Raíces de sangre (Herederos del desierto 2) Capítulo 13. Si ella supiera…
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Capítulo 13. Si ella supiera…

Si ella supiera…

M ateo

La dejo en la biblioteca y no voy al dispensario, sino a hablar con Darius. El otro día se portó mal, dijo cosas desagradables, pero sé que era porque él desconfía de todos y después de saber que estuvo con su hermana, aunque no tengo ni idea de lo que ocurrió, quiero reconciliarme.

Entro en el club por atrás. Wyatt y otros empleados andan limpiando. Me señala las escaleras, así que subo a su casa despacho. Está sentado delante del ordenador y cuando levanta la vista enfadado, su rostro cambia a sorprendido.

—Pasa, Tex. Dame un momento. Sírvete algo.

Me siento, pero no quiero beber nada. No, porque luego tengo que ir a buscar a Cris y volver para ir a comer los tres juntos. Espero paciente y él acaba cerrando el portátil.

—¿Y bien? ¿Ya te ha pedido pasta?

—Joder, Darius. No seas tan cabrón. Venía a disculparme por darte una hostia.

Se levanta y se toca la barbilla.

—Todavía tienes buena pegada, aunque te hayas vuelto un blando. Viene por tu dinero, hombre. Menudas son.

—Lo que tuvieras o no con su hermana no tiene que ver con nosotros.

—Ah —dice con una sonrisa irónica mientras destapa la botella de whisky—, ¿ya hay un nosotros? Sí que avanza rápido la que parece que no mataría una mosca.

—Te estás pasando, joder —protesto levantándome. Él bebe de su vaso y se apoya en el mueble bar, con los brazos cruzados.

—He visto suficiente mundo para saber que cuando hay una chica sin dinero y un hombre con dinero, el resultado es sencillo. Boda, embarazo, divorcio y ruina para él.

—Además de ser bastante machista, no es cierto. No la conoces. No como yo. Y se va a ir. Cuando pase el rodeo, se irá.

Me dejo caer de nuevo en el sillón y él se coloca a mi lado, en el otro.

—¿Tan pillado estás? —pregunta sin rastro de ironía.

—No sé, tío. Puede ser. No creo que sea tan malo.

—No, malo no es, pero si te casas, haré un contrato prematrimonial.

—Joder, Darius. Confía un poco.

—Imposible. Soy abogado y me han dado las suficientes hostias como para aprender de ellas. Pero oye, si te quieres tirar a la piscina aunque no tenga agua, tú mismo.

—Es mi hijo. Sin duda.

—Sí, parece bastante probable, Noah me lo comentó. Aunque yo haría alguna prueba de paternidad, solo por si acaso.

—No es necesario. Si hasta se peina igual que yo. Le sale de natural.

Dairus esboza una leve sonrisa, efímera y casual.

—Bueno, tío. Lo que quiero es que seas feliz. Si ella te calienta la cama unos días y luego se larga, va bien.

—No nos estamos acostando, joder. —Me levanto, molesto—.

Mira, si te pones en plan borde, pasaré de ti.

No sé qué cojones te pasa y por qué quieres estropear una amistad por ser tan insultante con alguien que me importa.

Sé que es tu estilo decir lo que piensas, pero te estás pasando. Con Juli no te comportaste así.

Él da un respingo y me mira, confuso. Asiente.

—Perdona, Tex. Tienes razón. Pero es que eres un buen tío y no confiar en la gente es mi naturaleza. Tienes mi apoyo decidas lo que decidas.

Se acerca y me da dos palmadas en la espalda. —Gracias, no quiero dejar de ser amigo tuyo. Pase lo que pase.

—Y además soy tu abogado. —El cabrón ha vuelto, pero lo acepto.

—Un día te presento formalmente a mi hijo. Y aunque ella se niegue, quiero hacer un fondo para él.

Bufa y asiente, sin decirme nada. Bajo las escaleras más aliviado, me voy al rancho y recojo a Cris, que estaba emocionado haciendo un pastel con la cocinera.

Mi madre le ayuda a ducharse y se viste con una camisa azul como la mía.

