Raíces Capítulo dieciséis
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Capítulo dieciséis

Aquella primera jornada resultó, como era de esperarse, extenuante.

Luke y Patrick dejaron de contar las veces que fueron y regresaron de la escena del crimen.

Lo registraron todo una vez más; buscaron en la zona del cuerpo alguna piedra u objeto contundente que pudiera coincidir con la herida.

Analizaron algunas hipótesis y se sintieron tan abrumados como en el minuto uno.

—Podría haberse arrastrado luego del golpe —conjeturó Jensen—. Y haberse echado aquí a morir.

—Es posible… —pero poco probable, agregó su mente.

Tras ver el golpe en el cráneo, dudaba que Jane Doe hubiera sido capaz de moverse.

Tampoco le cerraba demasiado la idea de la caída, pues el cuerpo estaba perpendicular a esta y no en paralelo, como sería lo normal si hubiera rodado pendiente abajo—. Lo primero será identificarla.

Volvieron a buscar pertenencias en la zona marcada. Patrick aún tenía el detector de metal en su camioneta por el caso de la bicicleta.

—¿Pedirás perros de rastro?

—Para eso necesito un jodido caso —se lamentó.

—Es como el huevo y la gallina. Necesitas un caso para pedir los perros y los perros para probar que tienes un caso —entendió Luke.

—Exacto. ¿Conocías a Sarah Bloom? —preguntó, sin rodeos, era el único nombre que tenía hasta entonces.

—Aquí nos conocemos todos, sheriff. Pero no es de mi generación. Tendrías que preguntarle a la doctora Cross o a CJ.

—Justamente fue la doctora Cross quien me dio ese nombre. Buscaré en los casos sin resolver. Ojalá tuviera algo más para acotar el banco de personas desaparecidas —se lamentó—. Hasta que no esté la autopsia definitiva, poco podremos hacer. Ve a casa, Luke, descansa un poco, ¿vale?

—Tú también, sheriff.

Patrick había comenzado la búsqueda de casos de desapariciones sin resolver en Careyville, pero no halló nada.

Lo que más le inquietó fue no encontrar el caso de Sarah Bloom entre ellos.

Tal vez nadie había puesto la denuncia. Demonios, si era así, tendría que indagar en lo sucedido diez años atrás.

—Enfócate, Patrick —se dijo, lanzando una vez más el detector de metales a la parte trasera de su camioneta. Ya lo llevaría luego a la oficina—. Hasta que no llegue el informe forense, no tienes nada. Tus tripas no son una fuente confiable, ¿recuerdas?

Sus tripas se retorcían por la sensación de estar ante un homicidio, pero también lo hacían porque moría de hambre. No había comido nada suculento desde el almuerzo del día anterior. Sin comer, sin dormir, su cerebro dejaría de funcionar apropiadamente en algunas horas.

Condujo hasta el rancho Barlow y por poco produce un accidente.

—¡Decidido! Duermes, joder —se reprendió, obligándose a apartar el caso de su mente por unas horas.

La cabaña Barlow lo esperaba con ese aspecto hogareño que la caracterizaba. De la chimenea salía humo, que se perdía en el cielo ya oscurecido.

Le parecía incongruente que un crimen sucediera en un lugar tan bello como Careyville.

Había llegado a convencerse de que allí las personas pertenecían a una especie muy distinta a la de Boston.

Se equivocaba, el ser humano era capaz de cualquier crueldad incluso con el ser más bello e indefenso del mundo.

Por desgracia, personas como él eran necesarias.

—¡Patrick, al fin! —lo saludó CJ con una sonrisa amplia. Bajo sus ojos se dibujaban, más oscuras, las ojeras. No había dormido mucho más después de que él se había ido.

—Día duro.

Mae bajó al escuchar su voz. En su mirada se traslucía una dosis de preocupación mezclada con curiosidad.

Estaba más acostumbrada que los Barlow a sus llegadas tarde, a su aspecto desalineado después de una jornada extenuante y a su humor taciturno.

Sin embargo, no importaba cuánto se hubiera habituado, siempre quedaba una dosis de miedo a que su padre no regresara a casa.

—Comamos así puedes descansar —dijo Walter, apagando la gran olla de cocción lenta.

—Enseguida —aceptó Patrick, perdiéndose escalera arriba para higienizarse y quitarse el uniforme embarrado.

—Incluso la muerte, con tantos años, huele así de rancia —gruñó Mae.

CJ, que ponía la mesa, se detuvo con los platos a mitad de camino.

—¿A qué te refieres?

—A que no pensé que un cuerpo ya hecho huesos oliera así, pero lo hace. —Se encogió de hombros—. Es como si el perfume a putrefacción hubiera quedado en el aire.

