Capítulo 10. Las vacas
Las vacas
A melia
No recuerdo cómo llegué a la cama, pero no tengo tiempo de pensar. Cris está saltando sobre mi colchón y Gordito ladra alegre casi en mi oído.
—¡Dormilona! ¡Despierta! ¡Vamos a ir a ver las vacas!
—Cris, basta ya.
Me observo, voy vestida, ya recuerdo, me quedé dormida y él… él debió traerme. Sofocada, me levanto, me aseo y me cambio y salgo a la cocina. Solo está la madre de Mateo, que tiene una cafetera en la mano. Ni siquiera son las ocho de la mañana.
—Cris es tan madrugador como Mateo. Está con su padre en las cuadras, pero ha dicho que luego os llevará a ver las vacas.
—¡Sí! ¡Las vacas!
—Parece que te han puesto pilas. ¿Has desayunado?
—Sí, la abuela me ha hecho un desayuno de vaqueros, con huevos y judías.
Levanto la ceja y ella sonríe.
—¿Quieres un desayuno de vaqueras?
—Gracias.
Me echo un café y ella me pone un plato con huevos revueltos y jamón. Es demasiado, pero reconozco que tengo hambre.
—Las judías son para los chicos, a mí nunca me gustaron demasiado. Prefiero unas buenas lonchas de jamón ahumado.
Empiezo a comer y ella se sienta a tomar un café conmigo, mientras Cris entra y sale. No me siento muy cómoda, pero ella me coge de la mano.
—Alrededor de la casa no hay peligro, Amelia. A lado de las vacas, tal vez, pero iréis con Mateo. ¿Montas a caballo?
—Me temo que no. Estos huevos están deliciosos, gracias. Pero si hace falta, puedo cocinar yo.
—¿Se te da bien?
—Lo justo, nada más.
—No te preocupes, vivimos a tres minutos y estamos encantados de pasar a hacer la comida cuando sea necesario. Pero también podemos no hacerlo y daros privacidad.
—Elisa, entre Mateo y yo no hay… nada.
—Un hijo, ¿te parece poco? Y yo diría que los niños no vienen de París.
Me sonrojo y sigo comiendo. Cris vuelve a entrar con un gato en la mano.
—Lo acabo de encontrar. Es pequeñajo.
—Ah, sí, se llama Patitas porque tiene las dos delanteras más blancas. Es muy habilidoso y se encarga de que no haya ratones.
—¿Se los come? —pregunta Cris serio. La abuela me mira.
—Solo a los ratones malos. ¿Te acuerdas de la película de Ratatouille ? Ya sabes que había malos y buenos.
Cris suspira aliviado y se sienta a un lado con Patitas y le da la charla sobre comerse a los ratones buenos, especialmente al hada de los dientes, que es un ratón blanco.
Me levanto para lavar los platos y recogemos.
—¿Puedo ayudarte en algo? Barrer, limpiar, lo que sea. No me parece bien estar aquí sin hacer nada.
—Bueno, es la casa de mi hijo y una de las muchachas suele limpiarla, pero tengo que ir al huerto, ¿te apetece? A Cris le gustó mucho desenterrar patatas.
—Claro que sí. Vamos.
Me deja un sombrero de paja y con dos cestas, nos adentramos al huerto. Hay otras dos personas trabajando que nos saludan con una sonrisa.
—Mateo me riñe cuando trabajo mucho, pero lo cierto es que me encanta. —Miramos a Cris que salta como un pequeño salvaje—. Había perdido la esperanza de tener un nieto, la verdad. Mi hijo no se ha comprometido con nadie, y puede que fuera porque no olvidó a una mujer.
—Es imposible, estuvimos juntos unas semanas.
—Te he visto mirarlo. Puede que sea algo para ti también.
—Sinceramente, no lo sé. Es amable y tierno, pero yo tengo mi vida en la ciudad.
Y a mi hermana. No podría dejarla, ella ha hecho tanto por mí.
Y también ha pasado por malos momentos. También está mi madre, mi tía.
Viven a media hora de nuestra casa y adoran a Cris.
¿Cómo podría…? No puedo plantearme dejarlas.
—Aprecio que seas familiar y te entiendo. Sin embargo, Dios nos provee de soluciones cuando más difícil lo tenemos.
Un hombre en los sesenta se acerca a nosotras y nos saluda con el sombrero.
—Elisa, la yegua está a punto de parir, me ha dicho Mateo que igual queríais ir.
—¡Cris! ¿Quieres ver nacer a un potrillo?
Él asiente y el hombre se lo sube a los hombros y caminan hacia el establo.
—No te lo he presentado, es mi hermano Fernando, es el capataz del rancho. Creo que también ha adoptado a Cris. Lamentablemente, se quedó viudo y sus hijos viven lejos.
