Capítulo once #2
—Fuimos padres muy jóvenes de Mae, yo ni siquiera había terminado mi entrenamiento de novato.
Apenas nos conocíamos Kim y yo, pero no se me ocurrió que pudiera existir otro camino que no fuera casarme y tratar de hacer lo mejor.
—Mecieron el banco juntos. El sol ya casi se escondía por detrás de las copas.
Esperaban que Mae regresara pronto—. Al principio fue bien.
O eso supongo… —No estaba listo para confesarle a CJ que jamás había amado a Kim, que jamás había amado a una mujer siquiera.
Era demasiado—. Nos dividíamos las tareas y Mae…
Mae me hacía tan feliz que no me importaba cuán cansado estuviera o cuánto tuviéramos que ajustar el presupuesto.
Jamás me arrepentí de ser padre tan joven…
—Pero hay algo de lo que sí te arrepientes —susurró ella.
—De no divorciarme a tiempo. A los pocos años fue evidente que Kim y yo nos llevábamos mal.
Ella dedicó los primeros años a la maternidad, pero luego empezó a sentir que eso la limitaba.
Y tenía razón, no puedo juzgarla. Fue su turno de estudiar y yo me quedaba a cuidar a Mae.
Entonces, mi jefe me dijo que tenía pasta de detective, que hiciera el examen.
Kim no estaba dispuesta a que nos turnáramos.
Yo le prometí que, en cuanto hiciera el examen, ella podría volver a cursar una maestría y volveríamos a cubrirnos…
Me dijo que no, que no pondría su carrera en pausa.
Y yo, pues… ¿entonces la debo poner en pausa yo?
Ahí empezaron las peleas. Interminables.
Le dije que vale, que sí, que siguiera con su carrera y comencé a preparar el examen sin dejar de cuidar a Mae.
Le tendría que haber pedido el divorcio allí mismo.
No nos queríamos, no éramos compañeros, no éramos siquiera un equipo…
—¿Por qué no lo hiciste, por tu religión?
Una vez más, su risa amarga.
—Sí, si llamas religión a mi orgullo y mi ego del tamaño de una ballena franca austral… pues sí, por mi religión.
CJ rodó los ojos. Había adivinado que Patrick Gallagher era un hombre orgulloso y correcto, sin embargo, lo que la hacía rodar los ojos era lo duro que era consigo mismo.
—No me divorcié porque quería probarle a Kim que se podía hacer ambas cosas: tener una jodida carrera excepcional y ser el puñetero padre del siglo —expuso con los dientes apretados—.
¿Crees que en algún momento se me cruzó que Mae sufría en nuestras pullas?
No… El gran Patrick Gallagher solo podía pensar en cómo le cerraría la boca a su esposa.
Y, por supuesto, cuando al fin lo logré, mi triunfo fue un puñal en el ego de Kim.
¿Qué esperaba ganar? ¿Tú lo sabes, CJ? Porque yo no. No sé qué esperaba ganar.
CJ tragó saliva, sintió el amargo gusto del dolor de Patrick.
—Y, aun así, no te divorciaste… —entendió ella, con pena.
—No. Estaba listo para una nueva batalla con Kim.
Veamos… ¿en qué nos podemos destrozar? Probemos a ver a quién quiere más Mae, probemos quién gana más dinero, probemos quién tiene mayor reconocimiento…
—Cada palabra sonaba como un cilicio golpeando la carne del pecador.
Patrick se castigaba a sí mismo, con una profunda amargura en la voz—.
Y entonces… redoble de platillos… aparece en escena el Asesino del Espejo.
—Patrick… —Ella posó su mano sobre la de él. Gallagher fijó sus ojos color miel en los de ella. Brillaban por la emoción, pero no era una emoción positiva, sino oscura, peligrosa.
—No quieres saber, ¿verdad? —Sonrió, una de esas sonrisas sin humor—. Prefieres al correcto sheriff Gallagher, no a este capullo que arruinó un matrimonio y que usó el cariño de su hija para probar un maldito punto, ¿verdad?