CJ se estremeció. Le parecía extraña la frialdad con la que hablaba Mae del asunto.

—Una vez, cuando era chica y mi padre llegó así, tarde de trabajar, se acercó a abrazarme antes de ir a cambiarse.

Yo había estado enferma, supongo que se lamentaba por haberme dejado con la abuela.

Como sea… apestaba a muerte. Lo aparté sin darme cuenta del asco en mi expresión.

Desde entonces, papá no se acerca a nadie sin antes cambiarse de ropa.

CJ terminó de poner los platos en silencio y fue a por los vasos. Esa tarde se había asegurado de ir a Ponderay a por más Guinness para Patrick. Era una tontería, lo sabía, pero la había embargado esa necesidad de otorgarle algo de confort. Quizá porque ella lo necesitaba.

—Ahora siento que yo también huelo a muerto. —Mae se llevó su propio cabello a la nariz. No recordaba cuántas veces lo había lavado.

—No hueles —dijo Patrick, que había escuchado la última parte. Le besó la coronilla para confirmárselo—. Es el recuerdo sensorial, ¿vale?

—¿Tarda más en irse que el olor real?

—Por desgracia. Pero inspira hondo, Mae, concéntrate en el aroma de la comida de Walter. Construye un nuevo recuerdo con un nuevo olor, eso te ayudará a pasar la noche. ¿Pudiste dormir anoche?

—No —reconoció.

—Nadie pudo —agregó Walter—. No es algo común en Careyville. Es imposible que uno no piense si la conocía, pobre chica.

—Veo que ya se corrió la voz de que es una mujer —masculló Patrick. Cómo odiaba las filtraciones, pero en el pueblo sería imposible retenerlas.

CJ parecía más inquieta por el tema. Gallagher supuso que, al igual que la doctora Cross, un nombre resonaba en su cabeza.

—Si seguimos hablando del asunto, no nos podremos sacar ni el olor real ni el olor psicológico —dijo CJ, con una sonrisa tan impostada que seguro le dolían las mejillas.

Sirvió el estofado preparado por Walter y una porción de puré que se había encargado de pisar ella para liberar tensión.

—Te he traído cervezas, Patrick, ¿te apetece?

La sorpresa en la expresión de Gallagher fue digna de una fotografía. Mae puso los ojos en blanco.

—Dios, papá, casi parece que desconocieras la amabilidad. Nos haces parecer a mamá y a mí como si hubiésemos sido unas zorras.

—¡Mae! —la reprendió por el vocabulario. El resto se lo guardó para sí. Jamás llamaría a su hija «zorra», pero en lo que respectaba a Kim, si hubiera pasado algo así al llegar del trabajo, habría pensado que la cerveza estaba envenenada—. Gracias, CJ —dijo en cambio—. Me vendrá bien.

—A mí sabrán disculparme, pero yo me valdré de un whisky doble —intervino Walter y fue a por su reserva de alcohol—. Es esto o pedirle a la doctora Cross que me recete un ansiolítico.

—Tú no necesitas ansiolíticos, papá, y la doctora Cross no necesita que la molestemos en estos momentos. Bastante tiene entre su vida, los pacientes de tres pueblos y ahora, un cadáver. ¿Se sabe si fue un accidente? —se atrevió a preguntar.

—Sin comentarios.

La respuesta salió de los labios de Gallagher sin pensar. La tenía tan practicada que brotaba de su boca sin intervención de su cerebro.

CJ rio nerviosa.

—Lo siento, yo no debí preguntar.

—¡Claro que sí! —se enfadó Mae—. Papá, no somos extraños, somos nosotros.

Patrick miró a su hija y guardó silencio. No podía comentar nada porque también en eso se diferenciaban de Boston. El hecho de que todos pudieran conocer a la víctima hacía a cualquiera sospechoso hasta que se demostrara lo contrario.

El enfado de Mae no tuvo parangón. No porque su padre se guardara detalles del caso, sino porque volvía a ser el recto detective que no se saltaba ninguna norma. El perfecto oficial que…

Que había cortado esa última llamada para cumplir con su deber.

Al ver que la tensión entre los Gallagher crecía y formaba una enorme tormenta bajo el techo Barlow, CJ se sirvió agua en su vaso e intentó iniciar una conversación banal:

—¿Y Noah?, ¿lo has visto, Mae?

Mae clavó sus ojos furibundos ahora en CJ. Sin proponérselo, la mujer se había atravesado en la línea de fuego, y que lo hiciera para salvar a su padre cabreó a la jovencita más de lo que sus emociones volcánicas podían manejar.

—¿Qué te importa, CJ? —siseó—. ¿Qué te importa si lo he visto, si lo he besado o si se burla de mí y solo pretende rajarme el otro extremo del rostro? No. Es. Tu. Jodido. Asunto —remarcó palabra a palabra.

