Capítulo diez #2
Después de eso, se familiarizó con el resto de esos términos que eran más específicos que los que él usaba en criminología: « romantasy », « enemies to lovers », « age gap » (con eso había sido tajante, aunque Mae solo había rodado los ojos y soltado: «qué más da, no es mi tropo preferido»). Vale, agregaba « tropo ».
Los adolescentes tendrían que venir con un manual; le parecía increíble entender mejor la mente de un psicópata que coleccionaba dedos de sus víctimas que la de una joven de dieciséis años.
—Me voy a bañar, Mae —le avisó en vano, ella no lo escuchó. Seguro estaba inmersa en una de esas escenas spicy . Joder.
No sabía cómo manejar a Mae y estar tan confundido lo asustaba.
Abrió el grifo y comenzó a desvestirse, con la mente puesta en el mayor de los misterios, la paternidad. Quien dijera que el trabajo más complejo era ser cirujano, bombero de élite o SEAL mentía. El trabajo más desafiante era ser padre y, si, como él, por haberla cagado era padre y madre, pues…
—Me quedaré calvo —juró. Terminó de quitarse la ropa adherida al cuerpo por el sudor y clamó—: ¡Pues no seré el único! ¡Qué cojones!
Cerró el grifo de inmediato al ver que el agua no drenaba. Sabía muy bien lo que había sucedido, en Boston pasaba al menos una vez al mes. Abrió la puerta.
—¡Mae! —la llamó. Se envolvió una toalla a la altura de la cintura y fue a la habitación de su hija—. ¡Mae! Quítate esos cascos y ve a llamar a Barlow; pídele algo para destapar el desagüe.
La joven arrastró los pies hasta el borde de la escalera.
—¡Walter! —gritó.
—Joder, Mae. Para gritar, gritaba yo. ¡Baja y pídeselo bien!
Pero Barlow, como la encarnación del abuelito de Heidi, ya había respondido al primer llamado de la princesa de la casa.
—¿Qué sucede, Mae?
—Papá ha tapado el desagüe.
—¿Papá? ¿Papá ha tapado el desagüe? —gruñó Patrick.
Mae lanzó su larga cabellera hacia atrás en un gesto ofendido. La mirada asesina de su padre le hizo bajar el brío.
—Vale, puede que haya sido yo. Pero no me di cuenta.
Patrick ladeó la cabeza. Mae pasó una vez más del remordimiento al cabreo.
—¡Es que heredé tu cabello, papá! Es tu culpa. —Y cerró la puerta de su habitación, ofendida y con ganas de llorar. Patrick se debatió entre derribar la puerta y abrazarla.
Sí, había heredado su cabello, con la salvedad de que Patrick lo lucía corto y su hija, una melena hasta la cintura. Una melena rubia, con rizos de muñeca, que requería baños de crema y mascarillas una vez por semana para mantenerse fuerte y larga.
¿Y qué hacía la combinación de cabellos fuertes y largos con un pastiche de aceites y vaya uno a saber qué? Pues un tapón perfecto para cañerías.
—Gracias, Barlow —dijo Patrick, cogiendo los utensilios de fontanería.
—Ve al baño de abajo, Patrick. Yo me encargo del desagüe.
—De eso nada. Esto no ha sido un daño de la casa, han sido los cabellos de mi hija. Tengo experiencia en el asunto —reafirmó.
Walter se echó a reír.
—Dieciséis años de experiencia contra veintinueve —rebatió el hombre.
¿Así que veintinueve años tenía CJ? Le llevaba diez.
—Por favor.
—Venga, hombre, que está todo sudado y va a coger una neumonía. Eso sí que no me lo perdonaré. Cabello en el desagüe es cosa de todos los días.
—No esos. Créeme, Mae pierde pelo como un perro siberiano en un verano californiano.
—¡Te escuché, papá! —se quejó la muchacha.
—¿Ahora me escuchas? Cuando te llamo desde el baño no, pero ahora me escuchas —dijo a la puerta cerrada.
A Walter la situación le causó gracia. Le traía recuerdos de su propia paternidad solitaria con CJ. Las mismas disputas adolescentes, la misma dinámica de límites y desafíos…
—De verdad, Patrick, ve al baño de abajo. Yo me encargo.
Patrick quiso discutir, pero estar desnudo, con solo una toalla, lo hacía sentirse en desventaja técnica.
—Vale, pero cocino yo esta noche para los cuatro —negoció.
—Iba a preparar… —Walter se detuvo ante la mirada fulminante del sheriff—. Vale, cocina tú. Ahora ve a bañarte.
Patrick cogió las prendas de un manotazo furioso y bajó las escaleras, asegurándose de que CJ no estuviera por ahí y se encontrara con un hombre semidesnudo en su sala.
Al entrar en el baño de abajo, lo invadió la sensación de estar profanando la vida privada de CJ, esa sensación que esquivaba cada vez que un vecino se aproximaba con la intención de ponerlo al corriente del pasado de la mujer.
También le entraron ganas de reír al ver los botes de champú y acondicionador. Definitivamente, Barlow tenía razón, sabía lidiar con cabellos en las cañerías.
Se apresuró a bañarse, no solo porque no quería aprovecharse del lugar más tiempo del debido, sino también porque estaba helado. Terminó en tiempo récord, se cubrió con la toalla y…
—¡Mierda!
