Capítulo 9. Mirando las estrellas
Mirando las estrellas
M ateo
Después de ese momento emotivo y muy emocional, acompaño a Noah y a Juli hasta el coche.
—¿Qué pensáis? —les pregunto.
—No hace falta que te diga nada. Yo la creo —dice Juli. Me vuelvo hacia mi amigo, que asiente.
—Yo también. Puedes hacerte las pruebas de paternidad, pero sois como dos gotas de agua. El problema que veo es cómo vais a compaginar que ella viva en otro lugar.
—Muchos padres divorciados comparten custodia —dice Juli.
—Ya. Si os digo la verdad, no es lo que quiero. Espero que se queden y tengo una semana para convencerla.
—Mateo, no puedes obligarla —dice ella.
—Y no lo voy a hacer. La voy a… conquistar. Ella no tiene ataduras sentimentales. Y sé que lo que hubo entre nosotros fue importante para ella. Nos une un hijo.
—Puede que no sea suficiente, Tex —dice Noah poniendo su mano en mi hombro—, no tenéis por qué llevaros bien.
Estuvisteis juntos apenas unas semanas, y ambos tenéis una vida.
Forzar un compromiso por el niño no es bueno.
Creo que es mejor llevarte bien, tener una buena relación y poder ver a Cris cuando se pueda.
Si intentas otra cosa, podrías cagarla. Alejarla de ti.
—Y, sobre todo, una cosa —dice Juli—, ni por un momento le amenaces con quitarle la custodia o algo similar o desaparecerá y te quedarás sin ver a tu hijo.
—¡No pensaba hacer eso! —exclamo—. Está bien, iré despacio. Gracias por venir.
—Para eso estamos. Si nos necesitas para lo que sea, nos presentamos en media hora.
Nos abrazamos y se marchan. Mi padre sale limpiándose las lágrimas.
—¿Estás bien?
—Me ha… nos ha llamado abuelitos. Dios santo, Mateo. Pensé que jamás conocería a un nieto y esto ha sido un regalo del cielo. Solo te pido que lo arregles.
—Lo haré, papá, pierde cuidado.
El hombre asiente y se marcha dentro. Estoy bastante emocionado y necesito tranquilizarme. Cuando lo consigo, entro y les propongo bajar a por sus cosas. Cris se emociona por saber que se van a quedar a dormir.
—Dejadnos a Cris si queréis, total es ir y volver. Y este pequeñajo quiere ir a ver el huerto.
Miro a Amelia, que asiente. Nos montamos en mi coche y conduzco hasta la ciudad.
—No quería precipitarme —acabo diciendo tras un buen rato de silencio.
—Está bien, Mateo. Así podrá estar con tus padres.
—Solo quiero lo mejor para los dos…
—Lo sé. No puedo con más emociones hoy. Nos quedamos unos días y ya iremos hablando, ¿vale?
—Sí. Me parece bien.
Ella mira por la ventana abierta, la suave brisa mueve su cabello y me trae el suave aroma de su piel, algo que me recuerda aquellos momentos en los que le hice el amor. Mi piel se eriza y tengo que concentrarme en otras cosas para no excitarme.
Pongo algo de música y ella canturrea sin darse cuenta hasta que llegamos a la ciudad. La acompaño hasta la habitación y metemos todo en su coche. Darius se acerca por la acera y nos mira, con la ceja levantada.
—Así que lo has conseguido, ¿no?
Amelia se levanta y lo mira con mala cara.
—No tengo nada que explicarte a ti.
—Pero Tex es mi cliente y no dejaré que le saques el dinero.
—¡Darius! —exclamo—. ¿Qué cojones estás diciendo? Es mi hijo de verdad.
—Lo que tú digas. ¿Y por qué no vino antes? O es ahora cuando necesita dinero.
Le doy un puñetazo que casi lo tumba. Él me mira, sorprendido. Se toca la mandíbula y la mira con odio.
—Felicidades, Amelia, acabas de conseguir que dos amigos se enemisten.
Se marcha sin más y ella me mira.
—Lo siento. Darius es un imbécil.
—¿Lo conoces?
—Desgraciadamente, sí. ¿Nos vamos?
Trago saliva y asiento. ¿De qué… lo conoce? ¿Por qué habla tan mal de ella? No entiendo nada, pero pongo en marcha el coche y ella me sigue hasta el rancho.
