Raíces de sangre (Herederos del desierto 2) Capítulo 15. ¿Un error?
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Capítulo 15. ¿Un error?

¿Un error?

M ateo

Me despierto algo despistado, pero cuando me doy cuenta de que ella está acurrucada en mi pecho, me pasan dos cosas.

La primera es completamente fisiológica y me aparto para que no note mi excitación.

Pero la segunda es que verla dormir en mis brazos me emociona tanto que no puedo evitar que mi corazón se alborote.

Acaricio su espalda con suavidad, sintiendo su dulce aroma y me tengo que levantar, por mucho que me pese, o acabaré explotando.

Sin hacer ruido, salgo de la cama y voy directo a la ducha. Noah me dijo ayer que me declarase, que le dijera que estoy enamorado, que seguro que ella siente algo por mí.

Pero me da miedo alejarla. Si le digo que la amo y ella no siente eso por mí, la alejaré.

Y eso sí que no podría soportarlo. Me marcho a dar una vuelta.

Apenas amanece pero mi mente sigue nublada.

Voy a visitar a todos los potrillos que hoy exhibimos en el rodeo.

Están bien cepillados y limpios. Tenemos dos grandes caballos sin domar, que son los que montará el especialista que viene de lejos para hacer la exhibición.

Me monto en mi caballo castaño. El sol empieza a despuntar y me remango un poco.

El caballo entiende que hoy no trotamos y se desliza perezoso por el prado.

Los rayos de sol sacan brillos de su lomo.

Me quito el sombrero y aprovecho para peinarme un poco.

Casi sonrío cuando recuerdo a Cris y su obsesión por pasarse el peine. ¿Qué voy a hacer si se van?

Me vuelvo a poner el sombrero y troto un poco hacia los prados, donde han reunido a una pequeña cantidad de vacas, las más lustrosas, para mostrarlas en el rodeo. Veo a Juan a lo lejos conduciendo el pequeño rebaño. En una hora llegan al recinto, así que lo acompaño un rato.

Le doy las indicaciones que él ya sabe, pero aguanta paciente. Mi primo es un tío estupendo y trabaja como el que más.

—Oye, Tex. Amelia…

—¿Qué ocurre?

—No pasa nada. Me cae muy bien, a todos. Y Cris, tu hijo es genial. Nos ha ganado y le tenemos mucho cariño.

—Di lo que tengas que decir, Juan.

—No sé, tío. Pareces colado por ella y ella por ti. ¿Por qué no le dices algo? Pregúntale si se quiere quedar contigo.

—No es tan fácil, Juan.

—¿Por qué? Porque lo veo simple. Oye, Amelia, estoy enamorado y me gustaría comenzar una vida juntos. Si te dice que no, pues al menos, ya lo sabes.

—¿Cuándo has empezado a ser tan sensato? —pregunto con una sonrisa.

—Ser el más joven de la cuadrilla hace que todos quieran aconsejarte y no son malos consejos, primo. Algún día deberías escucharlos. Todos tienen una opinión sobre lo tuyo. Y, la verdad, nunca te habíamos visto así con Belinda. Ni de puta coña.

—Ya….

—¿Y si te dice que sí, Tex? ¿Y si ella quiere quedarse contigo?

—Tiene su trabajo, su familia, el colegio de Cris.

Mi primo bufa y mueve la cabeza.

—Me ha dicho tu madre que puede trabajar con el portátil en casa, que ibas a poner Internet y si su madre y su hermana quieren venir de visita tienes habitaciones de sobra.

Además, Cris ya conoce a algunos niños que van al colegio de Dusty Creek.

Y el autobús escolar pasa cerca. Entonces, ¿a qué demonios esperas? ¿A que se vaya para siempre?

Me remuevo incómodo en la silla. Podría habérmelo dicho de otra forma, pero ha sido claro. Meridiano.

—No quiero que se vaya. Tienes razón, estoy enamorado.

—Inténtalo, primo. Nosotros te apoyamos y si te dice que no, beberemos juntos.

