Raíces Capítulo seis
11%

Capítulo seis

Patrick bajó de su vieja Ford y, por un instante, lo abrumó la misma sensación de esa mañana: la de estar ante una belleza inefable. Se apoyó en la puerta cerrada de la camioneta, con el sombrero de ala ancha entre los dedos y la mirada fija en la fachada de la oficina del sheriff.

No era un edificio gris ni de ladrillo rojo industrial, como solían ser las comisarías de Boston.

Era una pequeña casita blanca, con porche incluido, bancos de madera a ambos lados y varias macetas con coloridos lupinos.

La bandera de Estados Unidos ondeaba sobre la escalinata que daba acceso a la comisaría.

Al fondo, la colina y los bosques verdes; poco más.

Tampoco alrededor había demasiada actividad.

La iglesia estaba al otro extremo, también de madera blanca, con una cruz como única señal de que era la casa del Señor; el banco se limitaba a una ventanilla y un cajero automático; y el correo era otra casita, esta vez blanca y roja.

El mercado y la gasolinera eran lo mismo y, en ese momento, varios cajones de verduras daban color a la acera.

Cogió aire. Sus pulmones parecieron limpiarse del esmog acumulado durante años y entró en la comisaría.

—Buenos días… —anunció al vacío—. ¿Hola?

El lugar estaba abierto, así que al menos un agente de guardia debía de haber. Nadie dejaría una comisaría sin supervisión, ¿verdad?

—¿El sheriff Gallagher? —preguntó una voz lejana—. Lo he reconocido por el acento. Ahora mismo voy.

¿Tenía acento? Supuso que sí, pero nunca se había detenido a pensarlo. Aunque era cierto que allí, en Idaho, hablaban más despacio, estirando algunas vocales, como si hablar deprisa fuera en contra del ritmo pausado que exigía el pueblo.

Patrick aprovechó para recorrer el diminuto espacio.

Una habitación, llamarla despacho sería excesivo, lucía una placa dorada con la palabra «Sheriff».

Asomó la cabeza y vio un escritorio de madera maciza, un pisapapeles con la bandera de Estados Unidos, una estantería con tomos que supuso jurídicos y un archivador con llave.

La ventana que dejaba pasar la luz tenía una cortina tejida a ganchillo y, en el alféizar, más flores silvestres.

—Tengo vistas a las montañas y a los bosques —reconoció en voz alta, agradecido.

—Así es, sheriff. Aunque no tiene mucho mérito; aquí todo tiene vistas a las montañas y a los bosques —respondió una voz jovial a su espalda. —Patrick se volvió y se encontró con un joven de poco más de veinte años—. Luke Jensen, a su servicio —se presentó.

Gallagher se acercó y le dio un firme apretón de manos.

—Patrick Gallagher.

—Sheriff Patrick Gallagher —lo corrigió el joven con una sonrisa—. ¿Café?

—Claro. —El muchacho se dispuso a prepararlo, pero Patrick lo detuvo—. Aunque no me refería a que lo hiciera usted. Seguro que tiene mucho trabajo, agente. Me basta con que me indique la cocina y…

Jensen se echó a reír y luego comprendió que el nuevo sheriff hablaba en serio.

—¿Mucho trabajo? Si hasta me alegra poder hacer café. Pero venga, le enseño las enormes instalaciones…

Luke Jensen caminaba con agilidad; su jovialidad iba más allá de la edad, era casi una actitud vital. Tenía el cabello oscuro y liso, y unos ojos negros vivaces que denotaban inteligencia. A Patrick le cayó bien al instante.

—Aquí trabajo yo —señaló un escritorio, también de madera, con un ordenador algo antiguo encima.

Aquella sala sí parecía más una oficina policial: más archivadores, una impresora con escáner y papeles desperdigados.

Las paredes estaban decoradas con fotos antiguas de vecinos y algunas pinturas de artistas locales que retrataban los paisajes de la zona.

Luke cogió unas llaves y continuó el recorrido.

—Aquí guardamos las armas. —Abrió una puerta de seguridad y dejó a la vista un pequeño arsenal.

—Vaya… ¿Esperan un ataque terrorista o algo así?

Jensen soltó una carcajada.

—No, pero ahora empiezan a despertar los osos y todavía quedan algunas manadas de lobos escondidas en los bosques…

—Ya me imaginaba que no todo podía ser tan idílico.

—¿Verdad? —coincidió Luke—. Pero no se preocupe, en general no se acercan a la gente y aquí todos saben cómo lidiar con ellos. Cuando lleguen los turistas, ya veremos. Aunque suele bastar con unos disparos al aire para ahuyentarlos y que no haya heridos, ni humanos ni animales.

—Entendido.

—Aquí está la cocina… —señaló.

Patrick asintió. Por supuesto, una cocina doméstica. Muebles rústicos de madera, encimera de piedra y hasta un horno lo bastante grande como para asar un pavo en Acción de Gracias. La cafetera ya estaba lista. Se sirvió una taza antes de que Luke terminara la visita.