—¿No será muy fuerte ver parir a una yegua? Cris es bastante impresionable.
—Podemos taparle los ojos en los momentos complicados. No te preocupes, Mateo nos lo dirá.
—Él ama mucho a sus caballos, ¿verdad?
—Así es, es su pasión. Aunque ahora ya no es la primera. Es la segunda.
Sonríe y camina hacia el establo canturreando. La sigo y entramos. Cris está en el suelo, cerca de Mateo, que le explica qué va a pasar. Toco su hombro para pedirle que sea cuidadoso y que le tape los ojos si… ocurre algo.
—Cris es muy pequeño.
—Tranquila. Yo vi mi primer parto a los cuatro años.
Trago saliva mientras veo a la yegua gruñir. El veterinario la está ayudando y mira a Mateo. Él se levanta y me da a Cris. Lo cojo en brazos y le tapo la cara.
—Es mejor así, cariño, es un momento.
No protesta, su abuela le hace carantoñas mientras observo a Mateo que se pone detrás de la yegua, le mete la mano mientras el veterinario empuja su vientre.
Los veo sudar, entonces, sale agua disparada y lo empapa, pero él no deja de ayudar al potrillo a nacer.
Saca las patas y me mira. Sé que es el momento.
—Mira, Cris, está saliendo, se ven las patitas.
Él se vuelve un poco indeciso, pero al ver la cabecita, abre la boca asombrado. El potrillo sale de golpe y Mateo se cae de culo hacia atrás, pero con una gran sonrisa. Después, se retiran, la yegua se incorpora y limpia a su bebé.
—Ha sido chulísimo —dice Cris—. ¿Yo nací así? ¿Por tu culete?
—Algo así, cariño —digo sonrojada. La abuela se echa a reír.
Mateo sale, va empapado de líquido amniótico.
Se quita la camisa y el abuelo le da un manguerazo.
Trago saliva. Su cuerpo es hipnótico. Se frota el pecho con energía, la cabeza y se va a bajar los pantalones, pero se da cuenta de que estoy aquí y se los deja puestos.
Me mira y sonríe, así que desvío la vista hacia la cuadra.
Cris se baja y su abuelo le impide que entre a saludar al potrillo. Mateo se acerca empapado y se agacha junto a él.
—¿Cómo quieres que lo llamemos?
—¿Yo puedo ponerle un nombre?
—Sí, claro. Elígelo.
Está agachado, y sus brazos se ondulan, su piel está morena, no es de los que no se quitan la camisa para trabajar. Me obligo a mirar a otra parte, mientras mi hijo sigue pensando.
—¿Es un chico o una chica?
—Un chico.
—Ajá. Podríamos llamarlo Chocolate, porque es de ese color.
—Chocolate entonces —dice Mateo con una sonrisa—, me voy a duchar e iremos a ver las vacas. ¿Tienes unos pantalones largos? Son mejores para montar a caballo.
—Sí, podemos cambiarnos.
Lo cojo de la mano y me voy deprisa, porque verlo todo mojado y con solo pantalones y botas es como un sueño húmedo. Ayudo a ponerse vaqueros a mi hijo y me paso a la habitación para ponerme los míos. Mateo sale de la ducha solo con una toalla. Me quedo parada. Él me mira. Sonríe.
—Me voy a cambiar —digo deprisa y me encierro en la habitación, acalorada. ¿Por qué es todavía más atractivo que cuando me acosté con él?
Me pongo vaqueros, camiseta y cojo la crema solar para darme y luego darle a Cris. Pero cuando salgo al comedor, la abuela ya le está aplicando.
—No sabía si habías traído.
—Muchas gracias, Elisa.
Mateo sale con el cabello mojado, pero peinado, me dejan un sombrero y vamos hacia los caballos.
—No sé montar. ¿No podemos ir en coche?
—Mi padre llevará a Cris. Tú te montas conmigo. ¿Te parece bien?
—Supongo.
El padre se sube y Mateo le pasa a Cris. Se lo pone delante y el niño agita el sombrero emocionado. Miro al enorme bicho que mastica tranquilamente una brizna de hierba.
—No sé si me atrevo.
—Yo te sujeto. ¿Prefieres montarte delante o detrás?
Lo miro, casi entrando en pánico. Él se monta en el caballo y me tiende la mano.
—Ven. Yo te cuido.
Me sube como si yo no pesara nada y me coloca delante, a horcajadas. Siento su calor y me sonrojo como una niña tonta. Él pasa la mano por mi cintura para agarrarme.
—Apóyate en mi pecho, Amelia, es más seguro.
—Pero ¿puedes conducir el caballo con una mano?
Se echa a reír.
—Y sin manos. Podría demostrártelo —dice en mi oído girando la cabeza para que nuestros sombreros no choquen. Me remuevo y es peor porque sus muslos me rozan. Así que me quedo quieta.
