Capítulo catorce
Hacía un frío atroz por la noche. No solo su aliento formaba vaho; todo su cuerpo lo hacía. Sabía que tenía las de perder: no mantendría ese calor corporal por mucho tiempo y comenzaría la parte fea de la guardia.
Sin embargo, CJ tenía razón, estaba en su jodida salsa. Aquello era para lo que servía, para lo que era bueno. A nadie engañaba su actuación de hombre de familia que buscaba un empleo corriente y sin sobresaltos.
—Se me ha roto la cabeza —masculló mientras extendía la tumbona en el bosque y prendía el calentador de camping. En vano era engañarse, su jefe se lo dijo bien claro cuando decidió entrar en Homicidios: de aquí no sales igual, chico.
Para atrapar a un criminal debes comenzar a pensar como uno.
Eso te hace ser consciente de lo malo del mundo, de que siempre hay muerte y dolor.
En algún momento, ver siempre lo corrupto te hace olvidar que también existe lo bueno.
Estar siempre con gente como Jonathan Reed te hace descreer de la existencia de gente como los Barlow.
Y, cuando olvidas que lo bueno también existe, empiezas a caer, a pensar que todos son unos hijos de puta, tú incluido, y que lo único que los separa es de qué lado de la mecha te encuentras.
Las reglas, las leyes, las normas se vuelven lo único que delimita tus acciones.
Ya no cuentas con una brújula moral, no puedes confiar en tu criterio para saber qué está bien y qué está mal.
Porque tu cabeza, joder, tu cabeza se ha fragmentado por fin.
Porque empiezas a pensar como un criminal.
Porque, si te ponen un arma en la mano y te aseguran que nadie se enterará, le pondrías una bala en la sien a un asesino o a un pedófilo, liberarías al mundo de esa escoria sin pestañear.
Ya lo dice el dicho: si matas a un asesino, el número de asesinos en el mundo sigue siendo el mismo. Pero ¿y si matas a cien?, ¿si te conviertes en un puñetero justiciero? De pronto, las matemáticas te seducen… La ética se vuelve una ciencia exacta y tú… y tú estás jodido. Muy, muy jodido.
Sí, se había mantenido casado con Kim para probarse que él no fracasaba, porque tenía un ego que no cabía en una nave industrial…
Pero también había insistido en ese matrimonio porque era la regla, porque había hecho un juramento y porque sabía que, si rompía una norma, el castillo de naipes de su mente se derrumbaría.
CJ se engañaba al verlo, y él… él la dejaba engañarse. Ella veía a un hombre correcto, estricto, quizá severo. Un derroche de conducta. No sospechaba que esa era la jaula que contenía a alguien bastante más oscuro.
Había intentado advertírselo cuando le contó lo de Kim, alejarla, porque él se sentía demasiado tentado por ella.
Por esas sonrisas que no alcanzaban sus ojos, por esa fuerza que empleaba cada mañana para ponerse de pie.
Lo había notado. CJ sufría por algo y sufría en silencio.
Sufría como sufre la gente buena, sin arruinarle la vida a los demás.
Alejándose para no dañar con su dolor, impostando sonrisas para no preocupar.
Y esa jodida sonrisa venía por el camino del bosque con una enorme linterna en la mano, un bolso al hombro y una tumbona en la otra.
—¿CJ?
—Traje café —respondió ella como si aquello fuera un camping improvisado y no una guardia nocturna. Esa mujer iba a matarlo.
—¡Que hace un frío de mil demonios! —Se acercó a ella y, una vez más, se recordó que era un egoísta retorcido, porque no tuvo la fuerza de decirle que se volviera y se metiera en la cama.
Sin él.
—En el bolso tengo mantas térmicas y como me pareció que traer estofado era demasiado, cogí algunas galletas con chispas de chocolate. Espero que no seas muy obsesivo con la alimentación, sheriff —bromeó y dejó caer el bolso junto al calentador de camping.
—CJ —cogió aire—, de verdad, no es necesario.
—Claro que no lo es —respondió ella, extendiendo la tumbona—. La amabilidad consiste justamente en hacer aquello que no es necesario, pero que suma. Así que no me puedes prohibir ser amable, Patrick. ¿O debo tratarte de sheriff, ahora que llevas uniforme?
—De sheriff será mejor —susurró entre dientes—, así me recuerdo mi lugar.
—No te escuché.
