Raíces Capítulo diecisiete #2
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Capítulo diecisiete #2

Lo que mantenía a CJ allí, firme, sin huir, pero sin hablar, no era la atracción hacia Gallagher.

Ya se había acostumbrado a lo que la presencia de aquel hombre despertaba en ella, esa reacción física instintiva ante el atractivo innegable de Patrick.

Lo que la retenía esa mañana era saber que decía la verdad: él no se espantaría, no huiría ni la abandonaría por no poder tolerar su horror.

Le asustaba lo bien que se sentía junto a él. Lo segura.

—Hace unos años, cuando empecé a ilustrar novelas y cuentos, una editorial me contrató para su colección de clásicos.

Me encantó pintar Jane Eyre —reconoció con una sonrisa—, pero fue La metamorfosis la que me supuso un desafío.

¿Sabías que Kafka no quería que se dibujara el insecto en el que se había convertido Gregor Samsa?

—No, no tenía ni idea. Ni siquiera he leído La metamorfosis —confesó.

—Oh, es un libro magnífico, pero no sé si es recomendable.

Es decir, ¿a quién le recomiendas leer un libro que te destroza y te deja con angustia existencial durante meses?

En fin… Franz Kafka no quería que se dibujara el insecto.

Lo dice en una carta a su editor. Sin embargo, cuando me hicieron el encargo, me especificaron que debía dibujarlo sí o sí.

—Tomó un sorbo de café y lamió la nocilla de su tortita.

Ser adulto es no tener a nadie que te diga cuánta nocilla puedes comer por la mañana—.

Al encontrarme frente al papel, entendí por qué Kafka no quería el dibujo, porque nunca dice que fuera una cucaracha o un escarabajo.

Gregor Samsa se convierte en un insecto indefinido, irreconocible; incluso una cucaracha gigante nos daría más certezas, sabríamos a qué nos enfrentamos: es como una cucaracha, pero gigante.

Pero ¿qué pasa cuando te encuentras con lo indescriptible?

¿Con algo que no tiene comparación, que ni siquiera puedes asociar a algo conocido para tranquilizarte?

Hasta un león hambriento es preferible a lo extraño.

—Se quedó en silencio unos segundos, sin comer ni beber, con la mirada perdida en un punto lejano.

No solo de la cocina, sino del tiempo y del espacio—.

Kafka describió como nadie el dolor, la depresión: es un insecto irreconocible, un monstruo sin igual.

Si mañana a todos nos pasara lo que a Gregor Samsa, cada uno se convertiría en un ser distinto.

Ahora compartimos especie: tú, yo, Mae, mi padre…

ahora somos reconocibles. Por dentro, en cambio, cada cual es su propio insecto monstruoso.

Dio un mordisco a su tortita, sin atreverse a mirar a Patrick. Temía leer en su mirada el espanto, el deseo de huir. O la sorpresa desagradable de descubrir que Claire Juniper Barlow no era la muchacha despreocupada y feliz que aparentaba.

—Hay algo que olvidas de las historias de terror, CJ —dijo él, apartándole el cabello para poder ver, aunque fuera su perfil—, y es que siempre empiezan con una sonrisa.

Se mudan a la casa de sus sueños o conocen a una persona amable…

—Ella volvió el rostro hacia él. Los ojos color miel de Patrick estaban fijos en su boca, con una sonrisa leve—.

El problema no es el insecto, el terror está en lo que se esconde detrás.

Puedes enfrentarte al monstruo si lo ves, pero no sabes a qué te enfrentas si se oculta.

Por eso me dan más miedo tus sonrisas, CJ.

¿Cuánto tiempo llevas escondiendo al monstruo?

—Desde que llegué aquí. Mi padre es lo único que me queda, no quiero que se vaya como los demás.

—¿Quiénes se fueron? —preguntó Patrick, buscando su mirada esquiva.

—John, mi marido; mis amigas de Montana.

Hasta mi editora. —Y Sarah, quiso añadir.

Tembló. Era el recuerdo de Sarah Bloom lo que la tenía al borde del abismo desde el día anterior, el miedo a que fuera ella la mujer del bosque—.

John… me engañó con su secretaria. —Puso los ojos en blanco y volvió a sonreír.

La mirada fulminante de Patrick le borró la sonrisa.

Nada de cubrir al insecto—. Perdón, es que fue tan tópico.

«Me sentía tan solo, CJ, y tú no estabas aquí.

Ella, en cambio, me acompañó…» —lo imitó con rabia en la voz.

—Capullo. Aunque ya sabes, podría haber sido peor… —Ella lo miró—. Podría haberse quedado.

—¿Proyectando, Gallagher? —bromeó ella.