—Tienes veinte, tú no puedes beber —digo con una sonrisa.

—En público, no —sonríe pícaro—. Entonces, ¿le vas a decir algo?

—Joder, vale. Después del rodeo. Ahora tengo demasiado en la cabeza.

Él sonríe y silba a las vacas. Lo veo alejarse con un sentimiento un poco encontrado, pero tiene toda la razón. Se lo diré después del rodeo. Le diré que quiero que se quede, que estoy enamorado y que si desea ir despacio, lo haremos así.

Con ese convencimiento, paso la siguiente hora revisando los caballos y después me voy a la casa, para ducharme y ponerme el traje de vaquero.

Cuando llego, solo está mi madre.

—Papá los ha llevado a la zona del lago. Se ve que vio una familia de patos el otro día. ¿Qué tal vas?

—Bien, mamá. Creo que le voy a decir algo después del rodeo. Le diré que se quede conmigo. Con nosotros.

—Ya era hora, hijo. Ella también se la ve enamorada y nunca te habíamos visto así.

—Lo sé, lo sé. Pero puede que me diga que no.

—O puede que te diga que sí, Mateo. No lo sabrás si no se lo preguntas.

—Me voy a duchar y a vestir. Me adelantaré y luego acudís.

—Como siempre. Tranquilo, cariño. Lo harás bien.

Le doy un beso a mi madre y me ducho. Mi traje de vaquero es elegante, con una camisa blanca, pantalones azul oscuro y chaqueta a juego con detalles plateados.

Mi ascendencia es Mexicana y mi madre tomó la idea de unos mariachis.

Incluso el sombrero va a juego. Cuando salgo, ella me mira con aprobación.

—Estás guapísimo, Mateo. Menudo hombretón.

Salgo a buscar mi caballo cuando ellos vuelven. Ella se me queda mirando con la boca abierta. El efecto que parece hacerle mi traje me gusta, me llena de orgullo.

—Tex, qué traje tan chulo —grita Cris viniendo hacia mí, pero ella lo para.

—No lo toques que llevas las manos sucias. Estás estupendo, Mateo. Muy guapo.

—Gracias, Amelia. Me tengo que ir, luego vendréis con mis padres.

—¡Sí! ¡Sí! —exclama Cris emocionado. Le doy un beso en la cabeza y luego otro a ella en la mejilla sonrosada.

Después, me subo en el caballo y me marcho hacia el recinto que han montado. Estoy muy feliz, porque le diré lo mucho que la quiero.

Cuando llego, nuestros caballos ya están en su lugar y los potrillos, aunque parecen nerviosos, están acompañados de un par de empleados. Juan llega entonces con las vacas. Hay jaleo, ruido, mal olor y pienso que todo esto es lo que amo.

El capataz, Fernando, se acerca a mí muy serio.

—Tex. Joder, qué mala suerte.

—¿Qué ocurre?

—Pues el tipo de la exhibición, que ha tenido un accidente y no llegará.

—¡Joder! Pero nos tocaba al rancho Navarro hacer la exhibición de este año.

—He preguntado si había algún profesional libre, pero no pueden.

—No pasa nada, los montaré yo.

—No, Mateo. Joder. No has practicado con ellos.

—Llevo montando a caballo desde los dos años y en la edición anterior monté a Blackmoon. Estos son otros, sin más.

—Y te caíste. Casi te jodes la espalda. Le diré a la organización que nos ha fallado el jinete.

—He dicho que no. La gente se quedará muy decepcionada. Parece mentira que no confíes en mis habilidades, tío Fernando.

—Confío en ellas, pero estos dos caballos son muy salvajes. No querrás caerte. Acabas de recuperar a tu hijo, tal vez a ella.

—El rancho es muy importante. No se hable más. Lo haré yo. Consígueme la ropa.

Frunce el ceño, pero lo acepta. Llevo toda la vida montando a caballos salvajes y no me van a sorprender. Los he observado, sé cómo van a actuar.

