Raíces Capítulo dos
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Capítulo dos

Careyville no había cambiado nada en los años que llevaba sin venir.

Ni en los anteriores, huelga decir. El pueblo era pequeño, con no más que una sucursal de correos, la oficina del sheriff, un banco, un mercado que abastecía de cualquier cosa que pudieras necesitar, desde tabaco hasta pañales, y una iglesia.

Para lo demás, había que viajar a Ponderay, a unas treinta millas de allí, o a Downey, a la misma distancia en la dirección opuesta.

CJ había hecho ese trayecto muchísimas veces de niña, pues en Ponderay estaba la única escuela de la zona.

Un autobús escolar amarillo los recogía en la intersección de Hidden Valley Rd.

y Meadowlark Ln., y eran tan pocos los estudiantes que los lugareños se montaban también cuando tenían que hacer alguna diligencia en la ciudad.

El resto del tiempo se apañaban por sí mismos.

El rancho Barlow quedaba tomando Woodside Rd. hasta que la carretera perdía el nombre y se convertía en un camino de tierra que se dividía en dos. Hacia la derecha, el rancho de los Whitmore; hacia la izquierda, el de su padre.

El sedán que conducía se quejó del cambio de terreno; no estaba hecho para esa vida, sino para otra que había quedado atrás. Una de cemento, casas con doble garaje y quitanieves que se aseguraban de mantener el camino transitable.

—¿Te encuentras bien, amigo? ¿Amiga? ¿Cuáles son tus pronombres?

—El cerdito había conseguido subirse al asiento del acompañante y viajaba muy campante allí.

CJ extendió la mano para acariciarlo, y el animal la olfateó con sus enormes fosas nasales antes de bajar la cabeza y aceptar el rascado—. Ya casi llegamos —lo animó.

El camino se volvió más desigual, lo que alertó a CJ del primer cambio.

Su padre era muy cuidadoso con el rancho y, como esa carretera no era estatal, sino privada, le correspondía a él el mantenimiento.

La valla de entrada estaba abierta de par en par; lucía recién barnizada y con las bisagras pintadas de negro antióxido.

Allí sí había puesto atención. Lo demás se presentaba tan pintoresco como siempre: un granero rojo y blanco, una casa principal cuya fachada mostraba los maderos colocados en horizontal, el porche impecable, con flores en las macetas y una bandera de Estados Unidos perfectamente izada.

Sí, era pintoresco. Sin embargo, no debía serlo tanto, pensó CJ al aparcar junto a la casa.

Su padre salió al porche con un delantal azul que decía «Rancho Barlow» en letras blancas bordadas y un paño con el que se secaba la mano.

Decir que se sorprendió al ver a CJ sería quedarse corto. Su hija sintió que acababa de encontrarlo en plena faena amorosa en lugar de horneando galletas por la expresión de su rostro: mejillas sonrojadas, manos temblorosas y un interrogante al saludarla.

—¿CJ?

—Hola, papá. —Bajó del coche y miró alrededor. Entonces notó qué era lo que no le cuadraba de la situación—. ¿Y las ovejas?

Como si las hubieran llamado, unas doce ovejas salieron del granero. Tan solo doce. Y se encaminaron hacia el porche como mascotas que esperaban sus atenciones.

—No sabía que venías —dijo Walter Barlow.

A CJ se le cayó el mundo a los pies. Intentó mantener una sonrisa, pero le dolieron las mejillas del esfuerzo.

¡Tan bien que iba!, se lamentó. Si hasta había hecho bromas con el cerdito, que decidió que ya había tenido suficiente viaje y bajó del coche, rompiendo la tensión.

Los ojos de Walter se desviaron hacia el animal—. Ni que vinieras con una cita… —bromeó.

CJ rio por lo bajo. De su padre había heredado el sentido del humor facilón, las risas por cualquier tontería, las gracias que se habían evaporado.

