Raíces
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Prólogo
Boston, dos años antes…
—Tendrías que agradecerme, Gallagher. Gracias a mí eres famoso —dijo Jonathan Reed el día que la vida de Patrick Gallagher se fue al carajo.
—Me comería mi propia mierda antes de agradecerte, Reed.
Jonathan Reed, apodado por la prensa como el Asesino del Espejo, encontró la sugerencia muy graciosa.
—¡Venga ya, Gallagher! Admite que te encanta, que lo disfrutas, que adoras saber que la historia conocerá tu nombre.
—El hombre se inclinó sobre la mesa de interrogatorio.
Las esposas tintinearon, metal contra metal—.
La historia conocerá al gran Patrick Gallagher, pero siempre asociado a mí.
El detective que atrapó al Asesino del Espejo.
—Volvió a recostarse en la silla, tanto como las esposas se lo permitieron.
—Nadie se acordará de ti, Reed —prometió Patrick, pero era una gran mentira. Joder. Harían documentales del desgraciado, películas tal vez, especiales televisivos, y él… él sería mencionado como el gran detective de Boston que atrapó al hijo de puta.
Jonathan Reed ni se molestó en responder; prefirió mirarlo desde su posición relajada.
—Ni tú te lo crees, Patrick. Te gusta este juego tanto como a mí.
Gallagher se puso de pie y recogió sus carpetas.
Estaba allí porque quería verlo con sus propios ojos.
Había trabajado tan duro, se había dejado el pellejo para atrapar al muy maldito.
El hijo de puta asesinaba a mujeres guapas, las violaba y luego las sentaba frente al espejo, montando una escena hollywoodiense de los años cincuenta.
—Lo que estoy disfrutando es verte vestido de naranja —respondió. Echó un último vistazo. Parecía irreal. Había soñado tantas veces con atrapar al maldito que verlo al fin con la vestimenta de presidiario se sentía como una puñetera fantasía erótica.
—Sabes que tengo razón —le dijo el peor asesino en serie de Boston de los últimos años—, sabes que eres como yo.
Quieres la fama, quieres el reconocimiento.
No me habríais cogido si no fuese porque me gustan las luces tanto como a ti, y lo sabes, querido Patrick.
Ve… ve… —lo animó—. Las cámaras y los focos te aman, niño bonito de la policía de Boston.
Ve a estrechar la mano del alcalde y del jefe del departamento.
Ve a lucir tus ojitos de golden retriever y a hacer quedar bien a los sabuesos.
—Lo mejor de esto es que no tendré que escucharte ni un minuto más.
—Oh, sí. Oirás hablar de mí muchas veces más.
—Antes de que Gallagher cerrara la puerta de la sala de interrogatorios, el Asesino del Espejo soltó una última pulla—.
Por ejemplo, cuando nos contacte Hollywood.
Yo estoy seguro de que, en nuestra película —dijo, resaltando el «nuestra»—, alguien como Paul Mescal interpretará mi papel.
Da el pego, ¿no crees? Pero ¿quién hará de ti?
—fingió pensar. Patrick cerró la puerta y apenas llegó a escuchar la conclusión—. ¡Bradley Cooper!
—Vete a la mierda —masculló junto al clic de la puerta al cerrarse.
En el pasillo, un joven policía uniformado traía unas corbatas, como si fuera un maldito asistente de plató.
A Patrick se le revolvieron las tripas porque sí, el jodido asesino tenía razón: las cámaras lo amaban y él…
él amaba las cámaras. Tenía treinta y cinco años y ya estaba en la cima; era el detective de Boston que había atrapado al Asesino del Espejo.
¡Mierda! Sus entrevistas tenían más alcance que las publicaciones de las Kardashian.
Todos sabían quién era; hasta tenía una página de fans.
—El alcalde dice que use la azul —dijo el uniformado.
Patrick cogió la corbata y se la anudó al cuello de la camisa mientras leía el titular de la prensa.
Las cámaras enfocaban el podio vacío con el escudo de la Policía de Boston.
Detrás, el águila y la bandera de Estados Unidos.
El titular: «En minutos habla Patrick Gallagher».
Sin más, su nombre ya no necesitaba aclaración; todo el puñetero país sabía quién era.
—Terminemos con esto. —En un acto de vanidad, miró su reflejo en el espejo de seguridad que evitaba puntos muertos en la vigilancia.
Su móvil sonó. Patrick colgó sin prestar atención siquiera a quién llamaba. Entró en la sala de prensa; los flashes lo cegaron, el barullo lo aturdió y la adrenalina recorrió su cuerpo.
El móvil volvió a sonar. Patrick lo apagó sin sacarlo del bolsillo.
Ese simple acto cambiaría su vida para siempre.