Había cogido toda su ropa salvo la ropa interior. Calcetines y bóxer habían quedado sobre la cama.
—Al menos he cogido el móvil. Vaya, sí que soy listísimo —se burló de sí mismo.
Llamó a su hija, pero Mae le cortó la comunicación. Probó dos veces más, con el mismo resultado.
Mae tenía una capacidad de cabrearlo que ni los delincuentes más peligrosos de Boston tenían.
Contaba, pues, con dos opciones: ponerse los vaqueros directamente sobre la piel, algo que odiaba con todo su ser, o tratar de escabullirse escaleras arriba tal y como había bajado, envuelto en una toalla a la altura de la cadera.
Analizó las opciones y concluyó que CJ no podría haber terminado tan rápido; estaría aún en el granero, y él llegaría con su decencia intacta a su habitación. Abrió la puerta, dispuesto a salir corriendo, e impactó de lleno con el cuerpo de CJ, que se acercaba al baño.
CJ se tambaleó, casi cayó de espaldas. Patrick soltó la ropa para coger con un brazo a la mujer por la cintura y contenerla contra su pecho.
Ella también cargaba con ropa; iba directa a bañarse.
Olía a tierra, césped recién segado y un poco de estiércol de oveja.
Gallagher analizaría después por qué demonios le parecía mejor que un perfume francés.
—Lo siento —murmuró, avergonzado como un adolescente. Con la mano libre había intentado contener el revuelo de ropa limpia y se dio cuenta de que en su mano sostenía una braga de CJ—. Joder, lo siento —repitió, con las mejillas algo sonrojadas.
CJ alzó la mirada hacia él. Sus ojos color chocolate relucían divertidos y también avergonzados al ver sus simples bragas en las manos del sheriff.
En su fuero íntimo, hubiera deseado que hubiera cogido unas de encaje negro y no esas de algodón con un moñito ridículo en la parte frontal.
El pensamiento la hizo sonrojarse más y tratar de separarse.
—Yo también, no sabía que…
—El baño de arriba está…
Ninguno de los dos conseguía articular una frase completa.
CJ se separó, más a desgana de lo que le gustaría reconocer, pero Patrick la detuvo con un movimiento rápido.
La volvió a pegar contra su cuerpo. Los senos de CJ quedaron aplastados a la altura de la boca del estómago de Patrick, a causa de la diferencia de altura entre ambos, y la parte baja del abdomen de CJ hizo presión contra la pelvis masculina.
—¡No!
—¿Qué…? —preguntó al ver el pánico en los ojos color miel y, luego, el brillo de la diversión. Él le colocó la braga en las manos y, una vez libre, llevó los dedos al borde de la toalla. La tela se sostenía solo por la presión de ambos cuerpos—. ¡Oh!
Patrick consiguió no quedar completamente desnudo frente a ella y, menos aún, revelar el impacto de ese «¡oh!» en su anatomía. Porque estaba seguro de que no había sonado a sorpresa, sino a decepción.
Antes de que por fin pudieran recoger la ropa, Mae se asomó por las escaleras.
—¿Me llamaste? —le preguntó a su padre y, un segundo después, se percató de la escena—. Veo que te las has arreglado solo —soltó, mordaz y furiosa, como solo una adolescente podía mostrarse.
—Tres veces te llamé, Mae.
CJ terminó de recoger su ropa, en especial las bragas, y se volvió hacia Mae, sonrojada. La joven clavó en ellos sus ojos refulgentes.
—Por lo visto, eres tú, CJ, quien necesita una charla sobre lo que los chicos quieren —dijo entre dientes apretados y bajó las escaleras hecha una furia. Una vez fuera, cogió a Siete Millas y se marchó, más enfadada de lo que podía explicar, camino del bosque.
CJ miró a Patrick con pánico. Y, vale, también con un poco de admiración.
Había adivinado que el sheriff tenía un cuerpo infernal, pero no había esperado semejante nivel de detalle.
Era un espécimen perfecto para el estudio de la anatomía masculina; no había músculo que no se dibujara sobre su estructura ósea.
—Rayos, no pretendía… —se disculpó.
Patrick recogió sus prendas.
—No te preocupes, con Mae siempre es así —reconoció Gallagher con una de sus ya comunes exhalaciones.
—¿Así, cómo?
—Como si trataras de entender una serie de televisión tras haberla empezado por el capítulo cuatro, con mil enredos y giros de trama que debes comprender solo con dos líneas de diálogo.
CJ rio algo nerviosa, asintió y fue en dirección al baño. Desde allí tuvo una visión de la espalda de Patrick. Demonios, se veía bien desde todos los ángulos.
—No te preocupes, Patrick —le dijo antes de perderse tras la puerta—, te pondré al corriente del último episodio. Se llama Noah Pierce y tiene a tu hija entre coladita y aterrada.
—¿Qué?
—Ahora sí —suspiró CJ—, ahora sí estamos a mano, sheriff Gallagher —murmuró, escondida como una cobarde—. No me gusta ser la única desconcertada.
Aunque hubiera preferido que ese efecto lo generaran sus bragas, pensó CJ; se maldijo por el camino que tomaba su mente.
Era el sheriff, era interino, era viudo y era su huésped…
Era la persona menos indicada para un enredo de esa índole.
Pero ¿cómo le explicaba eso a su piel, que despertaba por primera vez en años ante la cercanía de un hombre?