Raíces Capítulo diez
20%

Capítulo diez

Los pies impactaban en el suelo desigual.

Su respiración agitada formaba una nube de vaho delante de él.

En los cascos sonaba AC/DC, lo empujaba a seguir.

Su reloj inteligente marcaba que su corazón se aceleraba hasta el punto aeróbico.

La mente de Patrick estaba concentrada en superar su meta personal.

Sí. Empezaba a amar Idaho. Esos jodidos bosques que lo desafiaban, ese terreno que lo empujaba al límite.

Dos semanas y ya no se imaginaba regresando a los enormes gimnasios de cadena, con una cinta de correr pegada a la otra, oliendo el sudor de los demás en lugar del aroma inconfundible de las hojas secas, de la tierra húmeda…

—Si tan solo tuviera trabajo —murmuró. Ya no sabía qué hacer con su tiempo. Al menos, se dijo animado, había resuelto un caso. Llevaba dos años en el archivo de casos sin resolver: una bicicleta desaparecida. ¡Vaya misterio!

Su reloj vibró. Había alcanzado los cinco kilómetros corriendo en terreno desigual. Era hora de hacer una carrera veloz, llevar el corazón a máxima potencia. Sus pies empujaron el suelo y Patrick pasó como un rayo entre los árboles.

—Joder… —masculló, pero una sonrisa pugnó en sus labios.

Una subida empinada se abría delante de él; ni los entrenamientos de novatos de la policía tenían esos desafíos.

Estaba seguro de que solo los marines entrenaban tan duro.

Debía escalar a cuatro patas, clavando las manos en el barro y en las ramas—. ¡Sí!

Se estaba divirtiendo, no recordaba la última vez que algo así hubiera sucedido.

En el esfuerzo, su mente regresó al caso resuelto.

Un chaval había denunciado su bicicleta desaparecida; la había dejado al costado de la carretera —sin candado, por supuesto— y se había marchado a pie con un amigo hasta alcanzar un riachuelo donde se bañaban los lugareños durante el verano.

Al regresar, solo una bicicleta los esperaba.

¿Un robo en Careyville? ¡Imposible!

Patrick había seguido la pista hasta encontrar el sitio del siniestro.

La carretera no tenía arcén; la pendiente hacia el bosque empezaba de inmediato en cuanto la línea amarilla delimitaba el fin del asfalto.

Pensó, analizó, proyectó en su mente mil escenarios posibles y solo uno cuadraba: las bicicletas no habían sido dejadas junto a la carretera, sino sobre la carretera.

Siguió el camino un poco más y enseguida dio con una gasolinera.

Se acercó a preguntar, solo por si acaso, y vaya suerte la suya, la mujer que atendía recordaba todo, cualquier ínfimo detalle de todas las personas que pasaban por allí, incluido a un hombre que maldecía por haber golpeado algo que había dañado su parachoques y saltado la pintura de un coche importado.

—No suceden demasiadas cosas por aquí, sheriff —fue la defensa de la mujer ante su admirable memoria.

Patrick regresó al lugar y desarrolló su hipótesis.

Un hombre conduce por una carretera secundaria, no ve las bicicletas o no consigue frenar a tiempo.

Golpea una. No tiene a quién reclamarle al seguro y tendrá que cubrir él mismo los daños ocasionados.

¿Qué haría Gallagher en su lugar? ¡Pues dirigirse al ayuntamiento y dejar constancia del problema!

Vale… ¿Y qué haría una persona normal? Pues cabrearse.

Coger la puñetera bicicleta, maldecir a voz en grito y lanzarla por la pendiente del bosque.

—¿Luke, tenemos un detector de metales? —preguntó al oficial.

—¿Uno? ¡Llévatelo a casa! —fue la respuesta de Jensen. ¡Claro que no se quedaría con material del Estado en su poder!

Aunque en ese momento, mientras alcanzaba la cima y su corazón rompía la barrera del trabajo anaeróbico, recordó que aún estaba en la parte trasera de su vieja Ford.

Como fuera, el damnificado había lanzado la bicicleta con todas sus fuerzas y furia al otro lado del camino, y esta había rodado, arrastrando hojas y ramas hasta quedar sepultada. Cuando el detector de metales chilló, Patrick Gallagher dio por cerrado su primer caso como sheriff.

Y confirmó lo que ya sospechaba, en ese pueblo no pasaba nada interesante.

En la zona menos empinada de su recorrido, bajó la velocidad hasta convertirla en un trote. Su corazón regresó a niveles de ejercicio aeróbico. Siguió un kilómetro más antes de cruzarse con la primera vecina:

—Señora Caldwell —saludó.

—Sheriff, ¿quemando las calorías de los estofados de Barlow? —bromeó la mujer.

—Usted sí que sabe —respondió y siguió camino. La mujer caminaba todos los días por el bosque, el cual, pese a no ser de su propiedad aún, ella sentía suyo. Ya estaba al tanto de ese cotilleo local.

Antes de completar otro kilómetro…

—Sheriff —lo saludó Hank Morrison, el dueño del único bar del pueblo. Había sacado a pasear a su viejo perro mestizo.

—Recuerde recoger los desechos —advirtió.

—Es un bosque, sheriff.

—Es un perro, no un animal salvaje, Morrison.