—Y aquí la «sala de interrogatorios» —explicó conteniendo la sonrisa.

Era un salón bastante acogedor, salvo por el detalle de que la mesa tenía atornillada una anilla para las esposas.

—No recuerdo haberla usado jamás —admitió el joven—.

Y, por último… —Volvió a coger una llave— la celda.

Era otra habitación, aunque bastante más oscura.

Las rejas ocupaban la mitad del espacio y, a diferencia del resto del edificio de madera, aquella estaba revestida de cemento.

Un trabajo sólido, dada la arquitectura—. Ahora le daré su copia de las llaves.

—¿Y el departamento de pruebas?

Si a Jensen le entraron ganas de reír, logró contenerse.

—Las importantes se almacenan en la ciudad de Hayden. Las menores pueden estar en alguno de esos archivadores. —Señaló hacia las oficinas. Lo cierto era que el orden no era precisamente su fuerte.

Patrick dio un sorbo al café. No estaba mal, aunque no superaba el de Barlow.

—Bien… La verdad es que es mi primera vez como sheriff. —Una sonrisa tímida asomó apenas—. ¿Qué se supone que nos espera hoy?

—¿Leer alguna novela de misterio? Para que no se nos oxide el cerebro.

Patrick aguardó el remate serio. Al comprobar que no lo había, dio otro sorbo al café.

—¿No hay casos abiertos? ¿Denuncias por robo, quizá? ¿Algún borracho orinando en la vía pública?

—¿Con tanto bosque? —Luke volvió a reír—. Si alguien mea en una acera, merece cadena perpetua.

Las comisuras de los labios de Gallagher se tensaron en otro intento de sonrisa.

—Entonces…

Luke se encogió de hombros.

—Lo cierto es que no mucho.

—¿A qué dedica el tiempo, agente?

—Oiga, no me trate con tanta formalidad, que me siento como en el instituto, delante del director Marlow. —Patrick asintió—. En cuanto a mí… no lo sé. También soy bombero y, como esa es la radio de emergencias, cuando salta algún aviso de incendio o accidente, voy.

—¿Y hay avisos con frecuencia?

Jensen volvió a reír. Gallagher negó con la cabeza; tendría que acostumbrarse a que allí sus modos de Boston y sus expectativas laborales resultaran casi cómicos.

—También soy guía de senderismo. Cuando Bill estaba por aquí, se quedaba él de guardia y yo acompañaba a los turistas… ya sabe…

—Para que no se los coma un oso.

Luke rio con ganas.

—Ya va entendiendo cómo funciona esto.

—Ya he entendido que me aburriré como una ostra —respondió Patrick.

—Supongo que era lo que buscaba, ¿no? —Gallagher se tensó—. No lo tome a mal —se apresuró Luke—. Es lo habitual. Los que vivimos aquí lo hacemos porque nacimos aquí o porque estamos hasta las narices del ritmo frenético de la ciudad.

Patrick asintió. Sus motivos no eran ninguno de esos.

—Vale. —Soltó el aire de esa manera tan suya, como una profunda exhalación de yoga—. Pues, en tal caso, cogeré una actividad aburrida. ¿Dónde me has dicho que están los casos sin resolver?

—En su oficina, sheriff. En los últimos dos cajones… —Lo acompañó hasta allí y señaló el archivero.

—¿Esos? —Patrick lucía realmente sorprendido.

—Sí, lo cierto es que tenemos varios sin resolver. —Luke entendió mal la sorpresa de Gallagher.

—Me refería a… No importa. Bien, cogeré eso para empezar.

Buscó entre sus nuevas llaves cuál abría el cajón, y el olor a papel viejo inundó su nariz. Decidió que empezaría por el más reciente, que quizá tuviera pistas frescas, e iría hacia atrás. Pero antes…

—Señora McCoy… —La mujer entró al despacho sin golpear, con una confianza de dueña y señora.

—Su hija ha llegado sana y salva a la escuela, sheriff. Y ha enamorado a todos los muchachos del autobús.

—Gracias por la actualización —siseó. ¿Desde cuándo era un padre celoso? Tal vez desde que había caído en cuenta de que su niña ya no era tan niña.

—Le he traído pastel de bienvenida, sheriff.

Luke reapareció con un platito y cubiertos desechables. Ya había profanado el obsequio de bienvenida del nuevo sheriff. De hecho, su porción llevaba una flamante B de «Bienvenida» en azul sobre el buttercream blanco.

—Créame, sheriff, eso lleva ahí esperando años. Puede esperar unas horas más —lo invitó con la boca llena.

—Sí, eso creo. —Se puso de pie y fue tras la señora McCoy. Se sirvió la I de «Bienvenida» y su estómago dio las gracias.

Tal vez los casos abiertos podían esperar una letra más, se dijo, rellenando su taza de café y yendo a por la E de su pastel.