Raíces Capítulo quince
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Capítulo quince

Tras cuatro horas de sueño, una ducha rápida y una dosis extra de café, Patrick Gallagher regresó a la escena del crimen.

CJ estaba de pie cuando dejó el rancho Barlow.

No se había cambiado y verla con su pijama a cuadros y su salto de cama de lana, preparándole el desayuno, había tenido un hondo impacto en él.

—Solo para que no sigas con el estómago vacío —le dijo CJ, con voz ronca, mientras rellenaba el termo de café y le tendía un envase hermético con un par de emparedados.

—No era…

—Necesario —completó ella con una sonrisa—. Lo sé, ¿recuerdas?

—Si fuera una obligación, no sería amabilidad —completó él.

—De todas maneras, pienso regresar a la cama. Envídiame —se mofó, cerrando su salto de cama y bostezando una última vez.

Envidia no era el sentimiento que lo embargó al pensarla en la cama, ovillada bajo las mantas, sino el deseo de dejar a la doctora Cross congelarse el trasero en el bosque mientras él se metía con CJ en la cama a compartir su calor corporal.

—Concéntrate, Gallagher —se dijo, y se marchó, por primera vez, antes de que Walter empezara el día. A las seis ya estaba en el bosque, relevando a Luke y esperando a la doctora Cross.

La mujer fue puntual. Aún el sol no atravesaba las copas de los árboles, pero en el tiempo en el que desplegaran el equipo y comenzaran a descubrir mejor el cuerpo, la luz iría in crescendo hasta que pudieran terminar con la tarea.

—¿Café? —le ofreció Gallagher a Elena, a modo de saludo.

—Vengo equipada —dijo ella, blandiendo su propio termo.

Bajaron juntos por la pendiente hasta el cuerpo de Jane Doe.

Una vez estuvieron en la zona, la doctora Cross le tendió unos guantes de látex y unos cobertores para zapatos.

Ella se puso, a su vez, una linterna en la cabeza y abrió una enorme caja de herramientas en la que había cepillos, cinceles y demás artículos para desenterrar el cuerpo.

Empezaron en silencio, con la solemnidad que demandaba la situación, pero pronto perdieron el tono. Eran gajes del oficio. Estar rodeado de muerte hacía que las personas le quitaran dramatismo y le sumaran practicidad.

—¿Tienes grabadora? —le preguntó Elena—. Suelo grabar con mi móvil, pero no quiero quitarme el guante.

—Yo también grabo con el móvil. Aguarda, ¿necesitas filmar o solo voz?

—Solo voz. Luego sacaremos las fotos correspondientes, ¿vale?

Patrick le dio al botón de grabar y Elena comenzó a relatar los primeros descubrimientos con bastante naturalidad.

Más como si dejaran registro de la conversación entre ambos, con sus conjeturas y preguntas.

Luego sería trabajo de Gallagher transcribir lo importante y dejar el archivo de audio como prueba de respaldo.

—Es una mujer joven. Mi primera especulación, a simple vista, es que no supera la veintena. La estamos observando de frente; la espalda está contra el terreno…

—¿Es una posición colocada o es consistente con una caída? —fue la primera pregunta de Gallagher.

—No podría confirmarlo ni negarlo.

—Sin duda, no es una posición ritual —aclaró Patrick para que quedara registro.

Le sacaron una foto antes de seguir. Jane Doe no tenía las manos sobre el vientre, como se suelen colocar en los féretros.

Eso solía ser un indicador de que alguien la había enterrado y que presentaba respeto o culpa por el difunto—.

Tampoco parece que así hubiera caído, aunque no se puede descartar —añadió.

Miró hacia la pendiente, tratando de imaginar a alguien que rueda por allí y se rompe el cuello o se golpea la cabeza. ¿Caería de esa manera tan… prolija?

—No, no lo podríamos descartar —coincidió Elena.

Siguió descubriendo el cuerpo con ayuda de los cepillos.