—Solo gruñía. ¿Por qué eres tan cabezota? Mañana estarás cansada y con ojeras, CJ. Y de mal humor, créeme, de muy mal humor.
—Pues a ti ya te empieza a afectar. —Se sentó en su tumbona, se cubrió con la manta térmica y sacudió el termo con café de lado a lado, para tentar a Patrick.
—Tú ganas —se rindió él. Se sentó en su sitio, aunque no cogió café del termo nuevo, aún le quedaba en el suyo.
Se sirvió en la tapa, que hacía de vaso, y bebió un sorbo.
CJ le tendió una galleta. El estómago de Patrick gruñó por el hambre, no había podido dar ni un bocado a su estofado antes de empezar la guardia.
—¿Qué tal el interrogatorio a Noah Pierce? —preguntó ella con un tono pícaro en la voz.
Patrick masculló por lo bajo.
—¿Qué?
—¿Esto es un intento de soborno, señorita Barlow? ¿Busca sacar información con galletas de chocolate?
—¿Funciona?
—Sí —respondió, serio.
La sonrisa de CJ vaciló en sus labios ante la intensa mirada de Patrick. Ella funcionaba. Ella lo hacía comportarse de manera poco profesional.
«Las normas, Patrick, recuerda las normas».
—Mae me ha contado su parte —dijo CJ. Bebió café.
—Pues te ha dicho más a ti que a Luke —masculló Patrick—. Dios, Jensen es demasiado amable para interrogar.
CJ carcajeó, se arrellanó más en la tumbona, poniendo las piernas flexionadas bajo la manta térmica.
—¿Qué pretendías?, ¿montar un Guantánamo para tomarle declaración a Mae?
—Por lo visto no es necesario, me basta con enviarte a ti con galletas de chocolate. Tienes un superpoder para conseguir que los Gallagher te contemos cosas.
—Quizá lo que funcione es lo del poli bueno, poli malo…
—¿Y yo soy el malo? —fingió ofenderse—. ¡Oye!
CJ rio. Su risa formó nubes en la noche. La luz era poca, alumbraba principalmente los restos de Jane Doe, como llamaban a los cadáveres sin identificar. Sobre ellos caía un resplandor blanquecino que dejaba ver contornos y no mucho más.
—Espero que no hayas sido malo con el pobre Noah.
—No fue necesario. En cuanto me vio, cantó como un pajarito. —El tono serio hizo que CJ riera aún más.
—Pobre chaval, intenta besar a una chica y se encuentra con un cadáver.
—¿Intenta besar? —preguntó él, con el ceño fruncido y expresión furiosa.
CJ abrió los ojos con desmesura. ¡Había metido la pata! Había pensado que la expresión «cantar como un pajarito» implicaba una confesión abierta de sus intenciones con Mae.
—Yo, este… ¡No! Bueno, es una suposición —balbuceó—, no es que Mae me haya dicho… dicho…
Los hombros de Patrick se movieron por el esfuerzo de contener la carcajada.
—¡Joder, sheriff! ¡Me has hecho creer que delaté a Mae!
Lo golpeó en el brazo sin fuerza y Patrick se desternilló.
—Lo siento —hipó entre risas.
CJ lo acompañó. Era la primera vez que lo escuchaba reír tan abiertamente.
—Lo siento, pero ¡Dios!, ¡cómo me hubiera gustado ver tu rostro con más luz!
—Eres terrible, Patrick. Yo pensando que no tenías sentido del humor…
—Otra advertencia, CJ: la gente no es lo que parece.
—No sé por qué insistes en advertirme cosas sobre ti. Te tienes en muy baja estima. Yo te encuentro…
—¿Café? —la interrumpió antes de que completara la oración.
Dudaba que fuera una declaración a toda regla, probablemente iba a emplear una palabra como «interesante» o «distinto».
Pero nada que no fuera «Yo te encuentro un completo capullo» le serviría a Patrick para poner la distancia que necesitaba.
—Entonces, ¿no estás cabreado como cree Mae porque Noah quería besarla? —Aceptó el café y sus manos frías se rozaron.
¡Al demonio! Patrick le cogió una de las manos entre las suyas y la frotó para darle calor.
—Mmm, sentimientos encontrados —reconoció, no muy seguro de si hablaba de Mae o de esa dicotomía constante que despertaba en él CJ.
Alejarla y retenerla. Advertirla sin espantarla.
