Raíces de sangre (Herederos del desierto 2) Capítulo 17. De vuelta
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Capítulo 17. De vuelta

De vuelta

M ateo

Al día siguiente, Amelia y Cris se marchan a la ciudad acompañadas de Juan que les va a ayudar a recoger todas sus cosas. Ojalá pudiera ayudarles yo, pero al menos, sé que es para quedarse de forma definitiva.

A pesar de todo, me quiere. A pesar de todo, se quedan. Suspiro aliviado y llamo a mi doctora.

—¿Mateo? ¿Todo bien?

—Mejor que bien. Ayer pude, bueno, pude hacer el amor.

—¿Tuviste una erección y acabaste?

—Sí, doctora. No pude mover las piernas, pero sentí el placer. ¿No es increíble?

—Vente al hospital, te haré alguna prueba. Pero, Mateo, puede que eso no signifique que puedas caminar, ¿de acuerdo? Eso sí, me alegro mucho. Cada paciente es un mundo.

—Mañana por la mañana estaré allí. Gracias, doctora. Estoy muy contento de todas maneras.

—Es para estarlo. Nos vemos mañana.

Cuelgo, feliz y llamo a Noah. Escucho el rugido de una máquina cuando me contesta.

—Un minuto, que me alejo del transformador.

Lo escucho caminar y luego vuelve a hablarme.

—¿Todo bien?

—Mejor que bien. Ayer hice el amor con Amelia, Noah. Y me funcionó bien.

—Oh, Dios Santo. Nunca me había alegrado de que un amigo echara un polvo. En tu caso, es para celebrarlo.

—Sí. Mañana me va a ver la doctora, dice que no me ilusione, pero joder, es una gran noticia. Si esto se va despertando…

—Le daremos las gracias a Amelia por despertar a tu polla.

—No seas así, joder.

Se echa a reír y yo también. Estoy muy feliz. Me cuenta algunas cosas y charlamos un rato. Luego, el enfermero viene y me ayuda a subirme a la nueva silla, para que salga. Las piernas siguen sin funcionarme, lo sé. Pero quizá pueda arreglarse. Se lo comento en privado y él se alegra.

Salimos al porche y él va a por dos cafés. Mi padre se acerca.

—Hijo, qué contento estás hoy.

—Verás, papá. Aunque es algo muy… íntimo, creo que te alegrará saber que cierta parte se ha despertado y funciona… bien.

Me mira con la boca abierta y comprende. Sonríe.

—Me alegro, hijo. Son buenas noticias.

—Eso espero —suspiro. Esta noche se quedarán a dormir en su casa, porque hay mucho que recoger e imagino que querrá ver a su familia. Pero ya los echo de menos.

Me avisan que han llegado y que el camión de la mudanza tardará un día más. Al día siguiente, mi padre me lleva al hospital. Me hacen pruebas, y cuando vuelve con los resultados, en su rostro no hay una sonrisa.

—A ver, Mateo. Has recuperado cierta sensibilidad, pero la médula espinal parece sin recuperarse, al menos lo que concierne a las piernas. O al menos, a corto o medio plazo.

—¿Quieres decir que de momento no caminaré?

—No esperaba que pudieras hacer otras cosas, así que no voy a darte un tiempo, pero no será pronto. Y te diría que no procures hacer movimientos bruscos, nada de montar a caballo como me comentaste el otro día. Si lo haces, la médula puede seccionarse del todo y en ese caso… sería irrecuperable.

—Desde luego, no lo haré. Deseo volver a tener una vida lo más normal posible.

—Entonces, ten paciencia. Puede que recuperes ciertos aspectos, pero caminar es complicado. Al menos, de momento.

Nos despedimos algo desanimados. Mi padre camina a mi lado con la silla. Pone la mano sobre mi hombro.

—No tengas prisa, hijo. Tal vez cueste, pero lo conseguirás. Y si no lo haces, no será tan grave. Vivir en una silla no es la muerte.

—Lo sé, papá. Pero ya me conoces. No me voy a rendir.

—Hijo, solo quiero que sepas que aquí estaremos para lo que necesites.

—Me gustaría ir a una joyería, no voy a esperar a poder arrodillarme. Quiero pedirle matrimonio.

—¡Buena idea! —exclama emocionado. Después de comprarle un sencillo y precioso anillo, volvemos al rancho. Lo escondo en mi mesilla y salgo a comer.

Mi madre parece cansada, pero cuando le digo que voy a pedirle a Amalia que se case conmigo, se emociona.

No habíamos empezado a hacer ejercicios de recuperación, pero la doctora ya me ha dado permiso, así que los haré con toda mi motivación. Y puede que de momento no pueda ponerme de rodillas, pero estoy más que decidido a pedirle que se case conmigo.

Me llama por teléfono cuando estoy en el porche.

—Hola, cariño. Mañana volvemos pero…

—¿Ocurre algo?

—Mi hermana Eva se ha empeñado en que quiere hablar contigo cara a cara.

—Sin problema.

—No la conoces. Vendrá también mi madre y mi tía, si no te molestan. Ellas están afectadas por… nuestra mudanza.

—Hay habitaciones de sobras, Amelia. Pero no es solo eso, ¿verdad? ¿Te… arrepientes?

—No, no. No lo hago. Solo que es extraño. Aunque estemos a unas horas, no ver a mi madre casi a diario o a mi hermana todas las semanas será duro.

—Lo entiendo, Amelia. Y si tú quieres quedarte…

—No, Mateo. Te amo y te elijo. Solo quería decírtelo.

—Gracias —digo tragando saliva emocionado.

Le cuento lo del hospital y ella me tranquiliza. Mis padres se asoman una vez que termino y les comento que viene su familia.