—En realidad, lo encontré haciendo autostop. Papá… si tenías otros planes, sé que no avisé…

CJ se reprendió mentalmente: la gente tiene su vida, ¿recuerdas? La gente siguió adelante y tú te quedaste atrás. Has sobrevivido un día más; conténtate con eso .

Pero no podía hacerlo. Porque si se montaba en el coche y regresaba a Montana, lo sabía, la oscuridad de la que había escapado durante siete millas volvería a apoderarse de ella, y dudaba que la suerte le sonriera dos veces. ¿Cuántos cerditos listos podían salvarle la vida?

—¡Claro que no, hija! —Se acercó al verla allí, paralizada y temblorosa. La rodeó con los brazos y la estrechó con todas sus fuerzas, que eran muchas. Algunas articulaciones crujieron en el abrazo—. Bueno, en realidad sí, pero no los arruinas en absoluto. Ven, ven… se me quemarán las galletas.

—¿Esperas a alguien?

—Deja que te lo explique en la cocina. ¿Cómo se llama? —señaló con el mentón al cerdito.

El animal no dudó en sumarse al rebaño de ovejas como uno más.

—Siete Millas.

—Un nombre extraño —reconoció el hombre.

—Es una broma interna.

—Entonces vuelves a bromear —susurró Walter Barlow, y los ojos le brillaron de dicha. Su CJ estaba de regreso en casa, no solo su cuerpo, sino también su espíritu—. Ven, tengo café recién hecho.

—Si he interrumpido una cita, puedo ir al pueblo, papá. Incluso puedo ir a Ponderay y comprar lo que necesites mientras tú… ¿sirves galletas con forma de animalitos a tu cita? —completó, confundida.

Su padre carcajeó.

—¿Una cita? ¿Con quién, cariño? —volvió a reír. En ese pueblo se conocían todos. Y las mujeres no abundaban. Ni los hombres. Ni la gente en general.

—Mmm… ¿con Margaret Caldwell, tal vez?

La idea divirtió aún más al señor Barlow.

—Si esa mujer coqueteara conmigo, lo haría solo para que firmara su permiso para el bosque.

—¡Vaya! Ni eso ha cambiado. —Margaret Caldwell era una conocida viuda de Careyville, madre de su amigo del instituto Ethan Caldwell y dueña de uno de los ranchos más pujantes de la zona.

Por no decir el único pujante. Llevaba años queriendo hacerse con el terreno de los bosques entre el rancho de los Whitmore y el de su padre.

Eran tierras estatales e Idaho no tenía problema en venderlas, pero debía hacerlo con la aprobación de los lugareños, que se resistían a renunciar a los bosques naturales.

—No, aquí todo sigue más o menos igual.

—Excepto por las ovejas… y las galletas… y el delantal… —enumeró CJ.

—Oh, eso… ¿café?

—¡Y el café! —agregó C.J.—. ¿Desde cuándo lo haces en cafetera italiana? —preguntó, sorprendida al ver la moka burbujear.

Su padre estaba dando un rodeo para no responder.

¡Esperaba a alguien y no quería decir a quién!

A esas alturas, CJ estaba más preparada para oír a su padre salir del armario y reconocer que había empezado una relación con Whitmore, a quien al parecer le gustaban las galletas de animalitos, que para escuchar lo que realmente estaba sucediendo.

No porque fuera a espantarla, sino porque no se lo esperaba.

Como una imagen vale más que mil palabras, la respuesta apareció ante ella montando una vieja Ford roja. CJ increpó a su padre una última vez con la mirada antes de asomarse a la ventana de la cocina y observar a los recién llegados.

El hombre aparcó junto al sedán de CJ Abrió la portezuela y descendió, regalándole a la inesperada testigo una estampa completa de su anatomía.

—Vaya… —se le escapó a CJ

El hombre era alto y musculoso; su cabello rubio quedaba medio oculto bajo una gorra deportiva echada hacia atrás.

Llevaba solo una camiseta gris ceñida al cuerpo.

