Raíces de sangre (Herederos del desierto 2) Capítulo 12. Visita por la ciudad
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Capítulo 12. Visita por la ciudad

Visita por la ciudad

A melia

Me meto en la cama totalmente avergonzada. ¿Qué narices estoy haciendo? ¿Por qué he tenido dudas y he dejado que me bese y… lo demás?

Lo escucho entrar en su habitación. Encima lo he dejado…

totalmente excitado y no es justo. Lo escucho echarse en la cama y un leve gemido me pone alerta.

¿Se estará dando placer? Pensar en sus fuertes manos sobre su erección me pone nerviosa.

Intento hacer oído, pero solo escucho un suspiro.

Otra vez estoy excitada. ¿Qué es lo que tiene Mateo que me hace que me humedezca nada más verlo?

Debería marcharme. Pero no puedo hacerles eso solo porque no puedo controlar mis impulsos. Doy una vuelta a la cama, intentando dormir. Al final, me levanto y salgo por mi ventana. No quiero hacer ruido, pero veo que él se asoma.

—¿Qué haces? Pensé que entraba alguien

Está solo con un pantalón y no puedo evitar mirarlo. La luna llena moldea sus músculos y acabo evitando su mirada.

—No quería molestar. No puedo dormir. Lo siento mucho, Mateo.

Se acerca a mí y acabamos sentados en el suelo, apoyados en la pared de ladrillos.

—Yo no lo siento, Amelia. Me gustó besarte. Sentirte.

—No es lo mejor, nos vamos a ir en unos días. Nos quedaremos… tocados y después… no sé, tenemos que seguir con nuestras vidas. Deberías encontrar una esposa que te ayude a llevar el rancho, alguien apropiado.

—¿Y si no quiero? ¿Y si quiero una urbanita?

—No. No puede ser. Esto ha sido un calentón, en realidad, no sientes eso por mí.

—Es difícil meterse en la cabeza de alguien y saber lo que siente —dice mirándome con cierta dureza—, pero está bien. No quieres nada de mí y ya lo he captado. No volveré a acercarme a ti de esa forma.

—Mateo, no te enfades…

—No. No lo hago. Simplemente estaba confundido. Buenas noches.

Se levanta y de un ágil salto, se mete por la ventana. Apoyo la cara en mis rodillas, procurando no llorar porque se enteraría. El problema es que ni yo misma sé lo que quiero.

Acabo metiéndome a la cama, durmiendo y pasan los días de una forma bastante aséptica. Es atento, trata con cariño a Cris y para mí solo hay palabras educadas, pero eso que quizá se hubiera podido dar, ha desaparecido. Y es mejor.

Cuando volví a casa, enfermé, tal vez algún tipo de virus.

Estuve un tiempo ingresada y luego vieron que estaba embarazada.

Eva se enfadó mucho conmigo. Pero luego dijo que lo cuidaríamos entre las tres.

Y el resto del embarazo no fue mal del todo.

Mi jefa me dejó teletrabajar. Y al poco de nacer Cris, conocí a Walter, a quien no le importó que tuviera un hijo.

Lo quise, pero… creo que nunca sentí ese amor loco y apasionado que tuve por Mateo.

Cuando estuvimos aquí, él seguía trabajando, se levantaba a las cinco o las seis, solo por estar el resto de la tarde conmigo.

Un día, después de hacer el amor en su furgoneta, se quedó dormido, agotado. Yo solo podía mirarlo.

Le he mentido diciéndole que para mí no fue nada, que fueron unos días, pero no es así. Y estos días en los que me habla lo justo, están siendo una tortura. Cada día tengo ganas de llorar.

Me levanto cuando Cris pasa a verme con Gordito. Ya tiene un suave color dorado en su piel y está emocionado con el nuevo sombrero a su medida que le compró Mateo.

—Mami, mami, ¡no podemos irnos!

—¿Qué dices, cariño?