El hombre gruñó, pero en efecto llevaba la bolsa de recogida en el bolsillo. Esas eran las únicas infracciones que podía corregir Patrick; ser inflexible era producto de su aburrimiento.

Vale, tal vez no. Tal vez Inflexible fuera su segundo nombre.

—¡Sheriff! —lo detuvo Whitmore y Patrick se rindió. No completaría los diez kilómetros ese día—. ¿Alguna novedad de mi caso?

Patrick detuvo el reloj y se cogió el tobillo para estirar los cuádriceps.

—No hay pruebas de que su vaca haya sido abducida por un alienígena, Whitmore.

—¡Ya sabía yo!, fue…

—Tampoco hay pruebas de que haya sido el señor Bloom —lo interrumpió el sheriff, cogiendo el otro tobillo.

—Pff, es que usted es nuevo por aquí y no conoce a esa escoria.

—¡No escupa! —lo detuvo antes de que el granjero soltara un escupitajo en el suelo.

El hombre volvió a tragar y Patrick debió contener el asco—.

En efecto, como no conozco las riñas locales, es que puedo ser objetivo.

Y mi objetividad me dice que Bloom no se puede ni atar los propios cordones como para ser capaz de robar una vaca y hacerla desaparecer.

—¡Bloom no es trigo limpio, sheriff!

—Bloom es un borracho, Whitmore, necesita ayuda. ¡No escupa! —lo detuvo antes de que empezara a carraspear—. Seguiré investigando su vaca, ¿vale?

—Vale. Pero no se deje engañar por Bloom. No es un pobre hombre caído en el alcohol, como cree, es malo.

Patrick asintió solo para zanjar el tema.

Quería mantener su objetividad y, para eso, no debía prestarse a cotilleos.

Ya habían intentado ponerlo al corriente de todos los problemas lugareños: los intereses económicos de los Cadwell, la situación financiera de Morrison, la vida amorosa de la doctora Elena Cross, la infidelidad de los Jackson, el problema con el alcohol de Bloom…

Pero lo que casi todos querían soltarle y él detenía ante la primera palabra era lo sucedido a los Barlow.

No había conversación que no empezara con frases anzuelo: «Luego de lo que han pasado», «después de eso», «tras tanto sufrimiento»…

—¿Cometieron un crimen? —era su fría respuesta.

—¡No, claro que no!

Antes de que pudieran decir más, los detenía:

—Entonces, no es de mi incumbencia.

Casi siempre recibía un desaire y un siseo sobre lo descorteses que eran los de las grandes ciudades. Pero, en otras ocasiones, la respuesta era una sonrisa enigmática y alguna palmada de ánimo, como si lo felicitaran por su decisión de no ser un cotilla con CJ.

Esa gente era muy extraña. O, quizá, estaban tan aburridos como él y necesitaban o bien cotillear o bien inventarse historias en su mente, como que su rechazo a inmiscuirse en la vida de Claire tuviera un motivo mucho más sentimental que la simple decencia humana.

Claro que a eso se limitaba, ¿verdad?, no se estaba resistiendo a caer en la tentación de conocer más a CJ a riesgo de encontrarla más fascinante de lo que ya hacía.

Definitivamente, no le apetecía indagar en las sonrisas de CJ que no alcanzaban su mirada, ni en esa aura de bondad que la rodeaba, ni en esa mezcla de fragilidad y entereza que se dejaba entrever en sus acciones cotidianas.

Dos semanas viviendo bajo el mismo techo y había notado la desconexión que tenía Claire con el mundo, como si su cuerpo estuviera allí y su mente en otro lugar.

—Es la falta de misterios mejores —se mintió, incapaz de reconocer que CJ despertaba algo en él.

Hizo el resto del trayecto en un trote suave que ni se molestó en cronometrar con el reloj.

De todos modos, los vecinos lo detuvieron un par de veces más con mil pretextos, la mayoría amables: si Mae se había adaptado, si necesitaba algo del pueblo, si los Barlow requerían ayuda para el esquilado y mil cosas cotidianas más.

Para cuando llegó a la puerta vallada del rancho Barlow, soltó el aliento aliviado en lugar de agitado. La gente era muy amable, pero hasta el más social de los seres necesita un tiempo para sí mismo. Y él no era demasiado social en primer lugar.

Vio a CJ en el granero, atendiendo a las ovejas con Siete Millas rondando a su alrededor, y alzó la mano para saludarla. Ella le devolvió el gesto, sin más. Era evidente que CJ era del mismo parecer que él, una ferviente defensora del espacio personal.

Entró en la cabaña y halló a Barlow acomodando la leña recién cortada junto al hogar.

Lo saludó y siguió escaleras arriba. Mae estaba en su habitación; alzó la vista cuando él abrió la puerta para constatarlo e hizo un gesto de asentimiento a modo de saludo.

Estaba con los cascos y posiblemente leía en su móvil una de esas novelas que le gustaban y que él insistía en prohibir, sin éxito.

Había escuchado a unas madres en Boston decir que esas novelas tenían algo llamado « spicy ». Le costó conseguir que su cerebro entendiera que no hablaban de recetas de cocina con demasiado ají, sino que se referían a que las historias estaban plagadas de contenido sexual.