Posiblemente porque en la camioneta tendría puesta la calefacción.

El frío no parecía afectarle demasiado. La camiseta dejaba al descubierto sus brazos musculosos, que no tardaron en abrir la parte trasera de la Ford para bajar dos maletas de cabina de buena marca.

Eso sí que no encajaba con la imagen de ranchero rudo que CJ se estaba formando.

Tampoco lo hizo la jovencita que bajó por la otra puerta y que, sin más, dio un portazo tan fuerte que los pájaros salieron en bandada de las copas de los árboles.

—Sí, es él —le dijo su padre antes de abandonar la cocina e ir al encuentro de los recién llegados. Antes de salir al porche, Walter cogió su sombrero de vaquero y se lo caló, encarnando al auténtico ranchero del norte de Idaho.

—¿Sí es quién? —preguntó CJ, saliendo tras su padre. ¿Quién demonios era? ¿Y por qué ella debía conocerlo? No, si hubiera visto a ese hombre en otra ocasión, se acordaría de él.

Siete Millas también se acercó a husmear; se colocó junto a CJ para examinar al recién llegado.

—No lo mires así, que no es Brad Pitt —bromeó con el animal. No añadió que, para ella, estaba mucho mejor; le gustaba el estilo de hombre rudo que desprendía. En el fondo, seguía siendo una chica de rancho.

—¡Bienvenidos a Barlow Airbnb! —los saludó Walter Barlow, y a CJ casi se le desencajó la mandíbula de la sorpresa.

—¿Airbnb? —murmuró.

Los ojos del recién llegado se posaron en ella y la recorrieron con bastante descaro, aunque sin una pizca de deseo en sus iris color miel. ¡Auch!

—No sabía que hubiera más huéspedes —fue la respuesta, bastante descortés, del recién llegado.

—Oh, no. Ella es mi hija, Claire Juniper Barlow.

¿Claire Juniper? ¿De verdad, papá, me presentas con los dos nombres delante del hombre más guapo que he visto en años?

Sonrió, primero de manera forzada y luego de forma genuina.

¡Estaba encontrando guapo a un hombre! Vale que ese se lo estaba poniendo fácil, pero… ¡estaba encontrando guapo a un hombre!

Primero había hecho una broma tonta con un cerdito y ahora sus ojos se posaban en el mundo exterior, lejos del oscuro mundo interior que la había habitado durante años.

—Claire Juniper en persona. —Dio un paso al frente, extendió la mano y esperó a que el recién llegado se la estrechara.

Sin importar que la sorpresa fuera mutua, su lealtad estaba con su padre, y si este decía que ella le ayudaba con su Airbnb, así sería—.

Aunque prefiero… ¡en realidad exijo! que me llaméis CJ

El extraño le tomó la mano y la estrechó con firmeza.

—Patrick Gallagher. Ella es Mae.

La adolescente alzó apenas la mirada con el desprecio que solo pueden mostrar los de su edad.

Era una muchacha bellísima, con una melena rubia dorada y unos ojos azules que competían con el cielo.

Llevaba el cabello peinado hacia un lado, cayéndole algo enmarañado sobre la mejilla derecha.

Allí cubría una enorme cicatriz que le nacía en el cuero cabelludo y descendía hasta el mentón, marcando en el camino la ceja y el labio.

CJ solo pudo pensar en cuánto debió de doler aquello.

—Bienvenidos —respondió en cambio.

—Mire, señor Barlow, si realmente hubo un cambio de planes —insistió Gallagher—, no hay inconveniente. Buscaré otro alojamiento temporal o…

CJ no lo sabía, pero en la página donde había publicado el hospedaje indicaba que solo él atendía el lugar, ofreciendo un ambiente hogareño.

—Claro que no. Todo sigue igual, ya verá. Venid, venid —los invitó—, hay café y galletas. Aunque…

Walter Barlow había asumido que la hija de Gallagher era una niña, no una adolescente, lo cual demostraba la poca experiencia del hombre en el rubro de la hostelería. No le había pedido más información que esa a su inquilino.

