Capítulo diecisiete
—¡Rayos! —masculló CJ al tercer intento.
La masa de las tortitas reposaba a su derecha.
La sartén, como lienzo, presentaba algunos problemas.
La cafetera italiana comenzó a burbujear y ella se apresuró a apagar el fuego mientras contemplaba el desastre que había montado en la cocina—.
¡El camino al infierno está lleno de buenas intenciones!
—gruñó—. ¡Me rindo! Me rindo. Adiós, carrera de artista.
Se cruzó de brazos, frustrada, pero los descruzó cuando la tortita estuvo cocida y tuvo que retirarla del fuego.
—No me ganarás, como que me llamo Claire Juniper Barlow —se animó, volviendo a echar masa a la sartén.
—Pensé que preferías que te llamaran CJ —dijo una voz ronca desde las escaleras.
CJ dio un respingo. Patrick se acercó a ella; no sonreía, aunque un brillo divertido asomaba en su mirada soñolienta.
—Lo prefiero… cuando voy ganando la guerra. El resto del tiempo necesito la solemnidad de mi nombre para darme valor. ¡Rayos! ¡No de nuevo! —se lamentó, en sus labios se formó un mohín infantil.
Sin embargo, no había nada infantil en la boca de CJ, y Patrick se quedó unos segundos de más con los ojos puestos en aquellos labios que formaban una pequeña trompita.
Fue su turno de soltar un juramento por lo bajo.
Enfrentándose a sus propios pensamientos inapropiados, se acercó a la encimera a ver qué guerra desataba CJ.
—Pues… no se han quemado, ¿verdad? —la animó él, mirando la extraña forma de aquellas tortitas.
CJ retiró la siguiente y, decidida, lo intentó una tercera vez. Patrick la vio echar la masa y darle forma con el cucharón. Lo que era imposible era determinar forma a qué.
—¿Por qué has pegado una con otra? —preguntó al ver que CJ había unido adrede una cucharada de masa con la siguiente.
—¿Se te ocurre una forma mejor de hacer una oreja?
—¿Oreja de qué? —indagó con cautela. De pronto temía que CJ se hubiera dado cuenta del daño psicológico del detective de Boston y estuviera haciéndole una prueba de Rorschach con masa de tortitas. No digas que ves a la parca , se recordó.
—¡De un cerdito!
El silencio de Patrick fue largo. Sus ojos viajaron de la sartén a CJ y de CJ a la sartén unas cinco veces. Cerró los labios con fuerza, apretándolos hasta dibujar una fina línea. CJ puso los brazos en jarra al ver cómo su intento de dibujo en masa se deformaba hasta… ¿qué demonios era eso?
—Pues esa oreja se parece…
—¡Es el hocico! —se lamentó ella.
Patrick volvió a juntar los labios, era la única forma de…
No. Fracasó. Se le escapó la risa y, en su intento por contenerla, por poco le entra hipo. CJ fingió estar ofendida. Sin embargo, en cuanto vio a Gallagher reír, se le derritió algo por dentro y soltó una carcajada. Patrick tenía la mirada empañada por las lágrimas de la risa.
—Míralo de este modo —la animó, apenas sin aire—, puedes decir que has empezado tu etapa cubista.
—¡Patrick Gallagher! —lo reprendió ella entre carcajadas—. No sé si eso ha sido cruel o un intento de animarme.
—Seguro que a Picasso no le salía eso.
—¡Harás que se me quemen las tortitas! —lo empujó ella fuera de la cocina—. Puede que no se parezcan al modelo… —señaló a Siete Millas, que dormía en su cama junto a la habitación de CJ—, pero al menos están buenas.
Retiró la tortita. Patrick se sirvió café y le rellenó a ella la taza, evidentemente necesitaba otra dosis para afrontar el día y la titánica tarea que se había propuesto. Luego se aseguró de mantenerse lejos de la línea de fuego.
CJ le sirvió una tortita con forma de… ¿murciélago, tal vez?, y con determinación encomiable se lanzó a intentar conseguir al menos una que se pareciera mínimamente a un mamífero de cuatro patas.
—El problema está en los detalles —se atrevió a comentar Patrick con cautela.
—Lo sé. En cuanto intento dibujar una oreja, la masa se va hacia cualquier lado.
—Exacto, porque es masa. ¿Con qué trabajas habitualmente? —ella lo miró—. Cuando pintas, ¿con qué material trabajas?
—Mmm… Con tinta china en los dibujos oscuros y con lápiz tradicional en las ilustraciones infantiles.
—Desde luego, no con masa de tortitas.
CJ rio.
—No… Tal vez si se me diera bien la acuarela…
Patrick se acercó, cogió el sirope de arce y dibujó con la cuchara una sonrisa en una tortita.
—Listo.
—Los cerdos no sonríen, Gallagher.
—Es arte interpretativo.
CJ volvió a carcajear.
—¿Estás diciendo que me rinda en mi etapa Picasso?
—Jamás te diría que te rindas.
CJ se volvió con una sonrisa, buscando el tono de burla. No lo encontró. Patrick hablaba en serio, no sobre tortitas. Demonios, había dicho de más la noche anterior.
CJ sacó el último intento de la sartén e hizo lo propuesto por Gallagher: dibujó con el sirope y con nocilla los rasgos de un cerdo bien definido. Se lo tendió a modo de victoria.
