dónde se va al famoso granero?
La sonrisa de Noah fue amplia.
—¿Te apuntas?
—No, voy a entregar un pedido de Amazon. ¿No te conté? Me contrataron en Correos. —Puso los ojos en blanco. Noah solo rio.
—Diría que el sarcasmo no te queda, pero a ti todo te queda bien, Mae.
—La alcanzó en el sendero y le señaló en qué dirección seguir.
Avanzaron unos metros antes de que él sacara las llaves.
El llavero era una pequeña brújula de feria y una navaja suiza.
Quitó la brújula y se la tendió a la muchacha—. Toma, estas siempre funcionan.
—¿Tú no vienes al granero? —preguntó ella, pensando que aquello era un préstamo.
—Sí, pero es para que lo uses en otra ocasión. Toma —insistió.
—¿Es un regalo?
—Claro. ¿O debería responder algo como… «no, es una serpiente» o «no, me debes cinco dólares»? —y puso los ojos en blanco con exageración, como hacía ella.
Mae lo empujó, echando el cuerpo sobre el de él hasta apartarlo del sendero.
—A ti no te queda —se mofó, y lanzó su cabellera hacia atrás con altanería.
Noah carcajeó y le lanzó la brújula para que la cogiera al vuelo.
La sonrisa de Mae fue sincera, pero poco a poco se fue desvaneciendo hasta que una honda tristeza asomó a sus ojos.
Noah presenció el cambio y soltó el aire despacio.
Le gustaba mucho la hija del sheriff, pero le costaba lidiar con esos cambios de humor tan abruptos.
En ocasiones, era preferible su versión furiosa, porque la triste parecía volver gris y frío todo a su alrededor, como las maldiciones de los cuentos de hadas.
—¿Qué pasa, Mae? —La detuvo antes de llegar al granero.
El lugar siempre estaba lleno de jóvenes.
Era un edificio de madera con las paredes grafiteadas y el suelo de cemento, donde practicaban skate.
Allí se reunían todos los chavales de Careyville, de todas las edades; en cuanto vieran a la nueva, más con el cotilleo del nuevo sheriff, no tendría un segundo a solas con ella para hablar.
—Nada. Ha sido un gesto bonito. —Se guardó la brújula en el bolsillo interior del abrigo; de allí no se caería.
—Y eso te puso triste porque…
—Porque el otro día CJ tuvo un gesto igual con mi padre. Una tontería, simplemente se acordó de él al hacer la compra y le trajo su cerveza favorita…
—¿Otra vez los celos de niña de papá? —la pinchó él.
Consiguió su cometido: Mae le dedicó un mohín molesto.
—No. Vale, solo un poco. Pero no fue eso. Fue que mi padre reaccionó como si nunca nadie hubiera tenido un gesto amable con él.
—¿Como tú hace un momento con la brújula?
Ella asintió. Siguió caminando, pero se equivocó de sendero por no prestar atención. Noah no le señaló el error; ya no le apetecía llegar al granero.
—Mi madre fue una zorra con él, Noah —se atrevió a reconocer—, y me siento fatal diciéndolo, ¿sabes? Es mi madre y la quiero igual, la querré siempre. Y, además, no se habla mal de los muertos. Pero ella…
El sendero terminaba en un punto sin salida. Podían adentrarse en el bosque por caminos improvisados o volver sobre sus pasos. No hicieron ninguna de las dos cosas, se quedaron allí. Ella se atrevió a mirar a Noah a los ojos.
—Lo siento, fui una zorra contigo.
—Ya no.
—Solo necesitamos encontrar un cadáver juntos para darme cuenta de que no éramos enemigos —bromeó.
—Ahora somos cómplices.
Pero la tristeza seguía allí, latente en la mirada de Mae.
—También fui una capulla con CJ. Y con todo el mundo.
—Vaya… yo quería ser especial —fingió lamentarse Noah.
Mae rio.
—No recuerdo ni un momento bonito con mi madre —soltó al fin.
Echó a andar de regreso al sendero principal.
El muchacho la siguió, necesitó un par de zancadas para alcanzar su ritmo rápido—.
Tengo un montón de historias con mi padre, algunas a las que es difícil encontrarles el humor, pero que al menos persisten en mi memoria.
Como la vez que fue a verme a una función del colegio en la que hacía de tortuga…
habíamos hecho el traje juntos y era horrible.
Yo no quería salir al escenario de lo espantoso que era, pero él me animó.
Me prometió que estaría allí para apoyarme.
El caso es que esa misma tarde habían llevado a cabo una detención y el detenido se les escapó, tuvieron que perseguirlo por las calles de Boston, reducirlo e incluso hubo una pelea para conseguir ponerle las esposas.
Aun así, llegó a la función, solo que no le dio tiempo a cambiarse…
—Mae sonrió ante el recuerdo—. Hacía un calor de mil demonios y él estaba completamente sudado, sin quitarse la chaqueta.
Dios… jamás vi a mi padre tan rojo. Pensé que se desmayaría —recordó con humor—.
No fue hasta que estábamos en el coche cuando se quitó la chaqueta.
Su camisa era puro sudor y… ¡sangre! Estuvo varias horas estrechando manos, dando dos besos y aceptando felicitaciones por su hija vestida con un traje horrible de tortuga, con la sangre de un delincuente en la camisa.
