Raíces de sangre (Herederos del desierto 2) Capítulo 16. Caballos salvajes #2
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Capítulo 16. Caballos salvajes #2

Eva me ha gritado cuando le he contado todo, pero la he tranquilizado diciéndole que estoy enamorada y ha prometido venir a vernos con mi madre y mi tía en cuanto acabe un caso muy importante.

Por fin llevan a Mateo a casa. Hemos adaptado la habitación con arneses para que pueda incorporarse, su padre ha instalado una televisión y todo lo que hemos pensado que puede utilizar.

Un enfermero que han contratado lo lleva hasta la cama y le ayuda a subirse.

Se coloca con una expresión de alivio y cansancio.

—Qué bien estar en casa de nuevo.

Cris está remoloneando. Un día lo llevé al hospital y lo tuve que sacar porque lloraba. Está muy afectado. Mateo lo mira y abre los brazos.

—Un abrazo me vendría muy bien para mejorar, Cris.

Él sube a la cama con mucho cuidado y se sienta a su lado. Mateo acaricia su rostro y cuando me giro, estamos los tres solos.

—Me ha dicho mamá que nos quedamos en el rancho. Y que empezaré el cole nuevo.

—¿Y qué te parece, Cris?

El niño suspira.

—Me gusta vivir aquí. Pero mis amigos del cole o la otra abuelita y mi tía Eva no están.

—Pueden venir a visitarnos cuando quieran. Tenemos habitaciones libres —dice Mateo. Cris asiente.

—¿Y ahora serás mi papá para siempre?

—Sí —contesta él tragando saliva—, aunque de momento, parece que no voy a poder levantarme de la cama. Tal vez no pueda enseñarte a… ir en bicicleta.

Procuro no llorar, pero Cris mueve la cabeza.

—Cuando estés bien, prefiero que me enseñes a montar a caballo, pero uno de esos que se portan bien. Por aquí la bici no es muy práctica.

Me tapo la boca, no sé si reír o llorar y a Mateo creo que le pasa lo mismo.

—Eso está hecho, campeón. ¿Y qué te parece comenzar en el nuevo colegio?

—Van mis amigos, así que no pasa nada. Y dicen que en el autobús escolar se lo pasan muy bien. Tengo ganas de empezar.

—Eso es estupendo.

—Cris, hay que echar de comer a las gallinas —dice su padre desde la puerta y él le da un beso a Mateo y se va corriendo. Él se echa con los ojos cerrados. Me acerco y le tomo de la mano.

—No sé si puedo, Amelia. Una persona como yo tan…

—La silla te la traen mañana. Al menos podrás salir de la habitación. Tu padre ya ha mandado poner rampas por todas partes. E incluso hemos estado viendo sillas adaptadas.

Traga saliva y besa el dorso de mi mano. —Te prometo que me recuperaré y cuando lo haga, me pondré de rodillas y te pediré que te cases conmigo.

Abro la boca y no sé qué decir.

—Eso es… ¿y si no te recuperas? ¿Nunca me lo vas a pedir?

Él sonríe de lado.

—Si piensas que no me voy a recuperar, estás muy equivocada. Me puede costar un tiempo, pero lo haré.

Me acerco a él y le doy un suave beso. Él acaricia mi costado, pero lo paro.

—Señor Navarro, estamos a plena luz del día. No puedes meterme mano.

—¿Y por la noche? Podrías visitarme. Al menos para dormir juntos.

—No quiero hacerte daño si me muevo.

—No lo harás. Vente esta noche. Por favor.

Suspiro y asiento.

—Tengo que ir a trabajar un rato. Te dejo el mando de la televisión.

Él refunfuña, pero no dice nada. Me marcho al despacho que tenían casi como trastero.

Sus padres lo han acondicionado para mí y, aunque la conexión a veces es algo inestable, me da lo suficiente como para trabajar.

El día pasa entre unas cosas y otras. Le ha pedido al enfermero que lo asee y no sé por qué no puedo hacerlo yo, pero él insiste en que no quiere darme más trabajo.

Esa noche, paso a su habitación en camisón cuando Cris ya duerme. Se ha movido y ha dejado un sitio para mí.

—Qué ganas tenía de que vinieras a mi cama, Amelia.

Me río suave y me meto con él. Abre el brazo y recuesto mi cabeza contra su pecho desnudo.

—¿En serio? ¿Sin camiseta?

—Sé que te gusta mi cuerpo. Quiero… acariciarte, Amelia. Lo necesito. Por favor.

—No es necesario. No…

Pero él ya me ha tomado y me besa con toda su pasión. Atrae mi cintura a su costado y su mano se desliza por debajo del camisón, acariciándome la espalda. Gimo en su boca y él arrasa con mi cuello.

—No, no, esto no está bien.

—¿Por qué? Que no me funcione a mí no significa que no pueda hacerte disfrutar. Por favor, déjame llevarte al placer total.

Y cedo. Porque a estas alturas, estoy segura de que lo necesita quizá más que yo.

Sus manos me acarician, el camisón desaparece y me mueve para disfrutar de mis pechos, mientras él se mete en mi humedad y me acaricia en círculos.

No tardo mucho en balancearme contra su mano, jadeando.

Y cuando siento que mi fin está cerca, lo beso con fiereza, dejándome llevar.

—Me encanta, Amelia.

—Eres malo, Mateo —digo y me coloco un poco sobre él, con mi rodilla sobre su muslo. Entonces, lo noto.

Levanto la sábana y la veo, erguida. Hasta él se sorprende.

—No… no me he dado cuenta. ¿Cómo es posible?

—¡Es bueno! Podría… hacer algo.

—O súbete encima, amor, métela a ver qué pasa… si quieres.

—Pero si te hago daño, avisa.

Me coloco encima de él y meto su erección en mí, sin perder de vista su rostro.

—¿Notas algo?

—Sí, noto un poco. Noto el placer. ¡Dios!, esto es maravilloso. Muévete, amor.

Me balanceo y subo y bajo, cada vez más excitada. Él gruñe y me toma de las caderas. Me muevo sutil, para no dañarle, pero entonces él jadea.

—Creo que me voy, Amelia.

Un estremecimiento le recorre todo el cuerpo y noto el calor de su semen en mí, así que me dejo llevar yo también.

Me retiro y miramos su miembro semierguido con una sonrisa.

—Esto se lo tengo que decir a la doctora.

—Ay, es una buena noticia, pero me da apuro.

—Es una maravillosa y memorable noticia —dice él y nos acurrucamos en su cama, con un atisbo de esperanza en nuestro ánimo.