Capítulo trece
Joder, sí era un cuerpo humano. O, mejor dicho, el esqueleto de un cuerpo humano. Ya era casi de noche y apenas se veía en el terreno boscoso.
—Si se aproxima alguien más, comenzaré a disparar al cielo. Primer aviso —amenazó Gallagher—. El siguiente será a discreción. —Era una amenaza vacía. Claro que no heriría a los curiosos, pero se valió de que no lo conocían demasiado para infundir algo de autoridad.
—Dudo que encontremos pistas —dijo Luke Jensen—. Eso de ahí debe de llevar como unos cinco años.
—Más de diez —masculló Patrick mientras encintaba la zona. Los curiosos habían tomado la advertencia en serio o, tal vez, se daban cuenta de que la noche caía sobre ellos y un tropiezo en falso era suficiente para terminar como la persona anónima hallada—. ¿Trajiste las farolas?
—Sí, sheriff.
Iluminaron el lugar, aunque fuera en vano. CJ y Walter estaban con Noah y Mae en un extremo alejado. Los padres de Noah se acercaron a acompañar a su hijo y se intercambiaron los saludos de cortesía. En torno a la tarea policial, el murmullo se elevaba como un zumbido constante.
—Joder —masculló Patrick, descendiendo con cuidado por la pendiente.
Aquello era un desastre. Era imposible bajar y subir sin arrastrar hojas, barro y armar un desmadre en la escena del posible crimen—.
Lánzame el cable —le pidió a Luke. Enchufó una farola y la luz blanca se reflejó sobre los huesos del pobre ser que allí yacía—. Mierda.
Había trabajado en casos así en Boston, cuerpos que llevaban perdidos años.
Eran un gran grano en el trasero. Las pistas eran imposibles de rastrear y solo dependían del forense para hallar algún tipo de explicación.
Su trabajo dejaba de ser pura ciencia policial para entrar en el terreno de las causas probables. ¡Dios, cómo lo odiaba!
—¿La forense ya está aquí? —gritó desde el lugar junto al cuerpo.
—¿La forense? —preguntó Luke. Se contuvo de reír. Ya se había dado cuenta de que el ceño perenne de Patrick Gallagher no era nada en comparación. Se había encendido en él el modo sabueso y cualquiera que se cruzara en su camino iba a conocer los motivos de su gran fama de detective.
—La doctora Cross. —Trepó por la pendiente. No había llegado a ponerse su traje de sheriff y se maldijo por eso. Sus vaqueros preferidos estaban perdidos y su camiseta terminaría como paño para el baño. Era en vano intentar limpiar esas prendas.
—Oh, sí. Este…
—¡Aquí estoy! —contestó una mujer, descendiendo de una bicicleta todoterreno.
Llevaba una linterna en su casco, un chaleco amarillo reflectante y varias cintas del mismo color por su cuerpo enfundado en mallas deportivas—.
Aunque solo sea para reportarme. Rayos… —gruñó al ver la pendiente—. Me cago en…
—¡Elena! —CJ dejó su lugar al ver a la doctora Cross.
—¡CJ!
Se fundieron en un rápido abrazo antes de soltar a la par:
—No sabía que habías vuelto…
Ambas se miraron en la oscuridad y de nuevo hablaron a coro:
—Fue algo reciente.
—Bueno… —prosiguió Elena—, tendremos que ponernos al día, mujer —dijo en ese tono franco que la caracterizaba—, pero, al parecer, hemos elegido regresar justo cuando suceden cosas por aquí.
—Así parece. Nos han quitado el protagonismo —bromeó y se apartó para que Elena fuera a hacer su trabajo, si es que así se le podía llamar a aquello.
Era la única médica en millas a la redonda, por lo que hacía todos los trabajos que requerían de un profesional en medicina, desde curar un resfriado, vendar una herida hasta firmar las actas de defunción de los locales para la policía. Ahora le tocaría una autopsia.
¡Y ella que había estudiado genética! Pues, si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes, pensó antes de reptar colina abajo hasta los restos humanos.
—Doctora Cross. —Patrick la saludó con firmeza. La había llamado él mismo, valiéndose de los datos de la comisaría.
—Sheriff Gallagher. ¿Qué tenemos aquí?
—Espero que usted me lo diga. Según parece, una mujer. —La alumbró con su linterna policial, llevando la luz principalmente a la caja torácica—. Está entera.
—Si descontamos el tejido —corrigió Cross. Sabía que el detective se refería a que no había huesos faltantes.
—Todavía no pude determinar si quedó cubierta por el sedimento o si esto intentaba ser una tumba improvisada. No veo heridas a simple vista, pero no la he tocado —describió el detective—. El primer rastreo no muestra más pertenencias. No lleva bolso ni cartera, pero su ropa está sobre el cuerpo.
—No es ropa deportiva —comentó Elena. Se puso los guantes desechables y tocó la cinturilla del vaquero.
—Aunque tampoco muy elegante.
—¿No han encontrado nada más, eh? —preguntó Elena. Estudió la zona marcada con concentración, aun a sabiendas de que era un esfuerzo inútil.
—¿Qué esperaba que encontráramos?
—Un diente estaría bien. —La doctora se inclinó sobre los huesos y le señaló al sheriff dónde alumbrar—. Nuestra Jane Doe no está tan entera, ¿lo ve?
