Raíces Capítulo ocho
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Capítulo ocho

—Oye, ¿qué hace, sheriff? —preguntó CJ. Se detuvo a unos metros de Patrick porque no quería asustarlo y, vale, tal vez porque le apetecía disfrutar de las vistas.

Gallagher no lucía su uniforme, sino que llevaba vaqueros, una camiseta de manga larga al cuerpo y un viejo sombrero de ala ancha de su padre.

En la cintura pendían la radio policial y su arma reglamentaria, listo para salir al ruedo si una emergencia lo demandaba.

Cosa que en Careyville tenía una probabilidad de cero coma cero, cero, cero… por ciento de suceder.

Al parecer, el sheriff ya se había enterado de las aburridas condiciones de su contratación.

—Intento no despilfarrar mi magro salario en los extras de este hotel cinco estrellas —respondió el hombre con el ceño fruncido. Luego sus ojos miel fueron a Siete Millas y las cejas se unieron aún más en el centro—. Vale, no estoy entendiendo nada de Idaho.

CJ soltó una carcajada piadosa. Le quitó a Siete Millas el arnés y lo dejó suelto.

Se acercó a Patrick y necesitó contener el suspiro.

Estaba sudado, algo sucio y un poco sonrojado por el esfuerzo.

CJ pensó que estaba muy mal que lo hallara tan atractivo, no solo porque su mente lo comparaba con su exmarido y estaba siendo injusta con John, sino porque era su huésped y no era muy profesional por su parte ponerse a babear.

Pero, por otro lado, hacía tanto que no experimentaba ese cosquilleo incómodo ante alguien guapo que le parecía un crimen acallarlo.

—Con Siete Millas estamos aprendiendo a buscar trufas —explicó. Lo vio forcejear con la valla—. Y los extras que mi padre suma al servicio son gratis, ¿vale?, no tiene que hacer… lo que sea que intenta hacer.

—¿Arreglar la valla? ¿Tan mal lo hago? —Patrick soltó el poste y vio cómo todo el último tramo del vallado se caía.

—No lo hace mal, lo hace solo, señor Gallagher.

—Por favor, dime Patrick. Tu padre ha dejado en claro que el tuteo es aceptado cuando no llevo el traje de sheriff.

CJ pudo jurar que una sonrisa asomaba en su boca.

¡A ese hombre le costaba reír más que a ella!

, y eso que CJ sufría de depresión. De pronto recordó lo dicho por Margaret y maldijo.

¿Y si Gallagher también sufría una pérdida?

¿Y si transitaba aún el duelo por su esposa?

Ni siquiera sabía hacía cuánto había sucedido.

Ese amago de sonrisa se sintió doblemente valioso al pensarlo.

—Vale, Patrick, pues anímate, no va tan mal…

El hombre ladeó la cabeza.

—Mi experiencia en muebles de Ikea da al fin su resultado.

Otra broma sin sonrisa. Quizá no era que estuviera triste, tal vez solo se trataba de que Gallagher tenía una condición que le impedía reír. CJ, que sí tenía una condición, soltó una carcajada.

—Bauticemos a este palo con un nombre sueco impronunciable y listo, ya podremos encajar las vallas.

Patrick se puso de pie ante su intento fallido. Las manos en la cintura, las piernas algo abiertas y la mirada en los alambres caídos. Cogió aire y coraje y fue a por el primer poste una vez más. Podía ser que no sonriera, pensó CJ, pero lo que le faltaba de gracia le sobraba de terquedad.

—De verdad, Patrick —dijo ella—, no tienes que cubrir gastos extras, ¿vale?

Ella fue al granero y regresó con guantes para ayudarlo.

—Tal vez no —respondió Gallagher, poniendo el poste en vertical una vez más. Tensó el alambre e intentó fijar el poste en el suelo—, tal vez haga esto más por mí que por él.

—Si te sirve de consuelo, lo mismo le sucede a mi padre —expuso CJ.

Patrick la miró fijo y la mujer por poco se echa a temblar. No solo por lo guapo, sino porque tenía esa mirada de detective que haría a cualquier criminal confesar hasta su primera mentira. Ella no era una delincuente, pero se vio impelida a dar más información.

—Mi padre no ha convertido esto en un Airbnb por falta de dinero, aunque nunca viene mal un extra, lo ha hecho porque se siente solo.

Atenderos lo hace volver a sentirse útil, útil con personas, no con animales…

—Patrick asintió y volvió a forcejear con el poste—.

Mal me temo que eso ha sido culpa mía, estuve algo… ausente el último tiempo.

—Vaya… —soltó Patrick y volvió a clavar en ella su mirada de detective. CJ sintió la necesidad de contarle todo, su tristeza, su dolor, su remordimiento. No lo hizo. En cambio, soltó una orden:

—Enderece el poste hasta la máxima tensión, yo me encargo de la maza…

Gallagher acató tras un nuevo asentimiento. A lo que accedía no era a arreglar la valla, esa decisión había sido tomada en cuanto se murió de aburrimiento en la oficina, sino que aceptaba cambiar de tema; le dejaba a CJ guardarse el motivo de su culpa.

Aseguró el poste con su hombro, como si fuera un buey empujando un arado, y soltó el control de la situación.

