Raíces Capítulo once
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Capítulo once

Patrick decidió que haría estofado de cordero esa noche.

Una receta irlandesa de su abuela que podía llenar el estómago más hambriento.

Tenía todo lo necesario, incluida la cerveza Guinness, comprada en Ponderay.

Debía valerse de latas; conseguir Guinness tirada por esos lares sería más difícil que hallar oro.

Mientras lanzaba todos los ingredientes a la cacerola, vio a CJ salir del baño.

La piel le escoció por el recuerdo de sentirla entre sus brazos.

Estaba jodido. Se había mudado a Idaho para solucionar sus problemas con Mae, no para complicarlos con una inesperada atracción hacia una mujer diez años menor que él.

No pretendas que no lo notaste, Gallagher, le dijo la voz de su conciencia.

Era evidente que CJ era menor que él, se sorprendía de que solo fueran diez años.

Las sonrisas de la mujer, su andar de hada del bosque y su energía la hacían aparentar veinticinco como mucho.

Sus ojos, en cambio, parecían cargar con la eternidad.

Lo aceptaba. El motivo por el que no se prestaba a los cotilleos no era su objetividad o su respeto a la privacidad, sino que temía hallar a CJ aún más fascinante. Podía lidiar con la atracción física, pero dudaba poder lidiar con otra clase de atracción.

Si era honesto, llevaba demasiado tiempo solo. Mucho antes de haber enviudado.

Una vez que puso todo al fuego, solo restaba esperar a que se cociera despacio. El secreto era no apurarlo. Tal vez fuera ese el secreto de todo. No apresurar a Mae a superar la muerte de su madre, no apresurar a CJ a revelarle su pasado, no apresurarse él a querer reanudar su vida…

Fue a sentarse al porche y a esperar a que su hija regresara para tener una charla con ella.

Mae jamás había sido una hija celosa; las madres de Boston se les lanzaban a los brazos prácticamente y su hija nunca mostró más que una ceja arqueada al respecto.

¿De dónde había salido ese arrebato? ¿Notaría Mae que él no era tan inmune a CJ como a esas madres de Boston?

CJ apareció en el porche; el perfume de su champú fue lo que lo alertó. Ya no olía a tierra y estiércol, sino a coco y, supuso, aceite de argán. O eso había leído en el bote.

—¿Guinness o rubia?

—Guinness.

Los dedos se rozaron cuando ella le alcanzó una lata a la temperatura justa. CJ miró su botellín de lager y se dio cuenta de que no tenía abridor.

—Ven…

Los dedos volvieron a rozarse. Patrick la abrió con los dientes y CJ soltó una carcajada.

—Un hombre de recursos. Lo siento, la cerveza negra no es para mí.

—Nadie puede ser perfecto —bromeó él. La falta de sonrisas hacía parecer que todo lo que decía iba muy en serio. CJ se estremeció al pensarlo. ¿Creería Patrick que ella era perfecta en los demás aspectos? ¿O era una simple forma de decir?

—¿Te molesta si te hago compañía? —preguntó.

—En absoluto. —Él bebió un sorbo de su lata—. Es más, te pediré que me pongas al corriente de esta nueva serie de Disney llamada «Mae».

CJ sonrió. Se sentó en el banco junto a él, a una distancia prudencial, por supuesto.

El banco pendía del techo del porche y se mecía por unas cadenas.

Patrick sostuvo el movimiento clavando el tacón de sus botas vaqueras en los maderos.

Ya se había adaptado a ellas y empezaban a resultarle más cómodas que las zapatillas de deporte.

Sin duda, eran más cómodas que los zapatos de vestir que lucía con sus trajes de detective.

—Los celos de hija son normales, Patrick, yo también los sentía por mi padre. Por un lado, quería que rehiciera su vida y, luego, me cabreaba si una mujer lo miraba.

Patrick clavó en ella sus ojos color miel. No hizo preguntas, pero en ellos se leía el interrogante: ¿eso hacías, CJ, mirarme? La mujer clavó su vista al frente para no delatarse.

—De todos modos, no es forma de reaccionar. Desde que su madre murió, es un volcán activo. Nunca sabes cuándo temblará y comenzará a escupir cenizas, lava y arrasar con todo.

—¿Murió en el accidente?

Patrick se tensó.

—Veo que te has enterado —dijo, apenas audible.

—Me lo ha contado Mae.

La velocidad con la que Patrick volvió el rostro en su dirección era digna de una película.

—¿Mae te ha contado…?

No pudo terminar la pregunta; su hija no hablaba del tema ni con los psicólogos a los que la había llevado.

—Solo me dijo que así se hizo la cicatriz. Lo demás es una deducción mía.

Gallagher descansó la espalda en el respaldo y se quedó en silencio unos minutos. Tras lo cual, admitió:

—Serías una buena detective, aunque siempre te tocaría el papel del poli bueno.

CJ sonrió y lo imitó en la postura. Sus ojos vagaron por el rancho. Las ovejas pastando, el sol perdiéndose en el horizonte… En breve anochecería. Esperaba que Mae no dejara que el cabreo le nublara el sentido común y regresara antes de que oscureciera.