—No se ven fracturas en piernas ni tobillos. Tendríamos que analizar en laboratorio si hay fisuras compatibles con heridas físicas; es difícil determinar a simple vista cuánto daño fue premortem y cuál postmortem.

—¿Puedes estimar el tiempo de muerte?

—Laboratorio, sheriff. Lo siento. Mi estimación es que lleva más de cinco años.

—Mierda.

—Quizá más —se rectificó Elena—. Mira la ropa.

Patrick se acercó a ver.

—¿Lo notas?

—¿Qué debería notar?

—El vaquero es a la cadera —señaló la doctora Cross.

No era un detalle forense como tal, pero le ahorraría tiempo al detective, que no parecía muy afín a la moda—.

Los pantalones a la cadera volvieron ahora, para terror de las millennials como yo —rio—.

Por tanto, o esta mujer murió este año —improbable por el estado del cuerpo— o murió hace más de diez.

Elena estuvo a punto de soltar una risa amarga al respecto, pero el amargor se le subió por la garganta. Le costó mantener el profesionalismo, no decirle al sheriff, antes de tener la autopsia completa, que existía una mujer desaparecida en Careyville.

—¿Puede que use ropa de feria o de segunda mano? —indagó él en cambio—. Podría haberse hecho con esas prendas pasadas de moda.

—Podría, pero casi todo el atuendo es de esos años. ¿Ve? Usa una camiseta corta sobre la larga —señaló.

Las prendas estaban raídas por el tiempo, pero la tela tardaba más en descomponerse que el tejido blando.

—Vale, revisaré los casos hasta quince años atrás. Tiene que haber un reporte de desaparición, más si, como estimas, no es una sintecho. — La doctora Cross volvió a mostrarse compungida—. ¿Sucede algo?

—No, no es nada. No quiero inclinar la investigación con tonterías de pueblerinos.

—Tú dilo y yo analizaré si es una tontería, ¿vale? Por suerte, al ser un forastero, mantengo cierta objetividad.

—Hace unos años se marchó una amiga, Sarah Bloom. Todo parecía indicar que Sarah se fue por sus medios. Razones le sobraban…

—¿Pariente de Chuck Bloom?

—Hija.

—Vale, lo tendré en cuenta —dijo Patrick.

La doctora Cross tenía razón en vacilar. Era muy probable que, con un padre como Chuck, Sarah se hubiera ido por sus propios pies del pueblo.

—Ahora, el diente… —siguió Elena.

El sol ya alumbraba entre las hojas, de todos modos, se valió de la linterna para señalar mejor.

—Le falta el incisivo lateral izquierdo y, lo confirmaré en el laboratorio, pero estoy segura de que lo perdió o bien en el momento de la muerte o bien muy cerca de ella. No se ve el hueso soldado, ¿ves?

—La ropa y el diente es lo que más me chirría de Jane Doe —se atrevió a decir Patrick.

Sabía que era una conjetura. No había evidencias de asesinato, pero tampoco parecía un accidente en el bosque.

—A mí también —le confirmó Elena—. Si, tal como parece, era joven y no una sintecho, sería ilógico pensar que andaba por la vida con un hueco sin sanar en la dentadura.

—Otra cosa que me hace ruido —comentó Patrick, acuclillándose junto a la doctora— es que esto no parece ser simple sedimento. Se asemeja más a una tumba improvisada, ¿no lo crees?

—Ahí sí que no lo sé, sheriff. Saca un par de fotos más y coge las reglas y los patrones para marcar profundidad. También recoge una muestra de suelo. Luke podrá ayudarte mejor que yo a determinar si es posible que la misma naturaleza la hubiera cubierto… y, si no, consulta con el señor Pierce.

Una sonrisa burlona asomó en los labios de la doctora.

—No me diga, el padre de Noah.

Elena rio.

—¿Su futuro consuegro?

Gallagher puso los ojos en blanco y Elena rio de nuevo.

—Acostúmbrese, sheriff, aquí los jóvenes son pocos y eventualmente terminan todos enredados de un modo u otro.

—¿Eso te pasó a ti?