La luz alumbró la calavera sin piel ni rastros, aunque quedaban algunos cabellos que, a simple vista, parecían rubios platinados.
—Le falta un diente.
—No cualquiera. Un incisivo lateral. Si fuera un molar…
—Mierda.
—Sí, mierda —repitió ella—. Y más mierda será cuando le diga que no la podemos mover hasta mañana.
—Mil veces mierda —masculló Patrick. Elena le dio una palmada de ánimo.
—Si tratamos de moverla por la noche, la cagaremos, sheriff. Además, tengo que pedir a la ciudad el equipo forense para la autopsia, así que igualmente no podremos avanzar hasta entonces.
—Información inicial —pidió.
—Es una mujer. Es joven. No tiene fracturas a simple vista. No viste ropa de senderismo, aunque ya ve que aquí los lugareños se adentran en el bosque con normalidad. Vale, lo siento, ya estoy conjeturando —se disculpó la doctora Cross.
—No se preocupe, yo también lo hago, aunque no lo diga.
Quiso ser un caballero y ayudar a Elena a subir la pendiente; no fue necesario.
La doctora Cross estaba mejor entrenada para ese terreno que él.
De hecho, no necesitó subir reptando, sino que lo hizo en vertical, calzando sus zapatillas entre las ramas.
Una vez en la cima, volvió a estrecharle la mano:
—No me comparta las conjeturas aún, es muy difícil ser neutral en una autopsia cuando conoces a todos en el pueblo.
—Lo entiendo. Hablaremos mañana.
Una vez que atravesaron la zona vallada, CJ, Walter, Mae y los Pierce aguardaban junto a Luke.
—¿Y qué haréis vosotros? —preguntó la doctora.
—Montar guardia —gruñó Patrick. Luke soltó un suspiro y él aprovechó para picarlo—. ¿No te quejabas de que no tenías nada que hacer?
—Pues no, ese eras tú, sheriff. Yo estaba muy feliz sin tener nada que hacer.
—Mala suerte para ti. Pero, como me apiado, cogeré el turno más feo, el de las diez hasta las dos de la madrugada, ¿vale? Tú podrás dormir algo antes del relevo.
—No pienso discutir, jefe. —Luke sí llevaba su uniforme color arena. Se llevó una mano al sombrero a modo de aceptación. El sheriff se congelaría el culo en el bosque hasta las dos de la madrugada.
—Entonces —dijo Elena, montándose en su bicicleta—, eso se traduce en que mi jornada empieza a las seis de la mañana.
—¿Solía empezar más tarde por aquí o es que a mí los Barlow me han engañado?
Elena se rio y saludó a CJ y Walter con la mano antes de alejarse al grito:
—Las seis de la mañana es una hora más tarde de lo habitual, sheriff.
—¿Lo ves? —lo animó CJ, posando su mano en el antebrazo de él—. Si hasta os dejamos retozar en la cama.
—Ya lo he dicho —ironizó Patrick—, ni en el Sheraton semejante atención.
—¿Y ahora podemos comer ese estofado?
La expresión de Gallagher fue respuesta suficiente.
—No aún. Y yo que decía extrañar esto —masculló.
CJ carcajeó.
—¡Sí lo extrañabas! Es terrible, todo el pueblo está conmocionado y tú estás en tu salsa.
Era una broma. La sonrisa de CJ lo confirmaba y el brillo en su mirada también. Incluso parecía agradarle ese aspecto de él, pero Patrick lo sintió como un puñetazo en el estómago.
Porque sí, lo había extrañado. Porque, joder, sí, era un puñetero retorcido que se llevaba mejor con cadáveres que con gente. Porque, mierda… Jonathan Reed, el Asesino del Espejo, había estado en lo cierto: era más parecido a un criminal que la gente buena como Claire Juniper.
Tragó saliva y ahogó esa molesta voz de su conciencia. Al fin y al cabo, ¿por qué le importaba cómo fuera CJ? Él era un sheriff interino y, tras su fallido matrimonio, el tema «relaciones personales» estaba agotado.
—¡Luke! —bramó más cabreado de lo que hubiera querido sonar—.
Quédate aquí y asegúrate de que no vengan más curiosos a pisotear la zona ni animales que quieran darse un festín.
Yo iré a la comisaría, tomaré declaración a Noah y pondré el calzado de estos muchachos en la zona de evidencias.
Tendremos que hacer lo mismo con tus zapatos y los míos para descartar la contaminación de la escena.
Después tú le tomarás declaración a Mae, ¿vale?
Era fundamental tomar las declaraciones de ambos para dejar constancia de que se habían encontrado con el cuerpo al azar y no por conocer de antemano el lugar de los hechos.
—¿Por qué no lo haces tú, sheriff? —preguntó Jensen. Seguro que su hija se sentía más cómoda con él. Miró a la adolescente y no existía oscuridad en el mundo que le impidiera ver cómo rodó los ojos.
—Porque no sería profesional —se mofó la chica.
—Exacto —repitió Patrick, tajante—. Porque no sería profesional.
Tenía que recordárselo, estaba allí por trabajo y era bueno en ello. ¡No estaba en su puñetera salsa! Solo era algo que alguien debía hacer, joder.
Entonces, ¿por qué estaba tan cabreado?
—¡En marcha! —bramó una vez más y, sin mirar atrás, emprendió el sendero del bosque hasta alcanzar su camioneta.