—Es que mañana empieza el rodero me lo ha dicho el abuelito. Habrá muchos caballos y mucha gente. Por fa, por fa, por fa.

—El rodeo. Pero cariño, tengo que trabajar.

—Por favor, mamita —dice casi con lágrimas en los ojos. Me conmueve.

—Hablaré con mi jefa y solo si es posible, nos quedaremos. Si no, ya volveremos el año que viene.

—Vale. Pero quiero volver más días. Para Navidad hacen una fiesta con un Papá Noel gigante. Y para Halloween hacen calabazas con ojos.

Trago saliva y le doy un beso para salir de la cama.

—Ya veremos, me voy a vestir.

Claro, cómo no caí en que Cris se iba a enamorar de un lugar así. Va a ser duro para él volver.

Me meto en el baño y me doy una ducha rápida. Cuando estoy saliendo, Mateo entra corriendo, se disculpa y mete la mano debajo del grifo, abriendo el armario para buscar el botiquín.

Me enrollo con la toalla y salgo para ver qué ha pasado. Tiene un… enorme corte en la mano. Empiezo a marearme.

—Tranquila estoy bien. Dame los puntos de aproximación.

Le doy una gasa y se seca y luego se pone los puntos y acabo sentándome, respirando agitada.

—¿Estás bien?

Niego con la cabeza y él recoge todo.

—Tenía aquí el botiquín, perdona por entrar así. ¿Es la sangre?

Asiento, sin hablar. Suerte que no he desayunado todavía. Veo de reojo que se pone un vendaje con esparadrapo y limpia cualquier rastro de sangre. Se agacha delante de mí, mirándome preocupado.

—¿Qué te ha pasado?

—Nada importante, había vuelto para ir con Cris a ver el potrillo y me he cortado con una hoz del jardín.

—Estará… se te va a infectar —digo y él niega con una sonrisa.

—Estas cosas pasan a menudo. Estoy bien.

Intento levantarme y al hacerlo, la toalla se escapa y me quedo desnuda. Él me mira, pero cierra los ojos deprisa. Pero al agacharme a por ella, me mareo y me caigo de culo. Él actúa rápido. Me envuelve con la toalla y me coge en brazos. Protesto, pero me deja en la cama de mi habitación.

—Vístete. Esto es peor que cortarme.

Se marcha, enfadado. Siento ser una flojucha y sentirme mal cuando alguien sangra, pero me acuerdo de cuando estuve a punto de perder a Cris y me pongo enferma.

Acabo por vestirme y, antes de salir, llamo a mi jefa.

—¿Qué tal, Amelia? ¿Todo bien?

—Sí, bien. Cris está muy emocionado porque hay un rodeo la semana que viene y no sé si te vendría bien que pudiera tomar unos días más.

—Ah… justo uno de tus clientes está insistiendo en reunirse contigo. Se ve que quiere hacer un lanzamiento. ¿No podrías trabajar desde allí? ¿Te llevaste tu portátil?

—La verdad es que no sé si tienen Internet, estamos alojados en un rancho, pero podría ir a un lugar donde sí hubiera cobertura.

—Entonces, sin problema. Teletrabaja y me imputas las horas. Y por favor, queda mañana si puedes con tus clientes. Están impacientes.

—La gente tiene derecho a vacaciones.

—Eso es lo que les he dicho yo. Pero ya sabes.

—Hoy les escribo. Gracias.

—Disfruta mucho y lo mismo encuentras un vaquero interesante.

—No creo. Te digo algo.

Salgo un poco menos mareada y me sirvo un café. En la mesa hay tortitas y Cris me mira emocionado.

—Las ha hecho Tex. Sabe cocinar, mami. ¿Has hablado con tu jefa?

—Elisa, ¿tenéis Internet aquí? O buena cobertura…

—Hay, pero justa —dice Mateo—. ¿Os vais a quedar al rodeo?

