Capítulo cinco
El viaje hasta la parada del autobús lo hicieron en silencio.
Mae volvía a ser la adolescente gruñona de siempre y Patrick estaba también cabreado.
Podría reírse, si tal cosa se le diera bien.
Al fin y al cabo, lo que le molestaba de su hija era que se le pareciera tanto: carácter del demonio, empeñarse en que las cosas fueran a su manera y encerrarse en sí misma cuando estaba dolida, triste, enfadada o atravesada por cualquier emoción humana.
Sería mucho más fácil si se pareciera a Kim, su exmujer.
Pero, joder, qué maldita satisfacción daban los hijos cuando se parecían a uno.
Aparcó junto a la parada mal señalizada, y apagó el motor de la camioneta que había comprado por cuatro duros.
Era un cacharro; eso le pasaba por comprar sin mirar.
Pero estaba tan ansioso por aceptar ese puesto que cogió el primer lugar que encontró en alquiler y la primera camioneta disponible, y al demonio con Boston.
Así que allí estaba, en una vieja Ford roja que tosía más que un tuberculoso, esperando el autobús escolar mientras su cabeza seguía dándole vueltas a la inesperada compañera de vivienda.
—Enciende la radio si quieres… —le ofreció a su hija. Mae arqueó las cejas.
—Oh, sí. ¡Qué ganas de escuchar una canción sobre un vaquero borracho que lo perdió todo y le canta a alguna Mary Ann, Jolene o Crystal!
A veces era mejor mantener el pico cerrado.
Dejó que el silencio se instalara entre ellos.
Era tenso, pero no incómodo. Sabía que Mae estaba enfadada con él, y motivos no le faltaban.
De hecho, si fueran capaces de hablar con honestidad, descubrirían que tenían mucho en común.
Vaya conversación mantendrían sobre lo capullo que era Patrick Gallagher.
Un golpe en la ventanilla le impidió abordar ese asunto con tan poco margen para llegar a buen puerto.
—¿Sí? —preguntó Patrick, bajando la ventanilla con la manivela. El cristal chirrió.
—¿El sheriff Gallagher? —dijo la mujer. No esperó respuesta; el uniforme lo delataba—.
Soy Lilian McCoy, un placer. —Metió la mano por el hueco sin dudarlo, sobresaltando a Patrick.
Por instinto, llevó la mano a su arma reglamentaria para evitar que pudieran arrebatársela.
Lilian lo miró sorprendida, pero no dijo nada.
—Sí, soy Patrick Gallagher, el sheriff interino.
—¿Y esta preciosa muchacha? —preguntó la mujer—. ¿Es su hija?
Mae se tensó. Se cubrió el rostro con el pelo, convencida de que la mujer se burlaba de ella con crueldad. Una rápida mirada a su expresión bastó para entender que se equivocaba, aunque no fue suficiente para acallar el recelo.
—Sí, ella es Mae.
—¡Vaya! Vas a revolucionar esto, chica —rio la mujer—. Rara vez tenemos muchachas nuevas y, en cuanto vean lo guapa que eres… —remató con una carcajada—, tu padre tendrá que salir con la escopeta a espantar adolescentes hormonados. —Golpeó la portezuela, celebrando su propia gracia.
—Eso sería abuso de poder —masculló Patrick.
A Lilian aquella respuesta le pareció desternillante. ¡Salir con un rifle era casi el deporte oficial de los padres jóvenes!
—No, claro, usted prefiere soltar el primer aviso —dijo la mujer, sin captar que Gallagher hablaba en serio sobre los límites policiales—. Aparcar aquí con el uniforme y dejar claro que esta belleza es su hija. Buena jugada. —Le guiñó un ojo para rematar.
Mae, en cambio, palideció. Miró a su padre horrorizada antes de soltar:
—¡Joder, papá! —y bajarse de la camioneta a toda prisa.
A Lilian le dieron aún más ganas de reír.