«No lo haces mal, lo haces solo». De pronto, esas palabras no hablaban de la valla, sino de su penosa paternidad. Y, para cambiarlo, era necesario soltar un poco, confiar… confiar en una mujer con una maza que la impactaría a centímetros de su cabeza.

Cerró los ojos ante el impacto. Al abrirlos, el poste estaba clavado en la tierra, firme y con el alambre tensado a la perfección.

—¿Lo ves? No es difícil si se hace de a dos —lo animó CJ.

—Agradezco que se te dé bien, porque un golpe en falso y termino en el hospital.

—Desde ya le aviso de que el más cercano está en Ponderay.

—Eso no me tranquiliza…

Fueron a por el siguiente poste, misma dinámica.

Tensar era la tarea más ardua y la que requería mayor fuerza física, pero dar con la maza tampoco era para débiles.

CJ debía alzar los brazos muy por encima de su cabeza, mantener la precisión, porque si erraba podía herir a Patrick de gravedad, y luego dejarla caer con todo su peso sobre el centro del poste.

El esfuerzo les quitó las ganas de hablar, aunque los dos empezaban a sentir curiosidad por lo poco que sabían del otro. CJ por la viudez; Patrick por ese raro remordimiento en ella.

Uno no se hacía detective sin saber leer a las personas.

Gallagher podía apostar que Claire Juniper Barlow no tenía una gota de maldad en su organismo.

Le sorprendía querer indagar en ese misterio, la gente buena no solía fascinarlo.

Pero, a decir verdad, hasta entonces no habría pensado que el paisaje natural le sedujera más que el de ciudad.

A él lo atraían los psicópatas, los sociópatas, incluso los pobres desgraciados que sucumbían a la desesperación hasta quitarle a otro la vida.

En su mundo, los amables eran las víctimas, no los objetivos de sus investigaciones.

Los buenos eran la parte incómoda de la ecuación, a quienes él, serio y firme, debía explicarles que el mundo era una real mierda en la que los nobles morían y los malos…

y los malos eran cazados por Patrick Gallagher.

Joder, extrañaba su horrible mundo. Extrañaba esa oscuridad en la que se había acostumbrado a ver. Aunque, si era honesto, lo que añoraba no era la fealdad, sino el hecho de no sentirse como sapo de otro pozo.

Idaho no era Boston. Idaho era luminoso, con personas como CJ, como Walter, como Luke y la señora McCoy. Idaho era el sitio perfecto para Mae. Pero ¿lo era para él? ¿Había sitio para alguien como Patrick en un pueblo como Careyville?

Quizá si se permitía explorar ese nuevo lado, la idea de que la gente buena también podía esconder misterios que merecieran ser descubiertos… entonces, tal vez, Careyville también podría ser para él.

De momento se aburría como un hongo. No había asesinos ni estafadores. Su peor enemigo era una jodida valla de madera.

La alarma del móvil sonó.

—Joder —gruñó. Se miró las pintas.

—¿Qué pasa? —le preguntó CJ. Estaban agitados y sudados.

—Debo recoger a Mae y… —volvió a mirarse. CJ se echó a reír.

—¿Pretendes bañarte para ir a por ella a la parada del autobús?

—No haré a tiempo. —Se puso a recoger—. Pasé de pensar que el día no terminaría nunca a perder la noción del tiempo. ¡Mierda!

—Si quieres, voy yo… —propuso. Patrick la miró; su estudio fue tan halagüeño como ofensivo. La encontraba demasiado sexy para su agrado, al tiempo que igual de sucia que él—. No entiendo el problema, Gallagher.

—Tengo una hija adolescente, ese es el problema. —Patrick fue a por su chaqueta con CJ pisándole los pies—. Todo lo que hago le da vergüenza. En cuanto me vea así…

CJ rio una vez más. Patrick puso ese ceño tan serio que lo caracterizaba.

—Exacto, no importa lo que hagas, no acertarás. Así que… diviértete en el proceso.

El ceño fue mayor, como si buscara en su cerebro la definición del término diversión y le diera «error 404 not found ».

—¡Papá! —llamó CJ. Walter asomó la nariz—. ¿Recuerdas cuando me fuiste a buscar en tractor a la parada del bus?

Barlow se echó a reír.

—¡No me lo perdonaste en un año!

Padre e hija rieron de buena gana. CJ animó a Patrick a ponerse en marcha, a Mae no le importaría que estuviera sudado y sucio. No de verdad. De todas maneras, ya no podría cambiarlo. Era llegar sucio o llegar tarde.

—No se preocupe, Gallagher —dijo Barlow, regresando al interior de la cabaña—, mañana arreglaremos la vieja bicicleta de CJ para que Mae vaya y venga a su antojo.

—¿Una bicicleta? —preguntó, pero Walter ya no lo escuchaba. Se volvió hacia CJ—. ¿Lo ves? Voy a tener que arreglar todas las vallas para cubrir el pago de este hotel de lujo.

—Eso dilo mañana, después de ver la bicicleta. Ahora ve…

Patrick se montó en la vieja Ford roja.

—¡Y no olvides tocar el claxon en cuanto la veas llegar! Seguro que adora el gesto.

Vale, no había sonreído, pero había rodado los ojos con gracia. CJ se sintió satisfecha.

—Ven, vamos a contarle a Walter que encontramos nuestra primera trufa —llamó a Siete Millas.

Y dio por cerrado uno de los mejores días de los últimos años.