Los Gallagher dudaron. En especial Patrick, que parecía algo incómodo por la presencia de CJ.

—Si os incomoda —propuso ella en broma—, podemos cubriros esta noche en el Sheraton del pueblo.

—¿El Sheraton? —preguntó Mae, alzando una ceja. Luego arqueó apenas la comisura de la boca—. Menos que el Hilton sería un insulto.

CJ rio. Pasó por alto la extraña expresión de Patrick Gallagher, indescifrable: a medio camino entre la de alguien que se ha tragado una avispa mientras iba en bicicleta y la de quien intenta contener un pedo.

Pero ella prefirió quedarse con el hecho de haber descubierto que Mae no era tan arisca; solo tenía un sentido del humor sardónico.

—Lo siento, Mae, pero el Hilton está siempre a tope. Tendréis que adaptaros a Barlow Airbnb.

—Vale. —Se encogió de hombros y cogió su maleta de cabina—. De todos modos, el desayuno del Sheraton apesta.

Entró en la cabaña y dejó a su padre petrificado en la entrada. CJ se apartó para dejarlo pasar y el hombre tardó en reaccionar.

—Le prometo que no muerdo.

—Joder, papá, que es solo una mujer bonita —se quejó Mae desde dentro. Pese a su reticencia, cogió una galleta de animalitos y se la llevó a la boca. No le importaba la forma, sino el sabor. Estaban mil veces mejor que las industriales que conseguían en Boston—. Ni siquiera es tu tipo.

La pasividad del señor Gallagher se transformó en una exhalación controlada, como la de un gran maestro de yoga. Hizo un leve gesto de cabeza hacia CJ a modo de saludo, rendición, disculpa y todo lo que un simple gesto pudiera abarcar, y dio un paso al frente.

—¿Y cuál crees que es mi tipo, Mae? —gruñó con su voz gutural.

—Las que cometen crímenes. Los criminales son las únicas personas que te importan en el mundo.

Soltado semejante desplante, la joven volvió a coger su maleta de cabina, se colocó una galleta entre los dientes, pidió permiso con un gesto a Barlow para subirla y se fue a su nueva habitación. Que, huelga decir, era la antigua de CJ.

Patrick volvió a exhalar lentamente. CJ tuvo una imagen nítida de su espalda bajo la camiseta, de los músculos tensándose y relajándose hasta que los omóplatos volvieron a marcarse bajo la tela.

—Gracias por la bienvenida. Subiré las maletas y luego nos encargamos del papeleo.

—¿Papeleo? —preguntó Walter—. ¡Ah, sí, el papeleo! —Recordó que debía firmarse un contrato. Era muy nuevo en aquello.

—Siento lo de antes —se disculpó con CJ sin apenas mirarla.

—No se preocupe. Si su tipo son los criminales, me alegro de no dar el perfil —bromeó.

Patrick se volvió. En su rostro se dibujaba un ceño que CJ no supo descifrar. ¿Le había molestado el chiste? ¿O aquello del crimen era un asunto serio?

—Yo también me alegro, porque todo indica que seré su sheriff.

Y con esa declaración la dejó pasmada, de pie, antes de perderse por las escaleras. CJ cogió una galleta de animalitos y se la llevó a la boca, intentando digerir lo que acababa de ocurrir.

—Necesito muchas explicaciones —dijo, con la boca llena. Miró a Siete Millas, que había entrado en la cocina al olfatear comida—. Y tú, chitón. No le dirás que en realidad los dos somos su tipo.

—¿Qué delito habéis cometido? —preguntó Walter, sirviendo el café.

—Ninguno —respondió ella, con gesto inocente. Cruzó la mirada con el cerdito. Habría jurado que Siete Millas adoptaba la misma expresión, y eso la hizo soltar la tensión en una carcajada—. Un Airbnb, eh? Sirve café y ponme al día.