—Definitivamente, el arte con nocilla es lo tuyo.
—Gracias. Al parecer, me faltaba perspectiva. Tal vez si mirara esto desde un satélite le vería forma de cerdito —se mofó.
Untó la suya con una cantidad obscena de nocilla, sin hacerle cara ni forma, y se la llevó a la boca.
—De todos modos, ¿a qué debemos tanta atención? ¿Pretendéis superar las estrellas y conseguir la categoría diamante en hotelería?
—Quizá… —dispuesta a cambiar de estrategia, hizo una tortita normal y se dedicó a dibujar con esmero un cerdito con nocilla y un palillo.
Patrick quedó absorto ante el nivel de detalle que ponía CJ. Solo entonces pudo calibrar el grado de frustración que sentía al ver que la masa no respondía a sus caprichos. Porque todo lo demás lo hacía. Incluido él.
—Buscaba disculparme… o quizá quitar hierro a lo de anoche —reconoció en voz baja, sin mirarlo.
Con el sirope hacía las zonas luminosas y con la nocilla, los contornos. Ladeaba la cabeza para asegurarse de que las proporciones eran correctas.
—No eres tú la que debe disculparse, CJ. Mae se ha comportado mal y, de hecho, has sido más amable de lo que se merecía. Sin duda, has sido más amable de lo que fui yo en nuestra charla antes de dormir.
CJ se mordió el labio, lamentando la confrontación entre padre e hija.
—Tal vez, pero es tu hija, Patrick. No me correspondía a mí soltarle una regañina.
Terminó su obra y cogió otra tortita. Eligió dibujar al cerdo con un sombrero de sheriff; al fin y al cabo, había sido Siete Millas quien encontró el cuerpo.
—No, no te corresponde a ti tener una charla educativa.
Ese es mi trabajo. Pero sí estás en tu derecho de defenderte cuando te atacan y de cantar las cuarenta cuando alguien es un capullo contigo, ¿vale?
Incluso si ese alguien es mi hija. Y Mae hará bien en entender que, si confrontas, obtienes respuesta; que el mundo no siempre te mirará con compasión ni empatía, ni tolerará tus mierdas solo porque lo has pasado mal.
Porque esa es la máxima de esta vida: todos lo hemos pasado mal en algún momento.
CJ se quedó en silencio, asimilando lo que había dicho Patrick.
—Sí —dijo unos minutos después, tras terminar su ilustración de Siete Millas como sheriff—. Todos lo hemos pasado mal.
—¿Quieres hablar? —preguntó él, en tono suave—. Tu padre se ha pasado con los ansiolíticos —bromeó, aludiendo al tercer whisky de la noche anterior—, y a Mae no la sacas de la cama un sábado ni poniendo una bomba debajo.
—¿Quiere decir que tendré que recalentar las tortitas cuando se levante? ¡Rayos! Mi arte no sobrevivirá al microondas.
—Entonces será mejor que disfrutemos de tu arte con el café —propuso él.
Le daba pena comerse a Siete Millas con traje de sheriff, tanto que hizo algo impropio de él: sacarle una foto a la tortita. No pensaba subirla a Instagram, detestaba las redes sociales, pero quería conservar el recuerdo de aquella mañana.
CJ volvió a untar una tortita sin forma con nocilla en cantidades industriales.
Necesitaba azúcar. Se sentó en el taburete alto junto a la isla de la cocina y Patrick la acompañó.
Se acomodó a su lado, en lugar de enfrente.
Pensó que CJ no hablaría. No importaba, le bastaba con que supiera que podía encontrar en él a un amigo.
Ella batallaba con otro fantasma en su interior. Fue lo primero que se atrevió a exorcizar.
—El dolor es feo, Patrick. Por eso no me cabrea Mae. Aunque pueda cantarle las cuarenta, no me enfada. Sé que así es el dolor. Feo, feísimo. Espantoso. Horrible. Violento.
Gallagher asintió. En sus años de detective, casi todos los crímenes que había resuelto nacían del dolor.
De ese espanto que CJ describía. Excepto el Asesino del Espejo, que tanto lo había trastocado.
Jonathan Reed era maldad pura. Sus delitos no nacían del dolor, sino de la necesidad de generarlo.
Ese hijo de puta se había salido con la suya.
Podía pudrirse en prisión; aun así, había ganado.
El mundo y, más concretamente, los familiares de las víctimas convivirían para siempre con el espanto.
Con esa fealdad monstruosa que describía CJ.
—Casi todas las películas de terror tratan, en el fondo, del dolor. Por eso me da miedo hablar —reconoció CJ—, porque si muestro en qué me ha convertido el sufrimiento, la gente se espantará. Se alejará de mí.
—Yo no —le prometió—. He visto demasiada mierda en la vida como para espantarme.
Ella se mordió el labio inferior, no de forma suave o apenas sensual.
Lo hizo con una violencia que casi la hizo sangrar.
Patrick le aflojó la presión con el pulgar antes de que se hiciera daño.
En su gesto tampoco había sensualidad. Aun así, el roce los trastocó a los dos.
Porque había más sinceridad en la herida autoinfligida de Claire y en el rescate sin miramientos de Patrick que en cualquier otro gesto.
Y eso era más íntimo que cualquier roce contenido.