Raíces Capítulo dieciocho
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Capítulo dieciocho

—Mierda —gruñó por quinta vez en el día. No conseguía dar con el archivo de Sarah Bloom y Luke era demasiado joven para saber qué había pasado. Tendría que hablar con Bill Hawkins, pero ¿con qué motivo?

La única base para asociar el cuerpo sin identificar con Sarah Bloom eran las habladurías del pueblo.

Sin embargo, a falta de algo mejor, no estaba de más seguir esa pista.

Las demás desapariciones de la zona no cuadraban con los hallazgos.

O eran muy recientes, o eran mujeres muy mayores, o había bastado una llamada para confirmar que dicha persona ya había aparecido, pero no se había cerrado el caso.

—Joder. —En las últimas horas, su vocabulario se había limitado a tres o cuatro juramentos que intercambiaba entre sí: joder, mierda y me cago en mis muertos.

Había llegado el informe inicial de la autopsia de Jane Doe. Elena Cross tuvo la amabilidad de acercarse a la comisaría para despejar cualquier duda que pudiera surgir, que era solo una:

—¿Cómo se puede ser tan ambiguo?

A lo que, por supuesto, había añadido otro joder. Y es que el informe estaba plagado de una única frase:

«No se pueden probar ni descartar actos de violencia compatibles con la herida tal o cual».

«No se pueden confirmar ni descartar abusos previos a la muerte».

«No se puede confirmar ni descartar una caída previa».

¡Ni siquiera con el puñetero diente! De él solo decían que debía de haberlo perdido en el momento de su muerte. Aunque añadían: «No se puede confirmar que fuera premortem o postmortem».

—¡Me cago en mis muertos!

Luke llevaba toda la mañana fingiendo estar ocupado por miedo a cruzarse con él. Echaba de menos a su jefe, le enviaría una caja de bombones por los viejos tiempos. Necesitaba a alguien que hiciera el trabajo político por él, porque lo suyo era investigar, no tratar con gilipollas.

—Adivina si me han rechazado el rastreo —gruñó, lanzando la respuesta oficial de la fiscalía sobre el escritorio de Luke.

El pobre hombre alzó la mirada, llena de pánico, sin saber si debía hacer algo con esa información o limitarse a ejercer de amigo.

—Eh…

—¡La autopsia no es concluyente! —siguió Patrick. Jensen entendió que su papel era el de oyente.

—Vale…

—¡Pero tampoco es concluyente en cuanto a la hipótesis del accidente!

No hay forma de probar que sus heridas fueran producto de una simple caída —expuso el sheriff.

Luke abrió la boca para soltar algún comentario vacío.

No fue necesario, porque Patrick estaba inmerso en un monólogo—.

Para poder respaldar una u otra teoría… ¿sabes lo que necesitamos?

El joven volvió a abrir la boca.

—¡Exacto! Pruebas. ¿Y cómo se consiguen las pruebas? —Luke ya ni intentó intervenir—. ¡Haciendo un rastreo! Joder.

Cogió la carpeta que él mismo había lanzado y, con la misma furia, regresó a su despacho. La volvió a lanzar allí, con el mismo cabreo de antes.

—Y encima no encuentro el puñetero archivo de Sarah Bloom —añadió, molesto.

Cabía la posibilidad de que nunca se hubiera denunciado, al fin y al cabo, se había enterado por los rumores. Pero, en esos momentos, no tener ningún hilo del que tirar le hacía ver a todos en Idaho como una panda de inútiles pueblerinos.

La soberbia no era la mejor aliada de un detective, lo sabía, solo que en ese momento estaba demasiado enfadado como para embarcarse en un viaje de sanación espiritual.

¡Era un jodido buen policía! Y el único motivo por el que no podía hacer su trabajo era porque el fiscal Andrew Keller, en una cómoda oficina de Boise, decidía que una pobre mujer muerta diez años atrás no valía ni un duro del presupuesto estatal.

—¡A tomar por culo!

Al menos ya habían confirmado que la mujer llevaba muerta entre diez y once años. Por la vestimenta, la muerte se produjo en primavera u otoño, lo que significaba que podía tratarse de una turista.