—No se preocupe, sheriff. Si alguno de los que la pretendan es de los que se merecen una bala, yo le aviso. —Le dio una palmada en el hombro con una familiaridad inesperada.
—Joder… —repitió él entre dientes y se bajó tras su hija. El autobús estaba aparcado más allá de la esquina y fue entonces cuando comprendió la magnitud de su metedura de pata—. Mae…
—Vete —le ordenó ella con un gesto de la mano.
Los demás chicos del pueblo se acercaban. Patrick observó, entre asombrado y horrorizado, cómo dejaban las bicicletas en el aparcabicis sin siquiera ponerles candado.
Lilian avanzó hasta el autobús, subió y lo condujo marcha atrás hasta la parada.
La señora McCoy era una mujer para todo en el pueblo: conducía el autobús, hacía recados entre localidades en nombre de sus vecinos y alquilaba la antigua habitación de su hijo a senderistas.
Con eso le bastaba para vivir. Su empleo no oficial era el de cotilla profesional.
Patrick regresó a la camioneta, sabiendo que la había cagado. Cogió el móvil con una única raya de cobertura y le envió un mensaje a su hija:
«Lo siento, Mae. La costumbre».
Ella lo buscó con la mirada, algo sonrojada por la vergüenza. La respuesta lo tranquilizó: un emoticono de una calavera. Si no conociera algo de los códigos de la nueva generación, se habría preocupado. Sin embargo, ese símbolo significaba «me muero de risa».
«No es Boston», añadió Mae. «Aquí los pedófilos y los vendedores de droga no están en las paradas del autobús escolar; seguro que van a alguna iglesia».
«Te sorprendería la cantidad de pedófilos y narcos que hay en las iglesias de Boston», respondió él.
Habría jurado que su hija le sonrió. La confirmación llegó con otro emoticono: una carita llorando.
—Usan llorar para reír, morir para decir que algo es divertido… Dios, cada vez entiendo menos. —Hizo el esfuerzo de subirse a la Ford y marcharse sin comprobar con sus propios ojos que su hija subía sana y salva al autobús escolar.
Soltó el aire. No, no estaban en Boston. Allí los chavales dejaban las bicicletas sin candado, lo que lo llevó a hacerse otra pregunta: ¿qué demonios hacía un sheriff en un lugar así?
***
Mae fue la última en subir. Era una estrategia desarrollada en Boston. Así podía estudiar el terreno al entrar y elegir asiento sin que nadie indeseable se le sentara al lado. Allí eran pocos; sitios sobraban.
Iba a ocupar uno cerca de Lilian, por si se metían con ella. Mejor tener a un adulto cerca. Pero la mujer la desanimó:
—Haremos más paradas, Mae. Te recomiendo ir al fondo.
La sonrisa parecía amistosa, pero ella sabía bien que los monstruos podían esconderse tras gestos amables.
—Vale.
Avanzó por el pasillo central hasta alcanzar la zona donde se agrupaban todos los jóvenes de Careyville.
Eran pocos, pero juntos parecían más. Además, dos ya eran suficientes para superarla en número y someterla.
Soltó el aire, cuadró los hombros, levantó el mentón y pasó de largo.
Se sentó en el primer asiento libre detrás de ellos.
—Hola —se volvió uno—. Soy Noah. —Le tendió la mano.
Mae la miró como si fuera una serpiente venenosa.
Noah mantuvo la sonrisa, aunque se volvió ligeramente irónica en su rostro de rasgos mestizos. Se notaban sus raíces nimiipuu mezcladas con algún antepasado sajón; sus ojos claros contrastaban demasiado con la piel morena.
—No muerdo —agregó el chico.
—Mae. —La voz le salió más débil de lo que habría querido.
—Esos de ahí son Nicole y Caleb. No pueden hablar, porque para eso tendrían que dejar de enredarse las lenguas. —Mae miró a la pareja, demasiado acaramelada para estar en un autobús escolar—. Ellos son Miles y Earl, y la de ahí es Molly.
