Capítulo doce
Una hora antes…
—¿Has visto eso, Siete Millas? ¿Lo has visto?
—Mae tiraba de la correa del cerdito camino del bosque mientras refunfuñaba sin parar.
Era incapaz de poner en palabras qué la había cabreado en realidad.
CJ le caía bien y, aunque una parte de ella era celosa de su padre, pues siempre lo había tenido para ella sola, no era eso lo que le molestaba.
Por el contrario, siempre le había irritado el comportamiento distante de él con las mujeres.
Siguió a grandes zancadas hasta que Siete Millas se quedó quieto, olisqueando el suelo.
Mae quería alejarse más, correr, poner distancia física entre su padre y ella, con la esperanza de que eso calmara el mar embravecido de sus emociones.
Siete Millas continuó con el hocico en el suelo y ella lo siguió por el sendero marcado.
—¡Mae! —Una voz la hizo dar un respingo. Una voz que conocía muy bien.
—Noah. —Se volvió hacia el chico que caminaba en su dirección.
Era insistente, y esa perseverancia era la que le generaba desconfianza.
En el fondo, no se creía ni tan importante ni tan bonita como para despertar el interés de ese chico.
Noah Pierce era alto, delgado y con una mirada que, si era honesta, la hacía temblar como una hoja.
—Por fin te encuentro. No me llamaste —recriminó él.
—¿Debía? —Se volvió y siguió camino, alejándose de él.
—Oye… —La detuvo por la muñeca. Cuando Mae lo miró, vio que la muchacha estaba más perturbada de lo normal—. ¿Qué sucede, Mae?
—Nada. —La voz le sonó nasal.
—Eh, que no quería molestarte, ¿sabes? Solo invitarte al granero.
Ni que fuera un pervertido o algo así —se enojó Noah.
Estaba bien que lo rechazaran, pero Mae ya estaba al límite de ser borde.
Él intentaba ser amistoso y en el granero estarían los demás chavales, los cuales, valía aclarar, ya empezaban a rendirse a la idea de que la hija del sheriff no quería nada con ellos.
Noah era el único que pensaba que Mae no los despreciaba, simplemente era tímida o no conocía las formas de Careyville. Empezaba a cambiar de parecer.
Ese enojo que timbró su voz le permitió a Mae explotar sin sentir más culpa. Sacar ese carácter Gallagher del que se enorgullecía y avergonzaba por partes iguales.
—Pues no me molestas, Noah —respondió con la mirada chispeante—, porque ¿sabes qué? El mundo no gira en torno a ti. ¡Puedo estar cabreada por mil cosas y no por tu aburrida invitación al granero!
Noah apretó los dientes.
—Bien, vete a la mierda —gruñó por lo bajo.
—Ya estoy ahí —respondió ella y la voz se le quebró.
Noah vio el momento exacto en que una lágrima pujaba en la comisura de los ojos de la muchacha y, aunque seguía enfadado con ella, no pudo mantenerse distante.
—Mae, no quise… —Se acercó y ella, por primera vez, no se apartó. Noah hizo movimientos lentos, como su padre le había enseñado para no asustar a los animales salvajes. Despacio, un paso a la vez consiguió alcanzar a Mae—, no quise ponerte mal.
—Lo siento —se disculpó ella con voz nasal—, de verdad, no eres tú ni el granero ni… Solo vete, ¿vale? Déjame sola. No entiendo por qué insistes.
Mae no se apartó, no se fue, ni se lanzó el cabello a un lado en actitud desafiante o lanzó un comentario mordaz. Se quedó ahí, pidiendo con los ojos lo contrario de lo que decían sus labios.
—Venga, te acompaño al rancho —respondió el chico—. En cualquier momento anochece y tu padre me matará. ¿Eso quieres?
—Mi padre no te matará, eso es un crimen, y el gran detective Gallagher nunca hace nada mal —soltó en voz burlona.
—Sheriff.
—¿Cómo?
—Que tu padre es sheriff.
—Cierto —recordó Mae y avanzó al ritmo que le permitía Siete Millas.
Sí, su padre ahora era sheriff y coqueteaba con mujeres.
Ya no era el detective Gallagher. ¿No era eso lo que querías, Mae?
