Raíces de sangre (Herederos del desierto 2) Capítulo 16. Caballos salvajes
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Capítulo 16. Caballos salvajes

Caballos salvajes

A melia

—¿Es Mateo? ¿No dijo que él no montaba?

Sus padres están pálidos mientras lo miramos cuando intenta sostenerse en el caballo. No deja de ser muy atractivo y hasta sensual, pero no es en lo que pienso, sino en esa caída. Incluso sus amigos están tensos.

—No iba a montar.

El caballo es muy salvaje y me estoy poniendo enferma. ¿Y si se cae? Cris se asusta cuando salta tanto y se esconde en mi cuello, sin querer mirar. Después de unos momentos angustiosos, consigue calmar al caballo y nos mira sonriendo. Pero no yo puedo devolvérsela. Estoy aterrada.

Cuando se mete, su padre me dice que vayamos a hablar con él. Dejo a Cris lloriqueando en brazos de su abuela.

Me lleva por los vericuetos del recinto hasta que llegamos a verlo. Es cierto, vestido así está realmente atractivo, pero no puede ser. Y lo peor, es que va a volver a montar. No puedo ni hablar, ni quiero que me vea llorar.

Antes de subir otra vez a las gradas, me apoyo en la pared, llorando amargamente. Si le pasa algo… si… no quiero que se caiga. Lo… amo y no podría….

Alguien me toma del brazo y me acuna en su pecho. No sé quién es, pero lo necesitaba.

—Le quieres mucho. Y no es una pregunta.

Me aparto deprisa. Es Darius. Me mira con el rostro serio.

—Va a volver a montar, ¿y si se cae?

—Confía en Mateo, sabe lo que hace. Aunque no debiera haber montado.

—Dice que el que había contratado les ha fallado.

—Qué putada. Tu hijo está llamándote, deberías calmarte y volver.

Miro a Darius.

—¿Por qué eres amable de repente?

—Quiero a Mateo. Y quiero lo mejor para él. Y por lo visto, eso debes de ser tú.

Se marcha sin que pueda contestarle, pero me limpio la cara y ensayo una sonrisa. Cuando llego a la grada, Cris está más tranquilo, hablando con Noah y al llegar, me abraza.

—¿Va a montar en otro caballo salvaje?

—Eso creo. Pero es un buen jinete.

—Me dan miedo los caballos.

—Ya sabes que todos no son así. Solo estos dos. Esperemos.

Lo abrazo mientras veo a Mateo salir sobre una yegua blanca.

Su padre aprieta los labios. Me da la mano.

Todo parece ir bien y nos vamos tranquilizando, pero cuando lo tira, todos nos levantamos asustados.

Él se pone de pie enseguida, recoge su sombrero y nos saluda.

Respiramos cuando coge las riendas y se dirige a la cuadra.

Pero el sonido de unos petardos agitan a la yegua que se levanta de manos y le da una coz en la espalda de Mateo. Grito y dejo a Cris con Noah. Salgo corriendo a través de las gradas, desesperada. Se llevan a la yegua y llegan los paramédicos.

No sé si grito, o lloro, pero cuando llego allí, me apartan con suavidad.

—¡Es mi marido! ¡Es mi marido! —grito y una paramédico me deja pasar. Examinan la coz en la espalda y me miran.

—Lo llevamos al hospital. La columna está dañada. Puede venir.

Con mucho cuidado lo giran y lo echan en la camilla. Me subo en la ambulancia mientras llegan sus padres. Les hago un gesto que les llamaré. Me siento al lado de Mateo, mientras los paramédicos le ponen gotero. Acaricio su rostro.

—Mateo, mi amor. Mateo.

Él parpadea. Me mira, pero tiene los ojos vidriosos.

—Amelia….

—Estoy aquí. Cuando estés bien, hablaremos tú y yo de la tontería que has hecho —digo llorando. Él esboza una pequeña sonrisa.

