Raíces Capítulo uno
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Capítulo uno

Montana, presente.

El sol entraba por la ventana y dibujaba cuadros dorados sobre el edredón.

En la parte que no alcanzaba la luz, una maleta abierta, con un par de cosas dispuestas al azar, esperaba a ser cerrada para emprender el viaje.

Claire Juniper Barlow, CJ para los amigos, se sentó en el retazo de sol y elevó el rostro, con los ojos cerrados, para disfrutar del calor.

El invierno remitía. Los días comenzaban a alargarse y el cielo, a despejarse.

En los picos de las montañas aún brillaba la nieve.

Blanca, deslumbrante. Era la época más peligrosa en Montana, porque la gente se confiaba.

Los senderistas regresaban al ruedo, animados por las temperaturas, y bastaba un desprendimiento de hielo o un alud para hacer desaparecer a una comitiva entera en las laderas.

Los caminos tampoco eran fiables. La interestatal era la única carretera segura: ancha, bien mantenida y con túneles.

Los caminos alternativos, en cambio, eran una invitación al accidente.

Ella cogería un camino alternativo.

El sol calentaba su piel, pero no conseguía atravesarla. Hacía mucho que su piel se había vuelto un escudo impermeable. No dejaba entrar el calor del mundo, pero tampoco dejaba salir el dolor que habitaba en ella.

Empezaba a insensibilizarse. ¿Y qué era la vida sin sentir? Ese enorme vacío que la carcomía.

Cogió el móvil para escribir a su amiga Sussy. Sabía que estaba en París y que su móvil estaba sin cobertura. Según le había dicho, se apañaba con el internet del hotel.

—Me vendrá bien la desconexión —reconoció.

CJ le había sonreído sin decir más; un silencio cargado de la esperanza de que Sussy añadiera un «¿no te apetece venir?». Una locura, ¿verdad?, planear un viaje a otro continente con una semana de antelación. Dejarlo todo e irse con una amiga como si fueran adolescentes.

Sí. Una locura. ¿Qué haría con todo lo que tenía en Montana?

CJ: Iré a casa de mi padre unos días. Me ha hecho mella eso de la desconexión, y nada como un rancho en Idaho.

Dudó si agregar un «ja, ja». Prefirió que no; sería extraño viniendo de ella. O, al menos, viniendo de la CJ del presente.

Se puso de pie, fue hasta el baño, cogió un par de cosas sin prestar atención y las metió en la maleta. Luego la cerró, decidida. Se vistió con una sudadera y un pantalón de chándal bien abrigado, cogió su chaqueta de nieve y las zapatillas de correr, y arrastró la maleta hasta el coche.

La lanzó al maletero con bastante más fuerza de la necesaria.

—¿Desde cuándo tengo un coche? —masculló. Ella era una chica de todoterrenos.

Sabía la respuesta: lo había comprado cuando soñaba con una familia, cuando pensaba que sería más seguro para colocar allí una sillita infantil y más fácil aparcar cerca de la puerta del supermercado cuando fueran a hacer la compra.

No lo pensó más. No quería vacilar, ni dudar, ni postergarlo. Llevaba demasiado tiempo planeándolo, analizando cómo lo haría. Porque sí, lo único que la retenía en ese mundo era su padre. Le partía el corazón saber que lo haría sufrir; quería ahorrarle la verdad: «su hija se ha suicidado».

Prefería hacer pasar aquello por un accidente. «Su hija ha cogido la carretera secundaria, ha perdido el control y se ha despeñado por un barranco». Era más fácil de entender, ¿verdad?

La vista se le nubló por las lágrimas.

—Lo siento, papá —dijo al vacío.

El mensaje a Sussy era para dejar constancia de que ella solo planeaba una visita sorpresa al rancho, para despejar dudas. No había llamado a su padre porque, cuando no llegara, se angustiaría.

—Lo siento, papá —repitió, abandonando la interestatal y tomando la carretera de montaña.

Zigzagueaba. Subía por un tramo estrecho hasta la cima para volver a bajar.

Cuando un coche venía de frente, ella debía arrimarse bien a la ladera para dejarlo pasar.

En el siguiente tramo sería al revés: CJ sería quien condujera junto al precipicio.

Sabía dónde perdería el control; lo haría cerca del mirador.

No demasiado, claro, no quería arruinarles la vista a los turistas…

Ni delatar sus verdaderas intenciones. Su padre lo adivinaría si moría junto a un lugar que supo ser tan importante para ella.

—Estoy tan cansada… —murmuró.

Ni siquiera encendió la radio ni puso música en el móvil. El zumbido del coche bastaba; se asemejaba al zumbido vacío de su cabeza.

—Ya no puedo más. Simplemente no puedo más.

Jamás pensó sentirse así. Ella solía ser vivaz, feliz, la persona con la que todos querían estar.