, le dijo la voz de su conciencia. ¿Que tu padre fuera un hombre normal?
¡Ponte de acuerdo, joder! Sus dientes rechinaron ante sus propios pensamientos.
Fue Noah quien la sacó de ese sitio oscuro, soltando una sonora carcajada.
—¿Te has peleado con tu padre? ¿Por eso estás intratable? —y volvió a reír.
—¡Yo no estoy intratable! —se ofendió ella.
—Mae, he visto lobos asustados mostrando menos los dientes que tú.
Mae apuró el paso. Noah la detuvo por la muñeca una vez más. Ella se lanzó el cabello a un lado. Cuando se enfadaba, olvidaba la cicatriz.
—¿Has visto lobos? —preguntó al darse cuenta de lo dicho.
—Claro, hay lobos por aquí, ¿no lo sabías?
—¡Bromeas!
—No. —Mae sondeó en los ojos del muchacho y supo que decía la verdad—. Vale… acompáñame al rancho.
Noah volvió a reír, pero esta vez se valió de la vulnerabilidad de la joven para ganar un par de puntos con ella.
Demonios, le gustaba mucho. No recordaba haber visto una chica más hermosa que Mae Gallagher, con su melena rubia hasta la cintura llena de rizos y esos ojazos azules profundos. Lo tenía medio loquito.
—Lo haré si me dices por qué te has enojado con tu padre —negoció. Quería saber de ella, pero, sobre todo, quería ganarse su confianza. Mae seguía pensando que le querían montar una broma pesada, y tenía tanto miedo de caer en ella que era capaz de quedarse sola hasta terminar el instituto.
La muchacha analizó las posibilidades, la altura del sol, la distancia al rancho y si estaría a salvo en caso de que aparecieran lobos.
—También hay osos —redobló Noah.
—¡Basta! —se quejó ella. Sonrió apenas. De inmediato formó un mohín. Noah no supo si le gustaba más su sonrisa o su mohín.
—Tú eliges… —empezó a alejarse de ella. Fue el turno de Mae de detenerlo por las muñecas.
—Vale, igual es una tontería. Pensarás que soy una idiota y al fin me dejarás en paz.
El joven Pierce dudaba mucho que eso sucediera, más si Mae insistía en apartarse el cabello de ese modo tan suyo, usando todo el antebrazo para llevarlo de un lado a otro de su cabeza.
—Ponme a prueba…
—Creo que a mi padre le parece atractiva CJ.
—Ajá… ¿Y la parte en que te enojas y me quieres arrancar los ojos empieza cuando…?
Mae rodó los ojos.
—¡Es que no sé explicarlo! —se enfadó de nuevo.
—Claro que sí. Solo que sabes que, en cuanto lo digas en voz alta, no vas a poder seguir ignorando lo que te pasa. Decirlo es reconocerlo.
—Suenas como mi psicóloga de Boston —gruñó ella.
—Vale, te envío la factura —bromeó él. Avanzaron un poco más por el sendero y llegaron a un punto en el que solo podían trepar. Noah le tendió la mano y la ayudó a subir. Luego tiraron de la correa hasta que Siete Millas pudo alcanzar la cima—. Por cierto, es muy mono.
—Gracias, es de CJ.
—¿Lo dirás?
Mae pareció coger aire y valor.
—En Boston, cuando mi madre vivía, una vez escuché a unas mujeres hablar de mi padre.
Hablaban de que era guapo y de que… —Sus mejillas ardieron.
Noah se apiadó de ella y no completó la frase: «De que se lo follarían»—.
Hasta que una de ellas dijo que mi madre era una pobre mujer por estar casada con él.
—Vaya…
—Siguió explicando que, cuando un hombre te es infiel con otra mujer, es fácil aceptarlo; piensas que quizá sea más atractiva o folle mejor, pero que, cuando un hombre te es infiel con el trabajo, es que has hecho todo mal. —Mae bajó la mirada—. Lo que duele es saber que tenían razón.
—Lo siento, Mae, de verdad —dijo Noah, sin condescendencia en la voz—, pero darse cuenta de que los padres no son perfectos es parte del proceso, ¿sabes? Como descubrir que Santa no es real o que el hada de los dientes no existe.