Luego, vuelve a quedarse inconsciente, pero no suelto su mano. Llegamos al hospital y lo meten deprisa al quirófano. Me quedo de pie, abrazándome, temblando y alguien me lleva a una sala de espera.

—Espere aquí, la avisaremos, señora Navarro.

Asiento. Al poco, llegan sus amigos y su padre.

—No sé nada todavía —digo desesperada. Su padre me abraza.

—Cris está con la abuela, Juli los llevó a casa.

—Estará aterrorizado.

—Bastante nervioso.

Asiento. Alguien pone una botella de agua delante de mí y bebo. Pasan las horas y no puedo ni sentarme. Paseo por la sala, mirando hacia fuera cada dos minutos. Noah se pone delante de mí.

—Amelia. Tex es muy fuerte, saldrá de estas como ha salido de otras. Ya lo verás.

Me echo a llorar y me abraza, consolándome. Me acompaña para que me siente y Bianca me da la mano. La espera me está destrozando.

No sé cuántas horas han pasado, hasta que llega una doctora que pregunta por sus familiares. Su padre y yo nos levantamos y nos lleva aparte.

—La operación ha ido bien, es decir, Mateo la ha superado, pero… la coz seccionó una parte de la médula y aunque hemos hecho lo posible, no sabemos si realmente se recuperará.

—Pero ¿qué quiere decir? —pregunta su padre. Él y yo nos hemos cogido de la mano.

—Pues que no sabemos si volverá a caminar, depende de cómo cicatrice. Hay una posibilidad del sesenta por ciento de que no lo haga. Lo siento mucho. Pueden pasar a verlo.

Nos miramos, horrorizados.

—Si hay un cuarenta por ciento, mi hijo lo aprovechará. Tiene muchas razones por las que vivir —dice convencido.

La acompañamos y llegamos a la habitación. Está sujeto con hierros y un collarín. Su padre le da la mano y él se la aprieta. Después de hablar un rato, dice que va a buscar a su madre. Nos quedamos solos.

Se gira hacia mí.

—Lo siento, Amelia.

—No es tu… culpa.

Estoy enfadada y él abre su mano. La tomo.

—Al menos las manos me funcionan. Pero no sé lo demás. Hay posibilidades, me han dicho.

—¿Por qué has hecho esa tontería, Mateo?

Me echo a llorar y él me atrae contra su pecho. Me apoyo en él, llorando y me abraza. Levanto la cabeza.

—No deberías consolarme a mí. Eres tú el que estás en la cama.

—Estás enfadada y es normal. Pero me recuperaré. Ya lo verás.

Le sostengo la mano y él acaricia mi rostro. Poco a poco voy calmándome. Sus amigos se asoman y él les invita a pasar.

—Joder, tío, voy a pillar a quien tiró el petardo y lo voy a demandar —dice Darius enfadado.

—No, de verdad. Sería algún crío. Déjalo.

—Lo importante es que te recuperes —dice Noah también serio—, iremos a tocarte las narices lo que sea necesario para ello.

Arranca una sonrisa de Mateo, pero no me ha soltado la mano. La acaricia muy suavemente y eso me tranquiliza.

—Lo bueno, es que las manos y la lengua te funcionan de momento —dice Logan. Darius se ríe y Noah mueve la cabeza.

—Qué capullo eres, Logan —dice Mateo, pero no se ha enfadado.

Bianca se pone a mi lado y los mira mal. —Si vais a ser tan idiotas será mejor que os vayáis. Lo mismo tiene que descansar. Venga, vámonos todos y lo dejamos tranquilo con Amelia.

Se los lleva y casi se me escapa una sonrisa. Aprovecho para peinar un poco el cabello revuelto de Mateo y él me mira fijamente.

—En eso tiene razón Logan.

—¿En qué?

—En que un hombre puede hacer muchas cosas con las manos y la boca. Al menos, temporalmente.