Realmente se había vuelto más retorcido con los años—.
Por un lado —se centró en Mae—, es mi niña y me cuesta aceptar que a los dieciséis años empezará a tener citas y que los chicos la encontrarán atractiva…
En ese sentido, pues sí, deseo romper algunas normas y, por qué no, algunos huesos, y usar mi cargo de sheriff para soltar advertencias agresivas.
—Por otro lado… —lo animó CJ.
—Por otro lado, me siento tan jodidamente orgulloso de Mae y de que Careyville le brinde esta oportunidad —dijo, con la voz ronca por la emoción—.
Sí, es mi niña y lo ha superado. Ha superado parte del accidente, se está atreviendo a vivir tras la muerte de su madre y está viéndose más allá de esa puñetera cicatriz.
Y ahora tiene a un chaval que babea tras ella.
Puede sentirse bonita, porque lo es, ¡es la muchacha más hermosa del mundo!
, y ya estaba hasta los cojones de que en Boston la hicieran sentir menos que eso.
CJ se acercó más a él, casi pegando tumbona con tumbona.
Se nutrió del calor de Patrick, pero también de esa felicidad, de ese triunfo ajeno.
La dicha de los demás empezaba a colársele, a hacérsele propia, en especial la de los Gallagher.
Si bien aún no conseguía ser feliz por sí misma, empezaba a ser feliz por los demás.
La empatía salva, pero funciona hacia ambos lados.
CJ necesitaba a alguien con quien compartir su dolor, pero también a alguien a quien aliviar del suyo.
Lazos.
—Así que no lo hiciste sufrir tanto, ¿eh?
Él la abrazó y la atrajo por completo contra su cuerpo. Era el calor, se dijo. Era practicidad, se convenció.
—Me apiadé de él. Mi hija se me parece mucho… pobre chaval.
Patrick sintió la sonrisa de CJ cerca de su cuello. La piel se le erizó, y no por el frío.
—No sois tan malos como creéis, solo habéis sufrido.
—Ya te lo he dicho, es la máxima de la criminología —Le apartó el cabello y CJ alzó la mirada. Sus ojos se encontraron en la oscuridad—: comprender no es justificar. Entender una mente criminal no es un atenuante del crimen, CJ.
Ella rio, su aliento tibio le rozó la piel.
—¡Demonios!, eres demasiado duro.
«Mala elección de palabras», pensó Patrick.
Su carraspeo lo delató. Esperó a que CJ se alejara, que lo acusara de pervertido y le reclamara que simplemente estaba siendo amable.
En lugar de eso, ella apartó la mirada para esconder su sonrojo y poder morderse el labio, que temblaba con una respuesta osada.
—Tú también has sufrido, CJ, y no eres una capulla retorcida como nosotros —murmuró—.
¿Lo ves? El sufrimiento no justifica el carácter explosivo de Mae ni…
—«Ni mi deseo de arrastrarte al infierno conmigo»— ni mi ego desmesurado.
Hay algo anterior al sufrimiento, algo en la materia de la que estamos hechos que hace que algunos se mantengan íntegros y a otros el dolor los fragmente.
—O quizá sea lo duro del golpe —rebatió CJ.
Ella también se había fragmentado, solo que hacia adentro.
No explotaba como Mae, esparciendo esquirlas que se clavaban en los demás, sino que su dolor era como un cáncer que corrompía el interior, allí donde nadie veía.
Pero Patrick tenía un punto. Tal vez eso los diferenciaba.
No si se rompían o no, sino si expulsaban el sufrimiento o lo dejaban echar raíces.
«¿Me enseñas?», quiso rogar. «¿Me enseñas a ser como tú?
¿Me salvarías, Patrick Gallagher?»—. Traje crucigramas —dijo en cambio, apartándose de él.
Patrick la retuvo un poco más antes de dejarla ir por completo. Una vez más, esa dicotomía que despertaba en él CJ. Ella buscó en el bolso la revista de crucigramas y la linterna pequeña.
—«Pescado semejante al besugo».
—Pargo —respondió él.
Un par de palabras más tarde, CJ caía rendida al sueño.
Patrick sonrió. Probablemente ese no fuera el plan de CJ para acompañarlo en la guardia, pero debía reconocer que daba mejor resultado del esperado.
Nada lo mantendría más despierto hasta la madrugada que el deseo de no perderse ni un segundo la imagen de ella en sus brazos.