Paseo por los puestos, saludando a otros rancheros, hablando con ellos sobre la situación, nuestros problemas, todo en general. Veo a mis amigos con sus parejas que se sitúan en la grada y los saludo con la mano.

Al poco, llegan mis padres con Amelia y Cris.

Me saludan desde lejos y yo les sonrío. En media hora me tocará salir con los caballos.

Voy a verlos, están pifiando inquietos, pero murmuro algunas palabras tranquilizadoras y parece que se calman.

Fernando me trae la ropa de montar con el rostro serio.

—No se lo habrás dicho a mis padres.

—No, pero se van a disgustar contigo y enfadarse conmigo por no impedírtelo. Eres padre, hombre.

Me echo a reír.

—Hay muchas cosas que se pueden hacer siendo padre. Ve a prepararlos, salgo enseguida.

Me quito mi traje de gala y me pongo el de vaquero, camisa clara, remangada, pantalones de trabajo, un sombrero normal y las protecciones. Ya estoy preparado. Subo al cajón donde está el caballo que se remueve dentro de lo poco que puede. Mi tío le coloca la silla y el caballo se inquieta.

—Todavía puedes cambiar de opinión, Tex —dice mi primo que también está ahí.

—Ya está bien, hombre. Voy a salir.

Trepo por la valla y me dejo caer en la silla.

El caballo se prepara para desmontarme, pero aprieto las rodillas y cuando anuncian mi turno, la puerta de la cerca se abre y sale volando.

Levanto la mano, agarrando las riendas, mientras el caballo cabecea y da coces.

El sudor corre por mi espalda, pero yo soy fuerte y puedo con él.

Lo intenta, pero al final, mi voluntad es más fuerte que la suya y tras unos minutos, acaba aceptando que yo soy quien manda.

Doy un paseo por el corral mientras aplauden. Cuando paso por delante de la grada, Amelia tiene las manos en la cara, asustada, mis padres están muy serios y Cris ha escondido la cara en el pecho de su madre. Me tocará dar explicaciones.

Me meto dentro de la cuadra y sale otro vaquero. Todavía queda Silver, que es una yegua bastante fiera. Mi padre y Amelia se acercan.

—¿Qué pensabas, hijo? ¿A qué viene esto? Dijiste que no volverías a montar.

—El vaquero ha fallado. Alguien tenía que hacerlo.

—¿Y por qué tú? —dice Amelia. Se nota que ha llorado. Acerco mi mano y acaricio su cara.

—Hay cosas que se deben hacer. Volved a la grada, por favor. Y tranquilos. No ha pasado nada ni va a pasar.

—¿Vas a montar también a Silver? —pregunta mi padre. Me encojo de hombros.

Amelia se va corriendo y él la sigue. Supongo que se enfadarán, pero son circunstancias especiales.

Me acerco al corral donde han puesto a Silver, una yegua blanca preciosa, pero muy temperamental. Todavía no han logrado ponerle la silla. Sus ojos están muy abiertos, puede que tenga miedo.

—Ten cuidado, Tex —dice Juan—. Está muy nerviosa. Hay petardos por ahí y le asustan esos ruidos.

—Gracias por el aviso.

Subo de nuevo a la cerca y me deslizo muy despacio sobre Silver.

Ella se remueve, pero lo acepta. Me agacho sobre su cuello, la acaricio y murmuro unas palabras tranquilizadoras.

Cuando avisan, abren la cerca. Ella sale como esperaba, salvaje.

Rodea el circuito, patalea, cabecea y miro a la grada.

Esa distracción hace que salga disparado.

La gente grita, pero me levanto y saludo. Estoy bien. No me duele nada.

Hay un suspiro de alivio. Recojo mi sombrero y me lo coloco y me acerco a la yegua, que parece nerviosa. Hablo con ella, acaricio su morro y la tranquilizo, hasta que deja de pifiar. No voy a volverla a montar, pero sí la llevo al establo de las riendas.

Entonces, alguien tira un petardo y ella patalea, me da en la espalda y caigo al suelo con un gran dolor. Después, la oscuridad me envuelve.