Capítulo 8. Jamás te olvidé
Jamás te olvidé
A melia
—Mateo es un tío muy legal —dice la tal Juli cuando nos sentamos en el sofá. Supongo que la han traído para que… hable conmigo.
—No pretendo nada, no sé qué pensáis de mí, pero solo he venido porque mi hijo quería conocer a su padre y su padre merece saber que tiene un hijo.
—Sí que has tardado. ¿Por qué ahora?
—Porque tiene preguntas. Estuve casada, pero el niño sabía que no era su padre. Quizá ha sido un error.
Ella mira hacia Mateo y niega.
—No, no lo ha sido, pero tal vez deberías haber venido antes. No es justo para él.
Las lágrimas amenazan con salir. Lo sé. No es justo. Pero también fue duro para mí. ¿Eso no lo piensan?
—Estuve casada, Juli. Y además, no sabía si Mateo lo aceptaría. Fue algo efímero.
—Y, sin embargo, le marcó.
—A mí también. No vengo a destrozarle la vida o a pedirle dinero. No quiero que piense otra cosa.
—Ya. Bueno, es un tipo muy rico, todos lo son. También pensaron mal de mí y Noah, aunque nosotros fuimos novios desde críos, por decirlo así. Puede que… alguno piense que vienes con otra idea.
—Pues se quedarán con las ganas. No voy a pedirle ni un solo centavo a Mateo.
—Y, sin embargo, él tiene derechos y deberes. Conociéndolo, querrá hacerse cargo de Cris también. ¿Has pensado cómo…?
—No he pensado nada. Primero, no sabía si quería que lo conociera y tenemos que decírselo. Cris es un niño muy listo, pero es demasiado…
Me siento derrotada. Juli me toma de la mano.
—Entre los dos podréis. Ya lo verás.
—Espero.
La madre de Mateo nos llama a comer con una gran sonrisa. Él se lleva al niño a lavarse las manos y cuando sale Noah, está serio. Lo miro y él mueve la cabeza.
—Son iguales. ¿Le has enseñado a repeinarse tanto?
—No, le sale de natural.
—Como a Mateo —suspira—. Yo te creo, Amelia. Pero no jodas a mi amigo, por favor.
Doy un respingo.
—No lo haré. No he venido para eso.
Nos sentamos a comer y la verdad, todo ha sido menos tenso de lo que esperaba. Cris empieza a cabecear y él lo coge en brazos. Sus padres se emocionan mirándolo y lo sigo. Los escucho hablar, y cuando él le pregunta si es su papá, mi corazón se para.
Sale, emocionado y nos abrazamos, entre lágrimas. Él acaricia mi espalda y me tranquiliza. Luego, me aparto y limpia mi rostro. Sonríe un poco.
—Es muy inteligente y nos ha ahorrado el trabajo.
—Pero tendremos que hablar con él.
—Desde luego.
Regresamos a la sala y nos sentamos en el sofá con sus padres y sus amigos. Mateo prepara unos cafés y los coloca en la mesita. Supongo que es la hora de la verdad.
—Te recuerdo, muchacha —dice su padre—, mi chico estaba loquito por tus huesos. Y vaya, algo salió bien.
—Así es —digo suspirando—, siento mucho… pero no sabía.
—Entonces, es nuestro nieto —dice su padre con una sonrisa—. No lo dudaba, ha sido verlo y ver a Mateo de pequeñín. No importa si has tardado, lo importante es que has venido.
—He invitado a Amelia a que se quede los días que tenga previsto aquí.
—¡Es una gran idea! —exclama su madre. Él me mira y asiento.
—Por supuesto, pero luego… tengo que volver a mi casa.
—¿Cuántos días puedes quedarte? —pregunta él.
—Seis o siete, tengo vacaciones.
—Háblanos de ti, querida —dice su madre.
—Bien, pues… estudié marketing y cuando nació Cris, lo cuidamos entre mi hermana y yo. Eva es abogada. Me ayudó al principio, pero luego encontré trabajo en una empresa importante y me va bien, de verdad. No he venido por ningún motivo económico.
No me cansaré de decirlo, porque es evidente que Mateo tiene mucho dinero, pero no puedo quejarme.
—Nadie ha dicho eso —dice con cariño su padre—, ¿entonces, haces…?
— Marketing , que es anunciar a empresas, ayudarles a que puedan vender más, ese tipo de cosas. Y me va bien. Tengo un fondo para la universidad de Cris.
Mateo me coge de la mano.
—No tienes por qué justificarte. Tranquila, sois bienvenidos, y me encantaría contribuir a ese fondo, si a ti te parece bien.
Asiento, pero estoy nerviosa, tal vez por notar su calidez.
—Es un niño muy inteligente —dice Noah mirando la mano de Mateo. No me ha soltado y yo tampoco.
—Me ha… preguntado si soy su papá. Casi me echo a llorar.
—Lo dicho, es muy listo mi nieto —dice su madre con orgullo—. Háblanos de él, Amelia, por favor.
—Bueno, pues nació prematuro. Fue un parto complicado, pero salimos adelante.
Estuvo una semana y media en la incubadora y mi hermana se trasladó a vivir conmigo, para ayudarme.
Salió adelante, porque es… es un niño fuerte —suspiro y noto los rostros emocionados—.
Después, su primera palabra la dijo cuando apenas tenía año y medio.
Estábamos viendo un documental de… oh, Dios.
Me echo a llorar, temblando y Mateo me abraza, acariciando mi espalda. Me habla suave.
—¿De qué era el documental?
—De un rancho, de caballos. Dijo algo así como «ballo» y se me cayó el alma a los pies. Enseguida aprendió a hablar, a leer. Pero le cuesta ir en bicicleta.
—Yo le enseñaré —dice Mateo. Sigue estando muy cerca y empiezo a ponerme nerviosa. Tal vez lo note, porque vuelve a su sitio.
Sigo contando anécdotas de cuando empezó en la guardería, en el colegio y les saco una sonrisa. Lo escuchamos hablar y llamar a Gordito, pero el perrito hace rato que duerme delante de la alfombra. Voy a buscarlo y lo traigo en brazos. Mateo le pone las deportivas y él nos mira.
Noah y Juli se marchan discretamente, así como sus padres. Mateo carraspea.
—Sí, Cris, soy tu papá, pero no lo sabía.
El niño me mira y asiento. Sonríe y abre los brazos.
Mateo lo coge y le hace carantoñas. A estas alturas, las lágrimas nos caen sin control.
Cris extiende el brazo y me acerco. Nos aprieta a los dos, de forma que nuestros rostros quedan cerca, casi labio con labio.
Miro los profundos ojos azules de Mateo y siento que… en realidad, jamás lo olvidé.