Mi madre ha instalado a Cris en mi habitación definitivamente y ella dormirá en una de invitados. Una junto a la mía. No diré que… no la desee, pero no quiero fastidiarla.
Los dos abuelos parecen haber rejuvenecido. Toman a Cris de la mano y se lo llevan a mostrarle la buhardilla donde hay juguetes y viejas sillas de montar, todo tipo de cosas. Me giro hacia Amelia, que parece tensa.
—¿Quieres explicarme lo de Darius?
—Lo conocí cuando vinimos aquí. Da igual. Es un imbécil. Estoy agotada, ¿podría darme una ducha?
—Por supuesto, hay un baño a compartir, lo siento.
—No pasa nada. Hemos invadido tu casa…
—Y estoy encantado por ello. No lo dudes ni un solo momento.
Ella asiente. Le muestro dónde está el armario de la ropa blanca y le doy un par de toallas. Entro en el baño para recoger algunas de mis cosas y dejo una estantería para las suyas.
Me marcho fuera, porque… pensar que se va a duchar, me pone nervioso. Empiezo a preparar una ensalada para la cena y veo que bajan los abuelos con un niño muy contento. Lleva mi sombrero de pequeño.
—¡Me lo han dado los abuelos! ¡Me encanta! —exclama y veo la emoción de mis padres.
—Sí, lo llevaba cuando tenía ocho años, igual te queda grande. Podría comprarte uno más pequeño hasta que crezcas.
Se me queda mirando, pensando a saber qué y asiente, pero no se lo quita.
Le tapa los ojos y mi madre le hace una foto.
Luego, me pide que me ponga con él y nos la hace a los dos.
Luego, le hago yo una con ellos. El perrito sigue tan tranquilo delante de la chimenea, echado con mis dos perrazos.
Él se acerca y aunque lo vigilo, ni Sol ni Luna son una amenaza.
—Es tan igual a ti, Mateo —suspira mi madre mientras corta la lechuga.
—Lo sé. Es increíble.
—Amelia es encantadora. Y está soltera, hijo.
—No lo agobies, mujer —dice mi padre—, hay que dar tiempo al tiempo.
Asiento, mientras termino de preparar la ensalada. Miro a Cris que está echado sobre Sol.
—¿Te gustan las barbacoas, Cris?
Él asiente entusiasmado.
—Pues uno de estos días haremos una.
—¿De verdad podemos quedarnos aquí?
—Todo el tiempo que queráis —contesto. Él asiente y sigue abrazando a su perro.
Amelia sale con el cabello mojado y mi madre se apresura a buscar un secador, pero está estropeado. Mañana mismo compraré uno.
—No importa, hace calor.
Cenamos y después, acostamos a Cris. Ella le cuenta una historia de una gallina y se queda dormido. Mis padres se despiden con una sonrisa y le ofrezco una cerveza y una conversación.
Salimos al porche. En Dusty Creek las estrellas lucen como en ningún otro lugar y cuando ella se sienta en el banco, junto a mí, pienso que podría ser fácil. Estar allí, que ella se quedara. Vivir juntos.
Da un trago a su cerveza y muevo ligeramente el balancín. Sonríe y eleva las piernas para subirlas. Yo estiro y encojo las rodillas muy suave. Se apoya en el respaldo.
—Si pretendes que me duerma, lo vas a conseguir, Mateo. ¿O es Tex?
—Uno de mis amigos, Logan, me puso ese apodo. Y así me quedé. Me gusta que me llames Mateo.
Asiente, mirando hacia las estrellas. La verdad, no nos hace falta hablar, aunque quiera saberlo todo de ella, aunque esté deseando escucharla. Pero lo único que hago es balancear suavemente. Ella acaba por apoyar la cabeza en el respaldo y va cerrando los ojos, hasta que se queda dormida.
Voy parando y le quito la cerveza de la mano. La dejo en el suelo.
—Amelia. Amelia —susurro. Ella sigue dormida.
Y voy a hacer algo que quizá me afecte demasiado.
La cojo en brazos y abro la puerta con el pie, para llevarla a su habitación.
La deposito con suavidad en la cama. Ella suspira y, maldita sea, no puedo evitar darle un suave beso.
Ella ronronea y me aparto con prisa, porque, joder, esto es demasiado para mí.