Azuza al caballo y yo me agarro al pomo con cierto terror. El caballo es muy alto.
—No te soltaré, así que tranquila y mira, Cris se lo está pasando en grande. Ha nacido para esto.
No contesto, bastante alterada por su presencia, su tacto o su olor. Su brazo es fuerte y acabo sujetándome a él. Mueve su pulgar en mi cintura como una pequeña caricia que me tensa. Y no porque me moleste, sino porque me afecta demasiado.
Guía al caballo hasta unos pastos verdes, donde hay cientos de vacas, no sé si miles. Cris grita emocionado y las señala.
—¡Cuántas hay!
—Sí, me va bien, Amelia. Aquí hay un buen futuro.
Me giro y miro su perfil.
—No me convencerías por tener muchos ceros en tu banco, Mateo. Sabes que no busco eso.
—Perdona. Tienes razón. Es que me gustaría que…
—Por favor, no me apresures. No me… presiones.
—Perdona.
Azuza al caballo que sale más deprisa y él me rodea con más fuerza la cintura y me aprieta a su pecho y me siento perdida. Cris y su padre también están trotando y él grita emocionado. Llegamos donde están las vacas, yo con dolor en mis partes íntimas por la silla dura, pero aguanto.
Las vacas huelen mal y tienen unos cuernos demasiado grandes para mi tranquilidad, pero ambos meten los caballos por el medio y aunque me sobresalto si alguna me roza, no ocurre nada.
Llegamos a una colina donde media docena de hombres —vaqueros, recuerdo con una sonrisa— están alrededor de una hoguera.
Saludan con la mano y el abuelo se baja del caballo, coge a Cris, que salta por la hierba.
Mateo se baja y yo no sé qué hacer. Estira los brazos y paso la pierna por detrás, me coge y me baja, muy despacio, junto a su cuerpo, mirándome con intensidad. Yo estoy sonrojada y él sonríe.
—Te dolerá un poco allá abajo, ya sabes, en el sur. Luego puedes darte unos baños de agua fría. O un poco de aire, soplando.
Ya no puedo estar más colorada y me voy con Cris para cogerlo de la mano. Nos acercamos al fuego, aunque no hace frío. Los hombres nos miran, sé lo que piensan al ver a Cris, porque muchos de ellos no disimulan, miran a Mateo y él sonríe. Ellos también.
—Ey, pequeñajo, ¿quieres algo de comer? Tengo pan recién hecho —dice uno de ellos, es algo más joven que Mateo y noto el parecido.
—Amelia, es Juan, mi primo, hijo de mi tía Luisa. Amelia y Cris. Cris es mi hijo —dice con orgullo para todos. El tal Juan sonríe y le corta a mi hijo una rebanada de pan. Él le da un mordisco y sonríe.
—¿Un café, prima? —pregunta Juan mirándome con una sonrisa. Mateo saca un vaso limpio y me pone café. Es como si estuviera protegiéndome. El café es fuerte, amargo y espeso. Me gusta.
Estamos en una pequeña colina y nos lleva hasta un campo de flores amarillas. Al fondo, un río se desliza tranquilo haciendo eses por toda la pradera.
—Es el río Destiny. El río destino —dice él a mi lado. Lleva otro café en la mano.
—Es un bonito nombre. Pensaba que era más bravo. Recuerdo el cañón.
—Nace bravo, pero después se calma, se desliza tranquilamente por el terreno, como si solo le importase estar vivo.
Lo miro, sorprendida.
—Eso es muy bonito.
Él me sonríe y se encoge de hombros.
—Se pasa mucho tiempo a solas en este trabajo. Tienes momentos filosóficos en los que examinas tu vida. Y entiendo que para una pareja pueda ser complicado.
—¿Por eso no la tienes?
—Es posible. Adaptarse a mis horarios, vivir en un sitio alejados de todo. Sí, supongo que no le gusta a todo el mundo.
—Tu madre parece ser muy feliz.
—Y no veas. Ella era una niña de ciudad cuando mi padre la conoció. Le costó convencerla. Supongo que se enamoraron de verdad y ante eso, no valía nada más.
—El amor lo puede todo. Eso decía Walter.
—Tu esposo. ¿Lo amabas?
Miro a Mateo y asiento.
—Lo amaba. Llegó a mí cuando Cris era muy pequeño, yo estaba sola y fue como un ángel. Nos cuidó y sí, lo amé…
—¿Hace mucho que murió?
—Casi dos años. Un accidente.
Me pasa la mano por los hombros y me apoyo en él. Aunque en verdad, no sé qué estoy haciendo. Cris corretea por delante, intentando cazar una mariposa y los hombres se ríen con sus saltos. En ese momento, no puedo pensar en nada, solo disfrutarlo.