El alma de la fiesta, la amiga que encontraba la forma de alegrarte cuando algo malo te sucedía…

Ya no. CJ se había perdido en la neblina de la depresión y no conseguía hallar una luz ni siquiera para empezar a buscar una salida.

El letrero indicaba que estaba a diez millas del lugar elegido. Diez millas, un volantazo y fin. Sabía que la caída sería letal; probablemente moriría en el acto. Eso esperaba. Pero estaba tan desesperada que estaba dispuesta a correr el riesgo de que no fuera así.

Nueve millas.

Ocho millas.

Siete millas.

Clavó los frenos y por poco se va al barranco antes de tiempo.

—¡Mierda! —masculló. Los instintos habían sido más rápidos que la voluntad—. ¡Joder! Habría sido la muerte perfecta.

La idea la hizo reír. Una risa que nacía de un humor negro que nunca la había caracterizado. Ella era de las que se reían con chistes fáciles, juegos de palabras y dobles sentidos; no de ese humor sofisticado y sarcástico que encuentra la risa en la desgracia.

Hasta ahora.

Empezaba a comprender eso de «mis traumas, mis chistes». Porque de pronto se encontraba mirando a un cerdito en la carretera, riendo hasta que le dolía el estómago, pensando:

—¡Qué buena muerte me he perdido! —y la idea la hacía carcajearse una y otra vez. Aún podía aprovechar la oportunidad; estaba sola en la carretera. Bueno, sola no—. Cerdito, único testigo —volvió a reír ante el titular inventado.

El animalito la miraba con sus ojos negros, redondos e inteligentes. CJ puso las luces de emergencia, miró hacia atrás para asegurarse de que no viniera nadie y bajó del coche.

—Vaya, qué cuidadosa me he vuelto de repente con mi vida —reconoció con sorna.

El cerdito seguía en la carretera. Era bastante pequeño y miraba asustado hacia el barranco y hacia ambos lados del camino.

—Oye… ¿qué haces aquí?

El animal la miró con miedo y retrocedió cuando ella se acercó. Antes de que diera un paso más, escuchó unos gritos y juramentos masculinos.

—¡Mierda, se nos ha escapado uno!

—Ese cerdo del demonio, no sé cómo coño aprendió a abrir la maldita valla.

—Te juro, Rick, que en cuanto lo coja lo haré tocino. ¡No me importa si puede crecer más! Haré tocino al muy maldito y me lo comeré con mis huevos revueltos.

—Pues que sepas que seremos dos.

Las voces se agitaban; venían de la montaña. CJ buscó a los hombres entre los árboles. Aún no estaban tan arriba como para que la montaña fuera pura roca. Lo sabía muy bien: faltaban siete condenadas millas.

CJ miró al cerdito, asustado y decidido a vivir. Probablemente nacido en cautiverio y, aun así, resuelto a prolongar su existencia un día más. Puro instinto animal. Pura ley natural.

El cerdito consiguió algo que nadie más había logrado en años: atravesar el grueso escudo de su piel, los callos de su corazón; enseñarle que siempre hay una nueva oportunidad si te atreves a vivir un día más.

Ella era la oportunidad del cerdito.

—Ven… —lo llamó.

El animal la miró con la misma desconfianza con la que observaba a todos esos bípedos lampiños que comían tocino.

—Ven, se acercan.

Se oía el crujido seco de las ramas bajo los pies de los rancheros. Sabía que de algún sitio salía el tocino, que no crecía en las estanterías del supermercado, pero verlo allí, vivo y coleando, le generó ganas de hacerse vegana.

—Ven, no te cocinaré, lo prometo. Vamos a Idaho, ¿quieres? Así que eres listo, ¿eh? Así que sabes abrir puertas. Pues yo sé algo mejor que hacen los cerditos listos. Ven… ven…

El animal dio un paso al frente, luego otro, y CJ fue capaz de cogerlo en brazos.

—¡Rayos, sí que pesas! ¿Cuántas chuletas crees que sacaré de ti? —El cerdito pataleó en el aire—. ¡Bromeaba, bromeaba! Te enseñaré a buscar trufas, ¿qué te parece? Encontraremos algo que hacer, algo que nos dé un día más a la vez. ¿Trato?

El animal dejó de patalear.

—¡Vaya, sí que eres listo! Pensaré que hablas inglés. Tal vez, en lugar de buscar trufas, debas dedicarte a dar clases.

Recibió como respuesta un olisqueo al aire. Ella lo dejó en el asiento trasero y se subió al del conductor. Puso el coche en marcha y, antes de que pudiera retomar el camino, los dos rancheros aparecieron en la carretera y le hicieron señas para que se detuviera.

CJ maldijo. La habían pillado.