La furia de Mae Gallagher era explosiva y provenía de una fuente irlandesa que bullía a su lado y que la duplicaba en tamaño y cabreo.

Los ojos color miel de Patrick refulgieron.

Dejó a un lado la servilleta con un movimiento medido, de depredador, y se volvió hacia su hija para soltarle la peor reprimenda de su vida.

Pero antes de que la primera amenaza saliera de sus labios, la respuesta más enardecida de CJ hizo temblar las paredes. Todos estaban bajo presión esa noche.

—¡Me importa, Mae, porque me importas tú, joder! —bramó CJ.

Los tres pares de ojos se posaron en ella con las mismas expresiones de asombro. CJ jamás se enojaba, CJ jamás se cabreaba y, sobre todo, CJ jamás levantaba la voz ni se inclinaba sobre la mesa para acortar las distancias y clavar su mirada chispeante en la de una adolescente.

—Porque estás sufriendo, Mae —siguió—, porque todo lo que te ha pasado aún te duele y ¡mereces ser feliz, demonios! Pero, sobre todo, porque cuando yo estuve en tu lugar, a nadie le importó.

—CJ… —murmuró Walter. Los ojos del hombre se anegaron de lágrimas.

Su hija le hizo un gesto con la mano, como restándole relevancia.

Y Patrick lo entendió todo: su hija gritaba y empujaba a todos fuera de su vida con modales endemoniados y un carácter infernal; CJ, en cambio, lo hacía con sonrisas y gestos de «no importa, estoy bien».

Pero, joder, ninguna estaba bien. Las dos sangraban por dentro.

—Tú no… —balbuceó Mae, perdiendo el brío.

—¿Yo no qué?

—Tú sonríes, tú no… —«Tú no puedes estar deprimida»—. ¿Por qué? —cambió la pregunta, que sonó a un susurro quebrado.

—No estoy lista para hablar de ello, y entiendo si tú tampoco, Mae. Pero te puedo prometer una cosa —le dijo en un tono bajo que mezclaba promesa y amenaza—: el día que quieras hablar, el día que necesites al fin sacarte toda esa mierda, me puedes llamar, porque, como dije, me importas. ¿Vale?

La joven Gallagher se quebró en llanto. La furia ya no brotó en maldiciones y violencia verbal, sino que lo hizo con la fuerza purificadora del agua. Se hundió contra el pecho de su padre y escondió allí su rostro, mientras los ojos de Patrick se fijaban en los de CJ.

Las palabras sobraron. En la expresión de él se leía el agradecimiento y la preocupación por CJ. En los de ella, el ruego de que no la soltara, que ella también necesitaba a alguien a quien importarle.

Entre ellos flotó una promesa muda.

CJ se sentó con un movimiento calmo, cogió la servilleta y la colocó sobre su regazo. Luego la apartó con un manotazo, se puso de pie y regresó con un botellín de cerveza. Miró alrededor sin hallar el abridor y, frustrada, se lo tendió a Gallagher para que lo abriera con los dientes.

Patrick lo hizo y se lo devolvió. La tensión se cortaba con cuchillo.

Tres respiraciones hondas después, CJ consiguió dibujar en sus labios una sonrisa impostada.

Desde que habían encontrado el cuerpo no dejaba de pensar en Sarah, en la primera amiga que la había abandonado.

¿Y si no había sido así? ¿Y si había muerto?

Y Mae la apartaba, y ella se alejaba del mundo, y los lazos se rompían y las raíces se arrancaban, y las personas ya no conformaban vínculos, sino que volaban por el mundo sin ataduras y llamaban libertad a la soledad.

¡Y ella estaba tan cansada de estar sola!

Mae por fin dejó de llorar y se apartó del pecho de su padre. La garganta aún le dolía cuando articuló un:

—Gracias.

—A ti también —le respondió CJ—. ¿Más puré?

Le sirvió sin esperar respuesta.

—¿Por qué me das las gracias? Lo único que hice fue tratarte mal.

—No, Mae. Antes de eso confiaste en mí para contarme lo del acoso escolar y lo de Noah y, además, me recordaste que el dolor puede ser un lugar solitario, pero no así el mundo. Y que la mano se tiende en dos direcciones. Para coger tu mano, tú tienes que coger la mía. Así se sale del pozo.

Walter bebió el resto de su whisky de un sorbo para deshacer el nudo en su garganta y no dudó en servirse otra ración doble.

Mae hizo el pequeño esfuerzo, CJ se lo merecía. Empujó la comisura de sus labios hacia los lados y le brindó una tímida sonrisa.

El resto de la comida transcurrió en silencio.