—A mí, a Sarah, a CJ…

El último nombre le sentó como un puñetazo.

Si Elena notó el gesto, tuvo a bien guardarlo.

Patrick, de pronto, estaba más interesado en descubrir quién había sido el novio de instituto de CJ que en la identidad de Jane Doe.

Sacudió la cabeza para despejarla de pensamientos absurdos y regresó la atención al cuerpo.

—Como sea, Pierce trabaja en la reserva. Sabe de flora, fauna y conoce estos bosques como nadie.

—Lo consultaré.

—Bien, llegamos a lo importante, sheriff. empezaremos a mover los huesos.

No necesitó dar indicaciones. Gallagher fue a por el saco mortuorio y lo tendió a un lado de Jane Doe.

—¿Listo?

—No veo la hora —reconoció. El frío y el mal dormir lo harían tiritar en cualquier momento.

—Joder —masculló Elena, con una mezcla de victoria y pena—, tenemos nuestra causa de muerte, sheriff. —En cuanto cogió el cráneo lo supo. Lo volteó y expuso la herida—: Fractura total en el parietal…

—Dicho mal y pronto, se rompió la cabeza —se lamentó Patrick—. Solo espero que haya sido en el acto.

El silencio solemne regresó entre ellos mientras recogían los huesos y los clasificaban para volver a armar el cuerpo en el laboratorio. Una vez que terminaron, Patrick volvió a coger el cráneo y lo estudió en detalle.

—¿Crees que fue accidental? —le preguntó a la doctora—. ¿Puede una herida tan grande hacerse por accidente?

—No lo podemos descartar, sheriff. Después de tantos años sería difícil encontrar el objeto contra el cual se golpeó para hacerse ese daño.

Gallagher sintió que las tripas se le estrujaban y que los líquidos ácidos del estómago le subían hasta quemarle a la altura del pecho. Qué cojones, los instintos no eran una corazonada, eran una maldita puñalada que no te dejaba ir.

—Esto no pinta bien, doctora Cross. Si se ha golpeado así contra un objeto, debió caer con fuerza, de espaldas, algo bastante extraño si consideramos que no tiene más heridas.

Su mente comenzó a plantear escenarios: Jane Doe tropieza en la cima de la pendiente, rueda, se golpea la nuca…

pero, cuando una persona tropieza, lo primero que intenta hacer es poner las manos.

Jane Doe baja por la pendiente por algún extraño motivo, siguiendo a su perro, supuso; se resbala en la bajada y cae de espaldas.

Ahí tendría más sentido que golpeara la nuca, pues la pendiente le quedaría por detrás, pero…

¿con tanta fuerza como para hacerse esa herida?

Y luego, ¿cómo siguió rodando hasta caer de manera perfecta, con la vista al cielo y las piernas y brazos extendidos?

—Ese ya es su trabajo, sheriff, y créame, no lo envidio. Yo iré con ella hasta el hospital de Hayden; allí podremos hacer el estudio forense completo. Estime unos tres días para el informe inicial y… para el extensivo, ármese de paciencia.

—Vale. De todos modos, lo primero es identificarla. Buscaré personas desaparecidas que podamos cotejar con nuestra Jane Doe. Teniendo en cuenta que esta zona recibe senderistas, la búsqueda puede hacerse eterna.

Entre los dos levantaron el cuerpo y lo llevaron hasta la camioneta del sheriff.

Luego regresaron a recoger el equipo y Elena aguardó dentro de la cabina, bebiendo café, mientras Gallagher marcaba la zona y colocaba algunas cámaras de vigilancia.

No tenían personal para montar guardia en la escena por más tiempo y, de todos modos, empezaban a rendirse ante la posibilidad de hallar muchas más pruebas.

Al terminar, Patrick subió la bicicleta de la doctora Cross a la parte trasera y se sentó al volante. Echó un último vistazo al lugar y soltó el aire, algo abrumado:

—Tendremos que hacer un rastrillaje.

Y con eso en mente, se puso en marcha.