Capítulo cuatro #2
Los dos Barlow entraron en la casa. Patrick aguardó unos segundos antes de seguirlos. Necesitaba aclarar la mente. Siete Millas no le dio tregua. Como la puerta se había cerrado tras padre e hija, empezó a rascarla con las pezuñas.
Patrick abrió y entró, intentando bloquearle el paso al animal. No lo consiguió; el cerdito se escabulló entre sus largas piernas.
—¡Eh! —Se volvió hacia los Barlow—. No estoy seguro de si tiene permitido entrar o…
—¿En Boston no tienen cerditos? —bromeó CJ, mientras colocaba los huevos en la encimera.
—No vivos, no enteros, no en el salón…
Siete Millas se escondió tras las piernas de CJ. Ella se agachó y le cubrió las orejas.
—¡No digas eso delante de Siete Millas! Lo asustas.
—¿Más que eso? —señaló Patrick la sartén donde chisporroteaban unas lonchas de beicon.
—¡Shh! —respondió CJ, apenas conteniendo la risa—. No le hagas caso, Siete Millas. Es beicon vegano, te lo prometo.
No lo era.
—Entonces, ¿es una mascota? —Se acercó a la isla del centro de la cocina. Había un par de taburetes altos que la convertían también en barra de desayuno.
—Algo así…
Antes de que pudiera añadir nada más, especialmente información comprometedora, Mae apareció en la cocina.
—¿Papá? —preguntó con voz somnolienta. Aún estaba algo desorientada por el cansancio; se había despertado en una cama extraña, en una casa extraña, y tardaba en recordar todos los cambios que su vida había sufrido en las últimas semanas.
Ese «papá» en sus labios hizo que Patrick sonriera con tanta amplitud que CJ casi se encandiló. Desde que había llegado, el hombre llevaba un ceño casi permanente y las únicas sonrisas habían sido muecas torcidas. Hasta ese instante.
—Aquí, Mae —alcanzó a oír CJ que murmuraba—. Aquí está papá.
La jovencita se acercó con los ojos entornados, todavía sin acostumbrarse a la luz de la cocina. Gallagher no dudó en estrecharla contra su pecho y, en cuanto ella sintió su calor y su firmeza, volvió a apartarse y a levantar el muro.
—Oh, vaya. Ya está el desayuno. Yo… —Se miró el pijama—. Voy a cambiarme. Pensé…
Se sonrojó con el bochorno propio de los adolescentes, tan temerosos de hacer el ridículo, como si meter la pata en algo así fuera el mayor drama del mundo.
—Yo también lo pensé, Mae —la animó su padre—. Me levanté antes de las seis y aquí hasta las gallinas estaban en pie.
Mae casi sonrió. Casi. Era igual que su padre: muecas y sonrisas impostadas.
—Buenos días —dijo en dirección a los Barlow—. Ahora vuelvo.
Sin más, subió las escaleras para cambiarse de ropa.
Patrick mantuvo la mirada fija en el espacio vacío que su hija había dejado durante un minuto entero. Cuando volvió la vista al frente, ya tenía unas lonchas de beicon y unos huevos revueltos ante él.
Mientras desayunaban, Barlow encendió la radio local. Era una emisora tradicional que mantenía a los lugareños al tanto del tiempo, de posibles accidentes en la carretera y completaba la programación con canciones entre country y folk.
CJ trajinaba en la cocina y conversaba con su padre con naturalidad. Patrick notaba, sin embargo, ciertos matices en aquella charla. Le resultaba imposible perder las mañas de detective; estaba demasiado acostumbrado a observar, estudiar y analizar.
Dedujo que padre e hija no se veían desde hacía tiempo, pues se ponían al día de detalles cotidianos.
Walter hablaba de los cambios en el pueblo y ella…
apenas respondía con superficialidades. Patrick percibía un elefante en la habitación, un asunto que los Barlow rodeaban, esquivaban, fingiendo que no existía.
—¿Y el trabajo? ¿Qué harás con él? —preguntó Walter. Sirvió más huevos en el plato de su hija. CJ, a su vez, pelaba una naranja.
—¿Quieres zumo? —le ofreció.
—No, estoy bien.
CJ volvió la atención hacia su padre.
—Pues seguiré desde aquí. Lo cierto es que puedo hacerlo desde cualquier sitio.
—Vale, pero tu editor… —insistió Walter.
—Mi contrato ahora es independiente. —CJ apartó la mirada. Barlow permaneció en silencio, con una pregunta en la punta de la lengua. Mae reapareció para salvarla—. Tú, ¿quieres zumo?
—Vale.
CJ se apresuró hacia el exprimidor y mantuvo las manos ocupadas. Dio un respingo cuando la voz ronca de Patrick abordó el tema:
—¿De qué trabajas? Además de recolectora de huevos.
Ella se volvió con una sonrisa. Gallagher sintió como si hubiera anotado un punto. La sensación no fue del todo agradable.
—Soy ilustradora, sobre todo de novelas juveniles y cuentos. —Terminó de exprimir dos naranjas y le tendió el zumo a Mae. La muchacha estaba acariciando al cerdito y, en cuanto Walter le puso beicon en el plato, el estómago le dio un vuelco.
—Perdón, no puedo… ¿No será pariente de… cómo se llama? —preguntó la adolescente.
—Siete Millas.
—Qué nombre tan raro. ¿Por qué se llama así?
