Raíces Capítulo cuatro
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Capítulo cuatro

Se levantó más temprano de lo habitual aquella mañana. Tal vez fuera porque su organismo seguía configurado en el horario de Boston o quizá porque estaba algo nervioso. O, si era honesto, el motivo podía ser la rubia inesperada y su reacción de capullo.

Vale, en realidad era la suma de las tres cosas.

Unos años atrás, Patrick Gallagher nunca habría dudado de una decisión tomada. Ahora no estaba tan seguro. Aunque…

Aunque Mae casi había sonreído.

Mae había hecho una broma mordaz.

Mae se había comido una galleta de animalitos con bastante buen apetito.

Si la cagaba por él, no le importaba. De eso estaba seguro.

De hecho, era muy consciente de que todos en Boston pensaban que era un redomado imbécil por desechar la propuesta de unirse al FBI y pedir, en cambio, que movieran los hilos para conseguirle un puesto en cualquier sitio pequeño.

Sabía que, en lo que respectaba a su carrera, acababa de pegarse un tiro en el pie.

Le importaba una mierda.

Pero Mae… Joder, con ella sí tenía que hacer las cosas bien.

Y eso implicaba un hogar seguro, un ambiente estable y galletas de animalitos.

No una mujer atractiva que, lo pensara su hija o no, sí era su tipo.

No tenía mérito; estaba seguro de que Claire Juniper era el tipo de todos los hombres heterosexuales del mundo.

El problema era que él había elegido aquel lugar porque no quería ni una puñetera distracción.

De todos modos, era irrelevante. Podrían decir de él que era un hijo de puta ambicioso, un sabueso insaciable, el detective más exigente de su unidad, incluso un despiadado al que lo único que separaba de los criminales a los que perseguía era el lado de la ley en el que se encontraba…

Pero jamás podrían decir que claudicaba.

Y era un hombre con una misión. Tal vez como padre apestaba, pero si se tomaba la paternidad como un trabajo, al menos sería un padre eficiente.

¿Bastaría eso para arreglar lo que había roto?

Esperaba que sí. La salud mental de Mae estaba en juego; los malditos libros de psicología criminal lo decían: una infancia rota era el inicio de una adultez aún más rota.

Se vistió con el primer vaquero limpio que encontró en la maleta, una camiseta térmica blanca y las mismas zapatillas deportivas que había usado para conducir.

El reloj marcaba las 5:45. Por la ventana no asomaba ni un atisbo de sol; la luna aún brillaba clara en el cielo y las estrellas eran tan nítidas que pensó que, en lugar de mudarse de estado, se había mudado de planeta.

Había alquilado aquel Airbnb porque su amigo, quien le consiguió el puesto, le dejó bien claro que era un reemplazo temporal.

Si bien el sheriff Bill Hawkins estaba en edad de jubilarse, era reacio a dar el paso.

En cuanto pudiera volver a andar, querría regresar, y aunque rogara, suplicara o extorsionara, nadie iba a darle un puesto inferior al gran detective Gallagher.

—Sheriff es lo más bajo que caerás, amigo —le advirtió el inspector jefe Michael Donahue. El pobre hombre esperaba que Patrick recapacitara y aceptara el puesto en el FBI. Joder, nadie pasa de atrapar a un asesino en serie a sheriff de un pueblo olvidado de Idaho.

Como fuera, no tenía intención de explicarle al mundo cuánto la había cagado. No quería oír cómo los demás lo excusaban o incluso lo alababan por lo que él sabía muy bien que había sido un error por su parte.

Salió de la habitación y se dirigió al baño.

Estaba al final del pasillo de esa planta, junto a la puerta tras la que dormía Mae.

El corazón se le aligeró al abrir una rendija y verla dormir.

Lo hacía de lado, con el cabello apartado y la cicatriz reluciente en el rostro.

Cuando dormía no levantaba barreras, no se ocultaba tras su melena rubia ni llevaba el ceño fruncido. Volvía a ser su niña.

La segunda planta era toda para ellos, según el contrato firmado: baño privado y dos habitaciones, una de las cuales tenía televisor (la de Mae, por supuesto) con algunas plataformas de streaming incluidas.

El servicio de internet era bastante malo, pero no podía culpar a Barlow de eso; sus datos móviles también daban tumbos desde que se habían adentrado en la zona boscosa.

No tardó demasiado en el baño. Se recortó ligeramente la barba; solía llevarla algo crecida, porque era tan espesa que, si se la afeitaba, siempre le quedaba una sombra rubia y algo rala que no le agradaba en absoluto.

Además, picaba. Se cepilló los dientes y, con el agua que quedó en las manos, se peinó hacia atrás el espeso cabello rubio.

No se esmeró demasiado: en Boston solía llevar gorra y allí su uniforme incluía un sombrero como el de los cowboys, de ala ancha.

La cocina sí era compartida. La noche anterior estaban tan cansados que cenaron unos bocadillos en las habitaciones, pero el resto de los días tendrían que usar la cocina común.

En la página del alquiler, Barlow había especificado que su uso era libre, que todo estaba incluido.

Pero algo le decía a Patrick que el viejo pretendía agasajarlos cada mañana con un suculento desayuno de rancho.

