Capítulo siete #2
—Vaya sorpresa me llevé —reconoció CJ—. No me había dicho nada.
—Es un viejo testarudo.
—En eso tampoco cambiamos los Barlow —coincidió CJ.
—Ya veo, ya veo… —La señora Caldwell chasqueó la lengua—. No encontraré en ti una aliada para que tu padre firme la venta de estos bosques.
—No, lo siento —admitió con falsa pena. Margaret llevaba años pujando por quedarse con ese terreno.
Como se encontraba entre dos ranchos, el estado estaba dispuesto a privatizarlo.
Pero la ley de montes era muy firme en Idaho y no podían hacerlo si los lugareños ponían pegas—.
Whitmore tampoco debe de estar muy dispuesto a acceder.
—Ya, ya… —se lamentó la mujer—. Sé que en ocasiones soy muy terca, pero es que amo Careyville y aquí cada día hay menos gente, ¿sabes?
Los únicos que parecemos dispuestos no solo a quedarnos, sino a expandirnos, somos los Caldwell.
Por cierto, ¿sabe Ethan que has regresado?
—Ethan era el hijo de Margaret y amigo de CJ de la época del instituto.
—No, aún no le he dicho nada a nadie. Pretendía venir de visita rápida —mintió—, pero al ver los cambios decidí quedarme más tiempo. En cuanto vaya al pueblo, iré a ver a Ethan. ¿Se ha casado? —preguntó, porque la mujer había hablado de nuevas generaciones.
—Aún no. —Margaret puso los ojos en blanco—. Pero creo que está saliendo con una mujer de Ponderay —aludió al pueblo a pocas millas de allí.
—Otra cosa que no ha cambiado —bromeó CJ.
La señora Caldwell rio.
—Ya encontrará a la indicada.
La alcanzó una pequeña punzada al decirlo. Recordó a Sarah. Sarah Bloom, Claire Juniper Barlow y Ethan Caldwell, los inseparables de Careyville. Habían formado un buen grupo de aventuras los tres, hasta que se rompió.
—Lo que sí ha cambiado, temporalmente, es el sheriff. —Margaret abordó el tema, ansiosa por el cotilleo.
CJ sonrió.
—Ya veo que esa simpatía tenía dobles intenciones. —CJ le tomó el pelo a la mujer.
Margaret sonrió.
—Cariño, me conoces bien, nada de lo que sucede en este pueblo me es ajeno. Te puedo asegurar que sé más del nuevo sheriff que tú. —Le guiñó el ojo.
Cogieron una pendiente escarpada. La señora Caldwell se valió de sus bastones y CJ tuvo que hacerla casi a cuatro patas.
—Recuérdame que consiga uno de esos —dijo CJ, con el aliento agitado—. Respecto al sheriff Gallagher, no tengo dudas de que sabe más, Margaret, porque yo no sé nada de nada. Lo único en lo que estoy al tanto es en que le ha alquilado una habitación a mi padre.
—Y que es quien detuvo a ese terrible asesino en serie.
—Ah, sí, fue lo primero que me dijo mi padre. Pero ni siquiera lo he buscado en Internet, tal vez porque, si uno quiere guardarse algunas cosillas para sí, tiene que permitir que los demás también tengan secretos.
Margaret la miró con seriedad. Sondeó los ojos marrones de CJ, como si quisiera verle el alma a través de los iris. Luego asintió con calma.
—Te has vuelto muy sabia, CJ. —Le cogió la mano unos segundos entre las suyas, arrugadas y ásperas. Le dio una palmada cariñosa—. Alguien le dirá lo que te ha pasado, CJ, lo sabes, ¿verdad? Puedo prometerte, no obstante, que no seré yo. —Le soltó la mano y siguió camino.
—Y alguien me dirá a mí lo que sea que haya traído al sheriff hasta aquí, quiera yo enterarme o no —reconoció ella.
—Tampoco seré yo; no porque no sea cotilla, sino porque no lo sé. Es decir, estoy al tanto de que es viudo, pero…
—¡Margaret! —la reprendió ella, llevándose las manos a los oídos.
Si bien en sus labios dibujó una sonrisa, su mirada transmitió lo tajante que era en el asunto.
No quería escuchar ni un cotilleo sobre Patrick Gallagher y no iba a explorar los motivos por los cuales era tan celosa de la privacidad del hombre.
Tal vez porque, como había dicho, no quería que el sheriff indagara en sus secretos.
O quizá porque temía hallarlo demasiado fascinante.
Como fuera, el único dueño de la historia de Patrick Gallagher era el propio Patrick, y ella se enteraría de tanto como él quisiera compartir.
Excepto que era viudo. Eso ya se lo había dicho Margaret.
—Vale, vale. —La señora Caldwell alzó las manos en son de paz—. Mis labios están sellados. Igual no he dicho mucho, creo que esa parte de la historia se adivinaba sola, ¿verdad?
Pues no, quiso responder CJ; el sheriff podía estar divorciado, como lo estaba ella. Ladeó la cabeza de manera amenazante para que Margaret dejara el tema ahí.
—No necesitas mirarme así —rio la mujer—, no tengo más tiempo para cotillear, tengo que pasar por el rancho de Whitmore.
—Nosotros regresaremos a casa.
—Ten cuidado con el cerdito, ya sabes por qué los prohibieron en Oregón —dijo la señora Caldwell.
CJ lo tenía presente. Los cerdos tenían mejor olfato que los perros y llegaban más profundo, por eso, en ocasiones, dañaban las raíces de los árboles y podían arrasar las trufas. Asintió para tranquilizar a la mujer, al fin y al cabo, Margaret no desistía en su afán de hacerse con el bosque.
—Y mándale saludos a tu padre.
—Y usted a Ethan —se despidieron—. Dígale que iré a visitarlo en cuanto me pase por el pueblo.
Tomaron los extremos opuestos de la bifurcación y CJ y Siete Millas regresaron a casa. En cuanto divisaron el rancho, no solo los recibió el paisaje hogareño, sino también la imagen del sheriff Gallagher arreglando una valla.