—¡Mateo! Esto no es una broma —suspiro—, entonces, ¿no sientes los pies?

—Nada de cintura para abajo, Amelia.

Me acerco al final de la cama y levanto la sábana. Rozo sus piernas, sus pies y él niega. Lo vuelvo a tapar.

—Te recuperarás, ya lo verás. La doctora ha dicho que es posible.

—Es posible, sí. Pero también puede ser que no. Amelia, yo… quiero decirte que… no te sientas obligada a quedarte por estar así. Puedes… seguir tus planes.

Antes de que pueda contestar entran Fernando, Juan y sus padres. Me retiro para que su madre pueda abrazarlo, lo mismo que su familia. Hablan un rato, su madre sin duda ha llorado. Luego se acerca a mí.

—Cris está con Juli. Quería verte, ¿podrías hacer una vídeo llamada? Se quedaría más tranquilo.

Se lo comento a Mateo, que acepta al segundo. Llamo a Juli y ella se pone con Cris, que mira asustado a la cámara.

—Campeón, estoy bien, no te preocupes.

—Por favor, papi, ponte bien. Me asusté mucho.

Mateo traga saliva. Creo que es la primera vez que le llama papá y nos emocionamos. Habla y bromea un poco con él hasta que le hace reír. Mientras ellos hablan, su madre me lleva aparte.

—Amelia, no sé qué habrás pensado hacer, pero si tú… te tienes que ir… nosotros lo vamos a cuidar.

—Elisa. No quiero irme. Me quedo. No se lo he dicho a él, pero me gustaría quedarme a cuidarlo. Matricular a Cris en el colegio, trabajar aquí. Yo…

—Amas a mi hijo. Pero ahora es una gran responsabilidad, cariño. Él no podrá valerse y habrá que… hacerle todo, ¿comprendes?

—Lo comprendo y lo acepto.

Ella se limpia una lágrima y asiente.

—Entonces, me vuelvo con mi nieto que necesitará un abrazo de la familia. Quédate si quieres aquí y nos iremos turnando. Te traeremos ropa y comida, si te parece.

—De acuerdo. Sé que sois sus padres, pero no quiero moverme de su lado, al menos todo lo que pueda.

—Eso me agrada, hija.

Se despiden todos y Mateo me mira.

—Deberías ir a descansar, aquí estoy bien atendido.

Frunzo el ceño.

—Vaquero cabezota. Pienso quedarme y me da igual lo que digas. No me voy a ir.

—¿No te vas a ir… mientras esté hospitalizado? —pregunta mirándome esperanzado.

—Me quedo hasta que te den de alta y luego cuando estés en casa, o cuando te recuperes. Simplemente, me quedo, Mateo. Nos quedamos contigo.

Él traga saliva y cierra los ojos. Me acerco y le doy un suave beso en los labios. Él se aparta.

—No es justo para ti, Amelia. No en estas circunstancias.

—Ah, mira, ya decidiendo por mí. Me da igual lo que tú digas. Y si no me iré a vivir a casa de tus padres.

Suelta una risa y limpio sus lágrimas. Me mira y acaricia mi rostro.

—Te quiero, Amelia, pero no te puedo pedir algo así.

—No me lo pides. Lo hago porque quiero. Porque te quiero, Mateo. Y no hay más que decir.

—Entonces, ahora toca beso.

Sonrío y me acerco. Nuestro beso es suave, ligero, pero su mano recorre mi espalda y me estremezco. Me aparto y me mira con una leve sonrisa.

—Si llego a saberlo, me pongo delante de Silver para que me cocee antes.

—No sé cómo puedes bromear con eso.

Me siento a su lado y hablamos un rato. Al menos, no parece conmocionado y puede que sea algo temporal. Rezo por ello.

Los días pasan entre el hospital y la casa. He hablado con mi jefa, y ha aceptado que teletrabaje. En cuando a mi hermana o mi madre, están disgustadas.