—Lo sé… —A Mae la forma práctica en que le hablaba Noah la reconfortó más que mil psicólogos. No le daba la razón como a los locos ni intentaba justificar a su padre, simplemente le recordaba que nadie es perfecto en el mundo.
—Entonces, ¿qué te ha cabreado?
—Que CJ parece gustarle y… —Iba a decirlo en voz alta.
No podía creer que fuera a confesárselo a Noah, alguien a quien conocía desde hacía dos semanas, cuando mil psicólogos intentaron sonsacárselo en terapia— y…
—Se mordió el labio—. ¡Tanto le costaba mirarla a mi madre como mira a CJ!
¡Estaría viva, estaríamos juntos, seríamos una familia, joder!
Solo… solo… solo una vez tenía que mirarla así.
¡Ni siquiera ama a CJ!, recién la conoce, ¿sabes?
No le pedía que se enamorara de mi madre, solo que la mirara…
que la mirara una puñetera vez. Quizá, si lo hubiera hecho, mi madre no habría tenido un amante, un amante que condujera como la mierda y la matara a ella y me desfigurara a mí…
—O sea que el amante de tu madre conducía, pero, de algún modo, la culpa es de tu padre…
Claro que Mae se repetía lo mismo una y otra vez, que no había sido culpa de su padre, pero ¿qué haría?
Su madre ya había pagado su cuota muriendo.
Y el amante… ese desgraciado que salió prácticamente ileso.
Solo podía culpar a una persona de todas sus desgracias, y esa persona era su padre.
Punto. Si lo perdonaba, tendría que aceptar que en la vida pasan cosas sin explicación, que a veces hay mala suerte, que en ocasiones se está en el lugar equivocado en el momento incorrecto.
Y eso, joder… eso era aterrador, porque implicaba que podía volver a suceder.
—No sé para qué te he contado esto —gruñó Mae, más furiosa que antes. O tal vez más aterrada. Absolutamente vulnerable.
—Porque necesitabas un amigo, quizá.
Mae hizo rechinar los dientes. ¡Dios, cómo detestaba a Noah Pierce!
Cómo odiaba sus ojos claros, su paciencia, su forma simple de entender el mundo.
¡Cómo detestaba que fuera amable!, que le demostrara que no todos eran como las gilipollas que la acosaron en la escuela.
¡Cómo odiaba que le pareciera tan guapo!
, con esa altura que la sobrepasaba por una cabeza y ese andar ligero.
¡Cómo le cabreaba haber sido tan idiota con él, no creer en sus buenas intenciones!
—¿Eso eres? ¿Un amigo? —rebatió ella, con tono insolente. ¡Cómo aborrecía que se quedara allí, de pie, mientras ella era cruel por estar solo dolida!
—Soy lo que me dejes ser, Mae —respondió él, con una calma absoluta. Ella vio el atisbo de sonrisa. Noah la desarmaba. Parecía ver todo lo que se escondía tras esa dolorosa furia que habitaba en ella.
—Sí, claro. —Mae se alejó de él, tirando de Siete Millas. El cerdito no les prestaba atención; seguía firme en su tarea de oler el terreno.
—Te encuentro bonita, Mae, ¿vale? Pero no soy un jodido acosador, puedo aceptar un no por respuesta.
Lo que me molesta es que, en lugar de decir que no, me eches a mí el fardo.
Dime: «No, Noah, vete a tomar por culo».
Pero no hagas esta escenita de «No puedo gustarte, yo, la pobre chica rota de ciudad», porque eso sí me da por los cojones.
Siempre parecía tener la palabra correcta para sacarla de la autocompasión.
—No es una escena, Noah, soy la jodida chica rota de ciudad. ¿O acaso eres ciego? —le espetó—. ¿O acaso no ves esa puñetera cicatriz que me desfigura la cara?
—Veo más que tu cicatriz, Mae.
—Oh, sí, claro —se burló ella—, ves mi dulce y atormentada alma. ¡Qué romántico!
—Iba a decir tu trasero, pero vale… si prefieres que te mire el alma —redobló él con una sonrisa irónica.