—Podríamos hacer una barbacoa y presentarles a tus amigos.

—No creo que sea una buena idea. Su hermana y Darius se odian a muerte. No sé qué les pasó, pero no se llevan bien.

—Pues que aprendan a llevarse. Ahora seremos familia —dice mi madre. Asiento. Es cierto. Que se comporten. Advertiré a Darius… o mejor no. Sorpresa.

Encargamos todo para la noche del día siguiente y vuelvo a dormir solo. La echo de menos.

Aviso a los amigos que se vengan para una barbacoa. Casi me da la risa al imaginar sus caras. Incluso Darius, al que casi no le vemos el pelo últimamente, dice que va a venir.

Estoy impaciente, tal vez pueda decirle algo esa misma noche.

Al día siguiente, nos encargamos de los preparativos y, por la tarde aparece el coche de Amelia, un camión pequeño y un elegante mercedes.

Salgo a recibirlos y Cris se baja del coche corriendo para abrazarme.

Se sienta sobre mí y me llena de besos. Casi me emociono.

Gordito sale corriendo y se pone nervioso porque no llega a darle sus besos.

Cris se baja y lo achucha. Amelia se acerca, tiene el rostro cansado, pero sonríe.

Me da un beso y a continuación aparece Eva.

Morena, elegante y sensual. Me tiende la mano.

—Soy Eva Calderón, encantada de conocerte.

Su madre se acerca y me da un abrazo. Es una mujer muy parecida a Amelia, con el cabello blanco y una expresión amable.

—Pasad, por favor, estáis en vuestra casa.

Les presento a mis padres y Cris ya va corriendo por todo el prado. Eva alza una ceja.

—Este niño se ha vuelto un poco salvaje.

—Se lo pasa de maravilla, Eva. No seas así —riñe Amelia. Ella frunce el ceño, pero asiente.

Ella las ayuda a instalarse en la casa y se cambian mientras me quedo en el porche viendo a Cris. Amelia sale y se coloca a mi lado, bufando.

—¿Tan malo ha sido?

—Es mi hermana. Está insoportable, de verdad. No le apetecía volver. Por suerte, se quedarán solo unos días. Aunque mi madre no tiene prisa, ¿podría quedarse unos días más?

—No tienes que pedirme permiso, Amelia. Esta es tu casa. Claro que sí.

Me abraza y la siento sobre mis piernas para darle un beso como se merece. Alguien carraspea detrás.

—¿Puedo hablar contigo, Mateo? —pregunta Eva. Amelia me mira y asiento.

—Vayamos hacia los establos, el terreno está aplanado.

—Vamos.

Amelia la mira con una advertencia cosa que parece importarle poco y bajo por la rampa hasta alcanzar el sendero. Ella camina a mi lado. Paramos cerca de donde pastan los caballos.

—Mira, Mateo. No digo que este paisaje sea arrebatador y me alegro de que puedas tirarte a mi hermana.

Pero, joder, ella tiene un buen trabajo, un buen lugar donde vivir y toda su familia estamos en la ciudad.

Además, tendrá que cuidarte. Y que estés en una silla no es algo que me agrade, sobre todo por ti, pero comprende que ella se va a desvivir. Ya la conoces.

—¿Has terminado, Eva?

Ella me mira con los brazos en cruz.

—Sé que es una putada atarla a mí, Eva. Lo sé y a pesar de ello, tu hermana ha tenido a bien quererme y mudarse aquí. Lo nuestro era algo que debía haber sucedido en ese momento. Y ahora solo quiero recuperar ese tiempo.

—Mi hermana es muy buena, es capaz de adoptar a un perrito cuando lo ve abandonado. ¿Te has planteado que igual le das pena y por eso se queda?

—¿Por qué te jode tanto que me ame, Eva? No lo entiendo. Tengo una cuenta en el banco enorme y puedo hacerme cargo de mi futura esposa y de mi hijo. No me hacen falta piernas para hacerlo, joder.

—Lo que me jode es que es mi hermanita, que soy yo la que he estado cuidándola todo el tiempo, a ella y a mi madre. Perdimos a mi padre, ella vino embarazada y casi pierde a Cris, y ahora…

Se gira, disgustada. Puede que… empiece a comprenderlo.

—Que tu hermana se venga a vivir aquí no significa que la pierdas, Eva. Ella debe seguir su vida, como tú la tuya.

—No puedo, Mateo. Llevo… tanto tiempo cuidándolos a todos y el trabajo…

—Lo siento por ti, Eva. A lo mejor es el momento de liberarte de tus obligaciones, de ser tú misma y vivir tu vida.

Se gira, con los ojos enrojecidos y se aleja hacia un lado. Lo siento por ella. Vuelvo despacio hacia la casa. Amelia sale a mi encuentro.

—¿Qué te ha dicho?

—Está disgustada porque… os va a echar mucho de menos, Amelia. Pero así es la vida. Imagino que siempre se ha volcado con vosotros.

—Así es. Su trabajo y nosotros, no hay otra cosa en su vida. Quizá es hora de que le dé una oportunidad al amor. Ella es brusca a veces, pero nos quiere muchísimo.

—Lo sé, amor. ¿Quién no te iba a querer? Y estoy deseando que duermas conmigo esta noche.

—Bueno, algo haremos —dice con una sonrisa—, he visto que hay algo de lío. ¿Has organizado algo?

—Una barbacoa, para celebrar vuestra vuelta.

—Ay, Dios, ¿con Darius?

—Es mi amigo. Vendrá.

—Uf, pues sabes que igual se lía, ¿verdad?

—Es mi familia como tu hermana es la tuya. Que se acostumbren.

Ella se echa a reír.

—Desde luego, va a ser una velada entretenida.