Claro que había intentado cruzar los datos con mujeres desaparecidas en todo el estado, pero ahí los números le jugaban una mala pasada. Mientras que en Careyville apenas había crímenes y denuncias por desaparición, en Idaho eran tantas que no le daría la vida para cotejarlas una a una.

Necesitaba algo más para acotar la búsqueda.

Los datos que tenía hasta el momento eran: mujer, entre diecinueve y veintidós años, caucásica, posiblemente rubia y de ojos claros según el ADN, sin muestras de sobrepeso excesivo (eso dejaba huella en el tejido óseo), aunque no podían determinar si era delgada o más bien rellenita.

Cabello lacio. ¡Increíble cómo avanzaba la ciencia! Si tan solo pudiera decirle…

—¿Quién coño es?

Lanzó la cabeza hacia atrás y clavó la vista en el techo.

Entre sus pertenencias no había cartera ni bolso, eso era extraño y reforzaba la hipótesis de un posible homicidio.

Por no dejar pasar el tiempo, y movido únicamente por la impotencia, se puso a revisar uno a uno los archivos digitalizados de mujeres desaparecidas en Idaho diez años atrás.

Eran tantas que se abrumó con solo verlas.

De pronto, una idea brilló en su cabeza. Fue al ver una de esas mujeres: rubia, delgada, mandíbula definida… Cogió la autopsia y puso el cráneo de Jane Doe junto a la pantalla del ordenador. Le parecía que no coincidía. Su Jane Doe tenía la frente más ancha y la mandíbula más fina, ¿verdad?

—¡Eso! Eso es lo que necesito para empezar, un retrato robot de Jane Doe basándome en su cráneo…

Entusiasmado, cogió el teléfono para llamar a la fiscalía.

Cinco minutos después, su lista de juramentos sumaba un par de términos más: «gilipollas», «capullo» e «hijo de puta».

Le habían dicho que no. Más precisamente: «No tienes un caso, Gallagher».

Estaban seguros de que la mujer era lugareña y de que, en cualquier momento, se presentaría un familiar a reclamar los restos.

No querían gastar dinero ni dar prioridad a algo que, según ellos, se solucionaría solo.

Patrick no estaba tan seguro. Si un familiar estuviera tan preocupado por Jane Doe, él tendría un maldito expediente abierto en su escritorio.

Desesperado, volvió a coger el teléfono.

—Michael Donahue —saludó a su contacto del FBI.

—¿Cansado de lidiar con vacas, Gallagher? —bromeó el hombre.

—Ya quisiera, pero donde voy aparecen cadáveres. ¿Qué quieres que te diga? Uno atrae según cómo vibra.

Donahue se echó a reír. Sabía que ironizaba, Patrick no era un hombre new age .

—¿Has encontrado a un asesino escondido en los bosques de Idaho?

—De momento, solo he encontrado un maldito cuerpo y una burocracia que haría temblar al mismísimo Hitchcock.

—Vaya, ¿quién hubiera dicho que el gran detective Gallagher no tenía madera de sheriff?

Mmm, a ver… ¡Yo! —dijo Michael—. Te lo advertí, Gallagher, ese trabajo no es para ti.

Tú tienes que estar en el terreno, cazando a los malos.

Deja lo de pelearte con los fiscales para los capullos de traje y corbata.

—Vale, perfecto. Entonces, que a Jane Doe le den, que termine en una puñetera caja cogiendo polvo en un depósito de Boise…

—No quise decir eso, hombre. Lo sabes. Me refiero a que estás para más.

—Sí, para los focos, las entrevistas y los documentales —siseó Patrick.

Michael suspiró al otro lado de la línea.

—Lo que dijo el capullo de Reed te afectó, Patrick.

Sabes que te respeto y no seré yo quien te lama las botas, ¿vale?

Lo digo porque lo pienso. Tú no atrapas a los malos por los aplausos, lo haces porque eres un jodido animal de rastreo.

Aquí, en el FBI, necesitamos a gente como tú. La oferta sigue en pie.

—Aquí Jane Doe también necesita gente como yo —respondió, firme.

