Capítulo 7. ¿Lo eres?
¿Lo eres?
M ateo
Me pongo a su lado y veo que mis padres lo han metido en el gallinero. Puede que sea algo peligroso, así que camino hacia ellos algo tenso. De repente, tengo la sensación de que solo quiero proteger a ese niño. A mi hijo.
—Tened cuidado con Peluca, que pica mucho.
—¿Peluca? —pregunta el niño. Mi padre señala una gallina parda con varias plumas desordenadas en la cabeza. Él asiente, lo entiende. Es muy inteligente.
—De todas formas, hay que salir. Quiero enseñarte los caballos.
—Vale. Pero dan miedo. Son muy grandes —dice señalando a dos que pifian en un cercado.
—Esos dos son un poco salvajes, pero la mayoría se portan bien. Vamos.
Lo cojo de la manita y el corazón se expande de una forma inaudita. Mis padres sonríen, comprendiendo desde el primer momento, pero no le dicen nada a Amelia. Se merecen una explicación y se les dará, en otro momento.
Camino explicándole a Cris los diferentes edificios. Amelia viene detrás. A lo lejos vemos a su perro correteando con los nuestros.
—Gordito se lo está pasando muy bien.
—Se nota que le gusta el sitio, Cris.
—A mí también. De mayor quiero ser ranchero —dice y me emociono.
—Antes querías ser médico. O astronauta —comenta Amelia. Supongo que no quiere que me ilusione, pero es tarde.
—Puedes cambiar de opinión cuantas veces quieras, Cris. Seguro que a tu mamá no le importa.
—Claro que no. Puede ser lo que quiera. De hecho, tiene un fondo para la universidad, así podrá estudiar lo que le apetezca.
La miro. Sé que me lo dice para que esté seguro de que no viene a por mi dinero.
Eso no quiere decir que no pueda ocuparme de mi hijo.
Llegamos al establo, donde están la mayoría de los caballos.
Algunas cuadras están vacías, los vaqueros los sacan a pastar, pero la de Osiris está ocupada.
Levanto a Cris y le enseño por encima a la yegua, que está echada sobre la paja. Me mira alarmado.
—¿Está malita?
—No, cariño, va a tener un bebé y por eso está descansando. A veces los partos pueden ser difíciles —miro a Amelia, preguntándome si el suyo lo fue. Ella estaba sola, joder. Yo podría haberle sostenido de la mano.
Después, visitamos a los potrillos, son muy jóvenes y aceptan de buen grado el biberón que ayudo a Cris a darles. Él ríe feliz e incluso Amelia saca una sonrisa.
Canturrea cuando volvemos a la casa un par de metros delante de nosotros. Miro a su madre.
—Es un niño muy feliz. Se nota que está bien cuidado.
—¿Acaso lo dudabas?
—No me lo pongas difícil. Todavía sigo en shock . De la noche a la mañana saber que tengo un niño de cinco años me cuesta.
—Lo sé. Está siendo complicado para mí también.
—¿Se lo diremos? ¿Te parece bien? Mis padres se han dado cuenta y yo creo que están deseando abrazarle como abuelos.
Se gira para mí y veo su angustia.
—No sé cómo hacerlo, Mateo. No lo había pensado, la verdad.
—Es un niño muy listo. Podemos enseñarle fotos de cuando era pequeño… o simplemente decírselo.
—Estoy aterrorizada.
La abrazo, porque… porque no puedo evitarlo. Ella se tensa, pero al final, se deja caer sobre mi pecho. Creo que escuchará mi corazón palpitando, pero veo un coche, el de Noah, y me aparto.
Ella entra en la casa detrás de Cris y voy a recibir a mis amigos. Noah baja con Juli y nos saludamos con afecto.
—¿Qué tal, Mateo?
—Es mi hijo, sin duda. Hasta mis padres se han dado cuenta. Lo difícil va a ser decírselo. No sé… no sabemos cómo hacerlo.
—Pues lo normal, Tex —dice Juli—, ¿quieres que hable con ella?
—No viene por mi dinero, ella es independiente. Solo que el niño le preguntó. Joder, sigo… sigo trastornado.
—¿Y por verla? —pregunta Noah. Me encojo de hombros—. Ya veo que también. Entremos.
—Noah, Juli, qué bueno veros —exclama mi madre. Les presento a Amelia y a Cris. Él lo mira y luego a mí. Sonríe sin duda.
—Es un pequeño clon tuyo, Tex —susurra cuando se acerca a mí. Amelia parece apurada, pero Juli se sienta con ella para hablar.
—Mira, Cris, este es mi mejor amigo, también le gusta montar a caballo.
—A mí me dan un poco de miedo —contesta.
—A comer, lavaos las manos todos —dice mi madre con voz alegre. Se la nota emocionada.
Veo que Juli está hablando seria con Amelia y ella parece a punto de echarse a llorar.
Quiero ir a ver qué pasa, pero Noah me retiene.
Al final, cojo a Cris en brazos y lo llevo haciéndole cosquillas hacia el baño, lo sujeto mientras le lavo las manos y él se ríe.
Pero cuando Noah le revuelve el cabello, se enfurruña y se peina otra vez.
Cojo un cepillo y le arreglo el pelo y ya de paso, el mío.
Mi amigo nos mira y mueve la cabeza con una sonrisa. Pero yo le choco la mano a Cris.
—Yo también creo que hay que ir bien peinado.
Salimos a la mesa. Mi madre ya nos ha colocado. Cris se sentará entre los dos. Noah y Juli, frente a nosotros. Me pregunto qué le habrá dicho para que esté tan seria, pero mi padre le hace una broma a Cris y todo se destensa.
Cuando acabamos, Cris bosteza y lo llevo a la habitación que tenía cuando era pequeño. Le enseño los posters, los libros y algún juguete que todavía conservo.
—Luego te enseño todo. Ahora, a dormir la siesta.
—Vale. ¿Eres… eres mi papá?
Trago saliva. No lo esperaba. Le doy un abrazo y acaricio su rostro. Él cierra los ojos y se queda dormido con una sonrisa.
Salgo, con los ojos arrasados de lágrimas y me encuentro a Amelia. Tal vez lo ha escuchado. Ella también está llorando. La abrazo. A la mierda. La abrazo tan fuerte y siento que me fundo en su cuerpo. Y creo que esta vez no los voy a dejar escapar.