—Claro. Es mi propio insecto monstruoso.

En esa ocasión, la sonrisa de CJ no buscaba ocultar nada, era auténtica. Era el reconocimiento del dolor del otro. Tal vez sí fueran de la misma especie después de todo.

—Y luego mis amigas empezaron a hablar a mis espaldas. Primero, preocupadas por cómo estaba, y después para juzgarme por lo que tardaba en recuperarme, por la poca voluntad que le ponía, incluso para entender al pobre John, casado con una mujer que apenas era la sombra de quien había sido…

—¿Antes de qué…? —El silencio de CJ fue pesado—. Vale, lo sabré cuando estés preparada.

—Si es que algún día lo estoy.

—Lo estarás —dijo Patrick.

La seguridad de su afirmación hizo que CJ se estremeciera.

Joder, cómo quería que Gallagher estuviera siempre a su lado para recordarle que podía, que era fuerte, que no estaba sola.

«Es sheriff interino», se recordó. «No estará aquí el próximo otoño».

¿Eso sería él en su vida? ¿El bote salvavidas que la llevara a la orilla y luego se marchara?

La idea la entristeció.

—En fin, mis amigas se alejaron. Yo ya no era el alma de la fiesta ni la mujer con un trabajo independiente que siempre tenía tiempo y ganas de tomar unas copas al final del día.

Yo quería hablar de… —La voz se le quebró—.

Quería hablar de lo ocurrido, pero ellas siempre cambiaban de tema. Lo hacían con buenas intenciones…

—Y una mierda —siseó Patrick.

—Decían que, como me ponía tan mal al hablar del asunto, sería mejor evitarlo. Y al final, a quien evitaron fue a mí.

—Cobardes.

—No todo el mundo es el valiente detective Gallagher —dijo CJ.

Buscaba quitar hierro al asunto, pero sonó casi a declaración de principios.

La depresión había sido una mierda y ella no era de las que pensaban que «no hay mal que por bien no venga».

Al contrario, no encontraba ni un puñetero bien en lo que le había pasado.

Sin embargo, algo sí había aprendido, a no rodearse de personas con las que no se pudiera contar cuando la vida golpeaba.

Porque, joder, ella sí había estado para esas amigas.

Cuando Sussy se divorció y su exmarido le quitó hasta el coche; cuando Patricia perdió el empleo porque su jefe quería acostarse con ella; cuando Barbara descubrió que su padre engañaba a su madre con un hombre…

CJ las había acompañado, había cogido el teléfono sin importar la hora, había salido a tomar algo para animarlas o se había presentado con chocolate y helado para consolarlas en el sofá.

¿Y qué había recibido a cambio? Un «ya no eres la misma». Pues no, joder. Ya no era la misma.

Ya no necesitaba un hombre como John en su vida.

Ni lo quería. No quería sus trajes impecables, sus modales civilizados ni sus sonrisas carismáticas.

Ya no le apetecía compartir su vida con un director de marketing.

De pronto, los uniformes color arena, las guardias hasta tarde y los ceños fruncidos le parecían mil veces más seductores.

Sobre todo, si venían acompañados de esos brazos enormes capaces de sostenerte cuando el dolor amenaza con arrancarte del mundo de raíz, y de ese pecho ancho en el que, si lo perdías todo, podías refugiarte, y de esa certeza sin vacilaciones que vibraba en su voz cuando afirmaba: «Estarás bien».

—Sheriff —corrigió él, porque le había llamado detective.

—Un sheriff que está llegando tarde al trabajo.

—CJ… —pronunció su nombre como una leve advertencia. No vuelvas a levantar esos muros, no conmigo.

Cuando ella asintió, casi como una niña obediente, él aceptó su destino:

—Sí —suspiró—, llego tarde al trabajo. Normalmente me cogería el sábado libre; aquí no suele pasar nada. Pero quiero tener el informe listo el lunes para ver si consigo que me aprueben una batida.

—¿Fue un homicidio? —se atrevió a preguntar. La voz le tembló. El nombre de Sarah resonó en su mente y en su pecho.

—Aún no lo sabemos. Todo encaja con ambas teorías. Necesito más información para plantear una hipótesis plausible. Aunque lo mío sean los homicidios, siempre espero que sea un accidente.

—Llévate la tortita de Siete Millas, sheriff. Para que te dé suerte. Yo haré más cuando se levante Mae, ¿vale?

—Vale.

Se despidieron con un asentimiento. CJ salió al porche al verlo marchar. Patrick se detuvo un instante junto a su camioneta. Ambos sintieron el impulso de dar un paso al frente, de fundirse en un abrazo. Pero sus fantasmas aún no estaban preparados.