—¿Tú saliste sorteado para poli malo? ¿Por eso no sonríes?

—¡Sí sonrío! —se defendió con el ceño marcado. Al darse cuenta, sus comisuras se elevaron apenas—. Vale, no, no sonrío.

El silencio volvió a instaurarse entre ellos. Se oían los pájaros y el viento entre las copas de los árboles. La paz era casi palpable en el ambiente.

Patrick consideró aquello. A CJ le parecía normal estar en calma junto a alguien, compartir esa clase de confianza. Meció un poco el banco y ella lo acompañó en el movimiento. Nadie hablaba, nadie rompía esa armonía.

—Siempre fui algo parco —reconoció. Se dio cuenta de su confesión en cuanto sus propias palabras le llegaron al oído.

Había algo en CJ, en esa actitud de estoy aquí pero no del todo que hacía que uno se abriera.

Entendió por qué su hija le había contado algo tan personal, era como si Claire Juniper Barlow fuera un lugar seguro—.

Me enfado con Mae porque se parece demasiado a mí, solo que, como yo no perdí a mi madre tan joven, mi parquedad se quedaba en eso.

No había estallidos ni llantos desprevenidos, solo un adolescente gruñón que creía sabérselas todas y ya.

—Dale tiempo. Mucho tiempo —remarcó CJ—. Los duelos nunca terminan, solo llegan a un punto en que nos permiten seguir sin esa persona. —Hizo una larga pausa antes de agregar—: Tú también llegarás a ese punto, Patrick, pues no solo Mae ha perdido a alguien, ¿verdad?

Gallagher no halló el modo de responder. Él había perdido a Kim mucho antes del accidente, pero no hay nada más definitivo que la muerte.

Una vez más, el silencio se instauró entre ellos. Pero, en esa ocasión, fue tenso para CJ, no así para Patrick. Ella creyó haber metido la pata, sintió la necesidad de remediarlo.

—Debes de extrañar tener a alguien con quien hablar —dijo—. Alguien con quien compartir el final del día, el peso de un trabajo tan oscuro como cazar a un asesino en serie y los desafíos de ser padre, y…

Patrick soltó una risotada. No, Gallagher no era un hombre de sonrisas ni gestos dulces.

En el sonido de su risa vibraba la amargura.

CJ se estremeció. Se daba cuenta de que, detrás de ese rostro apuesto, de esas facciones perfectas y ese cuerpo de infarto, había un hombre bastante más oscuro y matizado.

Sería un error juzgarlo por el envoltorio.

—Lo siento, no debí… —murmuró CJ. Tal vez fuera mejor no saber. Quizás era mejor quedarse con el envoltorio y hacerlo ingrediente de fantasías incumplibles, en lugar de ahondar y descubrir lo que fuera que hiciera al hombre tan magnético.

Al parecer, él era de la misma idea, porque decidió darle a CJ una amarga cucharada de realidad.

—Mi matrimonio fue una mierda, y sería injusto no reconocer que el motivo de que fuese así era yo.

No, CJ, no había charlas al final del día ni consuelo tras jornadas extenuantes…

Tampoco existía este silencio precioso que nos envuelve.

Lo que había entre Kim y yo penduleaba entre gritos y la más honda indiferencia.

Dos compañeros de piso que comparten alquiler tienen más en común de lo que teníamos mi esposa y yo.

La frialdad de su declaración se sintió como cuchillos sobre su piel.

También como una advertencia de mantenerse lejos de él.

Era un aviso. No soy como tú, detrás de mi apariencia de hombre correcto habita un ser despreciable.

Pero también resonaba un pedido de auxilio, uno que CJ oyó claro y fuerte:

—Sí —susurró—, te pareces demasiado a Mae.

Cuando escupen lava, en realidad piden auxilio. Patrick soltó el aire lentamente.

—Entender no es justificar —le dijo— es el lema de la criminología. Entender por qué cojones un tío empieza a matar a diestro y siniestro no es un justificativo ni un atenuante. Lo mismo aplica en la vida.

CJ rio. Patrick clavó en ella sus ojos furiosos. ¡Joder, mujer, te estoy advirtiendo! , quiso gritar. ¡Te estoy advirtiendo que cago todo lo que toco! Mantente lejos de mí. Pero ella le sonreía y en sus ojos marrones brillaba la empatía, y él…

Él se reconoció como un hijo de puta egoísta que quería un poco más de esa ternura.

—Suéltalo, Gallagher —lo desafió ella—, suelta el pecado.

—CJ había notado, más temprano, cuando chocó con el pecho del hombre, que Patrick lucía una pequeña cadena de oro con una cruz.

Irlandés, católico… el cuadro completo. Y había algo en lo que los católicos eran superiores a las demás religiones: la culpa.

Qué bien se les daba la culpa. El sheriff habitaba su propio purgatorio repleto de remordimientos.

Si lo que necesitaba era confesar, aunque ella no fuera sacerdote, le prometía el secreto sacramental.

—Kim tenía un amante. Iba con él en el coche cuando murió y Mae sufrió todas las heridas.

—Ella tenía un amante y tú eres el responsable… ¿porque…?

Patrick bebió para darse valor.