Raíces Capítulo siete
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Capítulo siete

—¿Por dónde empezamos? —le dijo CJ a Siete Millas una vez que los huéspedes se fueron. El sol empezó a asomar por el horizonte como una invitación a mover el trasero. Walter se encargaba de las labores domésticas y de cargar en su ordenador el nuevo contrato de renta—. ¿Qué tal por las ovejas?

Tener la cabeza y las manos ocupadas era el remedio que CJ no sabía que necesitaba hasta ese momento.

Siete Millas le siguió los pasos hasta los corrales como un perrito faldero.

Era muy mono. Ella abrió las puertas y tuvo que empujar a las ovejas para que dejaran los corrales y se atrevieran a salir al frío.

—Venga, que para eso tienen la lana, perezosas.

Siete Millas la ayudó; empezó a corretearlas desde detrás, como un perro ovejero. A CJ le entró la risa. Era como si todas las carcajadas que no había soltado en esos últimos dos años ahora pujaran por salir de su garganta.

Una vez las ovejas estuvieron fuera, ella se encargó, con la lavadora hidrante, de dejar los corrales impecables. La tarea le llevó algunas horas y la hizo entrar en calor.

—Vamos, Siete Millas, ahora tienes que hacerlas entrar —lo animó.

La tarea fue más difícil. CJ debió intervenir para conseguir que los animales no se dispersaran.

—Tendremos que esquilarlas en breve —finalizó, enredando los dedos en la espesa lana.

Había aprendido a hacerlo de pequeña. Se le daba bien, era gentil y los animales no sufrían. Por el contrario, cuando la lana crecía de más molestaba a las ovejas, que debían cargar con el peso y, muchas veces, se les metía por los ojos y los morros.

Una vez terminada la limpieza, su padre se acercó con un bocadillo y café caliente en un termo.

—No necesitas hacer esto, CJ —le dijo—. Tú puedes dibujar tranquila y yo me encargo.

—De eso nada. Me viene bien la actividad. —Bebió un sorbo de café y se sentó sobre la mesa de trabajo.

Su padre la observó, trató de adivinar si su hija mentía. Ella amplió la sonrisa.

—De verdad —reconoció—, a veces lo mejor es volver a las raíces. No solo a Idaho, sino a algo más elemental, ¿sabes? Al contacto con la naturaleza, a la existencia más elemental.

—Hace que la mente no dé rodeos por donde no debe, ¿eh? —aceptó Barlow.

—Exacto —coincidió ella, bajando de la mesa de un brinco—. Aquí todo tiene su tiempo, no hay espacio para preguntas complicadas ni respuestas dolorosas. Las ovejas piden ser esquiladas en primavera, la leña cortada en verano, los tomates plantados en otoño, las vallas arregladas en invierno…

Buscó entre las herramientas la correcta para arreglar las vallas. Su padre sabía por lo que había pasado y, por ello, se alegraba de que CJ empezara a repuntar.

—Hay veces que la naturaleza se tuerce, hija —reconoció—, que rompe su curso y nos da un golpe demoledor. Pero luego vuelve, se corrige y, si uno le sigue el ritmo, encuentra el camino. —Ella asintió en silencio.

Era el camino natural, sí. Su padre estaba viejo; la nueva generación debía coger las riendas. Y ese sentido, tan evidente como ancestral, la aferraba a la tierra. La hacía volver a conectar con la vida.

—¡Mira! —clamó, alzando un viejo arnés de perro—. Era de Dido, ¿verdad? —Probó hacer fuerza para ver si las viejas correas se rompían.

—Sí, ni recordaba dónde lo había puesto.

—Nos viene genial, ¿verdad, Siete Millas? Ven, ven, que te lo pruebo.

El cerdito se resistió un poco a ser amarrado con el arnés, pero cuando notó que no le apretaba ni le hacía daño, probó mover sus patitas entre las correas.

—Le sienta de maravilla.

—Algo grande, pero creo que podré ajustarlo a su tamaño —dijo CJ.

—Yo que tú no lo hago definitivo, que ese animal no se quedará de ese tamaño mucho tiempo. ¿Para qué quieres el arnés? ¿Lo pasearás como a un perro por el pueblo?

A CJ la idea le causó gracia.

—Quizá. Sería interesante escuchar cómo murmuran que me he vuelto loca —bromeó.

En Careyville no lo harían; las excentricidades estaban a la orden del día—.

Pero no, es para que no se escape en el bosque.

No queremos que Gallagher nos arreste por alterar el orden público, ¿verdad? —le dijo al animal.

—Tienes razón —rio el hombre—. Los cerdos son buscadores de trufas naturales. El problema no es que no las encuentren, el problema es que no se las coman.

Siete Millas alzó el hocico, bastante entusiasmado, como si entendiera que iban a ir a por un festín.

—Con el arnés andará bien. ¿Qué dices, Siete Millas? ¿Dejamos las vallas para después y vamos a dar un paseo?

Walter se rio al ver que el cerdito movía la cola.

—Ya me dirás de dónde lo has sacado, CJ, pero este animal es magnífico. Es más listo que el hambre.

—Son las dotes que uno desarrolla cuando quiere salvarse del destino de chuleta, ¿verdad? Vamos, vamos al bosque, vamos a ver cómo se te da lo de buscar trufas.

—Divertíos —saludó Walter, regresando a la casa principal. Ya no le daba el cuerpo para las labores del rancho, pero sí para las domésticas. Le tocaba poner la lavadora, preparar la cena para cuatro y entrar algunos leños para el hogar.