Estoy segura de que la madre de Jennifer se habría desmayado de haberlo sabido.
—No solo eres sarcástica, también tienes el humor negrísimo —rio Noah.
—No queda otra cuando eres hija de un detective de homicidios.
Como sea, de esas historias con mi padre tengo mil.
Como la vez que hicimos un volcán para la clase de Química y no explotaba, y decidimos demostrar científicamente que la mayoría de los volcanes están inactivos.
O cuando me llevó a su oficina, porque no tenía con quién quedarme, y coloreé un informe forense, poniéndole pelo y maquillaje al dibujo del cuerpo humano que señalaba las zonas lesionadas…
Hizo una pausa tan larga que el muchacho pensó que no diría nada más.
—Pero no tengo ni una anécdota con mi madre. Ni una. Todos mis recuerdos son de ella discutiendo con mi padre o con mis abuelos, o llamando para decir que no vendría a cenar.
—Lo siento, Mae.
—En el tiempo que llevamos en el rancho Barlow, Walter nos ha hecho galletas; CJ, tortitas con dibujos; le compró esas cervezas a mi padre; me regalaron una bicicleta…
En un mes aquí he acumulado más momentos que en toda una vida con mi madre.
No puedo evitar pensar en —Cogió aire, necesitó infundirse valor para decir lo que le pasaba por la cabeza y el corazón— qué triste sería morirse y que nadie pueda decir ni una puñetera cosa buena de ti, ¿verdad?
Que una simple lata de cerveza sea un gesto más grande que cualquiera que hayas hecho en vida.
Pienso en la mujer que encontramos, Noah…
¿será que a ella tampoco la busca nadie?
Han pasado diez años, ¿nadie la echó de menos?
¿O hay alguien que se pregunta a diario dónde estará?
—Tu padre encontrará a su familia. —La atrajo hacia él y la abrazó con fuerza. Mae le devolvió el abrazo, primero con timidez y luego con la misma intensidad.
—No quiero ser más una gilipollas. No quiero ser una persona que, si mañana desaparece, nadie eche de menos. Una persona de la que nadie pueda decir algo bueno.
—Mae, no es así…
Ella se separó despacio, se secó una lágrima y la embargó el pudor por su momento de vulnerabilidad.
—Quizá mi padre no encuentre a la familia de Jane Doe…
—¿De quién?
—Así se les llama a los cuerpos sin identificar: John Doe si es hombre, Jane Doe si es mujer. Como sea, posiblemente no se sepa nunca quién es.
—¿Por qué?
—No le han aprobado la batida. Lo dijo anoche en la cena, lo cual me sorprendió muchísimo, porque mi padre no habla de los casos. Pero estaba tan frustrado… Además, le ha pedido ayuda a CJ con algo, le dijo que fuera a la comisaría cuando pudiera.
—También le pidió ayuda a mi padre —reconoció Noah.
—¿Ah, sí? ¿Sobre qué?
—Sobre el terreno. Mi padre sí comentó todos los detalles —rio Noah—.
Estaba en su momento de gloria, ayudando al sheriff en su papel de experto.
—Mae sonrió también—. Mi padre está seguro de que la enterraron, de que no la cubrió el sedimento de forma natural.
Al parecer, la tumba no era muy profunda, pero tampoco superficial.
Fueron las raíces de los abetos las que la levantaron.
—¡Vaya! ¿De verdad?
—Sí. Por eso es raro que no aprueben el rastreo. ¿Sabes por qué?
—Mi padre dice que el fiscal está convencido de que un familiar se presentará por su cuenta al enterarse de la noticia. No quieren gastar dinero en un caso con tantos años.
—Todos hablan de Sarah Bloom en el pueblo, ¿será ella?
Mae se encogió de hombros, no estaba al tanto de los rumores del pueblo. Ya casi llegaban al granero. Se detuvo y miró a Noah. Quiso retenerlo para ella sola un rato más.
—Tendríamos que hacerlo nosotros —murmuró.
—¿Hacer qué? —Noah la miró desconcertado.
—Rastrear el bosque. Tú sabes mucho. Sabes meterte en sitios donde nadie más puede, porque tu padre te ha enseñado. Yo sé qué puede considerarse una prueba y qué no, porque, por poco que hable mi padre, sé más de su trabajo de lo que me gustaría.
—Mae, es una locura.
—¡No lo es! Mi padre no puede llevar a cabo un rastreo sin una orden, porque nada sería válido en un juicio. Pero si dos personas encuentran cosas por casualidad y esas cosas pueden asociarse con el cuerpo… ¡Podríamos traer a Siete Millas!
—Dios, no sé por qué te escucho —masculló Noah.
Sabía que accedería, era demasiado débil con Mae y, ante cualquier propuesta suya que implicara pasar tiempo juntos, él se apuntaría.
—Además, haremos algo bueno por alguien.
Conque eso era, pensó Noah. Mae necesitaba hacer algo por otra persona, salir de sí misma y tender la mano al mundo, como hizo CJ con ella. Como un dominó inverso, en el que cada pieza, en lugar de derribar a la siguiente, la ayuda a ponerse en pie.
—Vale, rastrearemos el bosque.
Ella dio un salto y lo rodeó con los brazos por el cuello. Noah aceptó su derrota. Por un abrazo suyo sería capaz de cualquier cosa.