—Vale…
—Nicole, Caleb, Miles, Earl, Molly… ella es Mae, la hija del sheriff.
—Mierda —gruñó ella. Empezaba bien—. Hola.
Intentó mantenerse entera. El autobús arrancó y Lilian reprendió a la pareja:
—Como pille un bache y os quedéis sin lengua, luego no quiero lloros.
Los chicos estallaron en carcajadas. Caleb lanzó una bola de papel a Noah en su defensa. Noah la atrapó al vuelo antes de que alcanzara a Mae.
—Si te molestan en el instituto —dijo Molly, con voz dulce pero firme—, nos lo dices. Aquí en Careyville nos defendemos entre nosotros.
—Joder, aquí también… —masculló Mae.
Noah le sonrió, girándose más en el asiento y apoyando ambos codos en el respaldo que los separaba.
—Es así en todas partes, Mae. Pero nadie se mete con los de Careyville, ¿verdad, chicos?
Los demás hicieron crujir los nudillos a modo de respuesta.
—¿Y qué tengo que hacer a cambio de la protección de la mafia? —preguntó Mae, suspicaz.
Los chicos volvieron a reír.
—Lo mismo —dijo Miles—. Si ves que alguien se mete con uno de nosotros, intervienes. Y si se monta una pelea… ya veremos.
A Mae le resultaba extraño aquel código.
El autobús se detuvo en el pueblo siguiente y varios adolescentes subieron. Hubo saludos cruzados y bastante buen rollo, pero en cuanto uno de ellos intentó acercarse y ocupar el asiento junto a Mae, Noah lo frenó.
—A tu sitio, Sean. No es culpa nuestra que en tu pueblo seáis todos feos por ser hijos de primos.
Un abucheo general recorrió el autobús.
—Al menos sabemos quiénes son nuestros padres —replicó Sean. Otro coro de abucheos.
Mae se tensó. Pensó que aquello acabaría en pelea y que su primer día empezaría fatal. Pero los chicos se rieron y Sean volvió a su asiento, no sin antes mirarla a ella y agregar:
—No le hagas caso. Se cree lobo, pero marca territorio como un perrito —se burló de la actitud posesiva de Noah.
Este lo empujó de camino a su sector del autobús, bien lejos de Mae.
Fue Earl quien lanzó la última advertencia:
—De todas formas, no te preocupes por los gruñidos de Noah. Yo que tú me preocuparía porque es la hija del sheriff.
—Bueno, pues entonces es tu problema, Noah. Que te peguen un tiro a ti en los huevos.
Sean se sentó al fin, sin mayores consecuencias. Toda aquella pulla era un juego; no habían peleado de verdad.
—Ya verás que, en el instituto, cuando toca defender a los pueblerinos, Noah y Sean están en el mismo bando —explicó Earl.
—Preferiría que no hubiera peleas, gracias.
—Ya. Y yo preferiría ser millonario —replicó Noah.
—Vale, ya —intervino Molly—. Deja de comértela con los ojos, Noah. Empieza a ser más incómodo que esos dos. —Les lanzó la bola de papel a la pareja que volvía a besarse.
—Mmm, no. Todavía no es tan incómodo —respondió Noah con suficiencia.
Mae se sonrojó hasta la raíz del pelo. Nicole le lanzó el papel arrugado para que ejecutara su venganza. Mae lo atrapó y se lo estampó en la cara a Noah. Él se rio y, por fin, volvió la vista al frente.
Mae se recostó en el asiento y miró el móvil. Allí la cobertura era mejor; podría poner música el resto del trayecto. Se colocó los cascos, pero dejó el volumen bajo. De pronto, la conversación de unos chicos que apenas conocía le resultaba más interesante que el último disco de Taylor Swift.
Mierda. Quizá su padre había acertado. Tal vez sí había sido una jodida buena idea mudarse allí.
¿Qué haría con todo su enfado si su padre conseguía arreglar lo que estaba roto?