Capítulo nueve #2
—De todas maneras —aprovechó el cambio de actitud—, podemos pedirle a tu padre que lo investigue. ¿Qué dices? Le puedes preguntar: «Papá, no estoy segura de si un compañero del instituto me quiere gastar una broma pesada o quiere besarme, ¿podrías…?».
—¡Ni se te ocurra! —amenazó Mae, con otra clase de pánico en la mirada, la clase de miedo que tienen todos los adolescentes a que sus padres les hagan pasar vergüenza.
CJ volvió a carcajearse.
—Vale, vale. Me guardaré para mí las intenciones de Noah Pierce. —Contuvo otra risa—. Pero, a cambio, me dirás por qué crees que Noah sería capaz de algo tan ruin como burlarse de ti.
—Eso hacían en Boston —reconoció la joven.
—¿Qué pasó? —CJ se apoyó en la encimera con su taza humeante entre las manos.
Mae desvió la mirada y la mujer comprendió que había pasado algo mucho más grave que un par de comentarios mordaces. Claro que sí, tonta, se dijo, Gallagher tiene de impulsivo lo que tú de cosmopolita. Si ese hombre dejó todo para mudarse a un pueblo, tuvo que ser muy fuerte lo que ocurrió.
—Unas chicas se metían conmigo. Al principio eran comentarios, sobre la muerte de mi madre y el trabajo de mi padre.
—Mae no entró en detalles y CJ se prometió que se mantendría firme, no investigaría el pasado de esos dos, por más que la matara la curiosidad.
Empezaba a involucrarse desde otro lugar.
No quería cotillear como hacen los vecinos, quería enterarse por su boca, como hacen los amigos.
¿Por qué? Pues lo sabía bien, porque ella también necesitaba amigos.
—¿Y luego? —la animó.
—Luego fue a más, y un día me encerraron en el baño del insti, me pusieron una navaja en la cara y me dijeron que le devolverían la simetría a mi rostro —soltó de carrerilla.
—¡Qué cojones! —gritó CJ.
Mae dio un respingo. Hasta entonces, Claire Juniper Barlow había sido una especie de encarnación de un hada del bosque.
Siempre etérea, sonriente, feliz, bromista…
Como si nada la tocara realmente. La depresión toma muchas formas y, aunque la pequeña Gallagher no hubiera adivinado qué se escondía tras la fachada, presentía ese distanciamiento del mundo.
El cambio la tomó desprevenida, pero también le gustó a la joven.
La prefería así, humana. Amiga. Cabreada.
—¿Una navaja?
—Una navaja suiza —intentó restarle importancia.
—Joder, ¡ya me imaginaba yo que tu padre…! ¡Tu padre! ¿Cómo reaccionó el sheriff Gallagher?
A Mae le entraron ganas de reír por los nervios y el miedo. Sus ojos se inundaron de lágrimas ante el recuerdo.
—No era sheriff entonces —corrigió.
—¡Solo el detective más famoso de Boston! —cayó en la cuenta CJ.
—Pues lo empeoró todo —dijo Mae, ahora furiosa—. Montó una escena que… Agg.
—Mae, no se puede empeorar que te pongan una navaja en la cara y te amenacen con desfigurarte.
—¡Sabía que te pondrías de su lado!
—¡Por supuesto! —replicó CJ, aún cabreada—. Porque estoy segura de que tu padre hizo lo correcto, Mae. Yo no lo habría hecho. Yo habría cogido el rifle de caza de mi padre y habría ido al instituto a tener una charla con esas capullas —gruñó.
Mae se cohibió ante la furia de CJ. Vale, quizá sí la prefería etérea y lejana del mundo, se dijo, aunque no fuera cierto.
—Mi padre se reunió con la dirección del instituto y con los padres de las chicas.
Advirtió que iba a presentar una denuncia de verdad, no quedarse en el ámbito escolar, que serían juzgadas como delincuentes adultas.
Además, les dijo a los padres que así empiezan los asesinos en serie y que, si no las frenaban ahora, iban a dejar un reguero de muertos por Boston.
Que él, en persona, se iba a asegurar de que vistieran de naranja el resto de sus vidas y que, además, iba a denunciar también a los directivos y a los padres por complicidad y encubrimiento. ¿Y sabes qué es lo peor? —se quejó Mae.
CJ sintió tanto alivio al conocer la reacción de Patrick Gallagher que no pudo contener la risa ni la respuesta:
—¡Que lo hizo! —soltó con una carcajada incontenible.
—¡CJ! Tenías que estar de mi lado. ¡Después no me dejaron en paz! Me esquivaban y murmuraban «se lo dirá a su papi, se lo contará a su papi», todo el tiempo.
—Pero ¿te volvieron a amenazar con una navaja?
—¡No!, pero…
—No hay «pero», Mae. ¡Una navaja!
—Te has puesto de su lado —dijo la adolescente con un mohín.
Se bajó del taburete de un salto furioso. CJ cruzó los brazos con firmeza a la altura del pecho. Las dos se desafiaron con la mirada.
—Hay un único lado, que es «tu lado», Mae, y es ahí donde ha estado tu padre. Lo sabes.
Mae se echó el pelo por encima del hombro en un gesto cabreado. CJ contuvo la sonrisa y las ganas de señalarle que había despejado justo la zona de la cicatriz.
—Iré a dar una vuelta, me he cansado de hablar con traidores —añadió en un murmullo.
CJ comprendió por qué a Patrick se le daban tan bien esas exhalaciones de yoga, sobre todo cuando Mae se volvió con un gesto más calmado. Era un volcán. Pasaba del peor de los enfados a la expresión más manipuladora.
—¿Puedo llevarme a Siete Millas? —preguntó con tono inocente.
—Con el arnés, y no dejes que destroce las raíces buscando trufas.
La joven asintió y salió a buscar al cerdito.
CJ se terminó su té ya frío de un sorbo y volvió a sonreír.
Ella también lo había notado, Mae la hacía volver a conectar con los demás.
Empatía primero, cabreo después y, ahora, diversión.
Mucha diversión. No podía esperar al momento en que Patrick Gallagher se enterara de que un muchacho pretendía a su hija.
Cuando recogió las tazas, lo hizo soltando otra carcajada.