Raíces Capítulo nueve
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Capítulo nueve

El sonido de la bicicleta destartalada entrando por el camino hizo sonreír a CJ.

Asomó la nariz por la ventana de la cocina para ver llegar a Mae.

La muchacha no podía estar más feliz con su cacharro nuevo, o viejo, para ser precisos.

No porque nunca hubiera tenido una bicicleta, sino porque era la primera vez en su vida que podía ir sola, sintiendo el aire en el rostro con total libertad.

CJ le hizo señas desde la cocina y la joven dejó la bicicleta sobre el césped antes de entrar corriendo.

Las ovejas pastaban en el enorme corral que habían arreglado junto a Patrick y Siete Millas dormía en la alfombra de la entrada.

Mae lo saltó para entrar en la cabaña y empezar a quitarse los abrigos de lana.

—¿Qué tal el colegio? —preguntó CJ.

Mae fue hacia la isla de la cocina, cogió una tortita que había quedado del desayuno y la engulló sin más. Se encogió de hombros como única respuesta.

—¿Patrick? —preguntó por su padre.

—¿Así que Patrick, eh? —A CJ le hizo cierta gracia. Ya se había dado cuenta de que, pasara lo que pasara entre ellos, Mae era una niña de papá. Recibió otro encogimiento de hombros como respuesta—. Pues Patrick ha ido a Ponderay a por comida.

La decepción de Mae fue la confirmación de CJ. A la joven le habría gustado que su padre la llevara consigo. Esos dos tenían grandes problemas de comunicación, no le sorprendía. Patrick soltaba un par de palabras al año y Mae… bueno, ella era adolescente.

—Volverá enseguida, en cuanto se dé cuenta de que en Ponderay tampoco hay gran surtido. —Sonrió para animarla—. Si te aburres, siempre hay cosas que hacer. Puedes limpiar los corrales o llevar el orgánico al compost…

La expresión de asco de Mae hizo que CJ se echara a reír.

—¿Te gustan esas tareas? —preguntó.

—Sí. —CJ comenzó a recoger algunas cosas que habían quedado en la isla—. A tu edad no —recordó con gracia—, pensaba en irme a la gran ciudad, como todos aquí. Pero ahora me gusta.

—La ciudad no es para tanto.

CJ aguardó a que la muchacha le contara más.

Era evidente que necesitaba hablar y, si ella podía ser un oído, mucho mejor.

Desde que los Gallagher estaban por allí, CJ casi no pensaba en sus problemas, esos que no tenían solución y solo le traían pena; mantenía la cabeza ocupada en esa familia fragmentada que buscaba en un pueblo de Idaho un poco de pegamento para volver a funcionar.

Patrick había perdido a su esposa y eso implicaba que Mae había perdido a su madre.

CJ había pasado por lo mismo más o menos a la misma edad que la joven.

Un accidente cardiovascular masivo arrancó a la señora Barlow de este mundo sin darle tiempo siquiera a decir adiós.

¿Le pasó lo mismo a la señora Gallagher?

Cuando la muerte se lleva a gente joven siempre parece estar rodeada de enigmas.

Enigmas en los que CJ no se inmiscuiría si no la invitaban a ello. Detestaba los cotilleos.

Antes de que Mae pudiera decir más, el sonido de otra bicicleta rompió la armonía. CJ se asomó para ver quién venía y abrió los ojos de par en par al reconocerlo:

—¿Ese es Noah Pierce? ¡No puede ser! —exclamó—. O sí puede ser… ¡Oh, Dios mío! ¿Cuántos años tengo? —bromeó. Apartó el paño con el que estaba repasando la encimera y se volvió hacia Mae buscando confirmación. La expresión de pánico de la adolescente la tomó desprevenida.

—Dile que no estoy —suplicó con voz quebrada.

—¿Qué ha pasado?

—Por favor… —rogó y corrió escaleras arriba a esconderse.

CJ salió al porche y recibió a Noah con sorpresa. Rayos, ese muchacho había dado el estirón. Era más alto que ella y bastante fornido para su edad.

—¿Noah? —se acercó para comprobar los cambios.

—Ma’am —saludó él, con seriedad.

—¡Cuánto has crecido! ¿Y tu madre? ¿Cómo está? ¿Tu padre sigue trabajando en la reserva? —Estaba llevando a cabo un interrogatorio. Se rio al darse cuenta—. Sí, definitivamente me he hecho mayor.

El joven sonrió con un deje de sorna, pero contestó amablemente a sus preguntas.

—Mi madre sigue trabajando los miércoles en la oficina de correos. Mi padre, en la reserva. Mi abuela está bien de salud, mi abuelo se nos fue el año pasado.

—Lo siento mucho.

Noah asintió y, dado el parte, pasó a lo importante.

—¿Está Mae? —Lo dijo con cierto tono de nerviosismo.

A CJ le pareció encantador. En sus tiempos aquello era más normal, no existían los móviles y no todos tenían internet.

Los muchachos debían llamar a casa o pasarse y enfrentarse a las miradas asesinas de los padres.

Por suerte, o quizá por estrategia perfectamente planeada por Noah, Patrick no estaba en casa.

—Mmm —mintió—, creo que ha salido. —Vio la bicicleta allí, expuesta como prueba de su mentira—. Pero debe de andar cerca, posiblemente se haya ido a caminar al bosque.

—Vale. —El chico metió las manos en los bolsillos y se balanceó sobre los pies, de puntillas a talón—. Bueno… —Miró alrededor, buscando una salida o pensando en una nueva estrategia—. ¿Podría decirle que he pasado?