Luego, vamos hacia la biblioteca, pero antes entro al ayuntamiento para que me conecten a Internet.

Me dicen que lo tendré en un par de días.

Cris va de mi mano saltando por la calle, parloteando sobre las gallinas, o sobre Gordito que se ha vuelto un salvaje y está todo el día en la calle.

Es un perro loco y sociable, pero también me ha adoptado.

Entramos en la biblioteca y le presento a Jim.

Cris le da la mano formalmente y él me mira.

Asiento. Jim es amigo de mis padres de toda la vida, además del padre de Bianca .

Sonríe y le hace una carantoña a Cris. Luego vamos a buscar a su madre.

Ella está concentrada, escribiendo y pienso que está preciosa.

Como tiene que acabar, vamos a la sección infantil y nos sentamos a leer.

¿De verdad no podría ser así mi vida? Amelia trabajando en la ciudad, Cris y yo recogiéndola. Él yendo al colegio de Dusty Creek. Viviendo la vida familiar que siempre he deseado.

Y no es solo por él. Es por ella. Cada día intento acabar lo antes posible solo por verla, porque me mire o me hable, por pasar un rato con ellos.

Incluso Juan se parte de risa por ver hacer mi trabajo tan deprisa.

Diría que han apostado por si se queda o no.

Y no me importa. Yo lo apostaría todo por ella.

Caminamos entre risas hacia el restaurante, pero por dentro, estoy molido. Necesito saber si de verdad podré seguir viendo a Cris, ya que no podría vivir sin él. Y sin ella, pero lo soportaré si es lo que desea. La paro un momento y la miro preocupado.

—Te ruego por favor que me permitas tener una relación con él. Aunque sea por vídeo llamada. Y podéis venir siempre que queráis al rancho.

—Claro, Mateo —dice y creo que está emocionada. Asiento, porque la besaría, porque le diría que me he enamorado y no puede ser. Se iría. Me agacho y le digo cualquier cosa del escaparate sin mirarla a ella. Y luego, nos vamos a comer.

A la vuelta, Cris se ha quedado dormido atrás Y ella mira por la ventana abierta. Voy despacio, porque quiero estar un rato más a solas. Ella se gira hacia mí.

—Hemos comido de maravilla. Al probar el pollo me trajo muchos recuerdos.

—Esa noche entramos de hurtadillas al granero —comento con una sonrisa.

—Yo creo que fue cuando concebimos a Cris. No sé por qué. Fue mágico.

—Lo fue, Amelia —suspiro, pero no me atrevo a seguir. Me recuerdo a mí mismo que está claro que ella no quiere más.

Seguimos en silencio, pero no se me hace incómodo. Ella mira por la ventana, apoyada en el lateral y con el rostro pensativo. Debo forzarme a mirar hacia delante, a no decirle que no quiero que se vayan, que sé que lo que siento por ella es amor. Joder. Esto va a ser una putada.

Llegamos al rancho y veo otro coche. Belinda. Aparco rápido y mientras Amelia saca a Cris, me acerco a ella, que sale del rancho con una sonrisa. Se lanza a mis brazos y me besa, pero la aparto.

—¿Qué haces aquí?

—Tex, te echaba mucho de menos y quiero que tengamos otra oportunidad.

Amelia y Cris pasan justo a mi lado y ella los mira y me mira.

—Lo siento, pero nosotros ya no somos nada. Amigos, si quieres.

—¿Te has liado con una madre? No puedo creerlo, Tex —dice apartándose.

—No es eso, Belinda. Es mi hijo, de una relación anterior. Solo está de visita.

—Ah, bueno. Entonces, ¿qué te parece si salimos a cenar y hablamos?

—En realidad, no hay mucho de qué hablar. Tenías toda la razón. Tú pusiste todo en la relación y yo no pude. Ahora entiendo por qué. Lo siento mucho.

—Así que el fantasma que no me decías era ella.

—Sí.

Ella mueve la cabeza y sonríe con tristeza.

—Es una pena, Tex. Sigo creyendo que éramos el uno para el otro. Te deseo lo mejor.

