Capítulo tres
Antes de dar rienda suelta al cotilleo, Patrick Gallagher reapareció en la cocina.
Fue primero a por el resto de las maletas, las acarreó sin esfuerzo y las dejó unos segundos en el vestíbulo.
Sus zapatos hacían crujir la madera bajo sus pies.
Se había quitado la gorra y su cabello rubio había recuperado su espesor habitual.
—Señor Barlow, disculpe lo de antes. Señora —añadió en dirección a ella.
—No hay de qué.
—No suelo ser descortés. Me ha cogido por sorpresa, eso es todo. —La forma en que lo dijo no parecía dejar espacio a réplica.
CJ lo estudió por encima del borde de su taza de café. No era que fuese autoritario; más bien estaba acostumbrado a dar órdenes y, cuando fallaba, a disculparse con eficacia y sin sentimentalismos.
—Todo aclarado. Además —dijo Walter, buscando los papeles que había impreso para el recién llegado—, el fallo ha sido mío. Debí especificar que mi hija estaría presente.
—En tal caso, la culpa recae en mí —confesó CJ—. Fui yo quien llegó sin avisar.
—Como repartir culpas es bastante inútil, pasemos página.
Una vez más, no parecía dejar espacio a réplica. Cogió la hoja del contrato y la leyó con atención.
—Vaya, uno que lee los términos y condiciones —se le escapó a CJ—. Pensé que estabais en peligro de extinción.
Los ojos de Patrick se alzaron y se clavaron en ella con intensidad.
¡Ese hombre la ponía nerviosa! Le pareció ver, eso sí, un atisbo de sonrisa, aunque bien podría haber sido fruto de su imaginación.
Por fin, Gallagher terminó de leer, cogió el bolígrafo y estampó su firma.
Después sacó del bolsillo trasero de sus vaqueros una cartera y extendió la tarjeta de crédito.
Walter tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Primer huésped? —dedujo Patrick.
—En realidad, segundo —reconoció Barlow.
Tomó los datos de la tarjeta y se la devolvió.
Guardó el contrato con el resto de papeles de la casa: facturas de la luz y antiguas declaraciones de impuestos, y continuó—: Hace unos meses vino una muchacha que hacía senderismo.
Pasó solo una noche, pero me dejó cinco estrellas. Nada mal, ¿verdad?
—Nada mal —repitió. Tal vez por cortesía o porque realmente lo pensaba. CJ se inclinó por lo segundo, porque el hombre añadió—: Las habitaciones están muy bien, señor Barlow, y gracias por las toallas limpias.
Sin más, desapareció escaleras arriba.
CJ volvió su atención hacia su padre.
—¿Segundo cliente? —exigió una explicación.
—Ha sido idea de Lilian —aludió a una vieja vecina del pueblo, Lilian McCoy—. Estaba teniendo problemas económicos y me dijo que ella solía alquilar habitaciones a senderistas. Nunca imaginé que el nuevo sheriff querría quedarse varios meses. Pero a la suerte no se la cuestiona.
—¿Qué le ha pasado a Bill Hawkins? —CJ temió que el viejo sheriff hubiera muerto.
—¿Qué le va a pasar? ¡Está viejo y más destartalado que yo! Se cayó en el hielo de la última nevada y se ha dañado la cadera.
—De modo que este tal Gallagher viene de reemplazo… —Miró hacia la escalera. No parecía la clase de hombre que se conformara con ser sheriff de un pueblo olvidado.
—¿Este tal Gallagher? —repitió su padre—. ¿No sabes quién es?
—¿Debería?
—Pues… —Walter vaciló—. Pues no. Lo siento.
El cambio de matiz en la voz de su padre la hizo dar un respingo.
—¿Quién es? —insistió.
—Es el detective que atrapó al Asesino del Espejo. ¿Te acuerdas del caso? —Barlow se aseguró de tener las manos ocupadas y la mirada fija en cualquier punto mientras formulaba la pregunta.
—Sí, papá. Me acuerdo del caso, aunque no le presté mucha atención.
—Nadie puede reprochártelo. Tenías otras cosas en la cabeza.
Sí. Dos años atrás su vida se había hecho añicos. Desde luego, tenía la cabeza en otra parte.
—¿Y cómo pasa un detective estrella a sheriff de Careyville?
—Eso ya no es de dominio público… —respondió su padre, algo esquivo.
—¡Venga ya! En Careyville todo se sabe.
—Pues mira, esto no. —Volvió a servir café y le acercó una taza nueva junto con más galletas—. Sí sé que lo pidió él, y Bill me ha dicho que Gallagher suele conseguir lo que quiere. La policía de Boston está que trina por perder a su estrella, pero no han podido retenerlo.
CJ se quedó pensativa. Las razones por las que alguien cambia una gran ciudad por un pueblo pequeño suelen ser el fracaso, algo que claramente no encajaba con Gallagher, el hartazgo o la necesidad de refugio.
Ella era la última opción.
—Ya veremos cuánto dura —dijo al final.
—¿Por qué? ¿Tú y el cerdo pensáis montar una red de crimen organizado? —bromeó su padre.
—Tal vez… —Entornó los ojos hacia Siete Millas y luego se echó a reír—. No me refería a que vaya a ser yo quien lo haga dimitir, sino al aburrimiento. Imagina pasar de cazar asesinos en serie a… a… ¡Si ni siquiera tenemos muchos borrachos en el pueblo!
—Algo me dice que eso es exactamente lo que ese hombre busca.
—En ese caso, seremos los anfitriones perfectos. Le saldrán hongos de lo quieto que va a estar en esa oficina.
Ambos rieron.
Se quedaron en silencio unos segundos, compartiendo sonrisas serenas, de pura felicidad por el reencuentro.
—Papá —dijo ella, ya más tranquila—, ¿por qué no me dijiste que las cosas iban mal en el rancho?
—Por la misma razón por la que tú no me has dicho que necesitabas volver y simplemente has aparecido, CJ… —Le tomó la mano sobre la encimera—. Porque no quería preocuparte.
—La próxima vez, preocúpame, papá. Llena mi cabeza con todos y cada uno de tus problemas.
—Lo mismo te digo, hija. —Rodeó la encimera para estrecharla con fuerza—. ¡Joder, cuánto me alegro de que hayas vuelto!
—No volveré a irme —prometió. No hablaba de marcharse físicamente, sino de descender de nuevo al infierno.
Él le dio unas palmadas en la espalda.
—Ya sabes quién es Gallagher, por qué se hospeda aquí y qué puede significar para el pueblo en los próximos meses. Es hora de que me pongas al corriente de este cerdito.
—Siete Millas.
—¿Y qué vas a hacer con Siete Millas?
CJ sonrió, luminosa.
—Le enseñaré a buscar trufas —proclamó.
Walter rio, miró al animal y volvió a reír.
—Tal vez Careyville no sea tan aburrido después de todo. No veo la hora de veros a ambos, a cuatro patas, entre los abetos…
—Ríete, ríete… Ya querrás nuestra fortuna cuando recojamos más trufas que en Oregón. Vamos, Siete Millas, a instalarnos. Que nos han quitado la habitación y ahora desconfían de nuestras habilidades. ¡Peor recibimiento no se ha visto! —fingió indignarse.
Cogió su maleta y deseó haber metido algo decente. Lo que debía ser el final de una aventura resultaba ser, en realidad, el principio.