Capítulo 11. Momentos de arrepentirse
Momentos de arrepentirse
M ateo
Sentirla apoyada en mi pecho hace que mi corazón se vuelva loco.
Procuro calmarme, pero es una sensación única y me hace recordar las tardes que pasamos haciendo el amor.
Cualquier sitio era bueno, nos volvimos locos.
Y puede que lo hubiera enterrado en mis recuerdos, pero tenerla en brazos aumenta mi memoria táctil, y veo esos momentos en mi cabeza.
Por suerte, llegamos o puede que arrase su cuello con mis besos. Cris se hace con todos, tiene una simpatía natural. Y estará mal que lo piense, pero no lamento que su esposo haya fallecido.
—¿Queréis quedaros a comer? Hay suficiente para todos —pregunta Juan. Amelia me mira y se encoge de hombros.
—Vale, rancho para todos.
Cris me mira y grita emocionado. El abuelo se lo lleva a ver un nido de pájaros y Amelia y yo los seguimos a la distancia. Ella se ha deshecho de mi abrazo con suavidad y ya la echo de menos.
—¿Hay serpientes o algún bicho así?
Me echo a reír.
—Hay de todo, pero tranquila, no se acercan a las vacas, a nadie le gusta que le pateen la cabeza. Cris está intentando trepar a un árbol y ella echa a correr, pero yo me adelanto y lo sujeto.
—Debes tener cuidado, porque trepar es peligroso si no sabes cómo bajar.
—¿Me enseñas, Mateo?
Asiento. Todavía no me llama papá y lo entiendo. Es bastante chocante incluso para él.
Le digo cómo tiene que trepar y practica ante la atenta mirada de Amelia que se muerde el labio, preocupada.
El pequeñajo resbala una de las veces y ella se asusta, pero lo cojo. Estoy muy cerca. Al final, ya ha practicado bastante y se pone a buscar flores o algo. Es bastante inquieto.
—Es un niño bastante movido, le cuesta concentrarse a veces, y le salva que es bastante inteligente. No sé qué tal le irá cuando sea mayor.
—Le irá bien. Y además aquí está muy emocionado, todo es nuevo. Supongo que también afecta haberme encontrado.
Su teléfono suena y se aleja un poco. Sonríe cuando habla y le da explicaciones a quien sea.
Luego hace una foto de Cris y del paisaje y parece enviarla, aunque estira la mano, porque según donde no hay cobertura.
Continúa hablando risueña y me mira, se retira un mechón de la oreja y luego aparta la vista, diría que sonrojada.
Me concentro en Cris y luego vamos de la mano para ver la hoguera. Juan se acerca a mí.
—¿Es tuyo entonces?
—Lo es.
—Pero no lo sabías.
—No, pero no hay más que verlo.
—Eso está claro. Entonces, ¿estás con ella?
—No. No de momento. No lo sé. Acabo de enterarme y estoy asimilándolo, pero feliz, Juan. Muy feliz.
—Me alegro, primo. Si te digo la verdad, Belinda no pegaba aquí.
—No sé si se va a quedar.
—Es muy bonita, Tex, deberías intentarlo. Si habéis tenido un hijo, no será raro estar juntos, ya me entiendes.
—Vale, déjalo ya. A comer.
—Sí, jefe —dice riéndose.
Preparan los platos y todos nos sentamos en la hierba, en el suelo, donde buenamente podemos. Cris acaba sentándose en mi regazo sin que yo se lo diga y me emociono. Amelia me mira y sonríe. Nos hace una foto con el móvil y me gusta que quiera tener un recuerdo.
Después de comer todavía estamos un rato más, hay terneros no muy grandes y a Cris le encantan. Anochece cuando volvemos de la misma manera que hemos venido, pero esta vez, Amelia no está tan tensa y se apoya en mí con naturalidad.
—Se ha dormido —dice mi padre sujetando a Cris. Sonrío.
Cuando llegamos, lo acostamos en la cama. Entre los dos le ponemos el pijama y se queda totalmente dormido. Mis padres ya se han retirado cuando entramos en la cocina.
—¿Quieres cenar algo?
—Estoy muy llena todavía.
—¿Y helado? Tengo de chocolate.
—Oh, tú sí sabes satisfacer a una mujer —dice riéndose. Me quedo un poco parado, ella se da cuenta y se muerde los labios—. Era broma. Pero sí quiero helado.
Saco un par de botes y nos ponemos dos cuencos para salir al porche. De nuevo nos sentamos en el balancín y miramos las estrellas. Podría ser tan fácil.
—Cris se lo ha pasado en grande. Y yo, aunque tenía algo de miedo, también.
—Es acostumbrarse. ¿Me cuentas algo de tu trabajo, de tu día a día?
—Bueno —dice chupando la cuchara y mirando al horizonte.
Trago saliva al ver su lengua y desvío los ojos—.
Nos levantamos pronto y después de vestirnos, llevo a Cris al colegio.
Yo suelo o bien trabajar en la oficina o en casa.
Mi jefa es bastante flexible con eso. Él se queda hasta las tres y luego lo voy a buscar.
A veces viene mi hermana Eva si no está muy liada, o mi madre o mi tía.