Sí, en Gallagher habitaba un lado oscuro, pero, al igual que la cicatriz de Mae, no era tan malo como él pensaba.
O quizá, se horrorizó CJ de su propio lado mezquino, esos defectos hacían a Patrick más cercano, más parecido a alguien que estuvo a punto de tirarse de un acantilado…
Un roto para un descosido, como decía el refrán.
—No importa si quiero saber, Patrick, importa si tú lo quieres decir.
Gallagher pareció desarmarse con esa respuesta, con esa muestra de empatía no merecida a su parecer.
—El Asesino del Espejo me consumió. Ese caso…
ese caso fue mi amante. Era por quien no volvía a casa por las noches, por quien atendía el teléfono a todas horas y cancelaba planes.
Era, incluso, por quien vestía elegante y me perfumaba.
Kim cogió un amante, sí, pero lo hizo después que yo.
Mientras nuestra casa fuera la jodida guerra de los Rose, habría algo entre Kim y yo, aunque solo fuera desprecio y desafío.
Pero entonces el Asesino del Espejo le ganó a Kim en ese terreno; fue un enemigo más seductor y elaborado.
Dejé de pelear con ella, de buscar vencerla o probar mi punto.
Simplemente fue como si no existiera. El poco tiempo libre que tenía se lo dedicaba a Mae, y Kim se dio cuenta.
Mae volvió a ser la reina de nuestro improvisado tablero de ajedrez, pero, como yo ya no quería jugar esa partida, involucré a mis padres.
¿No puedes cuidar a Mae? No importa, la llevo con sus abuelos.
¿No puedes recogerla del colegio? Los abuelos.
Incluso yo iba a dormir a casa de mis padres.
Y, por supuesto, mis padres no hacían más que montar un altar en mi nombre —dijo con sorna—.
¡Oh, el padre del siglo, que caza asesinos en serie y hace galletas con su hija!
Joder, ¿nadie podía decirme que era un completo capullo?
—Eras un completo capullo —le dijo CJ. Patrick, por fin, soltó una semisonrisa sincera.
—Kim ya no me hería, pero mi indiferencia la hería a ella.
No sé si amaba a ese tal Cristian, el gran entrenador latino de una cadena de gimnasios para adinerados.
Ni siquiera me molesté en averiguarlo. Sí sé una cosa: quería golpearme donde más me dolía, en el ego.
Las cámaras de televisión me seguían a todas partes, todos sabrían que era un cornudo.
Ese era su plan. Prefería mi odio a mi indiferencia.
—Ella también podía haberte pedido el divorcio, Patrick.
—Pero ella está muerta, CJ. Los muertos solo ajustan cuentas con Dios.
Los vivos somos los que cargamos con las responsabilidades.
—Joder con lo duro que era, pensó CJ—. Son los privilegios de seguir respirando.
Como sea, quería montar una buena escena el día que cogimos al Asesino del Espejo.
Yo no atendí el teléfono y Kim decidió que entonces llevaría a Mae a casa de mi madre.
—¿Fue esa noche?
Patrick bebió el resto de su cerveza de un solo trago. Esa era su respuesta: sí, fue esa jodida noche. Kim muerta, Mae bajo metal aplastado y vidrios rotos. El capullo de Cristian, que estaba al volante, solo necesitó un collarín y muletas durante seis meses.
La puñetera vida injusta.
—Mae ya tendría que estar aquí —dijo en cambio. El sol ya no se veía entre los árboles. Se puso de pie y el corazón le dio un vuelco. Mae corría desesperada en su dirección junto con un joven de su edad. Siete Millas apenas podía seguirle el paso—. ¡Mae! —Fue a su encuentro—. ¿Mae?
—Hay… —balbuceó ella, pálida y temblorosa. Las palabras no le salieron.
Noah habló en su lugar.
—Encontramos un cuerpo en el bosque, sheriff. Un cuerpo humano.