Mae se sonrojó hasta la raíz del cabello. Intentó mantener el tono de ofensa, hallar una respuesta mordaz, cualquier cosa para poner al maldito de Noah Pierce en su sitio, pero lo único que le nació fue una honda carcajada y unas enormes ganas de golpearlo sin fuerzas.
Lo hizo. Se lanzó con los puños en alto, pero Noah la cogió de las muñecas con facilidad, convirtiendo ese ataque en lo que pretendía ser, un juego.
Mae disfrutó de ese roce, de que Noah la acercara a él como en las novelas; que la sostuviera de las muñecas sin fuerza y que bajara la cabeza para besarla.
¡Iba a tener su primer beso! E iba a ser con ese chico que la sacaba del quicio y le gustaba hasta hacerla perder la razón.
Dios, mudarse a Idaho había sido la mejor decisión de su padre en la vida entera. Un centímetro más y…
Siete Millas tiró con todas sus fuerzas; Mae cayó hacia atrás y Noah, al intentar sostenerla, cayó sobre ella. Antes de aplastarla, apoyó las manos a los lados, atrapando su cuerpo contra el suelo.
—¡Joder, mierda, carajo! —maldijo Mae con todos los insultos que conocía. Se le había soltado la correa a Siete Millas—. CJ me va a matar. Dios, me dijo que no lo soltara, que rompe las raíces.
Los dos fueron tras el animal, pero el cerdito parecía poseído. Correteaba entre los árboles en pendiente, con la nariz pegada al suelo.
—Cuidado, Mae, el terreno es peligroso —advirtió Noah.
Descendió primero y la sostuvo por la cintura para que no rodara por la pendiente.
Si no fuese por Siete Millas, el muchacho habría agradecido las vistas a ese trasero.
Pero necesitaba concentrarse. No empezarían bien esa relación si debían explicarle al sheriff que perdieron al cerdo en el bosque.
—¡Siete Millas! —lo llamó ella. Tropezó con una raíz que sobresalía, Noah la sostuvo. Seguían bajando. Más, más y más—. Joder, luego tendremos que subir.
—Aunque no lo parezca, es más fácil subir que bajar. Cansa, pero es menos peligroso, lo prometo —la animó Noah. Debieron descender de lado para no ir de narices pendiente abajo. Siete Millas se detuvo junto a una raíz y empezó a rascar con sus pezuñas con bastante ahínco.
—Dios, CJ me va a matar, me dijo que los cerdos rompen las raíces.
—Debe de haber encontrado trufas. Si es así, me las quedo por las molestias ocasionadas —bromeó Noah, para animarla.
—Espero que sepan bien con tocino, porque juro que haré a Siete Millas chuletas —gruñó Mae al ver la cantidad de barro que cubría sus pantalones.
Por fin llegaron al animal. Mae cogió la correa y le dio varias vueltas a la muñeca para que no volviera a escapar. Noah se agachó junto al animal, quería confirmar que allí había trufas. Apartó las hojas mohosas y algo de tierra. No se dio cuenta de lo que desvelaba hasta que Mae chilló.
—¡Es un esqueleto!
—¿Qué? —Noah sacó más tierra, convencido de que sería de algún animal, pero lo que desenterró lo hizo caerse sobre su trasero—. Eso no es un oso…
—¡Es un esqueleto humano!
—¿Estás segura? —Noah la miró, incrédulo. Pero ella había visto demasiados archivos forenses como hija de un detective para no reconocerlo bien.
—Eso es un esqueleto humano, Noah. —Soltó el aire tras el impacto inicial y pudo volver a pensar—. Joder, hay que llamar a mi padre. ¿Tienes señal?
Negó con la cabeza. Ninguno de los dos tenía señal.
—Supongo que no nos quedará más remedio que subir. Espero que te guíes en el bosque, Noah, porque vamos a tener que señalarle el lugar. Y… —Mae empezó a trepar por la pendiente— mi padre va a preguntar muuuuchos detalles. Muchos. —Clavó en él sus ojos—. Demasiados.
Noah tragó saliva.
—Y tú temías a los lobos —murmuró el chico, sudando por anticipado.
La sonrisa que le brindó Mae fue la promesa de que ese miedo inicial tendría su recompensa.