Se mete en el coche y se va. Suspiro. Tendré que darle una explicación a Amelia. Cuando entro, mi madre me señala su habitación. Ella está allí, recogiendo su ropa.

—¿Qué haces? Os ibais a quedar al rodeo.

—Estoy en medio, estoy, estamos…

La paro y la tomo de la cintura.

—Estuve con ella, es cierto. Pero jamás llegamos a comprometernos. Y eso es porque no olvidé a otra persona. Amelia, por favor, quédate.

Ella se calma y limpia mi boca. Puede que lleve carmín de Belinda. Paso mi brazo con fiereza, no quiero que quede rastro de ella porque deseo besarla. Acaricio su rostro.

—Eres tú la que me gusta, Amelia. Ni una más. Solo tú. Solo estaría contigo.

Apoya las manos en mi pecho y sonríe un poco.

—Me moría de celos, Mateo. Eso no está bien. No tengo derecho.

Sonrío satisfecho.

—Me encanta y eso es porque sientes algo.

—¿Y cómo no hacerlo? Eres una gran persona, trabajador y tan atractivo… pero no sé si esto es un espejismo, debido a nuestros recuerdos juntos y que, cuando vuelva a casa, todo se irá y yo me quedaré muy mal.

—O podrías vivir aquí. Me han dicho que pondrán Internet en un par de días. Y tu madre puede venir aquí cuando quiera, hay habitaciones de sobra. Hasta tu tía o tu hermana. No la acercaremos a Darius.

Se separa.

—Tengo que pensar, Mateo. Dame un tiempo, ¿vale?

—Me parece bien. Al menos no es un no.

—No, no lo es —contesta ella. Sin más, se pone a deshacer la maleta y salgo, aliviado.

Mis padres me miran y sonrío. Suspiran y se dan la mano. Cris anda echado con Sol y Luna delante de la chimenea y no se ha enterado de nada, afortunadamente.

Ella sale y se disculpa, pero mis padres la abrazan y tomamos a Cris y a Gordito y salimos a pasear. Juan me informa de que hay un problema con una vaca, así que tengo que dejarlos. Me monto al caballo rápido, casi de un salto y galopamos hacia el prado.

Hay un par de vacas que parecen enfermas. Pasamos el rato examinando a las más cercanas y las separamos. Cuando nos damos cuenta, son ya las once de la noche.

Dejo a un par de vaqueros y me voy a casa, sudado y frustrado. Así es mi vida. Es normal que no quiera pensar en vivir aquí.

Cuando entro, la casa está en silencio, se habrán ido a la cama. Me doy una ducha y salgo a mi habitación para ponerme el pantalón del pijama. Llaman suavemente a la puerta.

—Pasa.

—Te he escuchado —dice ella vestida con un liviano camisón. Se me hace la boca agua, pero disimulo como puedo—. ¿Todo bien?

Se sienta en la cama para escucharme. Se lo cuento todo, y parece incluso que le interesa. Me pregunta si es grave, le digo que no. Estamos hablando un rato hasta que disimula un bostezo.

—Deberías dormir —digo. Ambos estamos sentados en la cama, pero he dejado algo de distancia, por si acaso.

—Tu padre ha dicho que mañana había una fiesta prerodeo y que venía mucha gente a la barbacoa. No sé si nosotros deberíamos…

—Amelia, sois mi familia. Y estoy muy orgulloso de poder presentaros. Por favor. No te vayas… mañana.

Añado lo de mañana, porque para mí es un no te vayas nunca. Ella asiente y se levanta. Su cuerpo se transparenta ligeramente y noto una erección automática. Se gira para mirarme y sonríe.

—Buenas noches, Mateo. Y gracias por todo.

Se marcha. Y no, no quiero escuchar de sus labios un gracias. Solo quiero que me diga mi nombre cuando le haga el amor o cuando beba de su humedad, cuando lama sus pechos. Que gima y jadee cuando entre en ella y me mueva con fuerza.

Sin darme cuenta, mi mano ha ido a mover mi polla y acabo corriéndome. Joder, parezco un puto adolescente.

Limpio todo y me acuesto. Si ella supiera cuánto la deseo…