El silencio en la línea se hizo pesado. Donahue sabía muy bien que lo mismo que convertía a Gallagher en un peso pesado era lo que lo mantenía en ese pueblo de Idaho. No había víctimas de segunda para Patrick, todos merecían justicia.

—No dejes que el maldito Jonathan Reed te afecte, eso es lo único que digo —añadió Michael.

—No fue él quien me afectó, Donahue. Fue el hecho de que por él corté la última llamada de Mae. Podría haber ido a buscarla y ella no habría estado en el accidente que mató a su madre. No estoy listo para asumir casos así de nuevo.

Michael se abstuvo de responder que no sería igual en el FBI.

El trabajo en la oficina federal era más científico, eran otros detectives los que se dejaban el pellejo.

De hecho, así se habían conocido. Mientras Gallagher hacía el trabajo duro, Donahue solo asesoraba sobre mentes criminales y conductas obsesivas.

—Vale, solo me queda esperar a que lo estés dentro de un tiempo. Ahora dime el motivo de la llamada, dudo que sea para preguntarme qué haré en Pascua.

—¿Qué harás en Pascua?

—¡Que te den! Venga…

—Necesito un retrato robot de mi Jane Doe. Sé que tenéis la tecnología y…

—Y no tengo el permiso, Gallagher. Burocracia, ¿recuerdas?

—Joder, ¡sois el puñetero FBI!

—Con más razón, no podemos meternos en un caso estatal salvo que nos inviten o nos obligue un juez. Algo que no pasará, ¿verdad? Porque, si un juez estuviera dispuesto, tú ya tendrías a tu retratista.

—Y a mis perros de rastreo —masculló.

—Mira, no puedo ayudarte. Lo único que haré será ser cruel contigo, sentarme en mi sillón de masaje a ver la NHL y esperar a que me digas que estás cansado de lidiar con la parte política del trabajo y quieres formar parte de un equipo del FBI.

Y… antes de que me mandes a tomar por culo…

comentarte que la mayoría de los retratistas no salen de las facultades de Medicina Forense, sino de las de Bellas Artes.

Lo bueno de eso es que los artistas sí se saltan las normas.

Contacta con la universidad y algún jipi de gran corazón te ayudará.

Claro que no te servirá como prueba en un juicio, pero siempre puedes, más adelante y con más pruebas, pedirle al fiscal que mueva el culo.

Patrick soltó el aire, aliviado. Un nombre resonó tras el consejo de su colega: Claire Juniper Barlow. Había estudiado Bellas Artes. Podía hacerlo ella o conocer a alguien que le hiciera el favor.

—Gracias, Michael. Realmente fuiste de ayuda.

—¿Ha sido irónico? —preguntó el hombre, con Gallagher nunca se sabía.

—No —rio—, de verdad me diste un punto de partida. Tienes razón. Odio este trabajo. Cuando no es aburrido, es frustrante, y cuando no, las dos cosas. Pero Mae es feliz, Michael.

—¿Y tú? —Donahue era su amigo, después de todo.

A la mente de Patrick volvió el mismo nombre que antes. Claire Juniper Barlow.

—Quizá… —se atrevió a conjeturar—. La vida personal es mejor. La laboral… ya me has oído —bromeó.

—Ese es el punto, Gallagher. No tienes por qué elegir. En el pasado elegiste la vida profesional por encima de la personal y fuiste la mitad del tiempo infeliz. Ahora haces lo mismo. Existe algo llamado equilibrio, hombre…

—¿Existe en nuestro trabajo? —lo dudaba.

—Sí, existe. Cuando estés listo para descubrirlo, me llamas, ¿vale? De momento, suerte con tu Jane Doe.

Donahue dio por terminada la llamada antes de que pudiera ponerse sentimental. O algo peor, que Gallagher le pidiera otro favor y lo pusiera entre la espada y la pared.

Patrick, por su parte, se dispuso a coger el informe forense y traducirlo a un lenguaje comprensible. Esperaba que CJ pudiera ayudarlo a darle rostro a Jane Doe. Miró una vez más la pantalla de su ordenador, con los miles de rostros desconocidos, y no permitió que eso lo abrumara:

—Una persona cada vez, así se hace justicia. Y Jane Doe lleva diez años esperando justicia.