Raíces de sangre (Herederos del desierto 2) Capítulo 18. Despedida
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Capítulo 18. Despedida

Despedida

A melia

Despedirme de mi vida anterior ha sido un sentimiento agridulce.

De momento dejaré mi piso vacío y tal vez lo alquile.

No lo sé. Hemos ido al colegio de Cris para abrazar a las profesoras, también les dijimos adiós a los amables vecinos y hemos empaquetado todo.

Juan se ha ido a dar una vuelta, por lo visto, hacía mucho que no venía a la ciudad.

Eva se reúne con nosotros para tomar algo. Está enfadada. Mi madre acude y mi tía, aunque se va mañana de viaje con su nuevo novio, también viene a despedirse.

—Es una decisión precipitada, Mely —dice mientras Cris elige un trozo de pastel con mi madre—, y encima vas a tener que cuidarlo.

—Eso está feo, Eva. No es justo. Me he enamorado del hombre, pueda o no caminar. Y podemos tener sexo. Eso siempre une a la pareja y a los hombres, bueno, les alivia poder ser… funcionales.

—¿Y no puedes pasar unos meses para ver qué tal te va? No sé, de repente, dejarlo todo y mudarte. Es demasiado rápido. Abandonas todo por él.

—No te abandono, Eva. Hablaremos todos los días y puedes venir a casa cuando quieras. Estamos unas tres horas.

—¿Con ese gilipollas de amigo que tiene? No tengo ningún interés en verlo.

—¿Y a nosotros? Es decir, ¿no vendrás a vernos por no coincidir con él? ¿Te perderás ver crecer a Cris por un tío? Te estás comportando como una niña, Eva.

—Vaya, la anciana —dice enfadada. Luego, me mira y me abraza—. Lo siento, Mely. Es que pensar que te vas a ir a vivir lejos y que no te veré cada semana me pone de los nervios. De todas formas, hablaré con Mateo.

—¿De verdad? —bufo—. No tenemos que pedirte permiso ni tienes que mirar los antecedentes penales de Mateo. —Se queda callada—. ¿En serio? ¿Los has mirado?

—Deformación profesional. Y está demasiado limpio, Mely. Ni una multa. Eso no es normal.

Me echo a reír.

—O a lo mejor es un tío legal. Por favor, Eva, no me lo pongas difícil. Lo amo de verdad y me voy a ir. En ti está el seguir en contacto o no.

Ella chasquea la lengua.

—Por supuesto que sí. Perdona. Es que estoy muy estresada en el trabajo. Demasiadas complicaciones.

—Pero vendrás.

—Sí. Iré un par de días solo, necesito despejarme. Espero no ver a ese indeseable, de todas formas.

—No tienes por qué.

—Mami, ¿podemos llevar a papá tarta de esta tan rica?

—No creo que llegue en buenas condiciones, pero si son galletas, vale.

Nos sentamos y mi madre me coge de la mano, con una sonrisa.

—Te veo tan feliz y a Cris, que, aunque te eche de menos cada día, me alegro mucho por ti.

Miro a mi hermana. Eso es lo que esperaba de ella, pero frunce el ceño. Está enfadada, pero se le pasará.

—Tengo ganas de ver el rancho, me ha dicho Cris que es muy grande.

—Mucho. Y tienen vacas y caballos. La semana que viene iremos a ver el cole de Cris, pero ya conoce a niños que van allí.

—¿Y tu trabajo? —pregunta Eva.

—Puedo teletrabajar todo el tiempo. Y tal vez visite a otras empresas de la zona, puede que encuentre nuevos clientes. Sé que Mateo tiene bastante dinero, aunque no sé en qué nivel está y poco me importa, pero me gusta mi trabajo y seguiré.

—Claro que sí. No te quedes colgada —dice Eva. Mi madre y yo nos miramos y ella suspira.

Al final, terminamos la comida en buena sintonía y después de recoger nuestras pertenencias y algunos muebles, pocos, nos dormimos.

Juan está contento, ha hecho algunas compras.

Al día siguiente nos volvemos hacia el que será nuestro futuro hogar.

Cris canturrea alegre con mi madre y Juan.

Eva conduce sola, quizá todavía está enfadada.

Y yo… yo estoy emocionada y muy enamorada.