Las tres siempre rondan en mi casa, han sido un gran apoyo.
—Ya veo, ¿y tu trabajo? ¿En qué consiste?
Me mira curiosa y asiente.
—Diseño la marca de las empresas, redes sociales, escribo post, publicidad… normalmente son pequeñas y me encargo de cuatro cuentas ahora mismo. Y fíjate, una de ellas está en Buenos Aires. Querían a alguien que hablase igual inglés que español y tuve suerte.
—O sea que no sueles visitar a clientes —digo y ella niega.
—No es lo normal, aunque a veces hacemos vídeo llamadas.
Llevo tiempo con ellos y la verdad, nos entendemos bien.
Los fines de semana solemos reunirnos con mi madre y mi tía.
Mi padre murió y mi tía se ha ido a vivir con su hermana.
Aunque ella, que es más joven, quiere echarse novio y está intentando convencer a mi madre de que lo haga. Pero ella no quiere. Amaba a mi padre.
—El amor no se puede forzar.
—No.
—¿Y tu hermana?
—Eva es fiscal del distrito. Es dura de pelar.
Ella… bueno supongo que lo sabrás o te enterarás.
Se acostó con Darius, cuando nosotros estuvimos…
juntos. Él estuvo en la ciudad un tiempo con ella, pero luego rompieron de muy mala manera.
Casi se liaron a bofetadas, y yo, la verdad, lo insulté…
bastante. Defendía a mi hermana, claro y encima no me encontraba muy bien.
—¿Estabas embarazada entonces?
—Sí. Estuvieron juntos un par de meses. Bueno, él no creo que lo supiera, la verdad. No es que yo le viera a menudo.
—Ya. O sea que estuvo con tu hermana. No nos lo había contado. Aunque si te digo la verdad, ha tenido muchas relaciones.
—Eso es lo único que dijo Eva de él. Que le había sido infiel. Mi hermana valora mucho la lealtad.
—Darius es bastante reacio a comprometerse, solo lo hace con sus negocios, aunque ahora está preocupado por algo que no nos dice.
—Tú no eres así. Aunque sí estás comprometido con algo —dice y abre la mano con la cuchara—, con esto.
—Sí. Pero siempre hay espacio para otras cosas, Amelia. Y otras personas.
Se encoge de hombros.
—Me voy a dormir, estoy agotada.
Me levanto y dejamos las cucharas en la pila. Ella se queda quieta, mirándome y no sé qué piensa, pero yo sí sé qué siento. Deseo.
Doy un paso hacia ella, esperando que me aparte o se retire. No lo hace. Pero está nerviosa y solo quiero calmarla con mis besos. Acaricio su rostro con suavidad. Ella tiembla y pone la mano en mi pecho.
—No sé qué me pasa, Mateo. Estar aquí, contigo, no quería que… —resopla frustrada.
Doy un paso más y la tomo en brazos para sentarla en la encimera. Me coloco entre sus piernas. Su rostro queda ahora a la altura del mío.
—Amelia, creo que nunca te olvidé. Marcaste mi vida.
—No puedes decirme eso, Mateo, solo fueron unas semanas.
—Júrame que no fue especial para ti. Dímelo, Amelia.
Mis labios están tan cerca de los suyos que bastaría medio suspiro para rozarlos. Ella parpadea. Yo deseo ver su mirada cada día de mi vida.
Su boca se acerca a la mía, tímida y la roza. La mía, necesitada de su tacto se abre y la beso. Primero es suave, no quiero asustarla, no quiero que se eche para atrás. Pero ella pasa los brazos por mi nuca y yo quiero que haya fuegos artificiales en el cielo.
Me acerco hasta ella, entre sus piernas, la atraigo de la cintura hacia mí, quiero que sepa lo muy excitado que estoy. Ella jadea al sentir mi erección y entonces la beso con toda la pasión que jamás expresé con ninguna otra.
Acaricio su espalda, su cintura, mis manos reconocen su piel porque la echaban de menos.
Ella se agarra de mis hombros y gime cuando mis besos dejan huella en su cuello.
Meto la mano debajo de su falda y voy directo a comprobar si ella está tan excitada como yo.
Y así es. Se mueve mientras mis dedos disfrutan de su humedad.
Gime en mi oído y protesta, porque está a punto de su orgasmo.
—Déjate llevar, amor, hazlo para mí —susurro y sigo acariciándola, hasta que ella acaba entre mis dedos, jadeando.
—Joder, Mateo…
Me desabrocha el pantalón y sonrío. Necesito tomarla, y no me importa dónde. Entonces escuchamos un quejido y ella me aparta y salta del mueble. Yo voy detrás.
Cris parece que está teniendo un sueño. Ella lo acaricia y se calma. Luego, salimos de su habitación. Estoy esperando, por si quiere… seguir.
—Menos mal que nos ha interrumpido, Mateo, porque esto… no es lo que yo quería. O sea, me ha gustado y siento que tú no…
—Tranquila. No hay que apresurar. Buenas noches, Amelia.
Me marcho, no decepcionado por no haber echado un polvo. O no porque vaya totalmente hinchado y duro.
No es eso. Lo que me duele es que se haya arrepentido. Eso sí.