—Es una broma entre nosotros —reconoció CJ. Le cambió el plato para que no comiera el beicon—. Y tranquila, aquí no nos comemos entre nosotros.
—¿No sois un rancho ganadero? —preguntó Patrick. Él había sido menos considerado con los parientes de Siete Millas. No dudó en aprovechar lo que su hija había apartado.
—No. Solíamos tener ovejas por la lana, pero ahora me quedan solo doce —dijo Walter—. El rancho es muy exigente.
—Pues ahora estoy yo. Podríamos volver a tener ovejas —propuso CJ—. Y respecto a Siete Millas… pensé en entrenarlo para buscar trufas.
—Tendría que comprobar si está permitido, señora—dijo Patrick en tono serio. CJ rio, pero borró la sonrisa cuando se dio cuenta de que hablaba en serio—. Los cerdos truferos están prohibidos en muchos sitios de Estados Unidos. En Oregón, por ejemplo.
Antes de que CJ pudiera defenderse, Walter destacó otro detalle de la frase del sheriff.
—Señorita —lo corrigió.
—¿Cómo?
—Señorita Barlow. Mi hija no está casada. Ya no.
Un intenso rubor inundó las mejillas de ambos aludidos, tanto del que había cometido el error como de la señorita en cuestión.
Mae bufó. Patrick y CJ pensaron que era por la evidente intención de Walter de ejercer de casamentero improvisado. Se equivocaban.
—Y si no es un cerdito trufero y no crían animales para comérselos, ¿de dónde ha salido? —preguntó Mae con otro bufido. Su enfado no era porque su padre pudiera coquetear con una mujer joven, sino precisamente porque no lo hacía. Joder, ¿no podía ser normal por una vez?
—Eso es justamente lo que no puedo confesar delante de tu padre, Mae —rio CJ—. Buscar trufas en Idaho no es ilegal, pero cómo nos conocimos Siete Millas y yo en Montana… eso sí que fue un delito.
—Pues mi padre rechazó ser federal —dijo Mae con una leve sonrisa—. No tiene jurisdicción en otro estado.
—Pero aún tengo contactos —respondió él.
Mae volvió a bufar, esta vez con un deje más adolescente.
—No le hagas caso, CJ. Esa es su retorcida forma de bromear. Me alegro de que hayas cometido un crimen. Mola más que ser siempre correcto.
—Auch —vocalizó CJ en dirección a Patrick.
Se sorprendió al notar que Gallagher no parecía dolido por las palabras lacerantes de su hija; casi diría que estaba orgulloso.
—¿Lista para el primer día de colegio? —intervino Walter y, ante la mirada fulminante del nuevo sheriff, le preparó una fiambrera a la joven.
Tendría que volver a hablar con el viejo sobre malcriar a su hija.
¿O no? ¿O era precisamente esa calidez por la que había tirado a la basura su carrera y se habían mudado a Careyville?
—Ni de coña —masculló Mae.
—¡Mae Gallagher, esa boca! —la reprendió Patrick con dureza.
La joven alzó la vista, sorprendida por la reprimenda. Sabía que llevaba semanas empujando los límites de su padre, aprovechándose de la culpa del hombre para manipularlo. Sintió el terror y la satisfacción de haberlo sacado de sus casillas, pero, como era lista, hizo lo que tocaba.
—Lo siento, se me ha escapado.
—Y dale las gracias a Walter, que te está preparando la fiambrera… —añadió firme.
Barlow se sintió tan reprendido como la muchacha.
—Gracias, señor Barlow.
—Iré a ponerme el uniforme —completó Patrick, y se dispuso a recoger la mesa.
Cuando CJ intentó adelantarse, recibió una mirada firme, color miel, que no dejaba espacio a discusión. La mujer apartó la mano y la alzó en señal de rendición.
—Si cuando baje no estás lista, Mae, me oirás. ¿He sido claro?
—Señor, sí, señor —respondió ella, ahora enfadada.
La forma en que Gallagher giró la cabeza podría inspirar una película de exorcismos. Mae salió corriendo escaleras arriba y Patrick terminó de recoger y limpiar antes de ir a por su uniforme.
—Es adolescente —murmuró CJ a modo de disculpa por el comportamiento de la joven.
Gallagher soltó el aire como había hecho la tarde anterior, como si pudiera expulsar cualquier malestar en una exhalación medida de yoga.
—Lo es. —Terminó de colocar las tazas en el lavavajillas antes de mirar a CJ de nuevo y añadir, entre calmado y dolido—: Ha sufrido acoso en Boston.
Por su cicatriz… y por mi culpa —terminó en un susurro apenas audible—.
Hoy será un día intenso para los dos, pero eso no le da derecho a comportarse como lo ha hecho.
CJ asintió. Ser padre era un desafío, un trabajo para el que no había escuela ni academia.
—Será distinto aquí —le prometió ella. Posó la mano sobre la manga térmica de él.
—Eso espero. Por eso nos mudamos. Si no… —se encogió de hombros y una de esas sonrisas a medias asomó a sus labios—, lo añadiré a la lista de mis malas decisiones.
No se quedó a escuchar palabras vacías de ánimo ni compasión; las detestaba. Para que esa decisión fuera una de las buenas y no de las malas hacían falta acciones, no palabras. Se puso en movimiento. Su uniforme de sheriff lo esperaba.