Sí, Lilian McCoy había dado en el clavo, convertir su casa en un Airbnb había resultado un acierto; no por el dinero extra, sino por el movimiento. CJ no era la única que volvía a la vida; todo el rancho Barlow comenzaba a despertar.

El sendero marcado entre los dos ranchos era desigual y algo peligroso.

Estaba trazado de manera rústica y no contaba con alternativas más seguras, como podía ocurrir en otros caminos de senderismo.

Allí casi todo estaba señalizado con letreros amarillos, pero, si ascendías, pronto pasaban a rojo y era mejor adentrarse con un compañero o ser un gran conocedor de la zona.

CJ se adaptó de inmediato. Su cerebro pareció reconocer el lugar y los peligros que escondía. Por ejemplo, bajo las hojas asomaban ramas que podían hacerte caer y la maleza espinosa crecía escondida, lista para arañarte la piel si ibas con ropa inadecuada.

—¿Cómo lo llevas? —le preguntó a Siete Millas.

El animal parecía feliz. Exploraba todo con sus vivaces ojos negros y olisqueaba frenético la mezcla de olores. CJ sonrió y una reconfortante tibieza la inundó.

—No te preocupes, no iremos muy lejos. Hacia allí —señaló entre los bosques— está el rancho de Whitmore. En el extremo opuesto, el nuestro. Y, si seguimos por este camino apenas visible, llegaremos al bar de Hank Morrison.

Siete Millas pareció prestar atención. CJ no haría la prueba, pero estaba segura de que, si lo soltaba del arnés, el animal encontraría el camino a casa sin problemas. Su hocico se pegó al suelo y CJ pudo jurar que movía el rabo, feliz.

Eran dos. Siete Millas, porque había vivido su vida en un corral; todo era nuevo para él.

CJ, porque volvía a sentir; era como subir el volumen de una radio que antes murmuraba apagada dentro de ella, sin permitirle oír más que un ruido blanco y le impedía diferenciar la dicha de la tristeza.

El contacto con la naturaleza la hacía más consciente.

Tenía miedo, claro. No estaba segura de estar lista para volver a sentir ese dolor hondo de los primeros días, ese sufrimiento tan atroz que la hizo apagar las demás emociones hasta que solo quedara la melancolía. Sería insoportable revivirlo.

Pero también entendía que le faltaba mucho por recorrer para sanar.

Se alegraba de haber podido levantarse esa mañana tras haber dormido más de cinco horas seguidas.

Un enorme triunfo. Luego había recogido los huevos, mantenido una conversación, limpiado los corrales y ahora caminaba por la naturaleza.

Si le hubieran dicho que haría eso unas semanas atrás, no lo habría creído.

Y, sin embargo, allí estaba. No se engañaba. Cambiar la depresión melancólica por la depresión funcional no era, lo que se dice, curarse. Pero la alejaba del precipicio y con eso le bastaba.

También le bastaba con la felicidad provocada, aunque no fuera la suya. Su padre estaba dichoso de tenerla de regreso y Siete Millas…

—Eh, no tires —lo reprendió con una sonrisa—. Compórtate o nos echarán del estado.

El cerdito hurgaba bajo un abeto. Empezó a rascar con sus pezuñas para apartar las hojas podridas y poder meterse por debajo de las anchas raíces del árbol.

—Joder, no me digas —clamó, feliz—. No me digas, Siete Millas…

—Se acercó y se puso a cuatro patas junto al animal, olvidando sus vaqueros, el frío y las posibles espinas—.

¡Jolín, sí! Has encontrado una trufa, ¡mira, mira!

—CJ la recogió con la mano; era una pequeña colonia y solo arrancó una para examinarla.

Parecía de la especie Tuber gibbosum —. Nos haremos millonarios, nos haremos millonarios —canturreó, dándole la trufa como premio a Siete Millas.

—Lo dudo si sigues empleándolas para alimentar cerdos —dijo una voz a sus espaldas.

CJ dio un respingo y cayó de espaldas sobre las hojas muertas.

—¿Margaret Caldwell? —preguntó al verla—. ¡Oye!, pero si es Margaret. —Se puso de pie de inmediato. La mujer le tendió una mano para ayudarla. Llevaba unos sólidos bastones de senderismo sujetos a las muñecas.

—¿CJ? —la reconoció la mujer—. ¡Vaya, pero si es Claire Juniper Barlow en persona! —Las mujeres se fundieron en un abrazo. Siete Millas empezó a tirar de la correa, ansioso por hallar más trufas—. Tendría que haberlo supuesto, ¿quién más podría aparecer con un cerdo por el bosque a recoger trufas?

—Imagino que cualquiera del pueblo —rio ella. Sí, en Careyville se saltaban algunas normas.

Margaret rio.

—Pues sí, por eso debí reconocerte antes. Ningún forastero se atrevería a tanto.

—No se sienta mal, Margaret, mi trasero ha cambiado mucho —bromeó, puesto que lo primero que vio la mujer fue su trasero en alto.

—Ha sido lo único que ha cambiado de ti. Estás igual, CJ.

—Y usted también, señora Caldwell.

—Ya sabes, aquí las cosas no cambian mucho. —Las mujeres emprendieron el camino. Siete Millas las siguió a regañadientes, pero enseguida olvidó las trufas y se concentró en la variedad de olores—. Excepto porque el viejo Barlow alquila habitaciones.