Miró hacia el asiento trasero por el retrovisor y soltó un:

—Lo siento.

Bajó la ventanilla y asomó el rostro.

—Señores…

—Ma’am, ¿ha visto un cerdo por aquí?

A CJ se le cortó el aliento. La muerte ya no le resultaba tentadora, ni la suya ni la del animal, ni la de nadie. ¡La muerte era un puñetero sinsentido! La muerte podía esperar.

Abrió la boca y de sus labios salió una fragrante mentira:

—¡Pues sí! Casi me mato; se me ha cruzado en la carretera. ¿O creéis que me he detenido en medio de la nada para admirar el paisaje?

Actuó verdaderamente ofendida.

—Lo sentimos, ma’am. ¿Por dónde se ha ido?

—Por el barranco. Cruzó como una exhalación. Mirad las marcas que han dejado mis neumáticos.

Eso era cierto, pero el cerdo era más listo de lo esperado: no había optado por el barranco.

«Vaya —pensó CJ—, un animalito es más listo que yo».

Le entraron de nuevo ganas de reír, de reír como una posesa.

—Vale, ma’am, gracias —dijo uno de ellos, no sin apuntar con una linterna innecesaria al interior del coche. La llevaban porque, en el bosque, cuando se espesa, el sol apenas atraviesa las copas. Pero allí, en plena mañana, esa luz solo servía para incomodar a CJ.

—¿Busca algo? —preguntó ella.

Algo delataba la culpa de CJ, porque el hombre se acercó a mirar dentro del coche. La mujer palideció. Intentó mantenerse impasible, pero empezaba a temblar de miedo. ¿Qué les diría cuando vieran al cerdito?

—No, nada —respondió el hombre al no encontrar rastro del animal. Miró a su compañero y negó con la cabeza—. Que tenga buen viaje, ma’am. Le recomiendo que coja la interestatal; estos caminos son muy peligrosos a esta altura del año.

—Le agradezco el consejo. Que tenga buen día.

Los hombres asintieron con la cabeza. No llevaban sombrero, pero no lo necesitaban para delatar que eran vaqueros de pura cepa. O porqueros, para ser más específicos. CJ se puso en marcha y condujo tensa un buen tramo, hasta que la nariz del cerdito asomó por el asiento delantero del acompañante.

—Conque ahí te habías metido, listillo.

El animal salió reptando de su escondite y se ovilló en la alfombrilla de los pies.

CJ condujo en silencio, hasta que el silencio se le hizo pesado.

Encendió la radio y comenzó a sonar «Burning House», de Cam.

La letra empezó a calarle dentro y serenó al cerdito.

Recorrieron las siete millas hasta el lugar en el que CJ había planeado suicidarse.

Redujo la velocidad, lo atravesó a paso de hombre y cada metro que dejaba atrás se convirtió en una bocanada de aire, en un latido, en un nuevo deseo de vivir. Volvió la mirada hacia el cerdito.

—Siete Millas —lo bautizó—. Mis Siete Millas.

En el mirador se detuvo. Aparcó y se apoyó en la barandilla de seguridad. Los bosques de Montana se extendían ante ella, se prolongaban hasta fundirse con Idaho. Hasta convertirse en el hogar que dejó de joven, cuando perseguía un sueño que ahora parecía una pesadilla.

Podía volver a casa. Podía regresar e intentarlo de nuevo en Montana. O podía convertir aquella mentira en verdad, vivirla hasta hacerla cierta.

—¿Sabes? —le dijo al animal, que se había sentado junto a ella como un perro bien entrenado—.

Hemos cometido un delito. Te he robado, ¿lo entiendes?

—Se echó a reír—. Somos como Thelma y Louise, pero oye, yo no me he acostado con Brad Pitt, ¿y tú?

—Entornó los ojos—. ¿Te has acostado con Brad Pitt?

¡Vaya cochina has resultado! —Se echó a reír de su propio chiste malo—.

Pues ya ves, o nos lanzamos por el barranco como en la película o nos damos a la fuga. ¿Qué dices?

Volvió a mirar los bosques ante ella. También estaban cerca de la frontera con Canadá, pero eso le pareció excesivo. El humor había regresado, la risa, incluso el impulso de hacer locuras.

—Sí, eso creo yo —aceptó, regresando al coche—.

Seguro que no es un delito federal. Nos bastará con cambiar de estado.

—Cogió al cerdito en brazos y lo subió al coche—.

Iremos a Idaho. Cuando todo se incendia, hay que volver a la raíz y ver si aún se puede salvar la planta.

Y ¿sabes, Siete Millas? Creo que aún podemos salvarnos. ¿Tú qué dices?

Volvió a la carretera. No tomó la interestatal. No porque quisiera provocarse ya un falso accidente, sino porque quería sentir… sentir el camino a casa.