—¡Claro! Le diré que te llame.

—No tiene mi número —respondió Noah con un sonrojo tímido. Vaya, el muchacho se la estaba jugando del todo.

—Déjame que lo guarde y se lo paso. —CJ cogió su móvil, lo desbloqueó y se lo tendió para que escribiera su número.

—Igual no me va a escribir —dijo en un murmullo apenas audible—. Si puede, dígale también que nos reunimos en el viejo granero, que si quiere pasarse.

—¿Aún os reunís en el viejo granero? ¡Vaya!

—No es que haya muchos sitios por aquí, ¿verdad? —Noah volvió a sonreír.

—Bien, se lo diré.

El joven volvió a balancearse sobre los pies, incómodo.

—Vale —repitió—. Vale… Pues… eso. —Se volvió para salir rápido de allí.

A CJ la embargó la ternura que solo pueden despertar los primeros albores del amor adolescente.

Sonrió. Noah se giró una última vez, recordando los buenos modales—.

Hasta luego, señora… señorita Barlow. Ma’am —añadió en una seguidilla de balbuceos—. Saludos al señor Barlow.

—Saludos a la familia.

Noah recogió la bicicleta y salió pitando de allí, posiblemente con el corazón acelerado, las mejillas encendidas y una mezcla de decepción y esperanza latiéndole en el pecho, pensó CJ, regresando a la cocina. Mae esperaba en el descansillo de la escalera, casi igual de nerviosa que Noah Pierce.

—Ha venido a invitarte al viejo granero —dijo CJ— y me ha dejado su número.

—Ya…

CJ notó dos cosas: que Mae se cubría más el rostro con el cabello y que se hacía pequeña en las escaleras.

—¿Qué pasa, Mae? ¿Noah te ha molestado?

No parecía ser de esa clase. Ella conocía a los Pierce y eran una buena familia, con buenos valores. Estaba segura de que no habían criado a un abusón. Pero nunca se sabía. A veces una oveja negra nace en el mejor de los rebaños.

—No lo sé —reconoció Mae con un hilo de voz. CJ puso el hervidor para preparar té.

—¿Quieres contarme?

Mae dejó su sitio en las escaleras, pero no la actitud defensiva. Se sentó ante la isla central de la cocina y repiqueteó los dedos.

—No sé por qué es tan amable conmigo —reconoció, con toda su desconfianza—. Supongo que quieren gastarme una broma pesada. Que vaya a ese viejo granero para que se burlen de mí o algo así.

—Mae, eso es horrible. De verdad no creo que Noah sea esa clase de muchacho. ¿Por qué lo dices?

—¿Por qué iba a ser tan amable conmigo, si no?

—Pues… porque le gustas, Mae —dijo CJ y le sirvió una taza de té humeante.

Mae ladeó la cabeza, como si la mujer hubiera dicho la mayor tontería del mundo.

—Sé que intentas ser amable, CJ, pero no hace falta. Sé cómo me veo, ¿vale?

CJ comprendió que seguir evitando hablar del tema era en vano con Mae. No sanaría sus inseguridades si todos fingían no ver la enorme cicatriz de su rostro. De modo que fue al grano.

—La cicatriz no te quita lo guapa, Mae.

La muchacha se tensó. CJ la entendió tan hondo que casi se echó a llorar con ella.

Pero como su lugar en ese momento era el de adulta, contuvo las lágrimas y el deseo de decirle: sé lo que se siente cuando nadie quiere hablar de un tema que te duele.

Los amigos, los más cercanos, piensan que, si no lo abordan, todos pueden fingir que no ha pasado nada, y para quien carga con la cicatriz eso implica invisibilizar algo demasiado grande como para ocultarlo.

Vaya si conocía esa sensación.

—Sí lo hace —musitó Mae—. Es horrible y no me pueden operar hasta que termine de crecer, porque mis facciones pueden cambiar y… —Tragó saliva.

—No, Mae —respondió CJ con firmeza—, la cicatriz no te hace menos guapa. Entiendo que te moleste, porque es un recuerdo constante de un momento doloroso. —La joven alzó la mirada con pavor—. No, no sé qué te ha passado, me estoy mordiendo la lengua para no buscar en internet.

Mae sonrió apenas.

—Un accidente de coche —reconoció.

A CJ el corazón le dio un vuelco. Imaginó a Patrick en el momento del accidente, temiendo por la vida de su hija.

Imaginó a su propio padre, en un universo paralelo, cuando el sheriff Hawkins llamaba a su puerta para decirle que su hija había muerto en un «accidente»…

El corazón se le encogió tan fuertemente que pensó que moriría de angustia.

—No te hace menos guapa —le acarició la mejilla herida—, eres probablemente la muchacha más bonita en millas a la redonda, y Noah no es gilipollas.

De lo único que te tienes que cuidar con él es de lo mismo que te tienes que cuidar con todos los chicos.

—Le guiñó un ojo y Mae se sonrojó hasta la raíz del pelo—.

Y lo sabes —añadió—. Aunque aquí salten otras alarmas —le acarició las sienes—, aquí —señaló el pecho—, aquí sabes que lo único que quiere hacer Noah Pierce es meterte la lengua en la boca…

—¡CJ! —la interrumpió la joven, roja como un tomate, llevándose las manos a las orejas para no escuchar.

CJ soltó una profunda carcajada. ¡Lo había conseguido!, había sacado a Mae del lugar oscuro de la autocompasión. De un lugar que, al igual que el rancho Barlow, las dos tenían alquilada una habitación.