—Si puedo trabajar desde algún lugar, sí.

Cris se levanta y empieza a mover el sombrero emocionado, lo que nos hace sonreír a todos.

—Hay una antena que podría darnos más cobertura, pero nunca la activamos. Mientras lo encargo, podrías ir a la biblioteca pública. Ahí tiene una buena red. Y hay alguna sala de trabajo. Conocemos al encargado, seguro que te dejaría una para ti sola.

Me mira esperanzado y asiento. Él sonríe y mira a Cris emocionado. Sus padres también. La abuela vocaliza un «gracias».

—Entonces, Cris, ¿te importa que vaya a la ciudad a trabajar un poco?

—Mamá, por favor, estoy con los abuelitos. Y tengo que cuidar de Gordito.

—Igual tienes que acompañarla, Mateo, puede que no sepa dónde está la biblioteca.

Él mira a su madre y luego a mí. Me encojo de hombros.

—Prepararé mis cosas. Pero la puedo encontrar, seguro que es fácil.

—Así te presenta al bibliotecario, a veces es un poco gruñón con los forasteros —insiste su madre.

—Mateo tendrá trabajo.

—Bueno, quizá aprovecho para ir al dispensario y que me miren la herida.

—Está bien. Vamos.

Desayuno y luego recojo mis cosas. Se empeña en que vayamos en su furgoneta y acabo cediendo.

—Te recojo cuando quieras, Amelia, no me cuesta nada, de verdad. Y si vas a terminar tarde, bajo con Cris y nos vamos a comer a algún sitio.

—Si lo puedes despegar del rancho, vale.

—Seguro. Hay un sitio donde hacen pollo frito casero que está de muerte.

—Ah, me acuerdo de él. Era delicioso.

Lo miro. Esa noche fue mágica. Él también parece recordar y sonríe, pero luego se concentra en la carretera. Llegamos al pueblo y aparca delante de la biblioteca, un edificio antiguo enfrente del hotel.

—Si me hubieras dicho que estaba aquí…

—Lo sé. Pero quería acompañarte y… disculparme por esta semana. Lo siento, Amelia. Respeto tus decisiones.

Suspira y sonrío ligeramente. Entramos en el edificio. Un hombre mayor saluda a Tex y él me presenta, pidiendo una de las salas.

—Por supuesto que sí, muchacha. Puedes quedarte el tiempo que necesites.

—Cuídamela —dice Mateo y con una sonrisa, se marcha. El bibliotecario, que andará por los setenta quizá, me sonríe también y me acompaña a una sala. Es pequeña, pero luminosa. Hay una mesa grande y un par de sillas.

—Te voy a dar la llave de la sala, por si tienes que salir para ir al baño y así cierras. Normalmente no pasa nada, pero hay algún chaval con ideas equivocadas.

—Gracias…

—Jim. Me llamo Jim. ¿Estás con Mateo? Con esa carita con la que te miraba…

—Somos… amigos, Jim.

—No diría que se mire así a una amiga, pero lo que tú quieras. Es que verás, lo conozco desde que nació y es un hombre estupendo.

—Lo sé. Muchas gracias, Jim.

Se marcha y coloco todo en la mesa. En realidad, es un sitio agradable y tranquilo, pero me riño a mí misma. No quiero estar pensando en qué pasaría si tomase una decisión. Y no.

El móvil me suena, sobresaltándome. Eva.

—Hola, hermana. Justo te iba a llamar.

—Tenía un momento libre. ¿Cómo va todo?

—Bien. Me he escapado a la biblioteca de la ciudad porque mi jefa necesitaba que me reuniera con un cliente. Resulta que esta semana hay un rodeo y Cris quiere quedarse.

Mi hermana bufa.

—No sé si es bueno. Quizá luego no quiera irse. Mamá te manda recuerdos desde el crucero. No tiene buena cobertura.

—Contéstale que estamos bien. Sus padres le han tomado mucho cariño.