Ya vería cómo lo gestionaba. No tenía intención de aprovecharse de un hombre generoso. Quizá podía empezar esa misma mañana siendo él quien preparara la cafetera para todos.

Bajó las escaleras y su propósito se fue al garete.

—Buenos días, Gallagher —saludó el viejo, fresco como una lechuga.

—¿Buenas noches? —replicó él.

El aroma del café recién hecho le inundó la nariz. Barlow rio encantado.

—Sí, aquí empezamos algo temprano. Esperamos no haberos despertado.

—Hace falta bastante más para despertar a Mae.

—¿Y a usted?

—Llámeme Patrick, por favor —pidió—. Creo que aún estoy en horario de Boston. Allí ya son casi las ocho.

—En ese caso, llámame Walter. Yo te llamaré Patrick siempre que vistas vaqueros; el resto del tiempo será sheriff Gallagher. —Se llevó la mano a la frente en un saludo militar—. Por cierto, al desayuno le faltan unos minutos…

—¿Puedo ayudar en algo? —se adelantó Patrick.

—Oh, no. No. Sois los huéspedes…

—De un Airbnb —remarcó él con una pequeña sonrisa irónica—. Esto empieza a superar al Sheraton.

—Bastará con una buena reseña en la página.

—La tendrá, Walter. Pero debo dejar esto claro: el servicio es de Airbnb. No quiero aprovecharme ni sacar ventaja. Ni que Mae lo haga —especificó.

Walter lo miró unos segundos; buscó en la mirada color miel del hombre si aquello era solo una forma de hablar o una decisión firme. Llegó a la conclusión de que era lo segundo.

—Un padre sabe siempre qué es lo mejor para un hijo —cedió Walter. Aunque se muriera de ganas de malcriar a una adolescente, de ocupar un papel de abuelo no solicitado, se hizo a un lado.

Por un instante, vio un brillo extraño en la mirada de Gallagher; sus palabras habían activado algún mecanismo interno. Antes de delatarse, el hombre asintió, extendió la mano para sellar aquel segundo contrato y añadió:

—Como hoy parece decidido a malcriarnos, esperaré el desayuno en el porche. El frío me despeja y el paisaje sí me tiene encantado.

—¿Lo demás no? —preguntó Barlow, jocoso.

—Lo demás aún no lo conozco.

Salió al porche y el frío lo golpeó de lleno.

—Joder… —masculló—. Y eso que vengo de Boston, no de Florida.

Se frotó los brazos para entrar en calor. El cielo estaba despejado; en cambio, una extraña neblina parecía surgir del suelo. Era como si el mundo se hubiera dado la vuelta y lo de arriba estuviera abajo y lo de abajo, arriba. Sus pies apenas se distinguían entre la bruma.

Admiró el paisaje: el granero rojo y blanco en un extremo, las vallas algo descuidadas que delimitaban las zonas de pasto y, al fondo, el frondoso bosque del norte de Idaho.

Más al sur el terreno era desértico, el típico oeste americano de praderas doradas y soles abrasadores.

Pero el norte, casi en la frontera con Canadá, cambiaba y se asemejaba más al estado de Washington o a Oregón.

Una luz brilló en el granero cuando la pesada puerta de madera se abrió.

Patrick consideró seriamente la posibilidad de estar sufriendo el síndrome de Stendhal: el corazón acelerado, las palpitaciones y ahora, sin duda, alucinaciones provocadas por la belleza…

En su caso, no la de la ciudad de Florencia, sino la de…

Parpadeó.

La de Claire Juniper Barlow en versión ranchera.

—Hazte mirar la cabeza, Gallagher —se reprendió en voz baja, sin darse cuenta de que Walter se asomaba con una taza de café humeante para ofrecérsela.

El hombre no lo reprendió por mirar a su hija como lo hacía; más bien estuvo a punto de soltar una carcajada.

—Por eso aún no está el desayuno —señaló el viejo, tendiéndole la taza—. Pero empiece por entrar en calor.

Patrick volvió a mirar a CJ. ¿No se suponía que ese efecto debía provocarlo una mujer con vestido de gala?

¿Una despampanante estrella de cine? ¿O, más aún, una belleza en su esplendorosa desnudez?

Pues algo se había roto en él, porque lo que le había causado aquel vuelco era una mujer con vaqueros viejos nevados, como los de los ochenta, una chaqueta acolchada, botas camperas y unos guantes de lana con las puntas recortadas sin demasiado cuidado.

Era la estampa de la vida rural. Eso era lo que lo había cautivado, se dijo, y cogió la taza, aliviado. No era la mujer; era lo que representaba. La vida que ahora tendrían con Mae. Una vida que los sanaría a los dos.

—Claro, esperamos a Claire Juniper… —rectificó con voz ronca.

Walter rio.

—Primero, llámala CJ o mi hija no me lo perdonará jamás. Segundo… No, no la esperamos a ella…

CJ escuchó el último fragmento de la conversación.

—¿Esperáis esto? —Alzó la cesta repleta de huevos recién recogidos.

El cerdito apareció corriendo por el lateral de la casa; seguía a CJ como si fuera un cachorro de labrador.

—Preparemos el desayuno —dijo Walter.